POR SI ACASO
Hoy ha sido un día curioso en la oficina. Al principio, he visto a mi compañera Lidia llorar amargamente y, sinceramente, he apartado la mirada y me he puesto a escribir en el ordenador fingiendo que la cosa no iba conmigo.
Eres un poco fría, Carmen me ha dicho Julia, la jefa de nuestro departamento.
¿Fría yo? ¿Por qué lo dices?
Porque parece que como a ti te va bien en la vida, crees que a todas nos tiene que ir igual. No ves que la pobre está destrozada, podías decirle algo, un consejillo, compartir tu experiencia, ya que te sonríe la suerte.
Me he echado a reír, un poco forzada:
¿Yo? ¿Compartir experiencia con Lidia? Creo que saldría perdiendo todas. Ya lo intenté una vez, hace cinco años, cuando venía con moratones a la oficina, decidiendo “caerse” sola por la calle o tropezarse justo a la salida del metro. Entonces, tú aún no estabas aquí, Julia.
Y, ojo, ni siquiera era su ex quien la pegaba, simplemente tenía tanto lío que tropezaba y acababa con la cara llena de golpes. Cuando el tal Mario la dejó, los moratones desaparecieron. Era ya el tercer novio que se le iba.
Entonces decidí apoyarla, abrirme un poco, ya sabes, de mujer a mujer y acabé siendo la mala de la película, la que molesta la felicidad ajena.
Luego me dijeron, claro, que Lidia es de esas que nunca aceptan consejos: ella ya lo sabe todo. Antes iba a curanderas, hacía rituales. Ahora se la da de moderna y va a psicólogos. Superando traumas, lo llama. Pero en el fondo siempre le pasa lo mismo, solo cambian los nombres de los hombres.
Así que lo siento, pero ni pienso compadecerla ni pasarle el paquete de clínex.
Aun así, Carmen, tampoco hay que ser tan dura insistió Julia.
Durante la comida, como siempre todos juntos en la mesa larga, no se habló de otra cosa que del impresentable de Pablo, el último ex de Lidia. Yo callada, con mi café después, me fui a una esquina a mirar Instagram tranquila y a desconectar de tanto drama.
Carmen se me acercó Ana, la gordita risueña, ¿de verdad no sientes nada de pena por Lidia?
Ana, de verdad, ¿qué esperáis de mí?
Déjala en paz intervino Irene, pasando por ahí, Carmen siempre ha tenido a su Luis que la idolatra y la trata como una reina. Así cualquiera, claro, luego no entiende lo que es quedarse sola con un niño, a ver de dónde sacas ayuda. Y encima, intenta cobrarle la pensión al padre y suerte si la ves.
No tendría que haber tenido un hijo con ese opinó Consuelo, la mayor de la oficina, todas la llamamos tía Consu. Carmen tiene razón. Lidia lleva llorando desde que estaba embarazada, el tío la volvió loca y antes de eso… mejor ni hablo.
Las compañeras, en círculo, aconsejaban a Lidia, que ni dejaba de llorar, ni escuchaba.
Y claro, Lidia, la de la independencia y la fuerza, terminó por llamar a su madre del pueblo para que la ayudara con el niño, mientras ella intentaba volver a ser la de antes: nuevo flequillo, cejas tatuadas, pestañas postizas. Hasta se planteó ponerse un piercing en la nariz, pero por fin logramos convencerla para que no lo hiciera.
No pasa nada, Lidia la animaban, ya verás, él aún te va a echar de menos, va a sufrir por ti.
No, que no dije yo, casi para mí, pero claro, con vino todas me oyeron. No va a llorar, chicas. Ni le va a doler. Lidia encontrará mañana o pasado otro igual.
Eso lo dices porque tienes a Luis, que seguro es distinto
Distinto no, el mejor. Luis ni se pelea, ni sale de juerga, ni me pone los cuernos. Me adora.
Sí, sí, todos iguales, Carmen. Ya verás como te lo quitan.
Entre copa y copa, empezaron a picarme:
Pues vamos a tu casa, a ver si tu Luis se resiste a tanta belleza me retó Irene.
¿Vamos? ¿Te atreves, Carmen, o no quieres que veamos a tu hombre?
Venga, vamos. Cuando queráis.
Y así, como una procesión, se vinieron todas a mi piso. Risas y gritos en la cocina, cada una con algo en la mano para preparar la cena improvisada esperando a mi Luis.
No os molestéis, que tampoco come mucho y es bastante especialito les avisé.
Mientras tanto, entre la charla y los platos, se fue pasando la novedad y se fueron marchando a casa poco a poco, salvo Lidia, Julia y Ana, que se quedaron un rato más a tomar un té.
Estaban un poco incómodas esperando conocer por fin al misterioso Luis. Cuando entró por la puerta, me lancé:
¡Luis, mi niño bonito! y le abracé en el recibidor.
Mis amigas se pusieron nerviosas, y entonces entró un joven muy guapo, tanto que se quedaron todas sorprendidas. Ahí cayeron:
Chicas, os presento a mi hijo Daniel.
Los ojos se les salían: ¿cómo? ¿Luis? ¿No era tu marido?
Mi hijo, Daniel. ¿Qué tal se ha portado Luis, Dani?
Bien, mamá. Ya está tranquilo, mañana o pasado correrá otra vez. Sobre todo, no dejes que lama la herida
Las tres se pusieron coloradas.
Bueno casi que nos vamos.
Esperad, que aún no os he presentado a Luis Pero en voz baja, que está recién operado. Daniel y mi nuera han estado llevándole al veterinario mientras yo estaba en la oficina, por aquello de que había empezado a marcar las cortinas Venid, venid.
Y ahí estaba: mi Luis, echado plácidamente en el sofá, es mi gato.
Las tres salieron corriendo al pasillo para no soltar la carcajada.
Pero Carmen, ¿¡qué clase de Luis es ese!?
Pues mi Luis, mi gato. ¿En qué estabais pensando?
Se quedaron a cuadros. Toda la historia del marido ideal pura invención. No tengo pareja. Una vez dije que tenía a un hombre maravilloso llamado Luis y vosotras solas interpretasteis lo que quisisteis
Me casé muy joven, lo típico del primer amor, dejé la carrera, tuve a Daniel. Aguanté tres años antes de separarnos, mis padres me ayudaron mucho. Después me volví a casar, ya casi con treinta, con un hombre correcto que parecía querer formar una familia completa: dos hijos, una niña y a Daniel lo metía en la academia militar si hacía falta. No duró: lo mandé a vivir con su santa madre, que, para colmo, estaba casada de segundas y educó a su hijo igual que un extraño. Curioso, ¿no?
Pasé años sola con Daniel, y a la tercera vez que intenté pareja, por despecho y porque ya me sabía “fuera de mercado”, el nuevo pretendiente me regaló un moratón en plena fase de cortejo, que se ve que confundió con pasión. Menos mal que Daniel hacía judo desde los seis años y yo practicaba con él. El susodicho voló por el suelo y yo decidí cerrar ese capítulo definitivamente.
Daniel se casó y me quedé sola. Me aburría un poco, así que adopté a Luis, mi estimadísimo gato. Y tan felices. No tengo que dar explicaciones a nadie, y los domingos, si quiero compañía, preparo algo rico y me visita Daniel. Cada uno por su lado, sin agobios, sin mentiras.
Daniel al principio no lo comprendía, mamá, ¿por qué no vives con nadie?. Pues porque prefiero vivir tranquila a engañar por aparentar. No todos somos como mi hermano, que lleva veinte años con la misma mujer y parecen uno solo, o como mis padres, que siempre fueron un tándem perfecto. Yo no, y ya está. ¿Para qué torturarme sólo por decir que estoy casada?
Luis y yo nos entendemos de maravilla.
Y tú, mi precioso, si vuelves a marcarme las cortinas, te quito el resto de tus partes nobles.
Se marcharon todas pensativas, pero sobre todo Lidia. Claro, a ella no le duró: al mes presumía del ramo gigante de flores de un nuevo novio.
Tía Consu y yo nos reímos en silencio viendo el panorama:
¿Y tu perro, Consu? ¿Cómo va esa pata?
Muy bien, Carmen, la verdad. Se pinchó con algo en el parque, pero ya está sano, como nuevo. Los nietos quieren que lo lleve a concursar, pero pobrecito, está mejor en casa.
Lidia parece que remonta. Ya ves, Consu, unas adoptan mascotas y otras esposos
Así es, cada una lo suyo. ¡A ver si esta vez le sale bien!
Ojalá…
Me despedía en el aparcamiento cuando oí la voz de Lidia:
Carmen, oye, ¿tú me podrías aconsejar con esto de tener gato? ¿Mejor macho o hembra?
Venga, anda, que te esperan Ya veremos reí bajito. Por si acasoMientras abría el coche, Lidia se detuvo un momento al lado de la ventanilla y me miró, con una media sonrisa algo más auténtica.
Igual deberíamos salir un día al parque, tú con tu Luis y yo bueno, a ver si por fin adopto a alguien que no me deje bromeó. Un gato, quiero decir.
Cuando quieras, Lidia.
Arrancó a andar, tacones temblorosos, pero iba erguida. Pensé que quizá no era cuestión de arreglar la vida de nadie, sino de estar ahí por si acaso algún día querían que las escucharas, no para salvarlas, sólo por si acaso.
Antes de subir al coche, eché un vistazo al retrovisor y me vi a mí misma, el pelo revuelto, la cara ya sin el maquillaje del día, y sonreí: Luis estaría esperando en la ventana, curioseando entre los visillos. Yo volvería a casa, pondría el agua para el té y, tal vez, si me apetecía, le abriría a Consuelo un audio largo contando lo bien que había terminado el día.
Porque así son las cosas: no siempre sale todo bien, ni mal, ni como planeamos. A veces sólo tienes que encontrar tu propio Luis sea felino, humano o amistad auténtica y aprender a reírte de lo que otros creen que necesitas. El resto bueno, el resto es por si acaso.







