Por si acaso llueve

Por si acaso llueve

En el cajón de la cocina, debajo de un paquete de pilas de repuesto y unas gomas del pelo, hay un folio doblado en cuatro. Martina lo sostiene no como una nota, sino como una herramienta: lo extiende cuidadosamente, evitando que tiemblen los bordes, y lo lee no solo con los ojos, sino con el cuerpocomo cuando se revisan unas instrucciones antes de pulsar un botón.

En la parte superior hay escrito con bolígrafo: Por si acaso llueve. Debajo, una lista. No sé fuerte ni contrólate, sino pequeños gestos comprobados.

1. Un vaso de agua. Después, té. Sentarse dos minutos.
2. Respirar: inspira en cuatro, suelta en seis, diez veces.
3. Llamar a una de tres personas. Decir: Solo necesito cinco minutos, escúchame.
4. Escribir en un papel tres pasos próximos. No más.
5. Delegar: pedir, pagar, aplazar.
6. Recorrer la ruta: de casa a la farmacia pasando por el patio, vuelta al colegio, regreso.
7. Decir en casa una frase honesta, sin acusaciones.

La lista apareció hace dos años, cuando en el supermercado se le fue la cabeza porque la caja se quedó bloqueada y alguien chasqueaba la lengua detrás. Salió corriendo, sin hacer la compra, y luego pasó medio día sin entender por qué. El psicólogo en la primera cita preguntó: ¿Y qué haces cuando te supera la situación? Martina dijo: Nada. Intento no sentir. Y entendió: ese nada también es una acción, solo que la más destructiva.

Hoy saca el papel no porque ya esté mal, sino más bien para asegurarse de que sigue allí, de que tiene algo a mano para apoyarse. Lo dobla de nuevo, lo marca con los dedos y lo guarda en el cajón.

En la mesa está el tupper de arroz integral, al lado el portaalimentos del hijo. Martina comprueba que ha puesto servilleta, una manzana y un pequeño paquete de galletas. En el pasillo cuelga la chaqueta de Gabriel, en la mesita está la agenda escolar. Todo preparado; lo que aumenta la inquietudcomo antes de viajar, cuando parece imposible no olvidar algo.

Gabriel sale del cuarto abrochándose la cremallera.

Mamá, hoy tengo examen de mates.

Lo sé contesta Martina, sonriendo de modo que él no perciba su por favor, que todo salga bien.

Su marido, Mateo, ya bebe café, mirando el móvil. Trabaja por turnos, y hoy va a pasar por el taller a por piezas para el coche, después a la obra.

¿Me llevas en coche? pregunta Martina, poniéndose las zapatillas.

No me da tiempo. Tengo reunión a las nueve responde sin levantar la vista.

Martina traga el enfado habitual. No me da tiempo suena igual que no quiero, aunque sabe que no es así. Toma el bolso, comprueba llaves, tarjeta, cargador.

El ascensor llega rápido, pero en la planta baja las puertas se sacuden y se quedan paradas. Martina pulsa el botón otra vez. Silencio.

Mamá, ¿nos hemos quedado atrapados? Gabriel la mira con ojos de adulto.

No, tranquilo. Ahora. Pulsa abrir y cerrar, luego el aviso. El ascensor suspira y avanza.

Martina nota la oleada en el pecho, como si le hubieran echado agua hirviendo dentro. Aún no ha pasado nada, y ya se prepara para el desastre.

En la calle ve que se ha marchado el autobús. En la parada hay gente, unos protestan al teléfono, otros miran al vacío. Martina mira el reloj. Si esperan al siguiente, llegarán tarde.

Vamos andando hasta el metro dice. Rápido.

Gabriel corre pegado a ella, sin rezagarse. Martina le toma del brazo para evitar que salte a la calzada. En su mente, ya se forma la lista: colegio, luego oficina, después llamadas

Cuando cruza la puerta del metro, escucha la vibración en el bolsillo: número del colegio.

¿Martina Gómez? la voz de la secretaria es cortés y monótona. Gabriel hoy no tiene justificante para la clase de educación física. Ha dicho que le duele la rodilla, pero sin justificante

Martina cierra los ojos un instante.

De verdad le duele. Fuimos al médico, el justificante está en casa, olvidé meterlo. ¿Puedo enviar una foto ahora?

No aceptamos fotos. Hace falta el original.

Lo llevaré después del trabajo dice Martina, con tono crispado. O puedo pedirle a mi marido.

Hasta las doce corta la secretaria.

Martina cuelga, y siente una presión interna. Hasta las doce significa que tendrá que irse del trabajo, justo hoy que hay que entregar el informe.

Gabriel está a su lado, mirándola.

No lo hice a propósito dice él.

Lo sé. Ve tranquilo. Todo bien contesta Martina, aunque bien ya está lejos.

Lo acompaña hasta el colegio, le da un beso en la frente y vuelve al metro. El vagón va lleno, alguien le pisa el pie, otro se ríe fuerte. Martina se agarra a la barra e intenta no pensar que el día solo acaba de empezar.

En la oficina la reciben el olor a café y a impresora. El compañero de la mesa contigua levanta la vista.

Martina, el cliente está en línea. ¿Dónde está la versión final? Ya están nerviosos.

Martina se sienta, enciende el ordenador, busca la carpeta. El archivo no aparece. Revisa de nuevo. Ayer lo guardó en el disco compartido. O creyó haberlo hecho.

Ahora lo busco dice, notando las manos sudorosas.

Abre el mail, encuentra el hilo, intenta repasar la secuencia. En la cabeza surge: Otra vez lo has estropeado todo. Esa frase antigua, oída de niña, siempre brota en estos momentos donde solo toca solucionar.

El móvil vibra de nuevo. Esta vez es su madre.

Martina el tono es tenso. El grifo de la cocina pierde. He puesto una palangana, pero sigue cayendo agua. Me da miedo que se moje el piso de los vecinos.

Martina mira la pantalla, la carpeta vacía, el reloj.

Mamá, estoy en el trabajo. Cierra el agua debajo del fregadero, ahí está la llave. ¿Te acuerdas?

No la puedo girar, está muy dura.

Usa una toalla, prueba a girar con ella. Si no puedes, llama a la urgencias de fontanería. Te envío ahora el número.

Vendrán cuando les dé la gana.

Lo sé. Pero no puedo ir ahora. Martina se escucha algo brusca. Te paso el número, ¿vale?

Su madre se queda callada unos segundos.

Vale dice en voz baja.

Martina cuelga y siente el peso de la culpabilidad. Le gustaría ser buena hija, buena madre, buena empleada y una persona normal. En esos instantes siempre pierde con todas.

La jefa se asoma por la puerta del despacho.

Martina, ¿qué pasa con el informe? El cliente espera. Además baja la voz, ayer les enviaste el borrador y las cifras no cuadran.

Martina siente el rostro ardiendo.

Ya lo reviso ahora. Lo arreglo.

Rápido, por favor dice la jefa, marchándose.

Martina mira el ordenador y sabe que va a repetir lo de siempre: agobiarse, abarcar todo, y acabar equivocándose más. La ansiedad ya sube, pegajosa, con sensación de falta de aire.

Se recuesta en la silla y cierra los ojos un segundo. Por si acaso llueve, piensa, como si alguien le pusiera una mano en el hombro.

Martina se levanta, toma la taza y va a la cocina. No por ganas de té, sino por romper ese círculo.

Llena un vaso de agua en el dispensador y lo bebe de golpe. Pone a hervir el agua, echa el té en la taza. Se sienta cerca de la ventana, mirando al patio entre los edificios. Dos minutos. Solo dos.

Respira: diez exhalaciones más largas que las inhalaciones. En la sexta, los hombros caen un poco. En la décima, el corazón sigue acelerado, pero ya no suena como alarma.

Regresa a la mesa, saca la libreta del bolso. Escribe arriba: Ahora.

1. Encontrar la última versión del informe.
2. Llamar al cliente y decir honestamente cuándo estará la final.
3. Resolver el justificante y el grifo.

Tres pasos. No diez.

Abre el historial de archivos del disco compartido. El documento no estaba borrado, solo renombrado. Ayer añadió la fecha al nombre y no vio que la ordenación había cambiado. Martina abre el archivo, comprueba las cifras, detecta el error en una fórmula. Corrige, recalcula, guarda.

Luego llama al cliente.

Buenos días, soy Martina dice con voz firme. Ayer envié un borrador con una errata. Acabo de corregirlo. En cuarenta minutos envío la versión final. Si necesitan antes, díganme qué es urgente y priorizo.

Al otro lado, silencio y un suspiro.

Cuarenta minutos está bien. Gracias por avisar.

Martina cuelga y siente dentro una pequeña isla sólida. No felicidad ni alivio, simplemente la posibilidad de seguir de pie.

El siguiente punto es la llamada. Una persona de tres. Busca en la agenda y se detiene en Mateo. No quiere volver a oír no me da tiempo, pero ahora no necesita apoyo perfecto, solo ayuda concreta.

Mateo, hola. Necesito rápido. El colegio exige el justificante antes de las doce. Está en casa, en la mesita del hall, bajo la agenda. Puedes ir y llevarlo?

Estoy al otro lado de la ciudad empieza él.

Martina respira profundo, y se impide perder los nervios.

Lo sé. Pero si no lo llevas, tendré que dejar el trabajo, y hoy no puedo. ¿Puedes pedirle a alguien de la obra? ¿Cambiar la ruta?

Mateo se queda callado.

Vale. Paso por casa, lo cojo y lo llevo. Mándame foto para reconocerlo.

Gracias. Te la envío ahora.

Hace la foto del justificante, que realmente está bajo la agenda en la mesita, y la manda. Piensa: Esto es delegar. No heroísmo, sino pedir.

Falta lo de su madre y el grifo. Martina le escribe un mensaje con el número de urgencias y una instrucción breve: Llave debajo del fregadero, gira a tope a la derecha. Si no puedes, usa una toalla y suavemente. Si te da miedo, llama a urgencias y diles que el grifo pierde, temes que se moje el piso. Luego llama.

Mamá, no puedo ir ahora le dice, con tono suave. Pero estoy contigo por teléfono mientras lo intentas.

Ya estoy nerviosa confiesa su madre.

Hagámoslo juntas. ¿Dónde estás?

En la cocina.

Bien. Abre el armario bajo el fregadero. Toma una toalla y envuelve la llave, intenta girar. Sin fuerza.

Martina escucha el ajetreo de la palangana, el crujido de la toalla.

Ha girado dice su madre al cabo de un minuto, sorprendida. Ay, y ha dejado de gotear.

Perfecto. No abras el agua hasta que vaya el fontanero. Esta tarde paso y lo compruebo.

Perdona por molestarte susurra su madre.

No me has molestado. Has llamado justo a tiempo asegura Martina, y se sorprende de que sea cierto.

Envía el informe. En cuarenta minutos, como prometió. La jefa asiente, sin sonrisa pero sin reproche. El compañero levanta el pulgar.

Parece que se puede respirar. Pero por dentro sigue el temblor, como tras un frenazo. Martina sabe que si se pone a trabajar sin más, acabará la tarde irritada y explotando en casa.

En la pausa, no va al comedor. Toma la chaqueta, el móvil, unos auriculares, y sale. La ruta de la lista: de la oficina a la farmacia, vuelta al colegio, regreso. No porque necesite medicinas, sino porque el trayecto es familiar, corto, sin sorpresas.

Camina rápido, contando los pasos casi sin querer, como si el cuerpo buscara su ritmo. En la farmacia compra tiritas y un paquete de té de manzanilla, aunque en casa sobra. Que esté ahí, es la huella física del cuidado.

De vuelta, se detiene ante la valla del colegio, mirando las ventanas. Alguna de ellas, Gabriel hace su examen. Martina siente el impulso de escribirle: ¿Cómo vas? Pero no lo hace. Mejor que esté en lo suyo.

Por la tarde, Mateo le envía un mensaje: Justificante entregado. Todo ok. Después, una foto: el justificante en manos del vigilante, en el vestíbulo del colegio. Martina sonríe y nota cómo se le afloja otro nudo.

Vuelve a casa más tarde de lo habitual, cansada pero no agotada. En la mesita ya no está el justificante, así que Mateo pasó por allí y cumplió.

Gabriel está en la cocina, comiendo pasta.

Mamá, saqué un cuatro dice, como si fuera lo más importante.

Muy bien. Martina le acaricia el hombro. ¿La rodilla?

Bien. Tenía miedo de que me volviera a doler.

Martina asiente. Le dan ganas de decir: Yo también tenía miedo, pero sería demasiado. Pone a calentar agua, saca la manzanilla comprada y la echa en la taza.

Mateo entra, quitándose los zapatos.

¿Qué tal el día? pregunta.

Martina siente la costumbre de querer reclamar, enumerar, demostrar que ha sido duro. Pero la lista recomendaba una frase honesta sin culpas.

Deja la taza en la mesa y dice:

Hoy he estado muy revuelta. Necesito que esta noche estés conmigo, sin móvil, media hora.

Mateo la mira más atentamente que por la mañana.

Vale. Después de cenar. Estoy cansado, pero puedo.

Gracias Martina responde, sabiendo que no es concesión ni victoria. Es acuerdo.

Después de cenar se sientan en el salón. Mateo deja el móvil boca abajo. Gabriel se va a hacer los deberes. Martina le cuenta el informe, la llamada del colegio, el grifo de su madre. Sin dramatizar: como una cadena de cosas. Mateo pregunta, asiente, dice: Sí, es mucho. Y con eso basta.

Más tarde, Martina va a casa de su madre. Lleva la llave inglesa y una junta nueva, comprada de camino. Su madre la recibe en la puerta, con una sonrisa de disculpa.

Pensé todo el rato que estabas enfadada confiesa.

Me enfadé responde Martina, quitándose la chaqueta. Pero no contigo. Con el hecho de que no puedo llegar a todo.

Juntas abren el armario bajo el fregadero. La llave está abierta, la palangana seca. Martina revisa la unión, aprieta la tuerca, cambia la junta. El agua deja de gotear. No es un milagro, es pura mecánica.

Al regresar a casa, en el cajón sigue el papel doblado. Martina lo saca, lo lee. Los puntos no prometen que la vida será fácil; solo prometen esto: hay una serie de acciones disponibles cuando todo parece torcerse.

Añade una línea nueva abajo: 8. Pedir media hora sin móvil. Piensa y apunta al lado: Funciona.

Luego lo dobla de nuevo, lo guarda y cierra el cajón. El día no ha sido ideal. Pero ha dejado de ser un desastre, y eso basta para irse a dormir sintiendo que mañana podrá, otra vez, salir adelante.

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