¿Por qué has traído a tu hijo a la boda? ¡No habíamos invitado niños!
Mi hijo tiene nueve años. Es un chico alegre y muy tranquilo. Hace poco mi hermana, Celia, se casó en una pequeña iglesia de Segovia. En las invitaciones ponía claramente que la celebración sería solo adultos. Yo no estaba de acuerdo con esa idea, pero al final acepté que mi amiga, Lucía, cuidaría de Juanito durante el banquete.
Sin embargo, la noche antes de la boda Lucía me llamó y me dijo que estaba enferma. Se disculpó y me explicó que no podía venir. Me quedé pensativa en la cocina, con Juanito ya dormido y la boda a la vuelta de la esquina. ¿Qué debía hacer? Decidí llevar a mi hijo al evento. ¿Se enfadaría Celia por mi sobrino?
Mi cuñado, Antonio, es un hombre acomodado, así que la boda había sido una verdadera fiesta con mesas repletas de jamón ibérico, cava y pastel de tres leches. Celia estaba nerviosa antes de la ceremonia y yo no le comenté que Juanito iría conmigo. Cuando Celia vio al niño, su rostro cambió al instante. Se volvió roja como un tomate y, como una tormenta, empezó a gritar:
¡¿Por qué has traído a tu hijo a la boda?! ¡No habíamos invitado niños! ¡Todo lo has arruinado!
Me sentí mortificada. Juanito miraba perplejo, sin entender por qué había tanto alboroto. ¿Para qué tanto escándalo? Pero aquello sólo era el comienzo.
Que se quede con el niño, a ella le corresponde decidir a dónde lo lleva intervino Antonio con tono firme.
Me quedé sorprendida. Celia ni siquiera quiso escuchar la explicación. Intenté razonar, pero era inútil.
Encolerizada, cogí a Juanito y me marché a casa. Mis padres, que habían asistido a la boda, se quedaron entre la gente, sin ganas de celebrar. El ambiente festivo se había esfumado.
Desde entonces Celia me ha guardado rencor y me exige una disculpa. Yo no me siento culpable; su actitud no ayuda a que la familia se lleve bien. Además, pronto será madre y, como hermana, debería recibir apoyo, no reproches.
Al final, la situación me ha enseñado que, antes de que el orgullo y la frustración se apoderen de nosotros, es mejor conversar y aclarar cualquier malentendido. La paciencia y el diálogo evitan que los pequeños incidentes conviertan una celebración en un conflicto.







