Podéis vivir aquí con nosotros, ¿para qué os vais a meter en una hipoteca? ¡Nuestro piso será vuestro! exclamó mi suegra, su voz resonando como campanas de la Plaza Mayor de Madrid en un sueño extraño y vaporoso.
Todo comenzó cuando mi suegra empezó a susurrarnos, como una brisa de la sierra de Guadarrama, que no hacía falta pedir ningún préstamo hipotecario. Insistía con esa terquedad tan castiza en que nos mudáramos a su piso de Salamanca, porque de todos modos, al final, pasaría a manos de mi marido, que es su único heredero en todo el árbol genealógico. Sin embargo, mi suegra sólo tiene cuarenta y cinco años; mi suegro, cuarenta y siete. Son jóvenes aún, como dos gorriones charlando en un banco del Retiro.
Los dos, mi marido y yo, tenemos veinticinco años. Trabajamos y, aunque los sueldos tampoco son cosa de tirar cohetes en la Puerta del Sol, nos dan para alquilar un piso. No quiero que la convivencia diaria con los parientes de mi marido acabe en alguna guerra civil doméstica.
Los padres de él insisten en vivir todos juntitos, como en las clásicas películas de Berlanga. Mis propios padres tienen un piso grande, tres habitaciones amplias con vistas a la Gran Vía, suficiente para todos; pero yo no quiero invadir el espacio de nadie, y me sentiría como una turista reservando habitación en un hostal. Tampoco me seduce la idea de vivir con los padres de mi marido, donde siempre me sentiría como si me hubiesen invitado a tomar un té y tuviera que cuidar las formas.
Al empezar el confinamiento, la casera del piso de Chamberí que alquilábamos nos sugirió educadamente que debíamos marcharnos, pues planeaba dejar el piso a su sobrina y familia. Nos vimos atrapados en el asfalto madrileño, sin encontrar piso en pleno estado de alarma, así que no quedó más remedio que mudarnos a casa de sus padres. Mi suegra y mi suegro nos recibieron como si fuésemos reyes de Castilla la Vieja. Mi madre, por su parte, nunca me criticaba abiertamente, pero siempre remarcaba que todo lo hacía mal; la madre de mi marido, en cambio, era distinta… y los días en su casa fueron deslizándose como los sueños: extraños, intensos, bañados en una luz de siesta.
Ya habíamos pensado en pedir una hipoteca antes, pero fue justo en ese tiempo cuando nos dimos cuenta de que había llegado el momento de lanzarnos. Decidimos ahorrar tiburónamente mientras podíamos, atesorando euros bajo el colchón. Quería independizarme cuanto antes de la casa de mis suegros, pero sabía que si volvíamos a alquilar, lo de ahorrar sería una Odisea versionada por Cervantes.
Aunque los suegros no metían demasiada baza en nuestra vida, su hogar tenía sus propias costumbres, como un martes de Carnaval en Zamora: todo era diferente a lo nuestro. Mi marido y yo nos esforzábamos en adaptarnos, pero el aire olía siempre diferente, como si estuvieras en un palacio de Toledo. Al principio no era para tanto, pero pronto noté ese cosquilleo incómodo de no estar en mi sitio.
Desde el primer día, mi suegra me echó suavemente de la cocina. Me explicaba con dulzura, como quien trenza una ramita de olivo, que la cocina era su reino y que yo, como Penélope, debía esperar en el vestíbulo. Me cuesta comer sus guisos porque le pone especias como si estuviera perfumando un botijo y mete cebolla a kilos en todas las recetas.
Puede que alguien lo encuentre una tontería de barrio, pero para mí es un asunto serio. Cuando intenté hacerme mi propia comida, se molestó, pensando que la tildaba de mala anfitriona.
Cada viernes, como si fuera un litúrgico Viernes Santo, hacía limpieza general. Llegábamos agotados del trabajo y sólo soñábamos con tumbarnos a dormir, pero ella fruncía el ceño porque todo lo hacía sola. Cuando le pregunté por qué no limpiaba el sábado como hacen todos en España, me contestó con un suspiro castellano: «En el fin de semana hay que descansar».
Y así, pequeños detalles se acumulaban como churros, uno tras otro. Lo único que me reconfortaba era que mi suegra no se burlaba de mí; simplemente era su forma de ser, y yo sabía que todo era pasajero, como las nubes sobre Segovia.
Decidimos con mi marido no contarles que ahorrábamos para comprar piso propio. Pagábamos la mitad de las facturas, la compra del Mercadona la repartíamos, y lo demás lo ahorrábamos esperando tiempos mejores. Un día, charlando sobre el coche nuevo que se había comprado un primo de mi marido, mi suegro soltó la idea de que también deberíamos pensar en un Seat Ibiza. Mi marido respondió: «Lo primero es nuestro propio piso». Y mi suegro, con voz de profesor de Salamanca, preguntó: «¿Cuántos años vais a estar ahorrando?» Mi marido le dijo que estábamos ahorrando, sí, pero para poder pedir la hipoteca.
Podéis vivir aquí, ¿para qué queréis la hipoteca? Nuestro piso será vuestro repitió la suegra, como si fuese la mismísima Reina Católico.
Intentamos explicar que queríamos nuestro propio espacio, pero sus padres decían que todo esto era una tontería, que vivir juntos nos ahorraría muchos euros al banco. Y cuando mi suegra vio que por ahí no conseguía convencernos, empezó a hablarnos de niños y familia, como si fuésemos los protagonistas de una zarzuela: «Pensad en los niños, no en las hipotecas».
Todos los días, había que escuchar sus razones al desayuno, al almuerzo, como una cantinela de flamenco. Sus palabras a mí no me cautivaban, pero a mi marido empezaron a entrarle en el alma, y un día me dijo que su madre tenía razón: «No hace falta hipotecarnos, si vivimos tranquilos, sin peleas. Cuando llegue el momento, el piso será nuestro».
Dentro de cincuenta años será nuestro me quejé, viendo pasar relojes como Salvador Dalí.
Después de aquella charla, mi marido empezó a hablar cada vez más a menudo de que sus padres ya estaban mayores, que pronto requerirían cuidados, y que la hipoteca era como una cadena, que sería difícil de llevar cuando yo estuviese de baja maternal.
Pero yo no quiero esperar a heredar ni a que la vida me convierta en invitada permanente. Yo quiero, aquí y ahora, ser la verdadera señora de mi propia casa en Madrid, aunque todo sea una extraña escena de sueño donde la cebolla flota como globos y la familia habla en parábolas interminables.






