¿Por qué me miras así? La vida a dos es suficiente, ¿no?

“¿Qué me miras así? Sí, no quiero tener hijos. ¿Acaso no estamos bien los dos?” preguntó Lucía a su marido.

El primer rayo de sol asomó por la ventana de la cocina. Al colarse entre las persianas, dibujó franjas de luz y sombra en el suelo, la pared y la mesa. Llegó hasta la cara de Adrián y le golpeó los ojos enrojecidos.

Adrián cerró los párpados, pero aún sentía esa luz molesta atravesándolos. Se apartó hacia un lado con la silla, buscando refugio en la penumbra.

Como ofendido, el sol se escondió tras el bloque de nueve plantas enfrente. La cocina quedó sumida en una oscuridad triste. En ese momento, sonó el clic del cerrojo al abrirse. Adrián se sobresaltó, conteniendo la respiración mientras escuchaba el roce cauteloso de pies descalzos en el recibidor.

Los pasos se detuvieron un momento en el salón antes de acercarse.

“Adrián, ¿no estás durmiendo?” preguntó su mujer, con una voz entre sorprendida y confundida.

“¿Dónde has estado?” gruñó él, separando los labios resecos.

Lucía tardó en responder. Si lo hubiera hecho enseguida, quizás le habría creído.

“Fui a un café con Ana, luego… seguimos en su casa. Perdona, bebimos demasiado y me quedé dormida allí,” mintió.

“¿Por qué no llamaste?”

“Estaba borracha, ya te lo he dicho. No quise despertarte,” contestó con más calma.

“Esperabas que durmiera y no notara tu ausencia.” Adrián hablaba sin mirarla.

“¿Qué te pasa? Sí, bebimos, charlamos… ¿No puedo salir una noche en la vida?” subió la voz, pasando al ataque.

“¿Una noche?” Adrián se giró hacia ella.

Lucía parpadeó y evitó su mirada.

“Tengo sueño, hablamos luego,” dijo cansada, pero cuando intentó marcharse, Adrián la agarró bruscamente de la muñeca y la jaló hacia sí. Ella gritó, cayendo de rodillas, pero se levantó al instante, forcejeando.

“¡Suéltame, me haces daño!” siséó.

Pero él apretó más fuerte.

“¡Me vas a romper el brazo! ¡Basta!” Lucía lo miró con desprecio y desesperación.

“¿Estabas con él? Dime.” Adrián no cedía.

“¡Sí! ¡Sí! ¡Feliz?” gritó en su cara. “¿Ahora qué, te sientes mejor? ¡Te odio! Estoy harta de ti.”

Se retorció con fuerza, y en ese instante, él soltó su mano. Por el impulso, Lucía chocó contra el marco de la puerta, golpeándose el codo. Gritó de dolor.

“Vete,” dijo Adrián con frialdad.

“Adrián, al menos déjame—”

“¡Lárgate! ¡Con él, al diablo! Luego vendrás por tus cosas.” Se recostó contra la pared, cerrando los ojos.

“Pues me voy.” Lucía salió de la cocina, frotándose el codo. “Te arrepentirás. ¡Me voy para no ver tu cara aburrida nunca más!” gritó desde la entrada.

“Que te den…” Adrián cogió una taza y la estrelló contra la pared. Los trozos volaron por toda la cocina.

La puerta se cerró de golpe. Adrián se desplomó en la mesa, enterrando la cabeza entre los brazos.

El sol asomó de nuevo, iluminando su espalda encorvada con líneas de luz.

Así permaneció mucho tiempo antes de levantarse, pisando los vidrios rotos. Se duchó, se afeitó y bebió un café. Era temprano aún, así que caminó hasta el trabajo para despejarse, dejando el coche aparcado.

Pasó el día esperando una llamada de Lucía. Ojalá lo hiciera, jurando que la había obligado a confesar algo que no era cierto, que en realidad estuvo con su amiga… La perdonaría. Pero el teléfono nunca sonó.

Al salir del trabajo, lamentó no haber llevado el coche. El cielo estaba encapotado, y una llovizna fría mojaba su rostro. Caminó hacia casa con la esperanza de encontrarla allí… Pero solo lo recibió el silencio.

Recogió los cristales, sacó una botella de vodka medio vacía del frigorífico y bebió un trago. El estómago le ardió. Esperó a que pasara, fue al sofá y se durmió boca abajo.

***

Se casaron hace tres años. Lucía, alegre y vital, lo enamoró con su espontaneidad. No era la más guapa, pero tenía algo que atraía a los hombres. Al principio, todo fue bien. Su mundo giraba en torno a ella.

No le gustaba cocinar. A él no le importaba. Un café y unos bocadillos por la mañana no requerían talento. Almorzaba en un bar cerca del trabajo. Por las noches, los amigos solían traer comida o pedían pizza.

Los fines de semana, se levantaban tarde y salían a comer fuera. Una vida que a Adrián le satisfizo… hasta que sus amigos empezaron a tener hijos. Él también habló de formar una familia. ¿Qué matrimonio estaba completo sin niños? Pero Lucía lo esquivaba con bromas. “Demasiado pronto, ya habrá tiempo para pañales y gritos.”

“¿Qué me miras así? Sí, no quiero hijos. ¿Acaso no estamos bien los dos?”

El tema la irritaba. Se enfadaba y desaparecía horas. Adrián, desesperado, salía a buscarla. Tras una discusión, entró en un café y la vio con un hombre joven. Al acercarse, ella titubeó un segundo antes de sonreír. “Es un antiguo compañero de clase. Justo lo encontré aquí.”

El otro le tendió la mano. Adrián la estrechó con frialdad. Se sentó, pero la conversación murió. El “compañero” se excusó y se marchó.

Desde entonces, Lucía cambió. Reía menos, salían menos. Un par de veces llegó tarde, diciendo que estaba con amigas. Pero la mayoría ya eran madres. Y esa noche, ni siquiera volvió.

Sabía que mentía… pero no quiso comprobarlo. Hasta el último momento, confió en ella.

***

Adrián despertó de madrugada. Por un momento, creyó oír a Lucía. Quiso llamarla. Quizás estaba equivocado, quizás sí estuvo con una amiga…

No. No llamaría primero. Tenía su orgullo.

En el baño, se miró al espejo. La barba incipiente, los ojos rojos… Parecía un destrozado. Bebió agua directamente del grifo, terminó el vodka y volvió a la cama.

Pasaron días monótonos. Por las noches, visitaba a sus amigos. Pero sus mujeres lo miraban con recelo. Sin Lucía, parecía apagado, sus chistes ya no hacían gracia. Algunos le decían la verdad: “Alguien la vio…”

“¿Por qué no me lo dijeron antes?” se quejaba.

“¿Y tú habrías creído?”

Dejó de visitarlos.

Había dejado de fumar, pero ese día compró un paquete. En la cola del súper, una mujer bajita cargaba con bolsas pesadas.

“¿Sola hoy?” preguntó la cajera.

“Sí, Dani tiene fiebre. He venido rápido.” Pagó en efectivo y se marchó renqueando.

Adrián la siguió y le ofreció ayuda. Ella aceptó agradecida. “Vivo cerca.”

Al llegar, un niño de unos cinco años apareció en la puerta. “¿Es mi papá?” preguntó.

“No, cariño. Este señor me ayudó con la compra.”

Adrián se quedó paralizado. Si hubiera soñado con un hijo, habría querido uno así: ojos grandes, manos delgadas, pantAdrián miró al pequeño Dani, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, su corazón latía con esperanza, y supo que allí, en aquel humilde piso, había encontrado algo más valioso que cualquier amor perdido: una nueva familia que llenaría su vida de luz.

Rate article
MagistrUm
¿Por qué me miras así? La vida a dos es suficiente, ¿no?