—¿Por qué me desprecias tanto?—Le pregunté a mi suegra

Hace ya muchos años, recuerdo aquel día en que decidí limpiar toda la casa: barrí cada rincón y me puse a fregar los suelos con esmero. Justo cuando terminaba, mi suegra, con gesto deliberado, esparció cáscaras de pipas de girasol por el suelo recién lavado. La miré perpleja, casi sin dar crédito.

Madre, ¿por qué has hecho eso? ¡Vi que lo hiciste adrede!

Mi suegra me devolvió una mirada de desprecio y dijo:

Volverás a hacerlo, no te pasará nada por repetirlo.

Luego, satisfecha con su travesura, se volvió a recostar en su cama. Yo, sin decir nada, pasé a la otra habitación, recogí la escoba y el recogedor y empecé de nuevo a limpiar el suelo.

Mientras barría, ella se puso a hojear el periódico, el mismo que ya había releído montones de veces.

¿Por qué me tienes tanta manía? ¿Qué te hice yo para que te burles así de mí? Cocino para ti, lavo la ropa, mantengo la casa limpia. Incluso mi hija siempre te ayuda. ¿Por qué me detestas tanto? le pregunté con la voz quebrada.

Mi suegra ni siquiera se molestó en mirarme. No respondió, y yo tampoco aguardaba ya ni sus disculpas ni una explicación.

No pude contener las lágrimas. Terminé de fregar los suelos, me aparté y me fui a lavar la ropa y después al mercado de la calle Mayor a comprar verduras.

Siempre había tantas cosas que hacer en la casa. Cuando estaba ocupada, no pensaba demasiado y las horas pasaban sin darme cuenta.

Mi marido falleció hace muchos años, cuando nuestra hija, Lucía, tenía apenas ocho. Me acuerdo bien de la tristeza y del vacío en casa.

Tras el entierro, mi suegra me dijo:

Quédate conmigo. No voy a dejar que te vayas a ningún sitio. No quiero que en el pueblo se diga que os he echado.

Por supuesto, acepté. ¿Qué otra opción tenía? Mi hermana vivía con nuestros padres y sus dos hijos; ya no había sitio para Lucía y para mí.

Albergaba la esperanza de que, pese al carácter difícil de mi suegra, lograría entenderme con ella. Pero el milagro nunca llegó.

De puertas afuera, me trataba con cortesía, pero cuando estábamos a solas me humillaba constantemente. Decía que debía obedecer siempre sus órdenes.

Eres tonta. No sirves para nada. Ningún hombre va a fijarse en ti. Eres madre soltera. Quédate con Lucía y conmigo. Cuando yo muera, te dejaré la casa. Si no haces lo que quiero, se la dejo a otro y te quedas sin nada.

Aquello me asustaba mucho, así que aguantaba y obedecía. Lo soporté todo por el bienestar de mi hija.

Pero mi suegra no tenía ninguna prisa por marcharse. Superaba ya los ochenta años y apenas se quejaba de salud. Gastaba su pensión entera en sí misma y solo pedía alimentos de calidad y caprichos del mercado.

Hace mucho que sé que me equivoqué al quedarme con mi suegra. No debí aceptar, y ahora, tantos años después, he padecido humillaciones que aún me duelen.

Lucía termina ahora la universidad. Está enamorada de un chico muy bueno, Rodrigo, con quien va a casarse. Pronto vivirán juntos. Confío de corazón en que mi hija será feliz y le irá bien en la vida.

Qué tristeza siento al pensar en mí misma y en todo lo que perdí…

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