¿Por qué importa esta verdad? No es padre quien engendra, sino quien cría.

—Antes no existían esas pruebas de ADN —suspiraba hace poco mi amiga—. La gente vivía, criaba hijos, formaba familias. Que si este se parece a aquel… puros cotilleos de abuelas. ¿Y ahora? Un simple análisis y la vida se va al traste. Dime, ¿quién necesita esa verdad? ¿Una verdad que destroza vidas?

Y me contó una historia. Una que no me dejó dormir en paz durante una semana.

Había una vez una joven pareja. De lo más común: él, ella y un niño de cinco años. Vivían como dos enamorados. El marido adoraba a su esposa y veneraba al pequeño. Trabajaba sin descanso, hacía planes. A Dani lo cargaba en hombros, lo llevaba al fútbol, le leía cuentos al dormir. Los abuelos no tenían ojos más que para su nieto. Una familia de postal. Hasta que llegó la desgracia.

Un día, el niño empezó a quejarse de dolores. Le daba vueltas la cabeza, las piernas no le respondían, una debilidad que no lo dejaba levantarse. Médicos, pruebas, más médicos… pero el diagnóstico no llegaba. Hasta que un especialista los derivó a un genetista.

Ahí vinieron las preguntas: ¿quién en la familia había enfermado? ¿Qué dolencias hereditarias había? Los padres se encogieron de hombros: nadie, nunca habían visto algo así. Preguntaron a los abuelos: nada.

—Qué raro —murmuró el médico—. Muy extraño. En treinta años, jamás vi un caso así sin antecedentes familiares. Esto no surge de la nada. En teoría, quizá, pero en la práctica… Es la primera vez. Muy singular…

Con cada nuevo médico, lo mismo: «¿Enfermedad hereditaria? ¿Quién la tuvo? ¿Nadie? ¡Imposible!». El padre perdió la paciencia. Y un día, a escondidas, sin decirle nada a su mujer, hizo una prueba de ADN. El resultado fue como una puñalada.

El niño no era su hijo.

Al ver el papel en sus manos, la esposa se quedó pálida. Lloró. Y confesó: sí, hubo un único desliz. Antes del matrimonio. Todo era incierto entonces. Un error. Ella misma creyó que el niño era de su marido.

Se desató el infierno. Gritos, reproches, manos temblorosas. El divorcio llegó en una semana. La abuela materna, la madre del padre, cayó en cama por una crisis hipertensiva. El abuelo, con el corazón destrozado, fue al hospital. El pequeño Dani no entendía nada. Ayer, su papá lo cargaba en brazos y le prometía ir al zoo. Hoy, ni llamadas, ni visitas, nada. ¿Y por qué la abuela Laura de pronto dijo que él no era de su sangre?

—Dime —susurró mi amiga, mirando por la ventana—, ¿para qué hizo esa prueba? Vivían felices. Él quería al niño, lo crió. Podría haber dudado, sí, pero el pensamiento pasaría. Todo fue demasiado rápido. No hacía falta saber. Esa verdad no ayudó a nadie. Lo arruinó todo.

Yo callaba. Y ella siguió:

—La mujer podría haber mentido. Los médicos mismos dijeron que, en teoría, la enfermedad podía surgir de la nada. Y ya está. Pero él… Ahora el niño crece sin padre. La esposa, sin marido. Sus padres, enfermos. Todos sufren. ¿Para qué? ¿Por saber?

Desde entonces, pienso mucho en esta historia. ¿Qué es mejor: vivir con dudas o descubrir que tu vida fue mentira? ¿Cambiaría eso tu amor por el niño? Si al fin y al cabo es tu hijo —lo criaste, lo educaste, tú eres su papá—, ¿importan los genes de otro?

Difícil decirlo. Cada uno tiene su verdad. Pero aún me resuenan las palabras de mi amiga:

—Padre no es el que engendra, sino el que se queda.

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MagistrUm
¿Por qué importa esta verdad? No es padre quien engendra, sino quien cría.