¿A qué has venido? La madre abrió apenas la puerta, sujetando el pomo. ¿Cómo voy a mirar ahora a la gente a la cara? No eres hija mía. Apenas se dejaron de chismorrear, y ni tu padre ni yo pudimos entrar en la tienda durante medio año. ¿Para qué has vuelto? ¿Eh?
¿Quién es, Mari Luz?
Tu hija mayor ha venido.
¿Isabel?
El padre abrió de par en par la sólida puerta de madera, haciendo que las bisagras resonaran por toda la entrada.
Él la miró de arriba a abajo. Isabel se sintió helada de incomodidad.
Vete donde quieras, no quiero verte aquí. ¡Y encima, con barriga!
Isabel callaba, miraba con esperanza bajo su flequillo negro, esperando que los padres se ablandaran. No tenía otro sitio adonde ir. La habían despedido por estar embarazada. No podía pagar la habitación que tenía alquilada a una señora. Si no tienes dinero, tampoco tienes casa. Nadie quiso entender su situación. Estaba asustada.
Isabel bajó del porche y se quedó parada, acariciándose el vientre.
Ni lo sueñes le soltó la madre, girándose hacia dentro.
El padre cerró la puerta.
Isabel se encogió toda para evitar llorar. Pero aguantó. El bebé se movía dentro, notando su ansiedad. Así que eso era volver a casa
La nieve crujía bajo sus botas, como consolándola. Isabel cerró la verja al salir y miró hacia la ventana de la cocina, donde veía luz. Las cortinas estaban echadas.
La tiendecita del pueblo tenía el calorcito de siempre. Isabel entró y echó una ojeada. Nada había cambiado. A la derecha el mostrador con la señora Carmen, la dependienta; a la izquierda las vitrinas y el armario azul con el candado.
¿Me pone una barra de pan, por favor? Isabel contó un par de billetes de euros.
¡Vaya, has reaparecido!
Isabel ni levantó la cabeza, y repitió:
El pan, si es tan amable.
Toma, anda. Aunque no sé si debería, pero bueno, yo soy una vendedora, no una jueza
Le pasó la barra de pan pero antes de añadir nada más, entraron una pareja joven por la puerta.
Cuando Isabel se fue del pueblo había cogido lo justo: documentos, una pequeña bolsa y con esa misma volvía ahora.
Intentó guardar la barra de pan, pero era grande y recién hecha, y casi se salía de la bolsa, parecía pedir a gritos que le hincaran el diente allí mismo.
La dependienta empezó a chismorrear en voz baja con la pareja, señalando hacia Isabel, pero ella ya no escuchó nada, ansiosa por escapar a la calle.
La nieve empezaba a caer otra vez. El viento paraba. Isabel rompió un trozo de pan y cerró los ojos. Al menos un problema menos.
Se fue detrás de la tienda, apoyándose en la pared fría. Allí se quedó, arrancando pedacitos de la barra, con los ojos cerrados. Aquel pan olía a casa, a recuerdos, a felicidad
¿Isabel? la voz la sobresaltó de golpe.
Abrió los ojos y reconoció a la abuela Teresa, la de Enrique.
Hola respondió, bajando la mano con el pan.
¿Y tú qué haces aquí, escondida?
La mirada de la señora, con su abrigo de borrego y un gran pañuelo de lana, se desvió hacia su barriga.
No tengo adonde ir, mis padres me echaron.
¿Y allí donde vivías, tampoco cuajaste?
Isabel sólo encogió los hombros.
Vente, la mujer no preguntó más.
Se fue a paso lento, apoyándose en su bastón.
Isabel se quedó un momento parada, resopló y la siguió. No tenía fuerzas ya ni para pensar. Sólo soñaba con dormir. Había sido un día duro.
Recordó aquella casita del final del pueblo. Cuando corría de niña con Enrique al campo detrás de esa verja, rumbo a su escondite secreto. Una vez él paró allí y saludó:
¡Abuela, luego me paso!
Buenos días asintió Isabel, para no quedar deseducada.
La abuela Teresa la había visto un par de veces, pero cómo olvidarla después de lo que pasó. Volver atrás, quitarse todo ese peso y sentir de nuevo sus labios en los suyos regresar a la juventud y la despreocupación.
Nunca entendió por qué su compañero de clase, Miguel, se fijó en ella en 3º de la ESO. No era guapa, ni la lista de la clase, ni la simpática, pero aceptó sus atenciones. Al fin y al cabo, a nadie le amarga sentirse especial. Él feliz, le cargaba la mochila, la acompañaba hasta casa Lo suyo fue creciendo, y hasta planes de boda hicieron.
Los padres de ambos sonreían, aunque decían:
Cuando Miguel vuelva de la mili, ya hablamos de boda.
Incluso empezaron a reunir cosas para el futuro casorio.
A Enrique lo conoció por pura casualidad, un rayo en plena calma.
Aquel mayo apretaba el calor. Isabel volvía de Madrid de preguntar por la universidad. Miguel no fue, tenía que ayudar a su padre. De la parada al pueblo, era campo y campo.
Bajó y caminaba sin prisa; el bus iba lleno y todo el mundo sudaba.
De repente un trueno. Isabel se asustó y se cubrió la cabeza.
Se giró: la nube negra avanzaba rápida, partía el campo en antes y después.
La cortina de lluvia vino veloz. No había ni una casa cerca. Isabel solo vio campo a su alrededor. Cogió una bolsa del bolso, metió las sandalias y se la puso sobre la cabeza.
Las gotas enormes ya caían detrás. Sin mirar atrás, Isabel aceleró el paso, luego echó a correr. La pared de agua la alcanzó y con ella, sintió una mano en el brazo.
Giró. Un coche parado, y un chaval tirando de ella hacia la puerta.
¡Llevo rato tocando el claxon y ni caso me haces!le gritó el chico, por encima del aguacero. ¡Venga, sube, que vaya agua cae! ¿Te asustaste mucho?
Isabel estaba toda encogida.
Él se quitó la camiseta, la lanzó atrás y cogió del asiento una sudadera limpia.
Toma, ponte esto y no te preocupes, que soy de aquí, ¿no te acuerdas de mí? Soy Enrique, el hijo de los Herrero.
Le puso la sudadera y la acercó tanto que Isabel se sonrojó.
Ahora entrarás en calor. Creo que también tengo una chaqueta pero está sucia ¿Vienes del bus?
Sí.
Yo venía de Madrid, de buscar piezas de recambio. ¿Por qué tiemblas tanto?Volvió a rozarle el hombro, ahora más suave, con cariño.
¿Cómo te llamas?
Isabel.
Isabel, entonces
¿Y por qué no arrancamos?
La nube ha ido justo hacia el pueblo, nos pillará todo el camino. Esperamos un poco.
Asintió Isabel. Tenía razón. Vaya tontería.
Empezaron a hablar. Resultó que Enrique trabajaba en el campo con su padre, su madre murió cuando él apenas empezaba el instituto. No fue a la universidad, no le dio tiempo a apuntarse. Trabajo no le faltaba, ¿qué más?
Cuando le dejó en la puerta de casa, se despidió sonriendo.
Isabel le sonrió de vuelta.
Hablaban como si se conocieran de toda la vida, tras años sin verse.
Con Miguel, Isabel nunca sintió tal conexión, ese calor. Cuando la tocaba o besaba, nada.
Aquel día Isabel solo pensaba en Enrique. Su madre lo notó, pero no supo el motivo, ni consiguió sacarle palabra. Cada vez que escuchaba un coche, Isabel miraba por la ventana, por si era él.
Y las ganas de verle crecían por momentos.
Cuando Miguel venía por la noche, Isabel no podía mirarlo. Cogió valor y le dijo que debían dejarlo.
¿Cómo que dejarlo? Miguel no se lo creía.
Tú te vas a la mili, yo quiero estudiar fuera. Mejor cortar ahora, y si el destino nos cruza más adelante, pues ya veremos le explicó.
No. Ni hablar. ¿Quién va a esperarme?
¿Para qué quieres eso?
Llevo detrás de ti desde tercero y me sales con esto
No volvió a hablar con él. Aquella noche, vio por primera vez a Miguel realmente enfadado. Y esos ojos le dieron incluso miedo.
Al día siguiente, los padres de Miguel estaban en casa, armando bronca. La madre de Miguel chillaba, culpando a todos. Isabel salió al patio, luego cruzó la huerta y acabó en el monte.
Anduvo rato, hasta que salió de nuevo a la carretera que volvía al pueblo.
¡Isabel, Isa! oyó una voz.
Enrique la saludaba con la mano.
Isabel se quedó parada, pero luego corrió hasta él. Llegó a su lado, se miraron.
Te vi y pensé que eras tú. ¿Te llevo?
No, en casa hay bronca He cortado con Miguel. Pienso solo en ti, entiéndeme
Te entiendo. Yo también, desde el primer día. Por eso no he pasado, creí que os casabais.
No va a haber boda.
Se inclinó un poco y le besó los labios, suave, con tanto cariño, y la abrazó.
Se quedaron así, creyendo que todo saldría bien. Isabel regresó de madrugada, justo cuando su madre apagaba la luz de la cocina.
¿Qué has hecho, hija? Tres años juntos y lo dejas ¿Eso se hace?
Quiero a otro, de verdad respondió Isabel en voz alta.
¿Cómo? salió el padre. Ya hablaremos. Hasta los exámenes te quedarás en casa.
No pudieron retenerla.
Isabel se veía con Enrique a escondidas, en un rincón dónde nadie los veía desde la carretera.
Pero un día, alguien los vio paseando y se chivó a Miguel.
Miguel y Enrique acabaron a puñetazos, lo vio todo el pueblo. Dos yayas llorando y el resto mirando la pelea junto al río.
Enrique bajó solo. Tropieza, da un paso atrás para no caer y… había vacío.
El padre de Enrique, que justo llegaba, sólo tuvo tiempo de quitarse los zapatos y lanzarse al agua.
¡Isabel, vamos al río! ¡Miguel y Enrique han tenido una pelea y Enrique ha caído al agua! Dicen que ya está la Olatz, compañera suya, corría asustada.
Isabel tiró la regadera y corrió. Había mucha gente alrededor.
Han llamado ya a la ambulancia se oía entre el tumulto.
Esto va a acabar mal. Ahora el problema lo tendrá Miguel decía alguno.
Cuando Isabel llegó, el coche ya se había marchado. El padre llevó a Enrique al hospital.
Isabel sentía las piernas de plomo, se sentó en el césped, incapaz de moverse.
¿Ves, por jugar al amor? Ahora uno no está y al otro se lo llevan. La madre de Miguel estaba sobre Isabel, limpiándose las lágrimas.
No, no acertó a decir Isabel.
Volvió a casa y se tiró en la cama.
¡¿Qué has hecho?! entró su madre hecha una furia. ¡¿Cómo has podido?! ¡¿Qué va a ser ahora de nosotros?!
Y salió corriendo rumbo a la calle.
Isabel no lo pensó. Cogió su bolsa, papeles, algo de dinero y cruzó a la huerta. En una hora, ya iba en autobús a la ciudad
La casita en la esquina del pueblo la recibió de noche, con la primera nevada. La abuela Teresa se sentó en el banco junto a la puerta, quitándose los zapatos.
Qué lata con las piernas, con el mal tiempo siempre lo noto dijo.
Le ayudo ofreció Isabel, intentando agacharse.
No hace falta. Si me dejo, luego me echo a perder y no me levanto. Tengo que moverme. ¿De cuánto estás?
Para febrero, me quedan cuatro semanas.
Ya casi. ¿No será de Enrique? preguntó la abuela, fija en sus ojos.
Isabel aguantó la mirada:
Sí.
¿Seguro?
No tengo dudas.
Bien, pues. Ahora te preparo la cama, mañana veremos qué hacer.
La casa era pequeña, dos habitaciones. El olor era el de siempre. A veces Enrique le traía pasteles de allí. Los de la abuela.
Esa noche Isabel no podía dormir hasta que un gato se le subió a la cama y se acurrucó junto a su barriga. Intentó apartarlo, pero el gato ni caso, así que cerró los ojos y se durmió.
La despertó el aroma a masa de pan.
¿Quieres las empanadillas de mermelada o de bonito?
De mermelada, gracias dijo Isabel, acariciándose la barriga.
Enrique no me contó tu nombre Yo abuela de todos, pero me llamo Teresa.
Encantada, Teresa.
Mira que falta poco, ¿eh? Una semana no más, lo noto.
¿Una? Faltan cuatro
Que no, en cuanto se despiste esa niña, sale antes.
¿Niña? preguntó Isabel intrigada.
El corazón me lo dice.
Una semana después, justo como dijo la abuela Teresa, le empezaron a Isabel las contracciones. Salieron pronto para el centro de salud, y antes del mediodía nació una niña.
Gracias, Isabel dijo la abuela, sonriendo mientras sostenía a la pequeña recién nacida.
¿Por qué me das las gracias? preguntó Isabel.
Por la verdad. Es de Enrique, lo sabía. Le ví el dedo pequeño del pie, cortito, igual que el suyo. Se alegrará mucho.
¿Quién? preguntó Isabel.
¡Enrique, quién va a ser!
¿Cómo? Isabel se incorporó de golpe.
Tal cual. Mañana mismo iré a contárselo.
¿Está vivo? ¿Él está vivo? Isabel rompió a llorar.
Vaya, ¿no lo sabías, pequeña? Claro que está vivo, débil, pero vivo, la abuela la abrazó.
Tengo que ir a verle, Teresa, no puedo quedarme aquí sabiendo que está en el pueblo. ¿En casa está?
En casa Pero cuida a tu niña, necesitas descansar. Si te vas ahora, ¿cómo harás con el leche y todo eso? Espera unos días. Ya sabes que vive, no va a escaparse ahora.
Isabel lloraba de felicidad.
Poco después, volvió con la niña al pueblo. La abuela salió y volvió rato después con el padre de Enrique.
Mira dijo emocionada la abuela, ¿a que suena bien? Martina Enríquez. ¿Te gusta?
El padre ni la miró, pero al ver a la nieta se enterneció y sonrió.
¿Está puesta a nombre de Enrique? preguntó.
Por supuesto. Observa el dedito y la abuela mostró el piecito.
Gracias, Isabel. Por mi nieta, gracias. Aún no se lo he dicho a Enrique. ¿Vamos?
Vamos asintió Isabel.
Ah, tus padres han preguntado por ti, que cuándo pueden venirañadió la abuela Teresa.
Otra vez será, ahora no.
Frente al portal Isabel se detuvo varias veces.
El padre de Enrique entró primero, se descalzó, cogió a la niña y señaló hacia la habitación.
Isabel anduvo despacio, las piernas temblorosas. Lo vio en la cama, junto a la ventana, mirando el móvil.
Enrique le extendió los brazos.
Enrique, al verla, sonrió, no lo esperaba. Isabel se acercó a él y se echó a llorar de emoción.
Bueno, papá, toma a tu hija.
¿Mi hija? ¿¡Qué hija!?
La tuya dijo el padre, orgulloso. Martina, ¿te gusta? Martina Enríquez.
La abuela y el padre salieron a la cocina con la niña. Isabel se sentó junto a Enrique, soltó el aire.
No sabía que estabas vivo, Enrique de verdad. Pero ahora que lo sé, ya no me voy de aquí.
No lo hagas. Ahora soy feliz. Aquí, contigo y nuestra hija
Y así, amiga, fue como después de tanto dolor y lío, Isabel por fin tuvo su hogar, aunque le costara medio corazón.







