15 de noviembre, 2024
Hoy la jornada comenzó como cualquier otra en el patio del bloque de la calle Gran Vía. El coche de la basura llegó a su sitio habitual y, al aparcar, una gran bolsa gris se lanzó contra el hormigón. El portero, Don Miguel, gruñó mientras se acercaba a recogerla, pero la bolsa resultó ser un ser viviente y se escabulló entre los contenedores. Al asomar la vista entre la valla metálica y los cubos, el hombre divisó un enorme gato gris, tembloroso y acurrucado.
El verano que tanto esperábamos había terminado; el último mes, agosto, había sido inusualmente fresco y lluvioso, marcando el cierre de la estación cálida. A la madrugada, una lujosa berlina extranjera se introdujo en uno de los patios de la capital. Don Miguel, barriendo las hojas que la noche anterior había mojado con la lluvia, la notó de inmediato. Ninguno de los vecinos había visto jamás un coche tan reluciente.
Los cristales tintados ocultaban el interior; pensé que quizá se dirigían a visitar a alguno de los residentes, pero me equivoqué. El vehículo se detuvo junto a los contenedores, la puerta del pasajero se entreabrió y la bolsa gris volvió a volar contra el suelo.
¡Qué gente, que ni siquiera tiran nada al contenedor! pensó Don Miguel, irritado, y se apresuró a recoger aquello que había sido arrojado sin decoro. Mientras tanto el coche partió, pasando de largo al portero que seguía refunfuñando.
Don Miguel llegó al sitio, solo para descubrir que la bolsa era un gato vivo que se había escabullido tras los cubos. El felino, de gran tamaño y aspecto parecido al gato británico, temblaba de miedo, encogido como una estatua.
¿Qué demonios ha pasado? se lamentó el portero. Primero aparecen cachorros y luego este gato adulto, como si fuera una carga que nadie quiere. ¡Sal de ahí, no te quedes ahí como una trucha en tierra!
El gato no respondió; mantuvo la cabeza agachada, ocultándose aún más bajo su cuerpo.
Sal pronto, que si no llega el camión de la basura te aplastarán los contenedores advirtió Don Miguel.
El felino permaneció inmóvil, como una avestruz que ha puesto los ojos en el suelo para no ser visto. Don Miguel, frustrado, siguió su labor; debía terminar la limpieza y pasar al patio contiguo.
Así quedó el gato, sin techo ni refugio, en un patio que no era suyo. Cuando llegó el camión de la basura, el animal salió de su escondite, corriendo hacia la calle. Sin encontrar otro refugio, se metió entre la hierba bajo una gran banca y se quedó allí, sumido en sus pensamientos amargos.
En su mente todo se agitó. No comprendía por qué había acabado allí ni qué debía hacer. Sin embargo, una chispa de esperanza albergaba en su interior: alguien volvería por él. Mejor vivir en una casa que en la calle. Decidió esperar, pensando que si se quedaba allí, quizá lo encontrarían.
Dolores Fernández, que había casado a su hija María, vivía sola en el segundo piso de un edificio de cinco plantas. María residía en la misma ciudad con su marido y la visitaba con frecuencia. No solo eran madre e hija, sino también las mejores amigas; no había secretos ni resentimientos entre ellas.
Los vecinos, al ver al gato tranquilo, asumieron que era una mascota del bloque y que simplemente salía a pasear. Dolores también pensó eso y se quedó maravillada observando al elegante felino gris.
Cuando no había nadie alrededor, el gato subió a la banca que, con la llegada del otoño, ya nadie utilizaba. La gente pasaba de largo, absorta en sus propios asuntos, sin prestar atención al felino taciturno que hacía de su refugio.
El gato apenas tenía comida; el patio, gracias al esmero de Don Miguel, estaba impecable. Sólo podía subsistir con lo que hallaba entre la basura, pero allí también se encontraba la competencia de los cuervos, aves gordas y seguras de sí mismas que siempre llegaban primero. Los cuervos husmeaban en la basura, vigilantes, y cualquier intento del gato de acercarse terminaba con graznidos y picos afilados. Incluso los perros que ocasionalmente rondaban los contenedores los temían.
Tras varias semanas de vida callejera, el felino, que antes lucía digno, se transformó en un gato claramente abandonado. Los propietarios, temerosos de que un gato callejero estuviera enfermo o pudiera arañar, prohibían a los niños acercarse. Algunos vecinos, sin embargo, empezaron a darle de comer en secreto; Dolores fue una de esas personas.
El otoño se asentó con lluvias persistentes que tiñeron el entorno de gris, reflejando el ánimo del gato, que había perdido la esperanza de volver a su hogar. Al oír la historia de Don Miguel, la joven estudiante Marta, que siempre cuidaba a los animales sin hogar, se fijó en el gato abandonado. Intentó encontrarle una familia antes del invierno, pero la gente temía adoptar a un animal que había sido rechazado sin razón.
Dolores, después de consultar con su familia, no se atrevió a asumir la responsabilidad de un gato adulto. No obstante, sin que ella lo supiera, el felino, superando sus temores, trepó una noche por la escalera de incendios que estaba al lado del balcón de su apartamento y se introdujo en la maceta que tenía en el balcón. Desde allí observaba la ventana de la cocina, aspirando el calor y los aromas que le recordaban al hogar que había perdido.
Dos meses transcurrieron en la calle. En las noches el frío calaba, y el gato se resignó a su destino, acurrucado en la banca. Llegó el día de la visita de María y su marido, Eugenio. La madre había preparado una comida abundante: asado, ensaladas, tarta y té. Mientras servían, el gato apareció tembloroso en el balcón, con la cara empapada por la lluvia.
¡Qué lluvia! exclamó Dolores. Mañana promete nieve…
El gato, al asustarse, resbaló ligeramente en la baranda mojada.
¿Qué te pasa, mamá? preguntó María. Te asustaste mucho.
En el balcón había un gato que siempre se sentaba en la banca. También se ha asustado. ¿Y si se cae?
¿Cómo llegó allí?
Salieron al balcón y vieron al felino encogido, intentando conservar el calor que le brindaba la corriente de aire de la ventana abierta.
Ya sé, subió por la escalera de incendios dijo Eugenio. Qué valiente. Deberíamos darle algo de comer.
Encendieron la tetera para calentar el aire y, mientras el té humeaba, Dolores, con los ojos humedecidos, sirvió a todos una taza. María le ofreció un trozo de pastel con una rosa de azúcar, como a ella le gustaba.
Mamá, toma esto, está caliente le dijo.
Dolores, con el corazón apretado, se levantó, se puso su viejo abrigo y, con ternura, tomó al gato tembloroso en sus brazos. El felino, entre el sobresalto y la gratitud, se volvió una masa gris de pelaje húmedo, como la bolsa que había caído del coche. Lo llevó a casa.
Nadie le preguntó nunca a Dolores por qué había hecho eso, porque ella fue la única que, entre tantos vecinos, actuó con humanidad. El gato pasó una semana entera bajo la calefacción, disfrutando del calor que antes le había sido negado. Dolores lo nombró Prono, y, por su porte digno, le añadió el segundo nombre de familia: de la Fuente.
Prono de la Fuente resultó ser un gato educado, con modales impecables. Si existiera el gato perfecto, sería él. Se convirtió en miembro de la familia, querido por todos.
A veces, Dolores bromea con él:
Prono de la Fuente, ¿qué delitos cometiste para que te arrojaran al patio?
Él, sin poder hablar, permanece en silencio; su mirada indica que ni él sabe la razón.
Prono lleva casi dos años en el hogar de Dolores, está bien alimentado, acariciado y satisfecho. Sin embargo, cuando escucha voces en tono brusco, su antiguo miedo resurge y se acurruca bajo la mesa, escondiéndose.
Aquellos que conocen al gran gato gris solo pueden especular. ¿Por qué lo echaron? No lo sé.
**Lección personal:** En la vida, a veces nos convertimos en esa bolsa gris tirada sin remedio; lo importante es extender la mano, ofrecer un refugio y recordar que, aunque no conozcamos la culpa del otro, siempre podemos dar calor a quien lo necesite.







