12 de octubre de 2025
Hoy he tomado la decisión de dejar de invitar a nadie a mi casa. No se trata de ahorrar dinero; tengo una vivienda en las afueras de Valladolid, con un jardín y todo lo necesario para ofrecer algo en la mesa. Sin embargo, la rutina de atender a los visitantes me ha cansado.
Paso mucho tiempo cocinando cuando llegan amigos o familiares, y después me ocupa la tarea de recoger. Sé cocinar bien, pero no me divierte pasar medio día entre ollas y sartenes. Para mis hijos, Lucas y Carmen, y para mi mujer, María, siempre me esfuerzo en crear algo nuevo, pero para los invitados, que sólo buscan pasarla bien, no quiero malgastar energía. Cada vez que algún pariente o colega viene de visita, me veo obligado a dedicarme a la cocina y, al mismo tiempo, me agobia ver que todos se relajan mientras yo estoy atareado. Nadie se ofrece a ayudar; vienen para descansar, no para currar.
Cuando se marchan, todavía me quedan varias horas de limpieza. No dejan montones de basura, ni papel de caramelos por el suelo, pero el orden desaparece. Los muebles quedan desplazados y hay que volver a colocarlos. Los niños de los visitantes traen sus juguetes, la ropa de cama necesita ser cambiada, y aparecen manchas en el mantel y en las cortinas. Una vez una niña tiró una maceta de la ventana; no solo recogimos la tierra y fregamos el suelo, sino que tuvimos que volver a plantar la flor. También se rompen cerraduras o picaportes sin que nadie se haga responsable.
No puedo vigilar a todos los niños, y mucho menos castigar a los hijos de otros. Sus padres están ocupados charlando con otros conocidos. Así que, además de cocinar, termino limpiando toda la casa.
Los invitados suelen preguntar por los detalles de nuestra vida familiar. Cuando sé que alguien va a venir, evito lavar la ropa, especialmente la ropa interior, y guardo todo lo que no quiero que vean en los armarios. Pero ellos insisten en abrir los cajones y curiosear. Algunos incluso examinan la cocina como si fuera una inspección oficial, lo que me resulta una invasión de mi espacio privado. Vivimos en un piso pequeño, con muchos muebles y jarrones, y siempre hay flores colgadas; los visitantes suelen arrancar algún ramito para llevárselo.
A veces pensé que el problema era yo, que no sabía recibir bien a los demás. Pero al observar cuántas visitas he tenido, comprendí que ya no quiero gastar fuerzas en cocinar y luego limpiar la vivienda. Prefiero quedar con un café en una terraza, dar una vuelta por el centro de la ciudad o visitar el parque del Campo Grande, y volver a casa a encontrarla impecable.
Lección personal: la hospitalidad no tiene por qué convertirse en una carga; es mejor compartir momentos fuera de casa que sacrificar nuestro propio bienestar por la comodidad de los demás.







