Por más veces que le he pedido a mi suegra que no haga visitas tardías, ella no me ha hecho caso.

Como le he repetido mil veces a mi suegra que no se aparezca a esas horas, parece que tiene un talento innato para no escucharme.

Por alguna razón que me supera, Doña Carmen está convencida de que tiene derecho a aparecer sin avisar en nuestra casa. Nuestro hijo, Pablo, ya tiene un añito. Le hemos ido creando una rutina bastante rígida: si no se duerme a las 20:00, prefiero no acostarlo en absoluto, porque después nos esperan dos horas de auténtico infierno.

Discutir con la suegra no sirve de nada. Por mucho que le pida que no venga a esas horas, ella no me oye. No entiende que no es idea visitar al nieto de un año cuando ya es muy tarde.

Yo trabajo hasta tarde dice ella. Llega, se queda media hora, juega con él, lo hace reír, lo agita, y yo paso la mitad de la noche intentando meter al bebé en la cuna. Después se pone inquieto y comienza a llorar.

¿Y ahora qué hago?

Esta noche empecé la rutina como siempre. José y yo ya habíamos elegido la película que queríamos ver. Cuando sonó el timbre, mi marido abrió la puerta y se encontró con su madre.

Resulta muy difícil describir lo que sentí. Me invadió la ira. Ira. Pablo estaba empezando a dentición y no dejaba de moverse, así que apreciábamos cada minuto de silencio. Traté de calmarme. Hay que mantener la calma, después de todo, es la madre de mi marido.

Fingí que me dolía la garganta, me llevé la mano a la mejilla y, con voz dramática, grité:

¡Llegas en el momento justo! Me duele la muela, no lo aguanto. No quiero ir sola al dentista. Quédate un rato con el bebé y luego nos vamos.

José no entendía nada. Se vistió a toda prisa y nos fuimos de la casa.

¿Qué espectáculo es este? le preguntó José.

Al menos podremos ir a algún sitio solos. Y no te olvides de apagar el móvil le contesté, intentando disimular la frustración.

Llegamos a casa pasada la medianoche. Doña Carmen tuvo que coger un taxi para volver. Pablo dormía en su moisés, mientras pañales sucios y ropa manchada cubrían el suelo. Juguetes, chupetes, sonajeros en resumidas cuentas, un caos digno de una exposición de arte contemporáneo.

La suegra lucía exhausta, el maquillaje corrido y el vestido manchado de caca de bebé. Desde entonces aparece mucho menos y, sobre todo, ya no llega a esas horas de la noche.

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MagistrUm
Por más veces que le he pedido a mi suegra que no haga visitas tardías, ella no me ha hecho caso.