Por la mañana, a Miguel Serrano le fue peor. Le faltaba el aire.
Nicolás, no quiero nada. Ningún medicamento, nada de eso vuestro. Solo te pido, por favor, déjame despedirme de Amigo. Te lo ruego. Desconéctame de todo esto…
Señalaba las vías y los sueros.
No puedo irme así. ¿Lo entiendes, no puedo?
Una lágrima resbaló por su mejilla. Nicolás comprendía que si lo desconectaba de las máquinas, quizá ni siquiera llegara a la puerta.
Pronto, los compañeros de toda la habitación se acercaron.
Nicolás, ¿de verdad que no se puede hacer nada? No es de ley irse así…
Lo sé… Pero estamos en el hospital, todo debe permanecer estéril.
¡Bah, qué más da! Mira, el hombre no puede irse en paz.
Él lo comprendía todo. Pero, ¿qué más podía hacer? Nicolás se levantó. Claro que podía. Que se acabase la discusión, que se acabara la empresa de su padre. Que le despidieran si querían. Giró bruscamente y se topó con la mirada de Ana. En sus ojos brillaba la admiración.
Nicolás salió corriendo a la calle.
Amigo, por favor, en silencio. Quizá nadie se entere. Vamos, vamos a ver a tu dueño.
Ya tenía la puerta abierta cuando alguien le cortó el paso. Era doña Isabel Évora.
¿Pero esto qué es?
Doña Isabel, por favor, solo cinco minutos. Deje que se despidan. Lo entiendo, si quiere luego me despide.
Isabel guardó silencio un momento. Quién sabe qué pensaba en ese instante, pero al final se hizo a un lado.
Está bien. Que me despidan a mí también entonces.
¡Amigo, ven conmigo!
Nicolás corrió por el pasillo del hospital, con el perro a su lado. Ana abría la puerta adelante. El perro, sintiendo lo que ocurría, llegó en dos saltos junto a la habitación, y de un brinco estaba de pie sobre las patas traseras, apoyando las delanteras en la cama de Miguel Serrano. Se hizo un silencio total en la sala. Miguel abrió los ojos. Intentó levantar la mano, pero no pudo, los sueros se lo impedían. Entonces, de un tirón, se los quitó con la otra mano.
¡Amigo! Has venido…
El perro apoyó la cabeza en el pecho de Miguel. Él acarició a Amigo, una, dos veces. Sonrió… y la sonrisa quedó congelada en su rostro. Su mano resbaló. Alguien susurró:
El perro está llorando…
Nicolás se acercó a la cama. Amigo, en verdad, sollozaba.
Ya está. Vámonos… Vamos…
***
Nicolás se sentó en la tapia del jardín mientras Amigo se iba a tumbar a la sombra de unos arbustos. Se le acercó el hombre de la habitación, aquel que un día le había dado sus croquetas. Le tendió una cajetilla de cigarrillos. Nicolás le miró, pensó decir que no fumaba, pero al final soltó un suspiro y encendió uno.
A su lado se sentó Ana. Tenía los ojos muy rojos y la nariz hinchada.
Ana Hoy es mi último día.
¿Por qué?
Verás, al principio estaba aquí como castigo, y luego porque quería demostrarle a mi padre que podía… Él iba a dejarme la empresa. Pero no es por la empresa. No puedo más. Me voy a casa. Le diré la verdad: que su hijo es un inútil. Perdóname, Ana
Nicolás se marchó. Escribió la carta de renuncia y recogió sus cosas. Ana observó desde la ventana cómo se acercaba a la puerta en su «Mercedes», aparcaba, abría la puerta del copiloto y se dirigía a los arbustos. Dijo algo a Amigo, luego fue al coche, se apoyó en él y esperó. El perro vino al cabo de cinco minutos, miró largamente a Nicolás a los ojos y después saltó al coche.
Ana, otra vez, rompió a llorar.
¡No eres un inútil! ¡Eres el mejor!
***
Unos días después, Ana vio llegar al director del hospital acompañado de un hombre muy parecido a Nicolás. Bajó corriendo las escaleras y se plantó en la calle.
¿Es usted el padre de Nicolás?
El director la miró sorprendido.
Ana, ¿qué sucede?
Espere, don Javier, luego si quiere me despide, ¡pero primero! Se volvió hacia el hombre. ¿Es usted?
Don Álvaro Rubio, también desconcertado, miró a la joven de las simpáticas pecas.
Sí, soy yo.
¡No se atreva! le espetó Ana. ¡No se atreva a pensar que Nicolás es un inútil! ¡Es el mejor! ¡Fue el único capaz de permitir que un hombre se despidiera de su mejor amigo antes de morir! ¡Nicolás tiene corazón y alma!
Ana se giró y entró en el edificio. Don Álvaro sonrió.
¿Has visto qué carácter?
Don Javier respondió:
¿Y qué hacemos con ella? Es buena chica, pero siempre quiere la verdad cruda.
¿Eso es malo?
No siempre es bueno
***
Pasaron tres años.
De la puerta de una bonita casa salió una familia entera. Nicolás empujaba un carrito, y Ana llevaba con la correa a un enorme y reluciente perro. Caminaban hacia el río, y Ana soltó a Amigo.
¡Amigo, no te alejes mucho!
El perro salió disparado rumbo al agua. A los pocos minutos, el bebé en el carrito empezó a llorar. Amigo, como un rayo, regresó.
Ana soltó una carcajada.
Nicolás, parece que no necesitaremos niñera. ¿Por qué tanta prisa, grandullón? Sonia solo ha perdido el chupete.
El bebé volvió a dormirse, Amigo asomó la cabeza al carrito, y, al ver que todo estaba bien, se marchó otra vez tras una mariposa…
Porque en la vida, al final, lo que realmente nos define no es lo que poseemos ni adónde llegamos, sino la bondad con la que acompañamos y despedimos a los que amamos.







