Por fin
Cuando Lucía se casó con Javier, no tenía ni idea de que su flamante marido arrastraba un vicio ruin. No habían salido mucho tiempo antes de comprometerse. Él se precipitó, y cuando le propuso matrimonio, iba algo bebido:
—Lucía, cásate conmigo— dijo, dejando escapar un aliento cargado de alcohol.
—¿Javier, has bebido? ¿Y así me lo pides?— protestó ella sin demasiada convicción. Quería casarse; casi todas sus amigas ya lo habían hecho.
—Es que… estoy contento. Espero que no me digas que no— contestó él, alegre. —Bueno, ¿qué me dices?
—Vale, acepto. Pero con una condición: nada de beber a menudo. Solo en ocasiones especiales.
—¡Claro, faltaría más! Hoy, por ejemplo, es una ocasión especial: ¡te he pedido que seas mi mujer!
Por juventud e ingenuidad, Lucía no indagó más. Tampoco sabía que el padre de Javier había bebido toda su vida. Quizás esa costumbre había calado en su hijo. Además, el progenitor a veces le invitaba a «tomar una copita de té».
Carmen, la madre de Javier, se indignaba cuando su marido servía alcohol al chico.
—Tú, tragándote esa porquería toda la vida, y ahora arrastras a tu hijo…— Pero el hombre solo se reía.
—Cállate, mujer. Que se acostumbre, que es un hombre.
Tras la boda, se mudaron a un piso de una habitación que Lucía heredó de su abuela. Al principio, todo iba bien. Javier trabajaba, aunque a veces volvía oliendo a alcohol, pero siempre tenía una excusa:
—Hoy pagaba Luis, le ha nacido un hijo. ¿Cómo no brindar? Hasta Dios lo entendería— respondía cuando ella preguntaba. —Hoy es el cumple de Jorge, ahí tienes otra razón. O cuando ayudamos a Marcos con las tablas para la casa de campo… Nunca faltaba un motivo, y todos importantes. ¿Cómo decir que no?
Lucía dio a luz a un niño, Daniel, pero Javier seguía igual. No se apresuraba a volver a casa y apenas se acercaba al pequeño.
—¿Por qué no pasas tiempo con tu hijo? Es tuyo— se quejaba ella.
—Tú misma dices que no quieres que le huela el aliento— replicaba él.
—Pues deja de beber. ¿Hasta cuándo vamos a tener esta conversación?— suplicaba Lucía.
Pasaron ocho años. Javier bebía casi a diario. Lo echaron de un trabajo, luego de otro. Su madre veía cómo su nuera, una mujer admirable, intentaba lidiar con todo sola. La respetaba, y el sentimiento era mutuo.
—Lucía lleva años luchando contra el vicio de Javier, pero él no cambia. Cada año empeora— confesaba Carmen a su hermana mayor.
—No me digas, Carmen. Me da pena Lucía, es una madre y esposa ejemplar— respondía su hermana.
Pasaron dos años más. Daniel iba a tercero de primaria. Lucía mantenía a la familia prácticamente sola. Javier no trabajaba, aunque su madre les ayudaba con dinero y compraba cosas para el niño. Él ya no se parecía en nada al chico guapo de antes. Había perdido la mitad de los dientes en peleas y borracheras, el pelo se le caía. Lo peor: no sentía nada por su mujer ni por su hijo. Nada.
—Lucía, divorciate de ese hombre y échalo de casa. ¿Cómo aguantas esto?— le decían su madre, sus compañeras de trabajo, hasta los vecinos. Todo era evidente.
Pero Lucía sentía lástima por él. Era compasiva hasta con los gatos y perros callejeros, ¿cómo no compadecerse de su marido? Lo único que la preocupaba era Daniel. El niño veía a su padre borracho, no lo respetaba, su relación era fría. Así que decidió actuar: pediría el divorcio.
Se lo comunicó a su suegra.
—Carmen, ya no puedo más. Me divorcio de Javier.
—Lucía, ¿y si lo tratamos? Quizá mejore…— como madre, le dolió.
—¿Cuántas veces trataron a su marido? ¿Y qué? Al tiempo, volvía a lo mismo. No quiero que Daniel siga sus pasos. Mejor que no lo vea. Así que lo echaré de casa. Que vaya donde quiera.
—¿Y adónde irá? A nuestra casa, claro. Ay, lo que me espera…— Carmen se llevó las manos a la cabeza.
La verdad era que Lucía decidió divorciarse porque se había enamorado de un compañero del trabajo, Álvaro. Guardaba ese sentimiento en lo más hondo. Nadie lo sospechaba, ni siquiera él.
Álvaro llegó a la oficina hacía un par de meses. Lucía supo al instante. Algo en su pecho se agitó. Rubio, de ojos azules, pelo corto y una sonrisa franca, la cautivó. Y no solo a ella. Las compañeras solteras se emocionaron al saber que estaba divorciado y se había mudado a la ciudad donde vivía su padre.
Aunque solo tenía treinta y cuatro años, Álvaro trataba a las mujeres con respeto, incluso a las que le lanzaban indirectas. Solo sonreía y declinaba con cortesía:
—Hoy no puedo, lo siento, tengo planes.
Algunas, resentidas, murmuraban a sus espaldas. Pero él mantenía la compostura.
Lucía pidió el divorcio y se lo dijo a Javier:
—Javier, nos divorciamos. He presentado los papeles. Recoge tus cosas y vete. Hay dos bolsas en el pasillo.
Él la miró con expresión vacía. Ni siquiera le importó. Cogió las bolsas y se fue a casa de sus padres.
—Sé que hace tiempo que dejé de significar algo para él— pensó Lucía tras su marcha. —Ahora empezaré una vida nueva. Aprenderé a confiar otra vez, a aceptar que alguien me corteje. Algún día ocurrirá.
Y ocurrió. Una tarde, al salir del trabajo, Álvaro la llamó:
—Lucía, ¿vas a casa? ¿Tienes un momento?
—Sí. ¿Por qué?— se sorprendió, sintiendo que se sonrojaba.
—Quería invitarte a cenar. Para hablar. En la oficina no es el lugar, no quiero que la gente murmure— dijo con seriedad, antes de sonreír y abrirle la puerta del coche.
—Vale, acepto— respondió, subiendo a su lado.
El restaurante estaba tranquilo. Era temprano, pero poco a poco se fue llenando.
—Lucía, me enteré de que te has divorciado— comentó Álvaro tras pedir.
—Sí. Mi paciencia tiene límites. Estaba harta de cargar con todo…— respondió con sencillez.
—Quizá te sorprenda, pero desde que te vi supe que eras mi destino— confesó con honestidad.
A Lucía le latía el corazón. Él había expresado lo que ella sintió al conocerlo.
—Álvaro, yo ni siquiera sabía…
—Creí intuir que tú también sentías algo— sonrió, y ella enrojeció.
—¿Se notaba?
—Para quien quería verlo, sí— rio él, confirmando sus sospechas.
Desde entonces empezaron a salir. Claro, hubo miradas de reproche en la oficina, sobre todo de Patricia, la más descarada:
—Vaya, la tímida de Lucía se ha llevado a Álvaro. ¿Cómo lo has logrado? Yo lo intenté mil veces…
—No sé— respondió ella con humildad, sin inmutarse.
Su exmarido no la molestaba, pero su madre sufría. Carmen vivía un infierno, así que visitaba a Lucía por las tardes para ver a su nieto y sentirse en paz. Vivían cerca. Aunque su nuera hubiera echado a su hijo, no guardaba rencor. Lo entendía.
Una mañana de sábado, Carmen llegó temprano, yY cuando Lucía le contó su compromiso con Álvaro, mostrando el anillo que él le había regalado, Carmen la abrazó con lágrimas de alegría, diciendo que lo único que deseaba era verla feliz de nuevo, dejando atrás años de sufrimiento.







