14 de febrero de 2025
Hoy me desperté con la luz tenue que se cuela por la ventana del salón, y pensé en lo mucho que ha cambiado la rutina desde que María se jubiló. Ella siempre fue una pescadora empedernida; antes de la jubilación pasaba los fines de semana en el río Tajo con su caña, y ahora, con tiempo de sobra, se pasa horas allí mirando la superficie del agua como si buscara respuestas. Yo, mientras tanto, sigo en la escuela municipal de educación física de Alcalá de Henares, entrenando a los niños del club local. No es fácil compaginar los entrenamientos, las competiciones y las reuniones de padres, pero la pasión de mis alumnos ha puesto el nombre de nuestra escuela en boca de toda la provincia.
Aun así, aunque me encantaría sentarme junto a María y observar el fluir del río, el calendario me lo impide. Sólo los sábados consigo escaparme, y esa mañana, con el país aún bajo ciertas restricciones, decidí que era hora de compartir una jornada de pesca con ella y con mis nietos: Pablo, de ocho años, y Alicia, de seis.
Antes de salir, cargué las cañas en el maletero del coche, subí a María y a los niños, y nos pusimos en marcha. Al pasar por la calle de la Plaza Mayor, el pequeño Kike, vecino del barrio y amigo de los niños, nos miró desde la ventana de su casa, con la cara de quien había planeado un día de juego en casa y ahora se encontraba sin saber a dónde ir.
Kike, ¿te apuntas a venir con nosotros? le pregunté, bajando la ventanilla.
Un momento, le preguntaré a la abuela respondió, corriendo a la puerta.
Al poco tiempo apareció Carmen, la abuela de Kike, con la mirada curiosa y una manta envuelta en los hombros.
¿Nos dejan? preguntó, sonriendo.
Claro, os esperamos contesté.
Kike se puso el gorro, se metió el pañuelo y se acomodó en el asiento trasero junto a sus primos.
Llegamos al punto habitual, una pequeña ensenada donde los pescadores locales siempre hablan de la “perca gigante”. María, con su caña extendida, se acomodó en una silla plegable; yo encendí una pequeña hoguera para que los niños se calentaran, mientras les explicaba cómo se coloca el cebo y se espera al toque.
Los niños jugaban a las escondidas y a las carreras alrededor del muelle, mientras yo vigilaba la línea que temblaba levemente. De pronto, el flotador se hundió de golpe. Con la paciencia de una cazadora, María empezó a recoger la caña. En menos de medio minuto, la perca saltó al aire y, con una mano firme, la dejó caer en el cubo de agua.
¡La primera ha llegado! exclamó, satisfecho.
Volvió a lanzar, y otra perca, más grande y robusta, se sumó al botín. Los niños, emocionados, empezaron a marcar goles en la arena con una pelota que habían traído del coche.
¿Qué deseas pedirle a la perca? me preguntó Alicia, con los ojos brillantes.
Yo, con una sonrisa, respondí:
Que el cubo vuelva a casa solo.
Carmen, entre risas, añadió:
Que la perca nos conceda un deseo.
Kike, con timidez, pidió:
Que la perca me dé un abuelo.
María, sin perder el humor, le contestó:
Que la perca haga que la abuela Carmen sea la mejor abuela del mundo.
Después de varios lanzamientos más, el cubo se quedó con tres percas relucientes. Kike, con voz de asombro, susurró:
¡Son percas mágicas!
Yo le respondí:
Son percas que cumplen los deseos de los niños de buen corazón.
Al regresar a casa, el cansancio empezó a notarse en los pequeños. Kike se quedó dormido en mis brazos, y lo entregué a su abuela, que lo acunó con ternura.
Esa noche, mientras María y yo nos recostábamos, ella me dijo:
Lástima lo de Kike. No tiene un abuelo que lo acompañe, solo tiene a su abuela.
Yo, pensativo, respondí:
Pues tal vez no sea cuestión de sangre, sino de presencia.
Al pasar los días, la idea de encontrar a alguien que pudiera ocupar ese vacío de figura paternal no dejó de rondar mi mente. Cuando llegó la víspera de Año Nuevo, la ciudad se vistió de luces, los mercadillos de turrón y mazapán se llenaron de gente, y en la calle Mayor se erigió un gran árbol de navidad.
Recordé entonces a mi viejo compañero de estudios, Borja, que ahora dirige una ludoteca en Guadalajara, a unos cien kilómetros de aquí. Lo llamé por teléfono.
Borja, ¿qué tal? Necesito un favor. Kike no tiene abuelo y la abuela está muy sola.
¿Quieres decir que lo encargues como si fuera un alquiler? se rió, sorprendido.
Exacto. Necesita a alguien que le cuide de vez en cuando, aunque sea solo una vez al año.
Borja, conmovido, aceptó. Me dijo que él, además de trabajar con niños, tenía experiencia disfrazándose de Papá Noel para las fiestas. Propuso que él fuera el abuelo de Kike, apareciendo el día de Reyes con regalos y una historia de navidad.
Acepté encantado y, esa misma noche, organizamos todo: Borja llevaría su traje de Papá Noel, mi esposa prepararía sus famosos pastelitos de almendra, y María curaría unas anchoas en aceite para acompañar el pescado.
El día de los Reyes, Borja llegó en su coche, una furgoneta blanca que olía a incienso y turrón. Al bajar, fue recibido por Carmen, con los ojos brillantes al ver al hombre alto, barbudo y vestido de rojo.
¿Has traído al abuelo que pedía Kike? preguntó, con voz temblorosa.
Claro que sí contestó Borja, guiñando un ojo.
Kike, al ver al abuelo, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
¡Papá Noel! gritó, sin darse cuenta de que era un adulto disfrazado.
Los niños se reunieron alrededor, y Borja, con la voz grave del personaje, les contó historias de los duendes del norte y les entregó pequeños regalos.
Al final, mientras la familia se despedía, Kike se acercó a mi esposa y a mí y, con la voz seria, preguntó:
¿Puedo pedir otro deseo?
Yo, sonriendo, le respondí:
Ya has recibido el mejor, pequeño: un abuelo que te quiera, aunque sea por un día.
Esa noche, mientras cerraba la ventana del salón y escuchaba el crujir de la chimenea, reflexioné sobre lo que había ocurrido. No se trata de cumplir deseos con magia, sino de estar presente, de ofrecer tiempo y cariño a los que lo necesitan.
**Lección personal:** La verdadera magia no está en los peces que saltan del agua, sino en la capacidad de cada uno de nosotros para convertirse, aunque sea por un momento, en el abuelo que un niño anhela.







