Hoy he sentido la necesidad de escribir, quizás para desahogarme o para aclarar mis pensamientos. Nací en un pequeño pueblo de Castilla, de esos donde la vida parece detenerse y cada día se repite igual. Tras terminar la Educación Secundaria Obligatoria, decidí matricularme en una escuela de cocina en Salamanca, y cuatro años después obtuve mi título. Por aquellos tiempos, hablar y leer sobre la construcción del AVE Madrid-Sevilla era común en los periódicos. Yo, con el corazón agitándose por sueños románticos de juventud, me lancé y fui a trabajar en el proyecto.
Durante mi tiempo en el AVE, conocí a Tomás, un empresario de Madrid bien conectado en la capital. Animada, fui a buscarlo cuando terminé, deseando ingresar en el Instituto de la Industria Alimentaria. Tomás no me rechazó, aunque me advirtió que el favor tendría precio. Por suerte, había ahorrado una buena suma de euros trabajando en la obra y pagué 4.000 por su ayuda, una cantidad importante en aquellos años.
Logré cambiar tanto mi certificado académico como el DNI. También pagué por estos nuevos documentos. Ahora mi DNI decía que era cinco años más joven y mi certificado reflejaba notas brillantes: notables y sobresalientes.
Tomás me ayudó a ser admitida en el Instituto, pero cuando vio mi nuevo DNI, se sorprendió. Me había colado cambiando la fecha de nacimiento. Pero yo, con la ligereza propia de la juventud, le decía bromeando que así podría buscarme un esposo más joven. En los papeles tenía dieciocho años, y era estudiante de primer curso en el Instituto de la Industria Alimentaria.
Así comenzó mi nueva vida. Todo era diferente: rodeada de chicos alegres que acababan de salir del instituto. Un año después me casé. Mi marido era Marcos, de diecinueve años, madrileño. Me empadroné en el piso de sus padres y comenzamos juntos ese capítulo.
Al terminar los estudios, el país atravesó la transición y los cambios se daban vertiginosamente. Marcos y yo supimos adaptarnos; alquilamos un local pequeño y abrimos una cafetería. Con esfuerzo, acabamos comprándolo y nos convertimos en propietarios de nuestro propio bar.
Nos iba bien, aunque nunca tuvimos hijos. Un día decidimos ir a mi pueblo natal, aquel lugar donde pasé mi infancia. Allí me reencontré con antiguos compañeros y amigos. Claramente, mi vida era muy distinta y externamente yo había envejecido menos; las miradas de envidia no tardaron en llegar. Una compañera, sin pudor, confesó a Marcos mi pasado: que había trabajado en la construcción del AVE y que era más mayor de lo que él pensaba.
Marcos, sintiéndose engañado, cambió de manera radical. Comenzó a beber, perdió el rumbo y acabamos divorciándonos. El negocio familiar debió ser dividido; mi parte la utilicé para comprarme un apartamento y él, con el corazón roto, recurrió a bancos y pidió créditos con intereses desorbitados.
Hoy sigo trabajando a pesar de haber alcanzado la edad de jubilación. A menudo me acuerdo de Tomás, de su advertencia y de la ingenuidad con la que decidí mentir sobre mi edad. Es imposible recuperar el tiempo perdido o corregir los errores del pasado.
Recientemente, fui a visitar a mi madre y me encontré con una compañera de la escuela. Ella lleva dos años jubilada, cuida de sus nietos y del huerto. A mí me toca aún trabajar cuatro años, aunque la salud ya no es la de antes. Cuando somos jóvenes, tomamos decisiones impulsivas que nos pasan factura con los años.
Seguro que alguien más ha pasado por una situación así, o conoce a alguien que se hizo pasar por más joven. Me encantaría recibir algún consejo para arreglar aquel error tan tonto que cometí hace años…





