Por dinero me volví “más joven”: Años después, mi marido descubrió la verdad y acabamos divorciándonos.

Por dinero me volví más joven. Años después, mi marido descubrió la verdad y terminamos divorciándonos.

Nací en un pueblecito cercano a Valladolid. Al terminar la EGB, me apunté a una escuela de hostelería y, tras cuatro años lidiando con cacerolas y profesores amargados, conseguí el título. Luego trabajé de camarera en el bar del pueblo, porque era lo suyo, pero tras cinco años poniendo cafés agrios y tapas de dudosa procedencia, me di cuenta de que quería algo más en la vida. Me pagaban en céntimos y uno se cansa de vivir con menos que lo que lleva una hucha de cerdito.

En ese bar conocí a Tomás, un hombre de Valladolid que tenía más contactos en la ciudad que el propietario del bar en la peña. Un día me propuso ir a Valladolid para vernos y allí fui, toda arreglada. Le pedí ayuda para entrar en la universidad (del dinero, ni hablemos: lo tenía más que contado, pero guardado como oro en paño). Tomás no me dijo que no, pero me dejó claro que eso tenía un precio. Guardé mis euros en ese entonces, pesetas, que si por algo los españoles somos expertos es en transformar la calderilla y le solté el fajo. Pagué un buen pico por ese favor.

Y como el que compra bragas en el mercadillo, pude hacerme también con un título nuevo y flamante. Hasta cambié el año de nacimiento; perdí cinco años cual si fueran una ronda extra de pinchos. Y en la nueva cartulina sólo había sobresalientes, como si yo hubiera sido la empollona y no la que copiaba hasta en gimnasia.

Tomás cumplió y entré en la universidad.

A partir de ahí empezó mi nueva vida. Me codeaba con gente moderna y divertida, chicos risueños, que aún pensaban que la vida te ponía alfombra roja. Un año después me casé. Mi marido era Marcos, tenía diecinueve añitos y era de Valladolid de toda la vida. Yo me empadroné en el piso de sus padres, porque si algo no falta en España es la casa familiar a la que vuelve hasta el perro.

Terminada la carrera, España cambió de arriba abajo: adiós dictadura, hola democracia y tapas a euro. Montamos un bar pequeño con Marcos; primero alquilamos, luego lo compramos y, voilà, teníamos negocio propio. No nos fue mal, aunque hijos no tuvimos.

Un día, ya con el bar marchando, decidimos volver al pueblo de mi infancia. Allí me encontré con los que habían sido mis compañeros de clase, tan iguales pero tan distintos. Yo, eso sí, más joven y arreglada gracias al milagro de mis documentos. La envidia flotaba en el aire como el olor a cocido. Un antiguo compañero, que de discreto tenía poco, le soltó a Marcos que yo tenía más años de los que él se imaginaba y que me conocía de los tiempos en que servía vinos.

Marcos pegó un cambio que ni el giro de una croqueta: empezó a reprocharme que le había engañado, se dio a la botella y ahí terminó nuestro matrimonio. Hubo que dividir el bar; yo me quedé con un pisito, él, con la mitad de las deudas y un puñado de préstamos bancarios a interés de usurero. Aquello se vino abajo como la muralla de Ávila si le pegases una coz.

Ahora sigo trabajando, aunque ya debería estar jubilada hace tiempo. Muchas veces me acuerdo de Tomás, que me advirtió que falsificar papeles no era lo más sensato y que al final las mentiras pesan como un cocido un 15 de agosto. Pero claro, el pasado, como la lluvia en Semana Santa, no se puede cambiar. Y los errores de juventud pasan después factura, y con recargo.

Hace poco pasé por casa de mi madre y me topé con una ex compañera. Ella sí está jubilada desde hace dos años, se dedica a sus nietos y a las verduras del huerto. Yo tendría que estar como ella, pero toca seguir trabajando porque el cuerpo ya da señales de fatiga. Lo peor es esa tontería de la juventud, que ahora toca pagar como si fuera un menú de degustación en la Gran Vía.

¿Algún consejo para arreglar la tontería que cometí hace años? Porque, aunque me lo tome con guasa, llevo una loza encima que ni la Sagrada Familia.

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