—Podéis vivir con nosotros, ¿para qué queréis una hipoteca? ¡Tendréis nuestra casa!—me dijo mi suegra. Mi suegra intenta convencernos de que no contratemos una hipoteca. Insiste en que vivamos con ellos, y asegura que la casa acabará siendo de mi marido, ya que es su único heredero. Pero la madre de mi marido sólo tiene cuarenta y cinco años y el padre cuarenta y siete. Mi marido y yo tenemos la misma edad, veinticinco años. Ambos trabajamos y ganamos suficiente como para alquilar nuestro propio piso, y no quiero que los problemas cotidianos estropeen mi relación con la familia de mi marido. Los padres de mi esposo insisten en la convivencia. Mis padres tienen un piso de tres habitaciones, hay espacio para todos, pero no quiero invadir el territorio de nadie porque me sentiría una invitada. Y tampoco me siento cómoda viviendo en casa de mis suegros. Con el inicio de la cuarentena, la casera del piso nos pidió irnos porque iba a acoger allí a su sobrina con su familia. No encontramos un sitio adecuado a tiempo, así que tuvimos que mudarnos con sus padres. Mi suegra y mi suegro nos recibieron con los brazos abiertos. Mi suegra no me acosó, pero tenía la costumbre de decirme que esto y aquello lo hacía mal. Mi suegra era distinta. Habíamos pensado antes en pedir una hipoteca, pero fue entonces cuando nos dimos cuenta de que era el momento. Decidimos ahorrar todo lo que pudiésemos mientras tuviésemos la posibilidad. Por supuesto, yo quería mudarme cuanto antes, pero si alquilábamos, nos llevaría mucho más tiempo ahorrar. Aunque mis suegros no se entrometían en nuestros asuntos, tienen sus propias costumbres y tradiciones, muy distintas a las nuestras. Mi marido y yo siempre nos adaptábamos porque estábamos en su casa. No parecía grave, pero me hacía sentir incómoda. Desde el principio mi suegra me apartó de la cocina. Con calma me explicó que era su reino y nadie más podía entrar. Sin embargo, me cuesta mucho comer lo que ella prepara, le encantan las especias y abusa de la cebolla. Para algunos será una tontería, pero a mí me resulta un problema, porque cuando intenté cocinar para mí, mi suegra se ofendió y pensó que la hacía sentir mala anfitriona. Cada viernes mi suegra hace limpieza general. Después del trabajo limpia toda la casa. Mi marido y yo llegamos agotados y sólo queremos descanso, pero ella se enfada porque lo hace sola. Cuando le pregunté por qué limpiaba los viernes y no el fin de semana, me dijo que el finde es para descansar. Y así, muchos detalles. Todo ese tiempo yo me consolaba pensando que mi suegra no se burlaba de mí, que sólo era su manera de ser, y que era algo temporal en mi vida. Pactamos con mi marido no contar que ahorrábamos para comprar nuestra casa. Pagábamos media factura y contribuíamos a la compra, guardando el resto. Un día, hablando sobre el coche que compró el primo de mi marido, el padre dijo que deberíamos pensar en uno propio, y mi marido respondió que prefería ahorrar para una casa. —¿Cuántos años vais a ahorrar? —preguntó mi suegro. Mi marido dijo que no buscábamos comprar directamente, sino ahorrar para la entrada de una hipoteca. —Podéis vivir aquí, ¿por qué esa hipoteca? ¡La casa será vuestra! —intervino mi suegra. Intentamos explicar que queríamos independencia, pero sus padres dijeron que era una tontería y que si vivíamos con ellos no tendríamos que pagar tanto al banco. Cuando mi suegra vio que no nos convencía, empezó a decir que deberíamos pensar en niños y no en hipotecas. Cada día teníamos que escuchar sus argumentos a favor de la convivencia familiar. A mí no me influían, pero mi marido empezó a dejarse llevar y después me dijo que su madre tenía razón: —No necesitamos la hipoteca, mi madre tiene razón. Vivimos tranquilos, sin discusiones. Cuando llegue el momento, la casa será nuestra. —Dentro de cincuenta años, será nuestra casa. —le reproché. A raíz de eso, mi marido empezó a sugerir que sus padres ya son mayores y quizá pronto necesiten cuidados, que una hipoteca sería una carga, y sería difícil pagarla si yo tuviese que tomar la baja por maternidad. Pero yo quiero ser la dueña de mi propio hogar ahora, no esperar a que mi suegra falte…

Podéis vivir con nosotros, ¿para qué queréis una hipoteca? ¡Tendréis nuestra casa! me dice mi suegra.

Mi suegra insiste en que no pidamos un préstamo hipotecario. Dice que nos mudemos con ellos, que tarde o temprano su casa será para mi marido, ya que es el único heredero. Pero su madre tiene apenas cuarenta y cinco años, y su padre, cuarenta y siete.

Mi marido y yo también tenemos veinticinco años, somos jóvenes, trabajamos ambos y nuestro sueldo nos permite alquilar un piso. No quiero que la convivencia diaria acabe por distanciarme de la familia de mi marido.

Los padres de mi marido no dejan de animarnos a instalarnos con ellos. Mis padres tienen un piso de tres dormitorios, sitio suficiente para todos, pero tampoco quiero irme a un lugar que es de otros, sentirme invitada en mi propia vida. Igual, tampoco estaría cómoda viviendo en la casa de los padres de mi marido.

Al comenzar el confinamiento, la casera del piso que alquilábamos nos pidió que nos fuéramos, porque quería alojar a su sobrina con la familia. No encontramos otro piso rápidamente y tuvimos que mudarnos con sus padres. Nos acogieron con cariño, su madre no era impertinente, pero de todas formas no dejaba de señalarme lo que hacía mal, aunque más suavemente. Su suegra era distinta.

Mi marido y yo ya habíamos pensado en la hipoteca, pero entonces nos dimos cuenta de que era el momento. Decidimos que, mientras pudiéramos, lo mejor sería ahorrar todo lo posible. Claro que quería marcharme de casa de los suegros lo antes posible, pero si volvíamos a alquilar sería imposible ahorrar mucho.

Aunque los padres de mi marido no se metían en nuestras cosas, tienen costumbres propias, muy distintas de las nuestras. Nos tocaba adaptarnos cada día, porque, al fin y al cabo, estábamos en su terreno. Puede que no parezca nada grave, pero no me sentía cómoda con ellos.

Desde el primer día, mi suegra me apartó de la cocina. Me explicaba, con tacto, que ése era su reino y que no podía dejar entrar a nadie. Pero lo que cocina ella me cuesta digerir, abusa de las especias y de la cebolla.

Puede que a otros les parezca poca cosa, pero para mí es importante. Cuando quise cocinar para mí, su madre se enfadó, creyó que la hacía ver como mala anfitriona.

Todos los viernes mi suegra hace limpieza a fondo. Tras salir del trabajo, limpia la casa entera. Mi marido y yo llegamos agotados, sólo queremos tumbarnos y ella se molesta porque limpia sola. Al preguntar por qué no limpia el sábado o el domingo, responde que el fin de semana es para descansar.

Y detalles así hay muchos. Lo que me tranquiliza es pensar que mi suegra no me desprecia, es su manera de hacer las cosas y que esto es sólo temporal en mi vida.

Mi marido y yo acordamos no contarles que estábamos ahorrando para comprar nuestra propia casa. Pagábamos la mitad de las facturas, les dábamos dinero para la compra y el resto lo guardábamos. Un día comentamos el coche que se había comprado el primo de mi marido. Su padre dijo que deberíamos pensar en tener el nuestro, y mi marido contestó que era más importante tener nuestra propia vivienda.

¿Cuántos años vais a estar ahorrando? preguntó su padre. Mi marido respondió que no ahorrábamos para comprar, sino para dar la entrada de la hipoteca.
Podéis vivir aquí con nosotros, ¿para qué una hipoteca? ¡Os quedáis con la casa! repitió la suegra.

Intentamos explicarle que queremos nuestra propia casa. Pero sus padres dijeron que era una tontería, que si vivíamos con ellos no pagaríamos tanto al banco. Al ver que no nos convencía, su madre cambió y empezó a decirnos que debíamos pensar en tener hijos, no en préstamos.

Todos los días tenía que oír sus razones para vivir juntos. A mí no me convencían, pero mi marido empezó a pensar que tenía sentido, y un día me dijo que estaba de acuerdo con su madre.

No necesitamos hipoteca. Mi madre tiene razón. Vivimos tranquilos, sin peleas, y cuando llegue el momento, la casa será nuestra.
En cincuenta años será nuestra la casa le reproché.

A raíz de aquella conversación, mi marido empezó a decir que sus padres ya son mayores, podrían requerir cuidados, que una hipoteca sería una carga, y que sería mucho más complicado estar pagando el préstamo si yo me cojo la baja maternal.

Pero yo quiero ser dueña de mi propia casa ya, no esperar a que mi suegra falteEn la quietud de una tarde de sábado, me encontré sentada frente a la ventana, viendo cómo el sol caía sobre los tejados del vecindario. Los argumentos de mi marido y de sus padres resonaban en mi cabeza, mezclados con mi propio deseo de independencia. Sentí el peso de las expectativas de todos, pero también la claridad de lo que realmente quería.

Me levanté, tomé aire y fui a buscar a mi marido. Le encontré en el salón, distraído con el móvil. Me senté a su lado y, por primera vez en semanas, le miré a los ojos.

¿Sabes? Puede que sea más fácil quedarnos aquí, pero hay cosas que sólo podremos vivir si nos atrevemos a tener algo nuestro le murmuré. Quiero equivocarme contigo. Aprender juntos qué es ser pareja, familia, dueños de nuestras decisiones. Quiero saber cómo es mi propia cocina y cómo querría limpiar mi casa y a qué hora.

Él me miró durante un momento que pareció interminable. Luego sonrió con esa sonrisa tímida que tenía cuando aún éramos solo dos jóvenes planeando el futuro en un café cualquiera.

Tendremos nuestra casa. Daremos la entrada. Aunque tardemos. Aunque nos digan que no tiene sentido.

Esa misma noche, le pedimos a sus padres que nos escucharan. Les explicamos lo que sentíamos, el miedo a perder lo que éramos y el sueño de construir algo juntos, solos. No intentamos convencerlos; solo les hablamos con el corazón.

Y aunque sus padres no entendieron del todo, esa vez no insistieron. Nos desearon suerte, nos abrazaron y, por primera vez, sentí que de verdad nos daban permiso para vivir nuestra propia vida.

Mucho tiempo después, cuando abrimos la puerta de nuestro pequeño piso, aún vacío, escuché el eco de mi voz en las paredes. Me reí. Había espacio para discusiones, reconciliaciones, cebollas a mi gusto en la cocina, para sueños, niños, para todos los futuros que aún no habían llegado.

Quizá el mundo no entiende los motivos de cada uno. Pero en aquel instante supe que, por fin, estábamos en casa.

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MagistrUm
—Podéis vivir con nosotros, ¿para qué queréis una hipoteca? ¡Tendréis nuestra casa!—me dijo mi suegra. Mi suegra intenta convencernos de que no contratemos una hipoteca. Insiste en que vivamos con ellos, y asegura que la casa acabará siendo de mi marido, ya que es su único heredero. Pero la madre de mi marido sólo tiene cuarenta y cinco años y el padre cuarenta y siete. Mi marido y yo tenemos la misma edad, veinticinco años. Ambos trabajamos y ganamos suficiente como para alquilar nuestro propio piso, y no quiero que los problemas cotidianos estropeen mi relación con la familia de mi marido. Los padres de mi esposo insisten en la convivencia. Mis padres tienen un piso de tres habitaciones, hay espacio para todos, pero no quiero invadir el territorio de nadie porque me sentiría una invitada. Y tampoco me siento cómoda viviendo en casa de mis suegros. Con el inicio de la cuarentena, la casera del piso nos pidió irnos porque iba a acoger allí a su sobrina con su familia. No encontramos un sitio adecuado a tiempo, así que tuvimos que mudarnos con sus padres. Mi suegra y mi suegro nos recibieron con los brazos abiertos. Mi suegra no me acosó, pero tenía la costumbre de decirme que esto y aquello lo hacía mal. Mi suegra era distinta. Habíamos pensado antes en pedir una hipoteca, pero fue entonces cuando nos dimos cuenta de que era el momento. Decidimos ahorrar todo lo que pudiésemos mientras tuviésemos la posibilidad. Por supuesto, yo quería mudarme cuanto antes, pero si alquilábamos, nos llevaría mucho más tiempo ahorrar. Aunque mis suegros no se entrometían en nuestros asuntos, tienen sus propias costumbres y tradiciones, muy distintas a las nuestras. Mi marido y yo siempre nos adaptábamos porque estábamos en su casa. No parecía grave, pero me hacía sentir incómoda. Desde el principio mi suegra me apartó de la cocina. Con calma me explicó que era su reino y nadie más podía entrar. Sin embargo, me cuesta mucho comer lo que ella prepara, le encantan las especias y abusa de la cebolla. Para algunos será una tontería, pero a mí me resulta un problema, porque cuando intenté cocinar para mí, mi suegra se ofendió y pensó que la hacía sentir mala anfitriona. Cada viernes mi suegra hace limpieza general. Después del trabajo limpia toda la casa. Mi marido y yo llegamos agotados y sólo queremos descanso, pero ella se enfada porque lo hace sola. Cuando le pregunté por qué limpiaba los viernes y no el fin de semana, me dijo que el finde es para descansar. Y así, muchos detalles. Todo ese tiempo yo me consolaba pensando que mi suegra no se burlaba de mí, que sólo era su manera de ser, y que era algo temporal en mi vida. Pactamos con mi marido no contar que ahorrábamos para comprar nuestra casa. Pagábamos media factura y contribuíamos a la compra, guardando el resto. Un día, hablando sobre el coche que compró el primo de mi marido, el padre dijo que deberíamos pensar en uno propio, y mi marido respondió que prefería ahorrar para una casa. —¿Cuántos años vais a ahorrar? —preguntó mi suegro. Mi marido dijo que no buscábamos comprar directamente, sino ahorrar para la entrada de una hipoteca. —Podéis vivir aquí, ¿por qué esa hipoteca? ¡La casa será vuestra! —intervino mi suegra. Intentamos explicar que queríamos independencia, pero sus padres dijeron que era una tontería y que si vivíamos con ellos no tendríamos que pagar tanto al banco. Cuando mi suegra vio que no nos convencía, empezó a decir que deberíamos pensar en niños y no en hipotecas. Cada día teníamos que escuchar sus argumentos a favor de la convivencia familiar. A mí no me influían, pero mi marido empezó a dejarse llevar y después me dijo que su madre tenía razón: —No necesitamos la hipoteca, mi madre tiene razón. Vivimos tranquilos, sin discusiones. Cuando llegue el momento, la casa será nuestra. —Dentro de cincuenta años, será nuestra casa. —le reproché. A raíz de eso, mi marido empezó a sugerir que sus padres ya son mayores y quizá pronto necesiten cuidados, que una hipoteca sería una carga, y sería difícil pagarla si yo tuviese que tomar la baja por maternidad. Pero yo quiero ser la dueña de mi propio hogar ahora, no esperar a que mi suegra falte…