Poco a poco conseguimos que al caserón de mi tía le llegara agua corriente, y al final, hasta instalación de gas ¡milagro! Montamos todas las comodidades modernas como si el pueblo entero dependiera de la reforma. Luego, encontré la casa de mi tía anunciada en una web de inmuebles, porque claro, al final todo lo encuentra Internet y nadie te avisa.
Mi tía Carmen tiene ya setenta y ocho añazos y, como las buenas españolas de antes, dos hermanas. Una es mi madre, por cierto. La tía Carmen fue la viva imagen de la novela rosa: al menos diez matrimonios por los menos, que yo recuerde. El último marido falleció hace diez años, y mi tía nunca tuvo hijos propios. Vivía con su último en una casa de dos habitaciones y, ojo, con el baño en el patio, muy estilo tradición rural castiza.
El tío Paco, su esposo, era de esos para los que se inventó la expresión personaje pintoresco. Nos pasábamos a menudo, y la hermana joven de mi tía, la tía Isabel, estaba instalada en Suecia, muy internacional la familia. Las llamadas telefónicas eran el hilo rojo de su relación, ni WhatsApp ni nada.
Tras la muerte del tío Paco, tuvimos que ir más a menudo y, por supuesto, poner de nuestros euros nada de pesetas ya para comprarle carbón y leña para el invierno. Le echábamos una mano con el huerto, plantando tomates y ordenando los arriates, que, entre nosotros, daban más trabajo que alegría. Jamás le pedimos nada a cambio, incluso le propusimos mudarse a nuestro piso en Madrid, pero ella decía que lo suyo era el campo y punto.
Fuimos mejorando poco a poco el hogar: le metimos agua y luego gas, levantamos un baño digno en el patio, cambiamos el tejado para que no se le cayera encima en la próxima tormenta. Todo para que la tía Carmen viviera en la aldea como una reina. Por agradecimiento, nos juró hacer testamento y legar la casa a nuestros hijos.
Cada vez que necesitaba algo, ahí estábamos. Pero, como sucede en las mejores familias, la tía Carmen acabó marchándose a Suecia con la tía Isabel. Que se pasaron años de relaciones por teléfono, y ahora tan amigas que vivían bajo el mismo techo. Cosas de la edad o de los fríos suecos, vaya usted a saber. ¿Y la casa? Dejadla por ahora, dijo, como quien pide que se aparque el paraguas.
A veces pensaba: igual la tía Carmen regresa, porque estas cosas de hermanas no tienen lógica. La tía Isabel tiene su propio clan nórdico: marido, hija mayor. Todos juntos en el piso, ¡piso sueco, eso sí!
Nosotras teníamos las llaves de la casa familiar y decidimos ir un fin de semana, a ver cómo sobrevivía la vivienda. Por supuesto, el cerrajero se había ganado su sueldo: nuestras llaves ya no servían, le cambiaron la cerradura. Y en la verja, en letras blancas, bien grandes: Se vende.
Al volver a casa, me meto en la web inmobiliaria y ¡zas! Ahí está el caserón de la tía Carmen, reluciendo en la pantalla. Llamé al agente y me suelta que ya está vendida por casi doscientos mil euros. Ni se me ocurrió telefonear a la tía Carmen, estaba medio enfadada, como cuando a uno le quitan el último trozo de tortilla.
Sin el dinero y trabajos que invertimos, esa casa no valía nada. Un mes después, me llama la tía y me cuenta que sí, la vendió y el dinerazo lo dio a su sobrina, la hija de la tía Isabel. Ahora, sinceramente, no sé cómo mirar a mi esposo, porque los billetes metidos en la casa de la tía Carmen también eran suyos… Ay, familia, cuanto más lejos, más sorprendente.






