¡Y los plátanos para la abuela Pilar! ¡No te olvides! Pero pequeños, ¿eh? Como le gustan a ella. Que la última vez trajiste una cosa rara, Silvia… ¡Madre mía! ¿Tan difícil es hacer lo que te piden?
Silvia Jiménez Cordero, contable jefe de una empresa grande, madre de dos hijos y mujer relativamente feliz, suspiró con resignación y asintió al vacío, aunque sabía perfectamente que su madre ahora mismo no la estaba viendo. Y da igual, porque estaba segura de que su madre captaría hasta la última ondulación de su reacción sólo con oírle la respiración.
¡Y no me asientas, hazlo! ¡Que te conozco! ¡En tu cabeza sólo hay pájaros! ¡Silvia! ¡Ya va siendo hora de madurar!
Asentir por segunda vez, no. Silvia simplemente contestó: «Vale, mamá» y colgó.
¿Madurar? Sí, sí… Como si cuarenta y pico fueran poca cosa.
Aún faltaban treinta minutos para acabar la jornada laboral y Silvia intentó centrarse en el balance. Le fue imposible: su cabeza era una verbena mental. La mayoría, pensamientos de catástrofes. Y eso que ella, de pequeña, era una niña buena (eso decía siempre su madre).
¡Silvita es muy lista! ¡Una niña buenísima!
Le parecía tierno… cuando Silvita iba a la guardería: la niña ideal, con lacitos en el pelo y falda con volantes, pura monería.
¡Claro que sí! Lo que su madre se llevaba del colegio no era una doncella, sino una salvaje.
¿Pero hija, qué llevas en la cabeza?
¡Un nido! Lo ha dicho la seño, Valentina. Y me ha sugerido quedarme en la esquina, a ver si vienen los pájaros y ponen polluelos. Así mi peinado tiene utilidad, ¿no crees?
¿Dónde están los lazos?
Pues uno se lo llevó Sergio, que necesitaba una cuerda para su ancla. ¡Ay, mamá! ¿Sabes que tiene un barco de verdad? ¡Se lo ha hecho su padre! Y hoy la seño nos ha enseñado cómo flota en la bañera. ¡Qué espectáculo!
¿Y la otra cinta?
No sé… Lena pidió una y luego ya voló. Mamá, ¿por qué sopla el viento?
¡Silvia!
¿Quéee?
¡Déjame en paz ya con tus tonterías! ¡Me estalla la cabeza!
Silvia se callaba. Luego se pasaba el camino hasta casa lanzando miradas furtivas a su madre. ¿Tendrá mucho dolor? ¿Y si su cabeza algún día se rompe de verdad y sólo queda tirarla al cubo de los huevos rotos, como los que tira mamá al hacer tortilla?
Silvia tenía y sigue teniendo imaginación de sobra, y a medio camino ya estaba moqueando, y al final montándose un drama con gemidos dignos de perro herido, desquiciando a su sufrida madre.
¡Silvia! ¿Qué teatro es ese ahora?
Explicar la tragedia, imposible. Simplemente le daba tanta pena mamá, su dolor de cabeza y el mal humor… que sólo quería llorar aún más fuerte, igualito que la perra de los vecinos: Pinta.
Pinta era tontísima. Ladraba por todo y por nada, pero armaba la tragedia suprema cuando su amo, Don Julián el fontanero, se entregaba a la bebida. En esos casos, la pobre Pinta gemía durante días, taladrando los nervios a los vecinos y empujando a medio vecindario de la calle de los Pinares número 8 a rogar por un rescate. Los padres llamaban a la Policía, pero nunca cambiaba nada. Sólo una vez calló Pinta, durante una de las farras de su dueño. Y todos los vecinos adivinaron a la vez, por ese silencio, la mala noticia.
Julián tuvo entierro de barrio. Era buena gente, de los que siempre ayudan, aunque como decía la madre de Silvia muy blandito de carácter.
Aquel día, Pinta salió al portal, se sentó en la puerta y se quedó mirando cómo avanzaba el cortejo fúnebre tirando pétalos. Ya no ladró más. Silvia, que ese día se libró del cole porque iba al dentista, acarició a la perra, pero Pinta, insólitamente, ni movió el rabillo ni le hizo caso. Su madre tiró por ella y cuando volvieron ya de la consulta, la perra seguía allí, congelada. Silvia juraría por el crucecita que le enseñó Sergio, que esa perra estaba llorando de verdad.
Mamá, ¿por qué no se le notan las lágrimas?
Nunca supo Silvia qué tenía esa pregunta. Su madre se encogió, miró a la perra, se sentó en cuclillas y le dijo:
Pinta… Pintita… Vente conmigo. Él no va a volver…
¿La entendió el animal? Silvita nunca lo supo. Pero su madre la cogió en brazos y le ordenó:
Venga. Hay que lavarla y ponerla guapa.
Y así, Pinta pasó a ser la perra de Silvia. Vivió diecisiete años más. Silvia terminó el instituto, se casó. Jamás volvió a oírla aullar. Era obediente, se dejaba bañar, pasear, y al final, cuando tocó despedirse, sólo suspiró, muy humano, y cerró los ojos sobre las lágrimas de su dueña. Silvia nunca más tuvo perros; ni cuando los hijos insistieron se atrevió.
En realidad, tuvo una infancia feliz. Tenía lo necesario: padres, abuelos, un conejito desorejado y tortitas los domingos. Y la casa de campo de la abuela Lourdes, madre de su padre, donde Silvia iba muy poco. El motivo era secreto familiar y, como todo lo prohibido, resultaba fascinante.
Luego estaban las aventuras a la playa con la otra abuela, Pilar. A Pilar la quería Silvia especialmente porque le contaba cualquier cosa, sin filtros, por mucho que le costara a la madre.
¡Madre de Dios! ¡Mamá! ¿Por qué le cuentas eso si la niña es pequeña? ¿No ves que no entiende nada?
¿Tú qué te crees? Si tú ya entendías, ella también. Silvia ha salido a ti.
Silvia se partía de risa, viendo a su madre perder los nervios. Entenderlo, la mitad sólo, pero qué más da: qué interesante escuchar a la abuela contar cosas de dónde vienen los niños. Tan interesante como para planear otra preguntita peligrosa la próxima vez.
Razón para desconfiar de los adultos tenía. Ellos creían que Silvia no pillaba ni una, pero tras la puerta del dormitorio volaban cuchicheos, y silencios largos, y lloros ahogados. La abuela Lourdes cuchicheaba con desaprobación en la cocina comiendo bizcocho de cereza…
¡Venga, mamá! ¡Ven, que la abuela te enseña! Así tú haces el bizcocho en casa y ¡puede que hasta te salga bueno!
No, hija. No, decía su madre, apartando la mano.
A los adultos no les daba la gana explicar nada y mantenían los papeles. Mucho después, Silvia entendió: convertirse en familia no es igual que ser de verdad.
Sus padres se divorciaron cuando ella cumplió diez. La fiesta de cumpleaños estaba en su apogeo cuando, en el pasillo, un portazo dictó sentencia:
Pues ya está…
Pinta, que entendía mucho más que la niña, fue, se plantó junto a la pierna de la madre y se quedó. Silvia se fue con las amigas a por tarta, y cuando volvió para acelerar el asunto, las encontró igual, quietas, mirando a la nada. La pregunta quedó en el aire, la madre pegó un respingo, fingió sonrisa y dijo:
¡Claro! Ahora mismo. Vete con los invitados.
Dos minutos y apareció en el salón, pastel en mano y la cara de esto lo he hecho yo aunque nadie lo valore.
Cuando se fueron todas, Silvia cogió una cuchara grande, se sentó a su lado y la madre le preguntó:
¿Y, qué? ¿Te ha gustado la tarta? ¡Lo sabía! Y que le den a las dietas, hija. Que todo se andará y también nos tocará celebrar algo bueno algún día…
En qué pensaba la madre con lo del algo bueno nunca quedó aclarado. Los pocos euros que pasaba el padre valían más bien poco. Las celebraciones, rara vez. Siguieron siendo fijas sólo el Año Nuevo y el cumpleaños de Silvia. La madre dejó de celebrar el suyo.
La abuela Pilar, sin importarle lo más mínimo que Silvia oyera todo, insistía:
Tienes que rehacer tu vida, hija.
Silvia notaba el fastidio de su madre con aquellas charletas:
Ya he tenido bastante. No quiero más.
Luego, ya mayor, Silvia pensó cómo habría sido con un hermanito, o si su madre hubiese dejado de martirizarse, si hubiese dado otra oportunidad al amor, si
Nunca lo sabría.
La madre de Silvia, en fin, se fue volviendo rígida; le costaba morderse la lengua ante tantas críticas. De adolescente, Silvia alguna vez se pasó, claro, y justo entonces aparecía Pinta, mostraba los dientes y la discusión milagrosamente se disipaba. Pinta mordía bien y Silvia no cabía en sí de alegría la vez que le pellizcó al tobillo y tras el grito, se largó dignamente. Las cuatro marquitas moradas se fueron rápido, pero Silvia aprendió la lección: nunca discutir con quien sabe lo que es bueno para los perros y las niñas contestonas.
La abuela, sin pelos en la lengua, le explicó:
¿Qué quieres que te diga, hija? Cualquiera se vuelve áspera si no le han querido como mujer.
Pero tú y yo la queremos, ¿no?
Oh, Silvita… Eso no es igual. Una necesita sentirse mujer. Los hijos y los padres son otra cosa. Sólo un hombre puede dar eso, y ahora tú no lo entiendes, pero ya verás. Cuando tu abuelo faltó yo era una cría, cuarenta años. Y sí, he tenido mis cosas, ¡no te rías! Sí, he tenido mis noches de luna y suspiros, pero a quien he querido de verdad es al abuelo, sólo a él… Recibir flores, cenar, paseos es fácil; pero brunch y desayunos juntos todos los días, eso es de otra pasta… ¡No pongas esa cara! Ya verás tú cuando te cases, que vas por el mismo camino que tu madre.
¡Pero si sólo tengo dieciséis!
Y tu madre tenía dieciocho cuando me soltó que no podía vivir sin tu padre. Y ya ves; resultó que él sí podía. Lo de tu madre no fue amor de cuento, fue de verdad. Sufrió lo que no está escrito por los desprecios y consejos no pedidos, y sólo no aguantó una cosa.
¿El qué?
La traición. Perdona que te lo diga así, pero prefiero contártelo yo que lo averigües en cualquier lado. Tu madre lo pasó fatal, pero no te lo cuenta para que no odies a tu padre. Nadie merece eso. Él eligió su camino y es feliz. Alégrate por él, por raro que suene. Tienes parte suya y parte nuestra. No puedes borrar medio árbol genealógico porque sí.
Mamí nunca ha hablado mal de papá.
Ni lo hará. Sabe que sigue siendo tu padre y tú, su niña. No conviene complicar las cosas.
¿Tú crees que mamá le sigue queriendo?
Probablemente sí. Por eso no rehace su vida.
¿Y yo? ¿Seré así… de querer solo a uno, para siempre?
Eso, hija, el tiempo lo dirá. Yo sólo pido que el que te toque, lo merezca…
A su marido, Andrés, Silvia lo conoció como profetizó la abuela: yendo como un rayo al primer examen en la uni, chocó con un chico alto, feucho, del que apenas vio el careto, pero sí las manos que la sujetaron antes de besar el suelo polvoriento.
Señorita, si sigue usted corriendo así, ¡no me da tiempo a seguirle el ritmo! ¡Dígame su teléfono antes de que se me escape volando!
No le dio el teléfono, no, pero claro que le sorprendió verlo esperándola después del examen.
¿Ahora ya no vas con prisas?
Se casaron tres años después. Vivieron con la madre de Silvia un tiempo, pero estaba claro que eso no duraría.
La suegra no tragaba a Andrés:
¿Y eso qué es de trabajo programador? Todo el día pegado al ordenador, comiendo sin parar… como sigas así, Silvia, acabas con un elefante en casa.
No exageres, mamá. ¿Te da pena el bocata que se toma?
Me das pena tú. Ya te arrepentirás…
Andrés se lo curró. Costó, pero a los diez años conquistó a la suegra. Aunque costó.
Para entonces ya vivían solos en un piso pequeño, Andrés lidiando con sus líos de empresa, Silvia recorriendo pisos, piernas a mil, y las abuelas turnándose para cuidar del peque.
Las primeras señales raras empezaron cuando Silvia esperaba el segundo niño.
¿Pero quién te crees? ¿Te vas una hora y ni avisas?protestó la madre, removiendo un cocido. Ya está la comida. ¡Me voy! Y la próxima vez, organiza tu tiempo, anda.
Silvia al principio ni pillaba por dónde iba. Ella sólo había ido al médico la hora pactada, la consulta estaba al lado. Pero ese ahora era ayer. Hoy su madre llevaba todo el día cocinando y, aun así, la acusaba de llegar tarde.
No hubo forma de convencerla para ir al médico.
¿Para qué quiero yo eso? Ni que estuviera mala. ¡Preocúpate por la abuela!
Silvia, de acuerdo con Andrés, llamó a un especialista que vino a casa.
No son buenas noticias. Hace falta revisiones serias, pero… os esperan tiempos duros.
Un frío gélido: imposible, ¡si aún es joven! ¿Cómo puede tener síntomas tan graves?
Puede haber muchas causas. ¿Te ayudará saber el porqué? Mejor, enfócate en cuidar y reducir los daños.
¿Se puede…?
La medicina avanza, pero milagros, de momento, no. Podemos frenar un poco el proceso. Ganar tiempo. Y a ver si la ciencia da alguna sorpresa.
Silvia supo entonces que su vida cambiaba, sin remedio. Y que el estrés, ni verlo. Era vital.
No le gustaba recordar las discusiones para mudarse todos juntos a la casa que encontraron con gran esfuerzo (¡menuda hipoteca!).
Podremos con todo. Ya verás cómo ahora, juntas, estás más tranquila, le animaba Andrés.
Tranquilidad, desde luego, poca.
Su madre se despistaba, quería volver a casa.
Mamá, tu cuarto está aquí, al fondo.
Para qué quiero tu guest room si yo tengo mi casa.
Mira, mamá. Mañana me vas a echar una mano con los peques y la abuela está malita. Quédate, porfa.
Vale… pero no te acostumbres. ¡Tengo derecho a mi vida privada, eh!
Claro que sí, mamá, lo entiendo.
Uy, qué vas a entender tú…
Sin la abuela Pilar cuidando de la madre, Silvia hubiera perdido la cabeza mucho antes de conseguir adaptarse.
Abuela, ¿de verdad no se acuerda de nada?
Ay, Silvita. Se acuerda de muchas cosas. Sobre todo de las que pasaron hace mucho. ¡Hasta cosas que yo ni recuerdo! Y veo lo poquito que la disfruté de cría. Antes era todo prisas, dejarla en la guarde, luego corriendo a casa, la cena, los deberes… Se fue el tiempo. Yo de verdad fui madre cuando te crié a ti. Tu madre era mi dolor… Cómo me gustaría recuperar aunque sea un ratito de lo perdido. Y mira, parece que esta vida me ha dado la oportunidad de pedirle perdón… Ella, ahora, me mira raro, intenta recordar. Pero ya no sufre. Y a veces me sonríe. Es terrible, hija… pero también hermoso. Porque una madre lo que quiere es que su hija, aunque sea un minuto, sea feliz. Y esos minutos, estoy segura, es feliz. Como si tuviera toda la vida por delante.
No sé, abuela… no sé…
Silvia veía lo que le costaba a Pilar aceptar esa pérdida lenta, irreversible. Muchas veces, encontrando a su madre a los pies del sillón donde la abuela dormitaba, preguntaba bajito:
¿La llevo a su cuarto?
No hace falta, déjala. Es poco rato…
La abuela se fue al año de que Silvia supiera que su vida jamás volvería a ser igual.
Cuídala, Silvita. Más que a tus ojos… Que yo ya no puedo.
Silvia, con el labio mordido, asentía. Solo pensaba en que su abuela no viera lo sola y perdida que se sentía.
No la pienses más como madre, hija. Dicen que volvemos a ser niños de viejos. Es cierto. Los niños sienten por el corazón, no por la cabeza. Hazlo por mí. Cuídala como niña. Si te da rabia, grita pero donde no te oiga. Y luego, acuérdate de lo que te digo y consuélala… Cuídala mucho. Prométemelo.
Te lo prometo…
¿Cuántas veces Silvia repasaría esa charla? Incontables. Incluso hoy.
Miró el reloj, suspiró y agarró el bolso. Bien. Monedero, llaves, paraguas. Todo listo. A buscar al mayor al entrenamiento, pasar a por el pequeño al cole… y al súper. Plátanos pequeños. Los que le gustaban a la abuela.
Porque sólo así, al ver esa manojito de plátanos, su madre pensaría que su abuela aún está. Y bastaría caminar unos pasos por el pasillo, ignorar la mirada de la cuidadora. Luego, abrir la puerta del salón, ver ese sillón que desentona horriblemente pero no se irá nunca mientras sea recordado. Y entonces escuchar:
¡Silvia! ¿Quieres limpiar de una vez la tapicería? ¿Has comprado los plátanos? Que la abuela no tarda. Me lo ha pedido.
Claro, mamá. Siéntate, te preparo un té.
Y el sillón será ocupado, y todavía habrá tiempo para apoyar la cara en sus manos queridas. Para encontrar esa mirada exigente y a la vez tan suave. Para sonreír ante el asombro:
¡Silvia! ¿Qué llevas en la cabeza? ¿Dónde tienes el peine? Tráelo, anda, que te arregle… ¡Virgen Santa, qué tarde es! ¡A dormir! ¿Qué quieres mañana para desayunar, hija? ¿Gachas o tortitas?






