Placa reluciente y sin manchas

La cocina reluciente

Carmen. Ven aquí.

No hubo un por favor. Ni un cuando termines. Solo un ven aquí, como quien llama a un perro.

Carmen dejó la fregona apoyada contra la pared y entró en la cocina. Andrés estaba sentado a la mesa, inmerso en su móvil. Junto a la ventana, en su rincón de siempre, la madre de Andrés, Rosalía Martín, apuraba su té. En la estancia flotaba ese inconfundible olor a col cocida y a medicinas que la suegra tomaba a puñados desde el alba.

Mamá dice que otra vez no has limpiado bien la cocina dijo Andrés, sin despegarse de su teléfono.

La limpié ayer.

Pero mal limpiada.

Rosalía dejó la taza sobre el platillo con un leve tictac.

No soporto la suciedad en mi casa habló con esa convicción de quien enuncia una evidencia. Aquí siempre hubo orden. Veinte años llevó yo sola manejando esta casa, y nunca se vio semejante vergüenza.

Carmen tenía cincuenta y tres años. Se quedó allí, en la cocina, con las manos mojadas dentro de los guantes de goma, escuchando esa letanía. Una vez más.

Señálame dónde está sucia dijo. La limpio ahora mismo.

Eso, a ver si lo ves saltó Andrés. ¿No lo ves tú sola? ¿O hay que arrodillarse a indicártelo?

Lo decía sin alzar la voz. Sin gritar. Pero con esa entonación cortante, que las palabras iban directas al centro.

Carmen miró la cocina. Relucía. La había fregado la noche anterior tras la cena, raspando la grasa durante media hora. Todo estaba limpio.

Entonces, algo le pasó por dentro.

No explotó. No lloró. Solo paseó la mirada por esa cocina reluciente, luego por Andrés con su móvil, después por Rosalía con su taza, y por dentro se hizo un silencio hondo. Ese silencio que precede a una rotura indefinida.

Se quitó los guantes. Los dejó sobre la mesa.

Veintiocho años llevo oyendo esto dijo. Basta ya.

Andrés levantó los ojos del móvil. Rosalía quedó petrificada con la taza.

¿Qué has dicho? preguntó Andrés.

Que basta.

Salió de la cocina. Entró en el dormitorio, sacó una bolsa grande del supermercado y comenzó a meter cosas. No mucho: los papeles, dos jerséis, ropa interior limpia, el cargador del móvil. Le sorprendió que las manos no le temblaran. Sentía una calma extrañamente serena, la certeza que aparece cuando, tras muchos años, por fin tomas una decisión.

Las voces llegaban desde la cocina, baja al principio, luego cada vez más altas.

Andrés, ¿no la oyes? ¡Ve a pararla!

Ve tú si te apetece.

Carmen se puso la chaqueta, cogió la bolsa y fue al recibidor. Se calzó. Abrió la puerta.

¡Carmen! gritó Rosalía desde la cocina. ¿Sabes lo que haces? ¿A dónde piensas ir? ¡No eres nadie sin él! ¡Nadie!

Carmen cerró la puerta tras de sí. Sin portazos. Solo un clic seco.

La escalera olía a arena de gato de los vecinos del tercero y a pintura fresca recién extendida en el primero. Bajó y salió a la calle. Era octubre, frío y húmedo; las hojas permanecían pegadas al asfalto en una alfombra mojada. Carmen se detuvo ante el portal y sacó el móvil.

Sofía contestó al segundo tono.

Sofía dijo Carmen. Me he ido.

Silencio.

¿De dónde?

De casa de Andrés. Para siempre. No tengo a dónde ir.

El silencio duró tres segundos. Luego Sofía respondió:

¿Recuerdas la dirección? En veinte minutos estoy en casa. Espérame en el portal, te paso el código del portero.

***

Sofía vivía en un piso pequeño en la calle Mayor. Suyo, propio, comprado hacía siete años cuando trabajaba de recepcionista en un hotel y ahorraba hasta el último céntimo. El apartamento estaba lleno de estantes con plantas y flores, en la cocina una pizarra imantada con recuerdos de ciudades de viajes. Olor a café y a canela, o algo dulce.

Carmen se sentó en el sofá con una taza de té caliente. Sofía, frente a ella, piernas recogidas, la miraba con atención y sin interrumpir.

Cuéntame dijo Sofía.

No hay nada que contar contestó Carmen. Siempre lo mismo. Que si la cocina está sucia. Que si la sopa sosa. Que los suelos mal fregados. Y siempre con esa mirada… como si fuera una cosa que no funciona del todo bien.

Carmen, ¿siempre fue así? ¿Por qué hoy fue distinto?

Carmen pensó un momento.

Hoy miré la cocina reluciente y comprendí: si no me iba en ese instante, jamás me iría. Moriría allí. Un día me tumbaría y no me levantaría, y solo comentarían que ni siquiera supe cuidarme.

Sofía asintió. No dijo nada más. Solo sirvió más té.

Por la noche, Carmen permaneció despierta en el sofá, bajo una manta cálida, escuchando el silencio. Un verdadero silencio. Sin televisión de fondo. Sin la tos de Rosalía tras la pared. Sin esa sensación constante de tener que saltar y hacer algo.

No era insomnio por ansiedad, solo desconocía esa experiencia: estar tumbada y no tener ninguna responsabilidad.

Al final, se quedó dormida.

***

El teléfono permaneció callado dos días. Al tercero, Andrés envió un mensaje: ¿Cuándo vuelves? Ni lo siento ni tenemos que hablar. Solo ¿cuándo vuelves?, como si se hubiera marchado de viaje por trabajo.

Carmen lo leyó y guardó el móvil en el bolsillo.

Bien hecho dijo Sofía, que veía la pantalla por encima del hombro. No respondas. Que lo piense por sí mismo.

Pero él no va a pensar nada replicó Carmen. Siempre creyó que volvería. Que no tenía a dónde ir.

¿Y tienes?

Carmen miró por la ventana. Fuera, el patio era una mancha gris de octubre, coches mojados, árboles desnudos.

Busco dijo. Aún no sé el destino.

Las primeras semanas fueron raras. Carmen no sabía en qué emplear su tiempo. Durante toda su vida se levantó a las siete para preparar el desayuno, ordenar, limpiar, salir a por las medicinas de Rosalía, comprar, volver a cocinar, volver a limpiar. Todo el día. Y siempre escuchando: mal, poco.

Ahora se despertaba y el día estaba vacío. Nada que hacer. Una angustia de lo desconocido.

Sofía le confesó una mañana, mientras ella se preparaba para el trabajo. Necesito tener algo entre manos. O me vuelvo loca.

Busca trabajo.

¿De qué? Veintiocho años en casa.

Pero eres pintora.

Carmen soltó una risa breve y hueca.

Fui pintora… hace mucho. Tras la facultad trabajé dos años en una editorial. Me casé, y Andrés dijo que para qué, que él ganaba suficiente. Su madre añadió que una mujer decente cuida de la casa, no anda por oficinas.

Y tú aceptaste.

Acepté. Tenía veinticinco años. Me parecía que eso era el amor: que cuidasen de ti.

Sofía guardó silencio mientras se abrochaba el abrigo.

Carmen, en el armario hay unas acuarelas viejas. De mi sobrina. Hay papel también. Cógelo, prueba.

¿Para qué?

Porque tus manos recuerdan. Tienes que intentarlo.

***

Carmen encontró las acuarelas en el cajón inferior, envueltas en una hoja de periódico. Eran de infancia, baratas, con una ardilla en la tapa. Allí mismo estaba un bloc de acuarela por estrenar, el papel grueso. Carmen lo cogió todo y se sentó en la cocina, mirando el folio en blanco durante un rato.

Después tomó el pincel.

Al principio no salía nada. La pintura se extendía mal, la mano titubeaba, el dibujo quedaba torcido. Rompió tres hojas. Luego se serenó y empezó a aplicar color. Sin plan, sin pensar. Solo color, solo forma.

Una hora después tenía ante sí un pequeño papel con un patio otoñal, tal como lo veía desde la ventana de Sofía: árboles mojados, cielo gris y una mancha rosa en el horizonte.

Lo miró y pensó: esto sí lo he hecho yo.

No la sopa. Ni la cocina reluciente. Esto, sí.

Por la tarde, Sofía regresó del trabajo, vio el dibujo en la mesa y se detuvo.

Carmen, ¿lo has hecho tú?

Sí.

Pues está precioso.

Está torcido.

Pero es real insistió Sofía. Me recuerda mi propio patio. Y, sin embargo, tiene vida.

Carmen solo asintió. Y no tiró el dibujo.

***

Mientras, en el piso de Andrés Martín, ocurría algo insospechado.

Los primeros tres días, Andrés creyó que Carmen regresaría. Era evidente: ¿a dónde iba a ir? No servía para nada. Sin dinero, sin trabajo, sin casa. Volvería, no tenía salida.

No volvió.

El cuarto día, al abrir el frigorífico, comprobó que estaba vacío. Solo quedaba un triste brik de leche. Cerró la puerta y se marchó al trabajo sin desayunar.

Por la tarde, su madre lo miraba desde la cocina con un gesto de quien siempre supo algo, pero por educación calló.

¿Has comido?

No.

Yo tampoco. ¿Has traído algo del supermercado?

No, no me ha dado tiempo.

Así que ni has traído compra ni has comido dijo Rosalía. En mis setenta y ocho años, jamás he pasado un día sin pan en casa.

Mamá, ve tú si quieres.

Una pausa, larga.

Yo replicó Rosalía lentamente tengo setenta y ocho años. Las rodillas destrozadas y la tensión por las nubes. ¿Me dices que salga yo al mercado?

Mamá, no me dio tiempo. He trabajado.

¿Acaso Carmen no trabajaba? Carmen se desvivía todo el día por ti, y tú la echaste de casa.

Andrés alzó la cabeza.

¿Yo la eché? ¡Se fue ella!

Porque la empujaste. Ya te lo advertí: trata con más cuidado a la gente. Pero tú, lo sabes todo mejor que nadie.

Tú tampoco la dejabas en paz: La cocina sucia, el caldo soso, los suelos mal fregados.

Le hacía observaciones. Es mi hogar.

¡Es mi piso, mamá! ¡Es mi casa!

Se miraron por fin a los ojos. Por primera vez en años no estaba Carmen entre ellos, absorbiendo los golpes, amortiguando el conflicto.

Andrés se levantó, se puso el abrigo y salió dando un portazo.

Rosalía se quedó sola en la cocina. Afuera ya era de noche. Encendió la luz, abrió la nevera. Miró la leche y la volvió a cerrar.

Se sentó de nuevo.

Allí resonó un silencio nuevo, que nunca existió quand Carmen vivía en esa casa.

***

Noviembre trajo los fríos y una nevada temprana. Por entonces, Carmen llevaba tres semanas en casa de Sofía y recobraba poco a poco el aliento, como quien vuelve a respirar tras años en un cuarto cerrado. Al principio encandila la luz. Luego te acostumbras.

Pintaba cada día. Compró acuarelas decentes. Sofía encontró por internet un anuncio: un pequeño taller, en alquiler, cerca del parque, en la calle del Río. Una habitación de veinte metros, gran ventanal al norte y suelos de madera. Barato, porque necesitaba reforma, las paredes peladas.

Carmen fue a verlo y lo supo enseguida: ese era su sitio.

¿Vas a alquilarlo? preguntó la casera, una señora mayor con gorro de lana.

Sí, lo alquilo.

El dinero era justo. Carmen vendió los pendientes de oro de la boda, no sin tristeza. Pero luego pensó: ¿memoria de qué, exactamente?

El taller se volvió su rincón. Llegaba por la mañana, abría la ventana y notaba el aire helado con olor a nieve y a agua de río. Olor a pintura, aceite de linaza, madera. Ponía los frescos, desplegaba los papeles y se ponía a trabajar durante horas. A veces incluso olvidaba comer.

Pintaba todo tipo de cosas: paisajes, patios, bodegones de lo que hubiera una taza, una manzana, un zapato viejo. Cada vez salía mejor. Las manos ciertamente recordaban, solo necesitaban perder el óxido de casi treinta años calladas.

Un día de diciembre, Sofía la llamó al taller.

Carmen, en mi hotel quieren montar una exposición de artistas locales en el vestíbulo. Les hablé de ti. ¿Puedes llevar algunos cuadros?

Sofía, yo no soy pintora. Acabo de volver a empezar.

Eres artista. Yo he visto tus cuadros.

Son cosas de aficionada…

Carmen dijo Sofía con voz paciente, como a una niña terca. Llevas tres décadas diciéndote que solo eres esto, que apenas eres aquello. Basta ya. ¿Los traes?

Carmen dudó.

Está bien cedió. Llevaré algunos.

***

Allí fue donde conoció a Fernando González.

Llegó a la exposición de casualidad: tenía una reserva en el hotel y bajó al vestíbulo en el momento preciso. Alto, camisa de cuadros, sienes plateadas y unos ojos grises muy tranquilos. Se quedó largo rato ante una acuarela de Carmen: un parque en invierno, un banco, huellas en la nieve que vienen y van.

Carmen se acercó, para enderezar el marco, y lo escuchó murmurar para sí mismo:

Así son las cosas. Se sentaron juntos y después se fueron.

¿Por las huellas? le preguntó ella.

Él se giró, sin rubor de haber hablado solo con una pintura.

Sí. Miras y piensas: dos personas llegaron. Se sentaron. Se marcharon en direcciones distintas. No se sabe si contentos o peleados.

Yo imaginaba que era una sola persona dijo Carmen. Vino, se sentó, y regresó a casa.

Solo no se zigzaguea repuso. Esos pasos son de dos.

Carmen miró el cuadro con otros ojos.

Puede ser concedió.

Estuvieron charlando veinte minutos. Descubrió que él venía de una ciudad cercana: ayudaba a su hermano con una reforma. Fernando era maestro de todo carpintería, electricidad, fontanería. Viudo, dos hijos mayores. Hablaba poco, pero escuchaba mucho, y Carmen lo notó. No interrumpía. No miraba al móvil. Escuchaba de verdad.

Eso la descolocó, tanto, que no supo muy bien cómo actuar.

En la despedida, él preguntó:

¿Tienes tarjeta?

No, no he hecho.

¿Un número, entonces?

Se lo dio. Luego pensó: para qué, tal vez quiera un cuadro.

Tres días después, Fernando escribió: Buenas tardes. Soy Fernando, hablamos de las huellas en la nieve. Me gustaría comprar ese cuadro, si sigue disponible.

No lo había vendido. Vino a por él, lo envolvió con esmero en una bolsa traída para la ocasión, y preguntó si podía ver otras obras.

Fueron al taller. Fernando miró largo rato, sin hablar. Compró además dos pequeños paisajes.

Pintas muy bien dijo.

Hacía mucho que no pintaba admitió ella.

¿Por qué?

Encogió los hombros. No explicó el motivo. No todavía.

Así es la vida.

Él asintió, aceptándolo.

***

Andrés llamó en enero. Carmen llevaba varios meses instalada a caballo entre el piso de Sofía y el taller. Aún seguían casados; no había tramitado los papeles.

Sonó el teléfono mientras terminaba una naturaleza muerta de invierno: ramas de pino en un jarrón, piñas y una vela.

Carmen dijo él.

Sí.

Silencio.

Mamá está mala.

Lo siento.

¿Podrías venir algún día? Una vez por semana, por lo menos. Echar una mano en la casa.

Carmen dejó el pincel.

Andrés contestó. He ido. Ahora vivo aparte. No volveré para hacer faena.

Sigues siendo mi esposa.

Por poco tiempo. Eso es temporal.

Carmen, no seas así. Vuelve. Hablemos.

Andrés, jamás hablamos. Veintiocho años. Hablabais tú y tu madre; yo obedecía.

Exageras.

Puede asumió, tranquila. Pero volver, no.

Colgó. Sin temblores en las manos, y se sorprendió.

Luego pensó que, visto desde fuera, sería la típica historia: la mujer que deja al marido. Nada del otro jueves. Pero por dentro era aprender a caminar desde cero. Todos los días.

***

Carmen comenzó a arreglarse con el dinero poco a poco. Vendía algún cuadro de vez en cuando, barato. Le encargaban postales, pequeños paisajes de regalo. Con ayuda de Sofía, abrió un perfil en internet, subiendo sus obras, y poco a poco un puñado de personas empezó a interesarse y comentar.

Para vivir, llegaba justo: alquiler del taller, comida, ropa. No sobraba, pero alcanzaba.

No esperaba que eso se sintiese tan rico. Y, sin embargo, así era.

Fernando venía cada dos o tres semanas, al pasar por la ciudad de su hermano. Siempre pasaba a verla. Café en una pequeña cafetería del parque, paseos por las calles nevadas. Él contaba del trabajo o de sus hijos uno estaba casado y esperaba familia. Ella contaba de sus cuadros, de sus ganas de probar con óleos.

Él nunca la apremiaba. Ni presionaba. Un día, Carmen se dio cuenta de que esperaba con ilusión sus visitas. Que, cuando no venía, el taller resultaba un poco más silencioso.

Sofía le dijo. Fernando… no sé.

¿Qué no sabes?

Es muy bueno. Eso me asusta.

¿Por qué habría de darte miedo algo bueno?

Porque aprendí que tras lo bueno viene lo malo.

Sofía la miró largo rato.

Igual no todo el mundo esconde algo, Carmen.

Carmen meditó varios días.

Y finalmente escribió a Fernando: ¿Te apetecería venir este sábado? He empezado un cuadro grande y me gustaría enseñártelo.

Él llegó. Vio el cuadro. Lo elogió. Fueron a la cafetería, y él propuso:

¿Querrías ir a algún sitio el fin de semana? Hay un monasterio antiguo a una hora. Dicen que es precioso en invierno.

Carmen aceptó.

***

Sobre cómo iban las cosas en la casa de la calle Castilla, apenas sabía retazos. Ocasionalmente, la vecina del cuarto, Pilar Esteban, le llamaba. Habían charlado durante años en la escalera.

Carmen, ¿cómo estás? decía Pilar. Allí, en vuestra casa menuda tormenta. Se oye a través de la pared las broncas. Rosalía reprende a tu Andrés a diario, que por qué no te paró. Y él le contesta. El otro día se gritaron tanto que pensé en llamar a la policía.

Carmen la escuchaba sintiendo una lejana y seca tristeza. Ni rencor ni triunfo. Simplemente: así son las cosas.

Sin ella, todo andaba peor, no porque la extrañasen, sino porque ya no estaba la que absorbía los golpes. Toda la vida disparando en una sola dirección, y ahora esa dirección se fue; y las balas rebotaban entre ellos.

En febrero, Pilar le contó que a Rosalía la había llevado la ambulancia. Alta tensión, problemas del corazón. Andrés en el hospital, solo y mustio.

Carmen puso el agua al fuego y pensó: debiera llamar. Por los veintiocho años. Por humanidad.

Reflexionó y decidió: no. No hacía falta hacer lo que toca. Ya había cumplido siempre. Ahora, que resuelvan solos.

***

Marzo llegó con deshielo y olor a tierra mojada. Carmen cruzaba el mercado con su bolsa de tela, buscando algo para el desayuno. Al pararse ante el puesto de tomates de invernadero, pensó que querría pintar ese bullicio primaveral: colores, ruido, la gente.

Entonces vio a Andrés.

Andaba por el mercado, con una bolsa, metido en su móvil, sin verla. Parecía mayor… ¿o ella nunca se había fijado bien desde fuera? Hombros caídos, abrigo arrugado, cara gris.

Carmen se quedó quieta esperando sentir algo: ¿miedo? ¿Rabia? ¿Ganas de huir sin ser vista?

Nada de eso.

Andrés alzó la vista, la reconoció. Se detuvo.

Se miraron a través de los puestos.

Carmen saludó él.

El tono era el de siempre, bajo. Pero algo distinto, una inseguridad.

Andrés contestó.

Él se acercó. La frutera fingía estar absorta en sus manzanas.

¿Cómo estás? preguntó.

Bien.

Has adelgazado.

Puede ser.

Mamá está ingresada. Corazón.

Lo sé. Lo siento.

Calló. Cambió la bolsa de mano.

¿De verdad no vas a volver?

Carmen lo miró. Serenamente. Sin rabia ni lástima. Solo miró.

No, Andrés. No volveré.

Pero tenemos que vivir de alguna manera

Tú tendrás que. Yo ya vivo.

Él no supo responder. Carmen pagó los tomates y siguió su camino.

El corazón le latía con regularidad. Esa era su victoria: el pulso firme. No por haberse ido o no regresar. Sino por poder estar frente a él sin miedo, sin encogerse, sin aquella voz interna de sé amable, no seas borde, quizá tiene razón. Verlo como a un casi extraño.

Pidió algo de lechuga en otro puesto, compró pan fresco y siguió a casa. A casa, es decir, el taller: desde hacía meses solo hablaba de hogar al referirse a su taller.

***

Pidió el divorcio en abril. Lo gestionó sola, sin abogado: fue al juzgado, rellenó los papeles. Andrés no puso pegas. Se vieron solo para firmar, y cada uno por su lado.

Ella no tenía piso. Andrés se quedó con el suyo. No intentó pleitear, demasiado complicado, demasiado agotador. Sofía consideró que se equivocaba, que podía pelear por su parte. Carmen negaba.

No quiero aquel piso, Sofía. Quiero seguir adelante.

El dinero no sobra.

Llegará. De otra manera. El mío propio.

A finales de primavera ya veía a Fernando cada semana. Él tenía una casita en las afueras de su ciudad, con un jardín de grosellas y un manzano viejo. Carmen fue por vez primera en mayo, y se quedó contemplando esa manzana en flor.

Es preciosa comentó ella.

La plantó mi mujer respondió él, tranquilo. Hace ocho años que murió, pero el árbol sigue aquí.

Se quedaron un rato, mirando el árbol.

Fernando dijo al cabo Carmen, ¿no temes… volver a confiar en alguien?

¿A estar cerca de alguien?

Sí.

Él guardó silencio un instante.

Temor, sí. Pero me gustas. Y pienso que el miedo no es razón para no seguir adelante.

Ella rió, sorprendida por sí misma.

Qué sabio.

Yo solo clavo los clavos rectos, sin rodeos.

***

Al llegar el otoño, justo un año después de aquel día de octubre en que Carmen salió con su bolsa del piso de la calle Castilla, ella y Fernando estaban sentados en su cocina una noche. Él ajustando un cajón rebelde con un destornillador, ella con café, garabateando en su libreta.

Había calidez. Olor a café y madera.

Carmen dijo Fernando, sin dejar de ajustar el cajón. ¿Te vendrías a vivir aquí?

Ella alzó los ojos.

¿Aquí?

A mi casa.

Se quedó pensativa. Él también callaba, concentrado en su labor.

Tengo el taller allí respondió.

Lo sé. Aquí también hay un cuarto con ventana al este. Luz de mañana. ¿Te lo dije?

Sí.

Bueno…

Ella miró su cuaderno. Había un boceto: la cocina, el hombre con el destornillador, la mujer con la taza. Una ventana y, más allá, la arboleda.

Lo tengo que pensar afirmó.

Piénsalo.

No me presionarás.

No.

¿Por qué?

Probó el cajón: cerraba perfecto.

Porque tenemos tiempo contestó. Y porque apremiar a una persona adulta es absurdo.

Volvió Carmen al boceto.

Vale.

¿Vale que lo piensas o vale que te mudas?

Vale que me mudo.

Él asintió y tomó su té, sentándose a su lado. Disfrutaron del silencio, un silencio bueno.

***

Pasó medio año más.

Carmen vivía con Fernando pero no dejó el taller de la calle del Río. Iba casi a diario. El cuarto con la ventana al este en casa de Fernando se convertía en su estudio cada mañana, mientras él salía al trabajo.

Sus cuadros ahora se vendían un poco más. No era famosa, pero iba teniendo su clientela fiel, alguien que buscaba precisamente sus paisajes, sus colores. Discreto, pequeño, pero suyo.

De Andrés a veces oía algo: Pilar, la vecina, de vez en cuando la llamaba. Rosalía salía poco, apenas se recuperaba. Andrés contrató ayuda doméstica. Iba a la oficina, volvía de noche. Vida gris.

Carmen escuchaba y pensaba que durante años ese hombre llenó su horizonte. Su estado marcaba su clima. Sus palabras eran ley en su pequeño mundo. Desde fuera parecía una buena familia, pero dentro era una cárcel pequeñita sin cerradura, peor aún porque eres tú quien mantiene la puerta clausurada.

Ahora el cielo era otro.

Un martes de diciembre, Carmen llegó al taller al alba. Encendió la luz, puso agua para té. Nevaba despacio al otro lado del ventanal.

Sonó el móvil. Sofía.

Carmen, ¿cómo vas?

Bien. Pintando.

Tengo noticias. Una amiga me ha dicho que en una galería del centro buscan artistas para una exposición de primavera. Es pequeña pero de verdad. Ha visto tus cuadros en la red y quiere hablar contigo. Te paso el teléfono.

Carmen lo apuntó en un papel.

Sofía, ¿crees que buscan algo serio? Yo no tengo nombre, ni premios.

Llevabas cinco años sin pintar. Ahora tienes más de ciento cincuenta cuadros. ¿Eso no es serio?

Puede que sí…

Llama. Habla solo.

Claro…

Colgó, revisó el número. Después miró por la ventana: la nieve se apilaba despacio y el patio parecía un folio en blanco.

Se sirvió té, tomó el pincel y volvió a trabajar. Llamaría. Más adelante. Primero había que apresar esa nieve, mientras aún era posible.

***

Por la tarde, Fernando pasó a buscarla. Llamó a la puerta, entró y la vio ante el caballete.

¿Lista?

Dame cinco minutos.

Él se sentó en un taburete sin apurarla, mirando cómo trabajaba. Carmen a veces percibía la mirada serena, atenta. Así se mira lo valioso.

A los cinco minutos, guardó pinceles y cerró las pinturas.

Ya está.

Ha quedado bonito dijo él, mirando el cuadro.

No sé. La nieve engaña: parece blanca, pero es azul, gris, rosa… todo menos blanca.

Qué curioso dijo él, sincero. Nunca lo habría pensado.

Eso, parece sencillo, y no lo es. Miras y no ves.

Salieron a la calle. Hacía frío, estaba quieto, limpio el aire tras la nevada.

Fernando dijo Carmen cuando caminaban bajo los faroles. Me llamaron de la galería. Para una exposición.

¿Vas a ir?

No sé. Me da miedo.

¿A qué?

Que digan que no es esto o no es así. Que no soy verdadera artista. Que todo esto no es serio.

Fernando andaba junto a ella, manos en los bolsillos, mirando adelante.

Carmen respondió. Lo peor ya quedó atrás. Viviste donde te recordaban a diario que no valías. Años. Y un día, te fuiste con una sola bolsa. Eso sí que daba miedo. Si en la galería dicen que no, ¿qué importa?

Carmen se detuvo.

Vaya, cómo lo tienes claro rió. Directo al clavo.

A eso me dedico.

Ella sonrió. Él también, apenas inclinado bajo la luz de un farol.

Vamos, que hace frío dijo él.

Siguieron el paseo. Crujía la nieve bajo las suelas. Los faroles se reflejaban en los charcos helados. Se divisaban las luces de casa.

Fernando

¿Sí?

Gracias.

¿Por qué?

Porque nunca me dices debes o tienes que.

Él tardó en hablar.

Los adultos ya saben lo que deben hacer respondió. Lo máximo que hace falta es recordárselo, y poco más.

Llegaron. Él abrió la puerta, la dejó pasar. La entrada olía a madera y un leve perfume a manzana: Fernando guardaba en el sótano desde la cosecha.

Carmen entró, se descalzó, pasó a la cocina y encendió la luz.

Todo el espacio le era familiar: la mesa de madera, dos sillas, la ventana al jardín. Sobre el alféizar descansaba su cuaderno de bocetos, donde por la mañana había esbozado un dibujo.

Lo abrió y observó el dibujo del día anterior: la cocina, un hombre con el destornillador, la mujer con su taza, la ventana y el jardín al fondo.

Ahora, solo le faltaba dibujar la nieve.

Cogió el lápiz.

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