Placa limpia y reluciente: el secreto de las cocinas españolas

Placa limpia

Clara. Ven aquí.

No hubo por favor. Ni cuando termines. Sólo ven aquí, igual que cuando se llama a un perro.

Apoyó la fregona en la pared y entró en la cocina. Manuel estaba sentado a la mesa mirando el móvil. Al lado, en su sitio habitual cerca de la ventana, se encontraba doña Consuelo. Bebía té. En la sala olía a col hervida y a esos medicamentos que su suegra tragaba a puñados desde el amanecer hasta la noche.

Mi madre dice que otra vez no has limpiado bien la placa, Manuel dijo sin levantar la cabeza.

La limpié ayer.

Mal limpiada.

Consuelo dejó la taza en el platillo con un leve sonido.

En mi casa nunca ha habido suciedad, dijo con esa voz de las cosas irrebatibles. Siempre he tenido orden. Veinte años llevé esta casa sola y jamás hubo abandono.

Clara tenía cincuenta y tres años. Estaba en la cocina, con los guantes de goma puestos, las manos mojadas. Escuchando eso una vez más.

Muéstrame dónde hay suciedad, dijo. La limpió ahora mismo.

Eso, enséñale, intervino Manuel. ¿No la ves tú sola? ¿O hay que arrodillarse para mostrártela?

Lo dijo bajo, casi sin tono, pero con esa entonación precisa que las palabras daban en el centro.

Clara miró la placa. Brillaba. La había restregado la noche anterior, después de cenar, media hora quitando grasa y manchas. Estaba impecable.

Y entonces sucedió algo.

No fue un estallido. No fueron lágrimas. Simplemente miró esa placa reluciente, luego a Manuel con el móvil, después a doña Consuelo con la taza, y por dentro todo se hizo silencio. Como cuando algo termina de romperse.

Se quitó los guantes. Los dejó sobre la mesa.

Llevo así veintiocho años escuchando lo mismo, murmuró. Ya basta.

Manuel alzó la vista del móvil. Consuelo se quedó inmóvil, taza en mano.

¿Qué has dicho? preguntó Manuel.

Que ya basta.

Salió de la cocina. Fue al dormitorio, sacó una bolsa grande del Carrefour del armario y empezó a meter cosas. Pocas. Documentos, un par de jerséis, algo de ropa interior, el cargador del móvil. Le sorprendió que las manos no le temblaran. Estaba en calma, esa calma del que toma al fin una decisión largamente meditada.

Voces llegaban de la cocina. Primero murmullo, después se elevaron.

Manuel, ¿no me oyes? ¡Ve a pararla!

Ve tú, si tanta prisa tienes.

Clara se puso la chaqueta, agarró la bolsa y cruzó el pasillo. Se calzó. Abrió la puerta.

¡Clara! gritó Consuelo desde la cocina. ¿Sabes lo que haces? ¿A dónde vas? ¡Sin él no eres nadie! ¡Nadie!

Cerró la puerta. Sin portazos, apenas un roce.

En la escalera olía al arenero del gato de la vecina del tercero mezclado con la pintura reciente del primero. Bajó y salió a la calle. Octubre, gris y húmedo. Las hojas caídas formaban una alfombra sobre el asfalto mojado. Clara se detuvo en el portal y sacó el móvil.

Llamó a Raquel. Al segundo tono contestó.

Raquel, dijo Clara. Me he ido.

Pausa.

¿De dónde?

De casa de Manuel. Para siempre. No tengo dónde ir.

El silencio duró apenas tres segundos. Después, Raquel:

¿Recuerdas mi dirección? Veinte minutos y estoy en casa. Espera en el portal, te daré el código del portero.

***

Raquel vivía en un piso pequeño de un dormitorio en la calle Mayor. Su piso propio, que compró ella sola hace siete años, cuando todavía era recepcionista en un hotel y ahorraba cada euro. El apartamento estaba repleto de estanterías con plantas, recuerdos de viajes sujetados con imanes en la nevera. Olía a café, a algo dulce, quizá canela.

Clara se sentó en el sofá con la taza de té caliente entre las manos, y Raquel, acurrucada en frente a ella, la observaba sin prisas, escuchando.

Cuéntame, pidió Raquel.

No hay nada que contar, suspiró Clara. Lo de siempre. La placa está sucia. La sopa sosa. El suelo mal fregado. Y te miran como si fueses un objeto defectuoso.

Clara, siempre ha sido así. ¿Qué te ha pasado hoy?

Clara reflexionó.

Miré la placa limpia y pensé: si hoy no me voy, no me iré nunca. Que allí moriré. Que un día sencillamente me tumbaré y no me levantaré más, y dirán que no me cuidé.

Raquel asintió. Vertió más té.

Aquella noche, Clara se acostó en el sofá de Raquel, bajo una manta suave, y escuchó el silencio. Un silencio real. No el murmullo de la tele, ni la tos de Consuelo, ni esa presión constante de que tienes que saltar y ocuparte de algo.

No durmió hasta las tres. No por ansiedad. No sabía lo que era tumbarse sin responsabilidad.

Finalmente, se durmió.

***

El móvil no sonó en dos días. Al tercero, Manuel envió un mensaje: ¿Cuándo vuelves? No un perdona. No un podemos hablar. Sólo ¿cuándo vuelves?, como si se hubiese marchado de viaje trabajo.

Clara lo leyó y guardó el móvil en el bolsillo.

Bien hecho, dijo Raquel, que lo había visto todo. No contestes. Que piense él.

No tiene nada que pensar, exhaló Clara. Él siempre ha creído que volvería. Que no me iría nunca.

¿Y te vas a ir de verdad?

Clara miró por la ventana. El patio de octubre, los coches mojados, los árboles desnudos.

Me voy, asintió. Pero aún no sé a dónde.

Las primeras semanas fueron raras. No sabía llenarse el tiempo. Siempre se levantaba a las siete, a preparar el desayuno, limpiar, ir a por medicinas para Consuelo, hacer la compra, limpiar otra vez, fregar otra vez. Todo el día. Y nunca era suficiente. Siempre poco, mal.

De pronto, los días eran vacíos. No había nada que hacer. Casi dolía.

Raquel, le dijo una mañana cuando Raquel se preparaba para irse a trabajar. Tengo que hacer algo. O me volveré loca.

Busca un trabajo.

¿De qué? Llevo veintiocho años en casa.

Pero eres pintora.

Clara rió breve, sin alegría.

Lo fui. Trabajé dos años en una editorial, después de la facultad. Luego me casé. Manuel dijo que para qué, que él ganaba el dinero. Y su madre añadía que una mujer decente lleva la casa, no anda por oficinas.

Y lo aceptaste.

Lo acepté. Con veinticinco crees que eso es amor. Que te cuidan.

Raquel guardó silencio mientras se abrochaba el abrigo.

Mira, tengo unas acuarelas en el armario del pasillo. Son de mi sobrina. Y papel creo que también hay. Prueba.

¿Para qué?

Para ver si tus manos aún lo recuerdan.

***

Clara encontró las acuarelas en un cajón, envueltas en un periódico. Infantiles, baratas, con ardilla en la tapa. También halló un bloque de papel de acuarela empezado. Extendió todo en la mesa, miró el papel largo rato.

Cogió el pincel.

Al principio, nada salía. La pintura se desparramaba, la mano temblaba, las proporciones fallaban. Rasgó tres hojas. Al fin, se relajó y dejó que la pintura cayera sin plan, sin esperar nada, apenas color y forma.

Tras una hora, ante ella descansaba una hoja pequeña: el patio de otoño que veía desde la ventana de Raquel. Los árboles mojados, el cielo gris, una mancha rosada en el horizonte.

Lo miraba y pensaba: esto lo he hecho yo.

No una sopa. No una placa limpia. Esto.

Por la tarde llegó Raquel, vio el dibujo en la mesa y se detuvo.

¿Es tuyo, Clara?

Sí.

Está muy bien.

No mucho, está torcido todo.

Pero tiene vida, sonrió Raquel. He visto cientos de patios, pero este parece real. Se siente.

Clara no dijo nada. Pero no tiró el dibujo.

***

Mientras tanto, en el piso de don Manuel Martínez, ocurrían cosas inesperadas.

Los tres primeros días, Manuel esperaba el regreso de Clara. Era lo lógico: ¿a dónde iba a ir? No sabía hacer nada, no tenía dinero, ni casa. Volvería, estaba seguro.

No volvió.

El cuarto día descubrió que la nevera estaba vacía. Del todo. Abrió, vio solo una botella de leche y la volvió a cerrar. Se fue al trabajo en ayunas.

A la vuelta, su madre le observaba desde la cocina con una expresión de te lo advertí, pero prefería callar.

¿Has cenado?

No.

Yo tampoco. ¿Has traído pan?

No me ha dado tiempo.

Así que ni comes, ni compras, dijo Consuelo. Setenta y ocho años y jamás he visto esto, sin pan en casa.

Mamá, ve tú a la tienda.

La pausa fue larga.

Yo, habló ella muy despacio, tengo setenta y ocho. Estoy mal de las rodillas, la tensión. Y vas y me dices ve tú.

Mamá, he estado trabajando.

¿Y Clara no? Ella se deslomaba cada día por ti y la echaste de casa.

Manuel alzó la cabeza.

¿La eché? ¡Se fue sola!

¡Porque la llevaste al límite! la voz de la madre subió. Siempre creyéndote con la razón.

¡Tú también te pasabas la vida criticándola! La placa sucia, la sopa mala, el suelo mal barrido.

¡En mi casa hago las advertencias que quiero!

¡Es mi casa, mamá! ¡Es mi piso!

Se miraron. Por primera vez en años. Ya no estaba Clara, ese colchón que amortiguaba todos los golpes.

Manuel se levantó, se puso el abrigo y salió. Portazo.

Consuelo quedó sola en la cocina. Afuera, oscuridad cerrada. Se puso en pie, encendió la luz, abrió la nevera. Miró la leche, la dejó. Volvió a sentarse.

Nunca había habido tanto silencio mientras Clara vivía allí.

***

Noviembre trajo frío y nevadas tempranas. Ya hacía casi un mes que Clara vivía con Raquel y poco a poco iba recuperándose, como quien ha estado mucho en una habitación oscura y de pronto sale a la calle y le ciega la luz. Al principio cuesta, luego te acostumbras.

Pintaba todos los días. Compró acuarelas decentes. Raquel vio un anuncio en internet: un pequeño estudio en la calle Ribera, cerca del parque, barato porque necesitaba reforma, con suelos de madera y una ventana grande al norte.

Clara fue a ver el estudio y supo: era allí.

¿Lo alquilas? preguntó la casera, una señora con gorro de lana.

Sí.

Tenía poco dinero. Vendió unos pendientes de oro que sus padres le regalaron cuando se casó. Doloroso, pero luego pensó: ¿memoria? ¿Cuál?

El estudio se convirtió en su rincón. Allá iba cada mañana, abría la ventana y el aire frío entraba con olor a nieve y río. Huía a pintura, madera y lino. Extendía las cosas y trabajaba. Horas. A veces olvidaba almorzar.

Pintaba de todo: paisajes, patios, naturalezas muertas de lo que encontraba taza, manzana, un zapato viejo. Cada vez mejor. Las manos, en efecto, recordaban.

Una tarde de diciembre, Raquel llamó al estudio.

Clara, en el hotel quieren hacer una exposición de artistas locales. Pequeña, en el vestíbulo. He hablado de ti. ¿Prestamos algunas obras?

Raquel, yo no soy artista. Sólo he vuelto a empezar.

Sí lo eres. Lo he visto.

Es solo un pasatiempo…

Clara, llevas treinta años repitiéndotelo. Basta. ¿Les dejas obras?

Clara dudó.

Vale, aceptó. Les dejo.

***

Allí conoció a don Santiago Romero.

Acudió a la inauguración por azar, estaba alojado esa noche y bajó al vestíbulo. Alto, con la camisa a cuadros, las sienes canosas y unos ojos grises muy serenos. Se quedó de pie ante uno de los cuadros de Clara: un parque invernal, banco solitario, huellas que llegaban y retrocedían.

Clara se acercó dispuesta a enderezar el marco y entonces oyó que murmuraba, sin saber que le escuchaban:

Así son las cosas. Vinieron, se sentaron y se marcharon.

¿Lo dice por las huellas? preguntó Clara.

Él giró, sin sorprenderse porque lo pillaran hablando solo.

Claro. Parecen dos personas. Se sientan. Se van. ¿Contentos, peleados? Quién sabe.

Para mí era una sola persona, confesó Clara. Vino, se sentó, volvió a casa.

Nadie regresa solo haciendo esas curvas, comentó él serio. Mire bien, hay dos.

Ella volvió a observar el cuadro.

Puede ser, sí.

Charlaron veinte minutos. Él había llegado desde una ciudad cercana a ayudar a un hermano con una reforma. Era manitas, podía con carpintería, electricidad, fontanería. Viudo, dos hijos mayores. Hablaba poco, escuchaba mucho. No interrumpía, no miraba el móvil, la miraba a ella.

Eso le resultaba tan raro que no supo cómo comportarse.

Al marchar, él preguntó:

¿Tienes tarjeta?

No, se apuró Clara. No he hecho.

¿El teléfono entonces?

Se lo dio. Pensó luego: ¿para qué? Quizá quiere comprar un cuadro.

A los tres días, un mensaje: Buenas noches. Soy Santiago, charlamos de las huellas sobre la nieve. Me gustaría comprar ese cuadro si sigue disponible.

No lo había vendido. Él vino, lo recogió, lo envolvió con sumo cuidado en una bolsa suya, y preguntó si podía ver más obras.

Fueron al estudio. Miró y miró, largo rato, callado. Compró otros dos pequeños paisajes.

Pintas muy bien, le dijo.

Estuve años sin pintar, admitió ella.

¿Por qué?

Ella encogió los hombros. No iba a explicarlo.

Cosas de la vida.

Él asintió, entendió y no dijo más.

***

Manuel llamó en enero. Clara ya llevaba meses viviendo a medias entre casa de Raquel y el estudio. Oficialmente, seguían casados, ella no había tramitado nada.

Llamó una tarde, mientras Clara pintaba un bodegón de invierno: ramas de pino en un jarrón de cristal, piñas, una vela.

Clara, dijo él.

Dime.

Silencio.

Mi madre está mal.

Lo siento.

¿Podrías venir, aunque fuera un día a la semana? Ayudar en casa…

Clara posó el pincel.

Manuel, me he ido. Vivo aparte. Ya no volveré para faenas de casa.

Sigues siendo mi mujer.

Por poco tiempo.

Clara, no hagas esto. Vuelve. Hablemos.

Nunca hablamos, Manuel. Veintiocho años. Hablabais tú y tu madre, yo escuchaba y obedecía.

Exageras.

Tal vez, contestó tranquila. Pero no volveré.

Colgó. Las manos firmes. Le sorprendió su propia serenidad.

Pensó en cómo desde fuera parece sencillo: esposa que deja al marido. Cosa de todos los días. Por dentro era como aprender a andar. Cada día de nuevo.

***

Su relación con el dinero avanzaba despacio. Los cuadros se vendían poco y barato. A ratos encargos de tarjetas, a ratos cuadritos para regalo. Con ayuda de Raquel abrió una página en internet. Poco a poco, algunos seguidores. Vivía justa, pero vivía.

No lo esperaba, pero así sentía la riqueza.

Santiago venía cada par de semanas. Siempre por algún recado, siempre pasaba a verla. Tomaban café cerca del parque o paseaban y hablaban. Él le contaba del trabajo, de sus hijos (uno ya casado, a punto de ser padre). Ella compartía sobre la pintura y su deseo de probar óleo.

Él nunca la apuraba. No imponía. Un día, descubrió que esperaba sus visitas. Cuando faltaba, la sentía más silenciosa la casa.

Raquel, le dijo una tarde. Santiago… no sé.

¿Qué no sabes?

Es tan bueno. Da miedo.

¿Por qué lo bueno da miedo?

Porque he aprendido que después vendrá lo malo.

Raquel la miró largamente:

Clara, no siempre hay trampa.

Clara lo pensó varios días.

Al fin, le escribió a Santiago: ¿Te pasas un sábado? Tengo una obra nueva que quiero enseñarte.

Él llegó el sábado. Vio el cuadro, lo elogió. Luego fueron a la cafetería, y allí él preguntó:

Clara, ¿te apetecería una excursión este fin de semana? Cerca hay un monasterio antiguo, precioso en invierno.

Ella respondió: me apetece.

***

De lo que ocurría en el piso de la calle Romero, donde vivían Manuel y Consuelo, Clara sólo sabía por retazos. A veces llamaba la vecina, doña Matilde, del cuarto, con quien antes charlaba en el portal.

¿Qué tal estás, Clara? decía Matilde. Aquello es un tormento. Se oyen los gritos. Tu suegra machaca, tu Manuel contesta. Ayer chillaron tanto que casi llamo al municipal.

Clara escuchaba y sentía una pena distante. Nada de venganza ni triunfo. Así son las cosas.

Sin ella, toda la puntería recayó hacia dentro: ya no había amortiguador.

En febrero, Matilde avisó de que Consuelo ingresó de urgencia. Presión, corazón. Manuel estaba solo en el hospital, oscuro como una nube.

Clara encendió el hervidor y pensó: debería llamar. Veintiocho años… al fin y al cabo.

Pero recapacitó. No. Ya no haría lo que hay que hacer. Lo había hecho bastante. Ahora, que se las arreglen.

***

Marzo trajo deshielo y olor a tierra mojada. Un sábado, Clara fue al mercado con la bolsa de tela, a buscar algo fresco. Escogía tomates, pensaba en pintar la algarabía de colores, ruido y gente.

De pronto vio a Manuel.

Caminaba con una bolsa, absorto en el móvil. Parecía mayor. O quizá nunca lo había mirado desde fuera. Los hombros caídos, la chaqueta arrugada, la cara gris.

Ella se quedó esperando a ver qué sentía. ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Ganas de huir?

No era nada de eso.

Manuel la vio, se detuvo.

Se miraron a través de la distancia de tres puestos.

Clara, dijo Manuel.

La voz era la de siempre, baja, pero llena de incierta fragilidad.

Manuel, contestó Clara.

Se acercó. La frutera fingía revisar sus manzanas.

¿Cómo estás?

Bien.

Más delgada.

Puede.

Mi madre sigue ingresada. Del corazón.

Lo siento.

Silencio. Cambió la bolsa de mano.

¿De verdad no vas a volver?

Clara lo miró tranquila. Sin odio, sin lástima. Sólo lo miró.

No, Manuel. No volveré.

Es que hay que seguir viviendo…

Tú tienes que. Yo ya vivo.

Él no halló réplica. Ella cogió sus tomates, pagó y siguió.

El corazón le latía sereno. Ahí estaba el triunfo: en el latido. No en haberse ido. No en no volver. En enfrentarle de igual a igual. Ya no era protocolo, ni resignarse, ni pensarse culpable. Sencillamente, hablar con un desconocido. Casi extranjero.

Cogió un manojo de acelgas, pan, y fue hacia casa. Casa, porque ya llamaba así al estudio.

***

En abril presentó el divorcio. Todo ella sola, sin abogado, rellenó el impreso. Manuel no protestó. Se vieron una vez donde el notario, firmaron los papeles y cada uno por su lado.

No tenía piso. Manuel se quedó el suyo. Dividir patrimonios era demasiado agotador. Raquel criticó esa decisión, hubiera podido reclamar.

No quiero ese piso, Raquel. Quiero seguir.

El dinero no sobra.

Llegará, decía Clara. Otro dinero. El mío.

En verano, Santiago y ella ya se veían cada semana. A veces ella iba a su ciudad, a veces él venía. Él tenía una casita en un barrio tranquilo; jardín con grosellas y un manzano anciano. Clara llegó en mayo y se quedó mirando el manzano en flor.

Precioso, dijo.

Lo plantó mi mujer, contó él, sin pena en el tono. Ocho años ya que no está. El manzano florece.

Se quedaron de pie, observando el árbol.

Santiago, se atrevió Clara, ¿no tienes miedo? Volver a…

¿A estar cerca de alguien?

Bueno… sí.

Calló un momento.

Miedo sí, admitió. Pero me gustas. Y creo que el miedo no es motivo para renunciar a la vida.

Ella rio. Inesperadamente.

Eso es sabio.

Bah, sólo soy directo. Como al clavar clavos.

***

En otoño, justo un año después de aquél octubre en que Clara se marchó de la calle Romero con una bolsa, ella y Santiago charlaban en su cocina una noche. Él arreglaba un cajón atascado, ella, con una taza de café, hacía bocetos en su cuaderno.

Calidez. Silencio. Olía a madera y café.

Clara, dijo Santiago sin dejar el tornillo, ¿te vienes a vivir?

Ella alzó la mirada.

¿Adónde?

Aquí, conmigo.

Guardó silencio. Él continuó atareado.

Tengo el estudio allí, recordó ella.

Lo sé. Aquí sobra un cuarto, con ventanal al este. Luz de mañana. ¿Te lo había dicho?

Lo habías dicho.

Entonces, ¿qué?

Clara miró el cuaderno. Boceto: la cocina, hombre con destornillador, mujer con taza. La ventana. El jardín.

Tengo que pensarlo.

Piensa, sin prisa.

¿No me presionas?

No.

¿Por qué?

Comprobó el cajón; encajaba perfecto.

Porque tenemos tiempo, dijo él. Y apurar a alguien adulto es absurdo.

Clara miró el dibujo del cuaderno.

Vale, dijo.

¿Vale pensar o vale venir?

Vale venir.

Él asintió, se sentó a su lado. Silencio, y el silencio era bueno.

***

Pasó medio año.

Clara vivía con Santiago, pero aún mantenía el estudio en la calle Ribera. Iba tres días por semana. El cuarto con ventanal de oriente de la casa se transformó en su segunda atalaya: garabateaba por las mañanas cuando él se marchaba.

Vendía sus cuadros un poco más. Nada de fama, pero sí un pequeño círculo propio. Gente que buscaba sus obras, pedidos personales. No mucho, pero suyo.

De Manuel sabía sólo de doña Matilde, que seguía llamando. Consuelo, tras salir del hospital, apenas andaba, nunca salía del cuarto; Manuel contrató a una asistenta. Seguía trabajando y regresaba de noche. Vida simple.

Clara escuchaba esos cuentos y recordaba cómo ese hombre un día llenó todo su cielo. Su ánimo determinaba su clima. Sus palabras dictaban ley. Desde fuera parecía una buena familia. Dentro, era una cárcel sin cerradura: peor esa puerta que tú misma sostienes desde dentro.

Ahora, el cielo era otro.

Un martes de diciembre, Clara llegó tempranísimo al estudio. Encendió la luz, puso a hervir el agua. Observó la nieve tras el cristal, cayendo lenta.

Sonó el móvil. Raquel.

Clara, buenos días. ¿Cómo vas?

Bien, trabajando.

Tengo noticia. Una conocida dice que en una galería del centro buscan artistas para la muestra de primavera. Pequeña, pero galería de verdad. Ha visto tus cuadros por internet y quiere hablar contigo. Te paso su teléfono.

Clara apuntó.

Raquel, a lo mejor esperan cosas serias. Yo no tengo nombre, ni premios.

Clara, llevabas cinco años sin pintar. Empezaste de nuevo. Ahora tienes más de cien obras. ¿Eso no es serio?

Bueno…

Llama, sólo llama.

Está bien.

Colgó. Miró el número. Luego la nieve, hojarasca blanca nueva, follaje sin pisadas.

Preparó un té, cogió el pincel. Llamaría luego. Antes debía atrapar esa nieve en el papel.

***

Por la tarde, Santiago pasó a por ella al estudio. Llamó a la puerta, entró y la vio enfrascada en el lienzo.

¿Lista?

Cinco minutos más.

Él se sentó a un lado, sin interrumpirla. La miraba trabajar, con esa mirada tranquila de quien aprecia lo que tiene delante.

Al cabo de cinco minutos, Clara cerró las acuarelas, limpió los pinceles.

Ya está.

Te ha quedado bonito, observó Santiago.

No sé. La nieve es difícil. Parece blanca, pero es azul, gris, rosada menos blanca.

Qué curioso, replicó serio. Nunca lo habría imaginado.

Para todos es nieve blanca. No la ven.

Salieron. Hacía frío, reinaba un silencio limpio, la nieve parada. El aire cortaba al respirar.

Santiago, dijo Clara mientras andaban, hoy me han llamado de la galería. Para exponer.

¿Y?

No sé si ir.

¿Quieres ir?

Dudó.

Quiero, admitió. Pero me da miedo.

¿El qué?

Que digan que no, o que no valgo. Que no soy artista, que esto es poca cosa.

Santiago caminaba despacio, las manos en los bolsillos, la mirada al frente.

Clara, lo peor ya te pasó.

¿Tú crees?

Puede que sí. Viviste donde cada día te decían que no eras nada. Veintiocho años. Y saliste con una bolsa. Eso sí fue miedo. Si en la galería no les gustas, no importa.

Ella se detuvo.

Qué directo eres.

Intento serlo.

Ella sonrió, él también, de medio lado.

Vámonos, hace frío, dijo él.

Anduvieron. Bajo los pies, la nieve crujía. Los faroles se reflejaban en charcos helados. Allí delante ya brillaban las luces de casa.

Santiago, murmuró Clara.

Sí.

Gracias.

¿Por qué?

Por no decirme nunca tienes ni debes.

Santiago meditó.

Cada uno sabe sus debo, Clara. Yo sólo recordaría, no más.

Entraron en el portal. Olía a madera y a manzanas: él guardaba la cosecha en el sótano desde el otoño.

Clara subió, se descalzó y fue a la cocina, encendió la luz.

Todo era conocido: la mesa de madera, las dos sillas, la ventana al jardín. En el alféizar, el cuaderno de bocetos de la mañana.

Abrió el cuaderno y vio el dibujo de ayer: cocina, hombre con destornillador, mujer con taza. La ventana. Fuera, el jardín.

Quedaba por dibujar la nieve.

Cogió el lápiz.

Rate article
MagistrUm
Placa limpia y reluciente: el secreto de las cocinas españolas