El Gran Teatro Real de Madrid resplandecía bajo las luces de la Gran Vía. Era la noche inaugural del Festival Internacional de Música Clásica, una cita que reunía a la flor y nata de los músicos de todo el mundo. Entre el público, vestido con sus mejores galas, se mezclaban murmullos en francés, alemán, italiano y algún que otro chascarrillo en español. La velada estaba consagrada a la música clásica europeaBach, Mozart, Beethovenpara goce de los puristas. Rodolfo Klaus Simmermann, un pianista alemán legendario de sesenta años, acababa de concluir su interpretación del Concierto número 21 de Mozart, dejando el teatro vibrando con aplausos que podrían arruinarle la manicure a más de uno.
Klaus, con su traje negro y su melena gris perfectamente engominada, saludó triunfante como si estuviera en el Scala de Milán, la Filarmónica de Berlín, o el mismísimo Palau de la Música Catalana. Pero en la última fila, casi camuflada entre los tapices del teatro, se encontraba Inés Herrero, joven madrileña de veinticinco años. Vestía un traje tradicional blanco de chulapa, con bordados coloridos, y llevaba en las manos un instrumento extraño en ese santuario de los pentagramas.
Una bandurria castiza, esa pequeña prima lejana del laúd que es alma de las fiestas madrileñas. Nadie imaginaba que esa noche iba a cambiar la idea que muchos tenían sobre lo que es, o puede ser, música en España. Inés había sido invitada por los organizadores locales, empeñados en meter un guiño a la tradición musical española, más por quedar bien que por vocación artística. Un que se note que aquí también hay cultura, hombre, aunque fuese solo cinco minutos tras tres horas de música seria.
Inés había crecido en Chinchón, pueblo donde la música popular es más que hobby, es idioma, es gesto y es ritual. Su abuelo, don Fermín, era leyenda entre los bandurristas del lugar. Le enseñó a tocar sentada en sus rodillas, rozando las cuerdas con más corazón que técnica. La bandurria se toca con el alma, niña, le repetía, cada rasgueo cuenta la historia de nuestra gente, de nuestra tierra, de los que vinieron de África, de Castilla, de los que se mezclaron y aquí seguimos.
Don Fermín se fue hacía seis meses, no sin antes regalarle su bandurria: Haz que el mundo escuche esto, hija. Que vean que lo nuestro vale tanto como lo suyo. Inés miraba a Klaus saludando eternamente al público.
Klaus Simmermann, el ídolo alemán, había estudiado en el conservatorio de Leipzig, tocado con todas las orquestas habidas y por haber y grabado más discos que Ramón García chaquetas. Sus manos eran patrimonio nacional en Alemania, pero al pasar por el camerino pequeño donde Inés esperaba, no pudo evitar el comentario malicioso con el director madrileño del festival, un hombre que tenía el don de halagar a todos los europeos por sistema:
¿Y ahora música folclórica?, preguntó Klaus en tono que no necesitaba traducción.
Así es, maestro, contestó el director casi pidiendo disculpas, solo un número breve de música tradicional de Chinchón. Klaus se giró a mirar a Inés como quien contempla un objeto prehistórico en el Museo Arqueológico. ¿Bandurria castiza, eh? He oído algoruido popular, sin técnica real. Rasgueos básicos, sin sofisticación, ni estructura. No es música formal. Qué le vamos a hacer.
Inés se aferró fuerte al mástil de la bandurria, la que había consolado funerales, acompañado bautizos y puesto ritmo en bodas durante más de medio siglo. El director se reía nervioso, sin saber dónde meterse. Klaus terminó con una sonrisa de estas que te dan ganas de sacar el monedero: Seguro será pintoresco, señorita. El folclore siempre entretiene, pero no puede compararse con la música clásica, que exige años de estudio, teoría avanzada, técnica refinada. Con todos los respetos, maestro, interrumpió Inés, con voz temblorosa, pero de rabia más que miedo, la bandurria castiza tiene trescientos años de historia, raíces africanas, castellanas y gitanas. Tiene estructura y complejidad.
Klaus levantó su mano como quien bendice a la plebe: Querida, llevo cuarenta años estudiando música. Créame, sé distinguir el entretenimiento folclórico de la verdadera música seria. Ambas tienen su valor, pero no están ni remotamente al mismo nivel técnico. Se marchó, deseándole suerte como quien da el pésame. Inés sintió que la indignación le nublaba la vista.
El director del festival le lanzó un No le hagas caso. Son así los europeos, creen que entre palacio y palacio inventaron toda la música del mundo. Palabras que no le consolaban. Solo pensaba en su abuelo y aquellas noches de enseñanzas que iban más allá de acordes o partituras.
Ya en su camerino, que bien podía pasar por trastero, Inés abrazó su bandurria y cerró los ojos. Le resonaban las palabras de Klaus: ruido sin técnica. Para él, lo que ella tocaba era pequeño. Pero para ella, era grande, era historia viva, era familia. Sus recuerdos volvían; aquellos veranos en la plaza de Chinchón, los bailes espontáneos, los versos improvisados, la alegría y la melancolía cantada.
La bandurria no es solo música, hija, le decía su abuelo, es nuestra manera de hablar con quienes ya se fueron, con la tierra, con los dioses. Cada rasgueo es una oración. Cada ritmo, el latir de España. Inés abrió los ojos: no iba a dejar que un alemán engominado pisoteara eso. La música se mide por las historias que cuenta, por su capacidad de unir.
Un toque en la puerta la sacó de ese monólogo interior. Era Marisa, organizadora, madrileña de toda la vida. Inés, quedan diez minutos. ¿Lista? Inés asintió, ajustándose la falda. Sí, lista. Marisa la miró con pena. Lo que dijo el alemán. No importa, cortó Inés. Le voy a mostrar de qué va el folclore castellano. Si no lo entiende, él se lo pierde.
El maestro de ceremonias salió triunfal al escenario: Señoras y señores, para cerrar esta velada tan singular, nos honramos en presentar a la señorita Inés Herrero, que nos deleitará con música tradicional de Chinchón. Los aplausos sonaban casi como si la gente sacara el billete de metro en la estación. Inés notó el descenso de la energía. La mayoría pensaba, bueno, tras el Mozart, a ver qué nos ponen.
Subió al escenario. Sus zapatos de esparto resonaron en la tarima. Muchas butacas se habían vaciado durante el intermedio. Los que quedaban, la mayoría en modo a ver si terminamos pronto, miraban móviles o charlaban. En la tercera fila, Klaus Simmermann permanecía por cortesíajunto a una francesa con chelo, un italiano violinista, una austriaca sopranotodos con la expresión de quien espera la comunidad de vecinos, no un milagro.
Inés se sentó en el centro como quien no tiene miedo de verse pequeña en tierras de gigantes. Ajustó su bandurria, que parecía de juguete frente al Steinway que había presidido minutos antes. El público intercambiaba miraditas, La chica del laúd, qué típico, qué mono. Inés temblaba, pero aún así pensó en su abuelo, en el sufrimiento, la fiesta, la mezcla de culturas y dio el primer rasgueo.
Al principio, suave, temeroso. Pero poco a poco la música fue llenando la sala con su textura rural. No era la perfección del piano clásico, era otra cosa: tierra, barro, familia. Klaus, entre ceja y ceja, veía técnica, sí, pero seguía convencido: lo suyo era muy simple. Pero entonces, Inés cerró los ojos y la música la arrastró. De pronto, el ritmo tradicional de Chinchón emergió con ese aire de comunidad, de mezcla; el rasgo de lo africano, lo castellano, lo gitano.
Y cantó.
Por la plaza de Chinchón, he de pasar sin volver; si no vuelvo en esta vida, en la muerte regresaré. La soprano austriaca alzó la vista, capturada por algo crudo y verdadero en esa voz: no era operística ni perfecta, pero destilaba historia y emoción.
Inés se dejó llevar, improvisando versos con humor y verdad: Dice el alemán que mi música es ruido, pero mi bandurria canta lo que su piano olvida.
La francesa sonrió involuntariamente. Lo que prometía ser un simple número de relleno se había convertido en duelo musical. Los versos improvisados rebatían la superioridad técnica, la exclusión histórica: Mi música no está en papeles, mi música vive en el alma de mis abuelos.
Con cada rasgueo, su técnica innata, aunque distinta de la academia, impresionó a los que sabían oír más allá de la etiqueta. Klaus, para su sorpresa, se inclinó hacia delante, ya no seguro de lo que escuchaba.
Cambió el ritmo, aceleró el compás, sus manos creaban percusión, melodía y armonía con la gracia de quien ha bailado la verbena toda la vida. Cantó, Estas manos son morenas, saben más de música que cien diplomas colgados en la pared.
Marisa, la organizadora, no podía contener las lágrimas. El violinista italiano estaba absorto, reconociendo lo que ningún techo de marfil puede enseñar: autenticidad.
Inés tocó la Jota de Chinchón, que en su versión original tiene influencias moriscas y africanas. Rasgueó e improvisó la letra: Para entender mi música hay que abrir el corazón y dejar el ego en el perchero.
En ese momento Klaus sintió un vuelco inédito. Recordó por qué empezó a tocar el piano: su abuela tocando canciones populares en el viejo salón de Baviera. No era música pulida, era amor.
Inés sudaba, perdía el tiempo y la técnica, tocando todas las emociones del público. Nadie pestañeaba, nadie miraba el móvil. Todo el mundo en trance.
En esa noche, Inés tocó la Seguidilla triste de su abuelo, la que se usaba para despedir a los difuntos en Chinchón. Cantó con voz quebrada y sin miedo: Ya se fue el payaso que hacía reír, en su tumba se lee, aquí yace el inocente.
¿Era su abuelo, la inocente Inés, todos nosotros? Klaus no pudo evitarlo. La primera lágrima, luego el llanto abierto. La francesa lloraba, la austriaca apretaba el corazón, el italiano secaba los ojos. Las pequeñas imperfecciones hacían la música más real. El Teatro Real no era un teatro: era la plaza del pueblo, con café de puchero y churros calientes.
Mi abuelo nunca leyó una nota, anunció Inés de pronto, nunca pisó un conservatorio, pero sabía más de música que los que tienen diplomas, porque la música vive aquíen el corazón, en la cabeza, en el espacio que compartimos. Volvió a cantar, No vengo a pedir permiso para que valga mi canto. Vengo a recordar que todos somos hermanos, buscando casa.
Esos versos no eran tradicionales; eran historia viva, improvisación auténtica.
La culminación llegó con la clásica Chotis madrileña, adaptada y reinterpretada, con ese zapateado que en vez de ruido era percusión y diálogo. Se levantó y bailó, todo ritmo y palabras, Dame la mano, vente aquí, deja el ego, ven a bailar.
Todas las defensas de Klaus cayeron. El salón entero estaba de pie, llorando, aplaudiendo. Al acabar, tras un último rasgueo, Inés quedó de pie, sudorosa y con lágrimas, abrazando la bandurria.
Entonces, un silencio sepulcral. Klaus se levantó, y comenzó a aplaudir con un fervor que no tenía nada de alemán y todo de humano. Le siguió la soprano, el violinista, hasta que todo el teatro estaba en pie. Klaus se acercó, subió al escenario, temblando. Los dos se miraron y, para asombro de todos, Klaus se arrodilló ante Inés.
Perdone, he sido un necio y un arrogante. Cuarenta años de estudios y hoy una joven me ha recordado que la música vive en el corazón. Klaus lloraba abiertamente y tomaba las manos de Inés: Tiene usted más música en el corazón que yo en toda mi vida.
Inés lloraba. Klaus seguía en el suelo, sin importar cámaras ni reputación. Mi abuela tocaba música popular, yo era feliz. Perdi todo eso buscando perfección técnica. Se levantó y habló al público: Durante años juzgué la música por la complejidad formal, pero aquí me han mostrado que estaba equivocado. La verdadera música une corazones.
Inés apenas pudo responder. Nunca quise faltarle el respeto. Solo quería que viera que
No me lo faltó. Me hizo el mayor regalo, me recordó la verdad. Su música, con toda su sencillez, contiene más verdad que la mayoría de las piezas que toqué en mi vida.
Klaus se giró al público: He tocado por toda Europa, pero jamás me ha movido una pieza como esta joven lo ha conseguido hoy.
Marisa, desde entre bastidores, lloraba. Músicos de rondalla y jotas en el público se secaban las lágrimas de orgullo.
Klaus extendió su mano: ¿Me enseñaría la tradición castellana?
Inés sonrió: Solo con una condición: aquí no hay maestros, solo compañeros de viaje. La música se aprende juntos.
El director del festival corrió excitado al escenario: Señoras y señores, este momento es histórico. ¿Nos regalan una pieza juntos?
Klaus, nervioso como nunca, se sentó al piano. Inés propuso La Llorona, canción conocida en España por las versiones latinoamericanas, pero aquí con aire castizo. Klaus improvisó, aportando profundidad clásica, Inés marcando el ritmo. El resultado era insólito: piano clásico y bandurria popular, juntos, creando un puente.
Inés cantó: Ay de mí, llorona, aunque la vida me cueste, no dejaré de quererte. El público lloraba, aplaudía, gritaba bravo, golpeaban con euros en la butaca. Musica sin etiquetas, conmovedora.
Cuando terminaron, Inés y Klaus se abrazaron. El abrazo era también el de Europa con su historia popular, de la academia con el sentimiento.
Gracias, susurró Klaus. Gracias por ayudarme a ver.
Gracias a usted, contestó Inés. Afrontar el error es valentía.
El director, con voz temblorosa, proclamó: Este festival dará la bienvenida a todas las músicas y todos los corazones; la excelencia no está en el diploma, sino en el alma.
Días después, la prensa lo tenía claro: Maestro alemán aprende humildad con música española, La noche que el orgullo se rindió al sentimiento, Klaus Simmermann cancela su gira. Se queda en Chinchón a buscar musas.
Klaus pasaba las tardes en Chinchón, aprendiendo de los músicos locales: fandangos, seguidillas, cómo convertir el pueblo en escenario y el escenario en comunidad. Aprendió el arte de improvisar, el zapateado que convierte al bailarín en percusionista. En Europa, confesó una tarde, la música es como un cuadro en el Prado: precioso, pero intocable. Aquí, la música es fresca, viva, se reinventa.
Don Fermín Junior, sobrino del abuelo de Inés, le dijo: La música es como el río Guadarrama. Si la retienes demasiado, congela. Hay que dejarla fluir.
Klaus, con técnica impecable pero menos rígido, aprendió bandurria como pudo e improvisó versos castizos. Aprendió a escuchar y a recibir, sin analizar.
Antes de irse, Klaus ofreció una rueda de prensa: Vine creyendo que iba a iluminar a los españoles, pero he entendido que estaba en la sombra. La música se ha juzgado por parámetros técnicos europeos, pero el mayor error es marginar lo sencillo, lo honesto, lo que une.
Le preguntaron: ¿La educación formal no sirve?. Sirve como herramienta; sin alma, no es nada. Mi amigo Fermín nunca leyó una nota, pero era maestro. Yo, con todos mis títulos, aún aprendo.
Una reportera preguntó: ¿Y ahora qué hará?
Klaus sonrió: Un año sabático; recorreré España, América Latina y África, para descubrir lo que realmente es ser músico y quizás, por fin, escuchar algo que dure más que un bis.







