Pianista alemán calificó el son jarocho como “ruido sin técnica”… hasta que una joven veracruzana lo…

Diario de José Martín Aguado Madrid, 25 de septiembre de 2023

Aún tengo el temblor en las manos mientras escribo. Anoche, Madrid celebró la Gala de Apertura del Festival Internacional de Música Clásica en el majestuoso Teatro Real, ese espacio que ha visto desfilar lo más selecto de la música europea. El aire estaba denso de expectativas y murmullos en alemán, francés, inglés La noche, vestida de negro, relucía bajo las farolas y los trajes formales. Back, Mozart y Beethoven fueron los protagonistas, y Klaus Friedrich Simmerman, el pianista alemán de 60 años, brilló interpretando el Concierto nº 21 de Mozart con la perfección que solo los grandes conocen. Muchos de los asistentes venían de lugares lejanos: Viena, Berlín, Nueva York.

Mi asiento, sin embargo, estaba cerca del palco de los invitados especiales, donde apenas se distinguía la figura de una joven madrileña, vestida con un traje de chulapa clásico y una mantilla bordada en vivos colores, sosteniendo algo totalmente atípico entre la solemnidad del lugar: una guitarra española fabricada de madera castiza, herencia familiar. Su nombre: Marisol Jiménez.

La presentación de Marisol había sido un añadido casi protocolario por parte de los organizadores españoles, un guiño a la música popular de España tras la maratón de piezas clásicas europeas. La mayoría lo tomó como una cortesía simbólica: cinco minutos de música folclórica después de tres horas de rigor académico.

Marisol había nacido y crecido en el barrio de Lavapiés, donde lo castizo se mezcla con lo gitano, africano y magrebí. Su abuelo, don Alonso, fue uno de los guitarristas más respetados de la zona. La guitarra, nieta, no se toca con los dedos, sino con el alma. Las palabras de don Alonso resonaron en ella la noche de su debut. Él había fallecido hacía seis meses, y antes de partir le entregó su guitarra: Llévala a cada rincón, enseña que nuestra música vale tanto como cualquier otra.

Klaus Simmerman, mientras pasaba junto al área de camerinos donde Marisol se preparaba, conversaba con el director del festival, un madrileño deseoso de agradar al maestro alemán. ¿Folklore español después de mi concierto? preguntó Klaus con una ironía imposible de disimular. Solo un pequeño homenaje a la música tradicional madrileña, le respondió el director.

Vi cómo Klaus giraba la cabeza hacia la joven, observando la guitarra como quien ve un capricho exótico. Guitarra española ruina folclórica sin técnica, ¿no cree usted? añadió. Rasgueos simples, sin armonía, sin estructura. Ni música siquiera.

Marisol apretó el mástil de la guitarra como si quisiera fundirlo con sus manos. El director del festival buscó alguna respuesta y no la halló. Klaus, con esa sonrisa displicente, le dijo: No lo tomen a mal, es entretenimiento agradable, pero jamás comparable con la música seria: exige años de formación, teoría avanzada, técnica depurada. Marisol, contenida pero firme, soltó: Nuestra música tiene tres siglos de historia, con raíces castellanas, africanas y gitanas. Tiene estructura y complejidad. Tiene alma. Klaus alzó una mano, elegante pero dominante. Querida, he estudiado 40 años la música. Sé distinguir el arte del entretenimiento.

Sentí las palabras de Klaus golpear a Marisol como puñales. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero mantuvo la cabeza alta. El director del festival intentó consolarla: No hagas caso ya sabes como son estos europeos. Pero ella no quería consuelo. Recordó cómo su abuelo le enseñó a sentir, no solo a tocar.

Marisol entró al diminuto camerino que le habían asignado. El cuarto apenas tenía una silla, ni comparación con la suite de Klaus. Abrazó la guitarra, recordando los insultos del pianista, ruido sin técnica. Cerró los ojos, y los recuerdos de Lavapiés vinieron a ella: los sones flamencos improvisados hasta el amanecer, el taconeo espontáneo sobre la tarima de madera, los cantes llenos de sabiduría y picardía.

La guitarra, nieta, es nuestra manera de hablar con Dios y con los abuelos; cada ritmo es nuestro latido, le decía don Alonso. Marisol se incorporó. No iba a permitir que ningún forastero depreciara su herencia. La música no se mide por pentagramas ni diplomas, sino por la capacidad de tocar el alma y unir a las personas.

Se oyó un golpe en la puerta. Era Carmen, una de las organizadoras: Marisol, faltan diez minutos. ¿Estás lista? Marisol se puso en pie y acomodó su mantilla. Sí, no te preocupes. Hoy voy a mostrarles lo que vale la música madrileña. Si no lo entienden, es su problema. Sabía que lo que iba a hacer iba más allá del orgullo.

El maestro de ceremonias salió al escenario. Distinguido público, para culminar esta velada, damos paso a nuestra querida Marisol Jiménez con un homenaje a la tradición musical madrileña. Los aplausos fueron corteses, pero la energía era distinta. Muchos espectadores habían dejado sus asientos tras el concierto de Klaus. Los que quedaban conversaban o revisaban sus móviles.

En la tercera fila, Klaus permanecía sentado por obligación, junto a otros músicos europeos; la mayoría lucía gestos de impaciencia. Marisol entró en escena, sus zapatos de clavel resonando en la tarima. El teatro, antes repleto, ahora parecía un salón de escuela. Tomó asiento en el centro, con la guitarra entre las piernas. El instrumento parecía pequeño y ridículo ante el imponente piano Steinway, aún reluciente.

Con manos temblorosas, Marisol sintió el peso de la indiferencia y el escepticismo. Recordó las noches en Lavapiés, el eco de las palmas, el taconeo sobre el suelo antiguo. Pensó en la mezcla, en los ritmos africanos, los versos gitanos, las melodías de la vieja España. Comenzó a tocar.

Al principio, los rasgueos fueron suaves, casi tímidos. El sonido crudo y orgánico de la guitarra contrastaba con el piano de Klaus. Pero algo cambió. Marisol cerró los ojos y dejó que la música la guiara; su ritmo se volvió seguro, fluido y apasionado. La voz emergió cálida y fuerte:

Por la calle de Alcalá, nunca dejo de soñar: si no vuelvo en esta vida, mañana vuelvo a cantar

La soprano austríaca alzó la vista, la intensidad de la voz de Marisol era innegable. No había perfección técnica, pero sí emoción verdadera. Marisol improvisó versos al estilo del cante flamenco:

Dicen los hombres de Europa que mi música es ruido. Pero mi guitarra canta lo que su piano olvida.

En el público crecía el murmullo. Marisol, con sus versos improvisados y su ritmo hipnótico, hacía visible la herida y la belleza de Madrid. Klaus, aunque receloso, se sintió intrigado. La música se transformó en un rito ancestral que conectaba generaciones. Marisol tocó tangos, fandangos y un pasodoble antiguo, entrelazando ritmos y melodías de forma febril. Y cantó con voz quebrada:

Estas manos son morenas, por la tierra de mi barrio. No tienen diploma fino, pero saben lo que tocan.

Carmen, la organizadora, lloraba en bastidores. El violinista italiano estaba absorto, reconociendo una autenticidad que trascendía géneros. La música de Marisol era un puente entre el dolor y la celebración, la memoria y el presente.

Marisol improvisó versos sobre el abuelo y el barrio. El público guardó silencio absoluto. Y Marisol, ya en trance, comenzó a zapatear. El son de los pies sobre la tarima era una percusión ancestral. Ven dame la mano y baila aquí, cantó. Invitar a la humanidad a compartir, enseñando que el arte verdadero no conoce fronteras.

Klaus se quebró. Empezó a llorar, primero de manera tímida y luego abiertamente. Las barreras de cuarenta años de perfección técnica se vinieron abajo. El teatro entero se sumió en el llanto. La música de Marisol, imperfecta y espontánea, tocó a los asistentes más allá de cualquier estándar académico.

Mi abuelo nunca supo leer partituras, confesó Marisol, pero sabía que la música vive aquí, dijo tocándose el corazón. Klaus miró a la joven, las lágrimas corriendo sin vergüenza. El clímax llegó con un fandango fuerte y el taconeo final que resonó como trueno.

Un silencio total siguió. De repente, Klaus se levantó, aplaudiendo con pasión. Uno a uno, los músicos y el público se pusieron en pie, creando una ovación nunca vista en el Teatro Real.

Klaus caminó al escenario, subió las escaleras con pasos inseguros y se arrodilló ante Marisol. Perdóname, dijo, con voz rota. He sido arrogante y ciego. Esta noche has hecho lo que no logré en 40 años: recordarme el alma de la música.

Marisol, entre lágrimas, abrazó la guitarra. Klaus siguió: Mi abuela, en Alemania, tocaba canciones populares en un piano desafinado. Nunca estudió, pero ponía el corazón en cada nota. Yo lo olvidé buscando la perfección.

El público estalló en aplausos. Carmen, la organizadora, lloraba abiertamente. Los músicos castizos que habían venido a apoyar a Marisol tenían lágrimas de orgullo.

Klaus extendió la mano: ¿Me enseñarías tu música? Pero, por favor, no me llames maestro, en la música popular no hay jerarquías: solo compañeros de camino. Marisol asintió: Así debe ser.

El director del festival subió presuroso: ¿Os gustaría tocar juntos? El público ovacionó. Klaus, nervioso, se sentó al piano junto a Marisol. ¿Conoces La Tarara? preguntó Marisol. Sí, pero nunca la he tocado. Entonces, sígueme, siente la música.

Marisol arrancó el ritmo de La Tarara en la guitarra, Klaus añadió acordes suaves. La mezcla era extraña y hermosa; la música se fusionó conectando ambos mundos. El público lloraba, aplaudía, se sentía parte de una transformación.

Al terminar, Klaus y Marisol se abrazaron en el escenario. Era el encuentro de siglos de historia, de prejuicios y redención. Gracias por tu valor, murmuró Klaus. Gracias por admitir tu error, respondió Marisol. El director anunció: Esto marca una nueva era en el festival. A partir de ahora, todas las tradiciones tendrán su lugar. La música debe tocar el alma, no el currículum.

La historia recorrió las redes. Klaus pospuso su gira para quedarse dos semanas más en Madrid, yendo cada tarde a Lavapiés con Marisol y otros músicos de barrio. Aprendió sobre las palmas, los cantes, el flamenco y la importancia de la improvisación. Don Alonso Jr., tío de Marisol, resumió: La música es como el Manzanares, maestro. Si la frenas, muere. Hay que dejarla correr.

Klaus reflexionaba: He pasado 40 años perfeccionando mi técnica. Sin alma, es ruido elegante. Marisol escuchó y respondió: No sea tan duro, maestro. La técnica es sólo la herramienta, lo importante es el corazón.

Al final de su estancia, Klaus convocó a la prensa en el mismo Teatro Real. Vine creyendo en la superioridad europea. Fui yo quien despertó. La música clásica se ha encerrado en vitrinas. La música popular vive, respira y une a las personas. Miró a Marisol: La música no se mide por complejidad, sino por la capacidad de conectar corazones y mantener viva la memoria cultural.

Un periodista le preguntó si despreciaba la enseñanza formal. Klaus respondió: La música es aprender, no imponer. Mi maestro fue Don Alonso, que nunca leyó partituras. Yo con todos mis títulos, fui el aprendiz. Otro preguntó sobre su carrera: Haré un año sabático. Viajaré por España, África y América Latina para aprender las músicas que ignoré. Volveré con otra visión.

Hoy, sentado en casa y repasando lo vivido, entiendo al fin que la verdadera música nace cuando permitimos que nos cambie. No es cuestión de títulos ni de perfección. Es cuestión de tocar corazones, de aprender y de compartir. Somos compañeros de viaje. Solo eso importa.

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