Sergio, que lo entiendo todo, pero yo no me apunté como cocinera para tu madre susurró Amparo indignada, dejando caer en el carrito una lata de guisantes. Mira, de verdad que me dan ganas de tirar todo, subirme al coche e irme a casa. Me prometiste una tranquila velada familiar los tres, y al final estamos tú y yo sudando en la cocina para todo el clan, mientras tu madre está sentada como una reina. ¿Tú lo ves normal?
Sergio encogió los hombros y desvió la mirada, simulando un profundo interés por los ingredientes de los palitos de cangrejo. Parecía un galgo pillado en plena travesura.
Amparito, baja la voz, que la gente mira, hombre murmuró él, tratando de cogerle el codo, pero ella retiró el brazo con brusquedad. Es que mi madre no calculó bien sus fuerzas, le puede pasar a cualquiera. Venga, compremos todo lo que falta, volvemos y terminamos las ensaladas. Ten paciencia, por mí y por el día
Que no calculó. Qué delicadeza para decir que lo hizo a propósito.
Amparo rechinó los dientes de rabia. A ella no la engañaba: la suegra era más astuta que un zorro.
Todo empezó hace una semana, con una llamada. Carmen Fernández llamó para dar el típico saludo de Año Nuevo y, de pronto, propuso que vinieran a su casa.
Mis niños, ronroneó la suegra con un tono tan dulce que daba diabetes sólo de oírlo. ¿Por qué no venís a casa por Navidad? Qué ganas de veros Nos sentamos los tres, recordamos viejos tiempos, charlamos un poco. Me siento sola aquí entre cuatro paredes.
Amparo se puso alerta desde el primer minuto. Su instinto no fallaba: esas reuniones familiares tranquilas siempre acababan igual con un interrogatorio sobre nietos.
La primera vez que Carmen sacó el tema, Amparo y Sergio ni siquiera estaban casados.
Amparita, ¿has pensado ya en tener niños? preguntó de pronto, aprovechando un momento a solas.
Amparo se quedó helada.
Pues balbuceó, buscando una respuesta rápida. Sí me gustaría, pero ahora no, estamos sólo saliendo
Ay, hija, que el matrimonio no es lo que hace a los niños, le soltó Carmen, meneando la mano. Pero la edad el reloj biológico, ya sabes. No eres tan joven. Yo tampoco No vaya a ser que me muera sin conocer a mis nietos.
Al principio Amparo se quedaba cortada y salía con algún chiste, pero luego empezó a soltar alguna respuesta borde. Al final, casi sin notarlo, evitaba ver a Carmen para no perder la cabeza.
Como era de esperar, Amparo y la suegra no se conocían mucho ni tenían relación. Amparo habría seguido igual, pero Sergio actuó. Era demasiado blandito y buen hijo para negarse.
Venga, Amparito, vamos a visitarla la convencía tras cada llamada, mirándola con esos ojos de gatito. Está muy mayor. De verdad se siente sola. Por mí, sólo una vez. Por favor.
Sergio, no te retengo, vete tú. Ya sabes que yo paso de celebrar la Navidad.
No lo pienses como Navidad, míralo como una cena normal de familia insistía él. Mi madre quiere tener mejor relación contigo. Somos familia
Amparo resistió lo que pudo, pero al final cedió. Pensó que libraría con una sonrisa amable y un rato de té con tarta. Qué equivocada estaba
Todo se torció ya la víspera. Carmen exigía que llegasen a las ocho de la mañana para disfrutar más tiempo juntos. Amparo se negó en redondo, quería dormir en el puente. Con mucho esfuerzo, arrancó un retraso hasta las diez.
Así, de mala gana y medio dormidos, cruzaron el umbral de casa de la suegra y nada. Ni olor a carne, ni un ruido de sartén. La anfitriona estaba en bata mugrienta y con rulos.
¡Ya era hora de que aparecierais! gritó Carmen de buenas a primeras. ¡Las once menos cuarto! Los invitados en la puerta y aquí nadie ha hecho nada. Hay que levantarse pronto, hijos. Ahora a ayudarme, venga.
Amparo se quedó paralizada, ni le dio tiempo a colgar el abrigo.
¿Qué invitados? preguntó, desconcertada.
Ay, hija, ¿cómo que qué invitados? Pues Paco y Manoli que pasaban por Madrid, ¿cómo no iba a invitarles? La tía Rosario de arriba que viene un momento. La prima Teresa también se va a pasar No podía decirles que no, ¿no? Deja de mirar el móvil y a la cocina, que vamos tarde.
Amparo vio claro el drama: no los habían invitado como huéspedes, sino como mano de obra gratis.
La fiesta se convirtió en un infierno. Carmen mutó de anfitriona a comandante, se armó de un trapo y corrió por la casa soltando órdenes. Ella no tocó la cocina ni para freír un huevo. Y además, los ingredientes faltaban: todo lo esencial lo había olvidado o comprado poco. Solución: lista y al mercado.
Amparo quería largarse con todas sus fuerzas, pero aguantó por Sergio.
De vuelta, cada uno a su puesto: Amparo, a picar verdura; Sergio, a pelar patatas. Ni rastro de un ambiente festivo: sólo una lista interminable de tareas. Cinco horas sin parar, sudando como pollos.
Sobre las cuatro, empezaron a llegar los invitados. Arreglados, perfumados, risueños. Amparo y Sergio, en cambio, parecían recién salidos de un combate. Sudados, ropa manchada, cara colorada Ni ganas de celebrar ni de vivir tenían.
Carmen sí se había cambiado a vestido decente y hasta se pintó los labios. Sentada en la cabecera, recibiendo halagos.
Ay, Carmencita, como siempre ¡Menuda anfitriona, cuántas cosas has preparado! decía una desconocida mientras se servía el ensaladilla rusa cortada por la nuera.
Todo para vosotros, sois mis invitados, respondía la suegra con humildad fingida y sonrisa satisfecha.
Por si fuera poco, Carmen sacó otra vez el tema de los hijos: brindó con un sermón sobre los “relojes”. Si no llega a ser por Sergio sujetándole la pierna, Amparo le habría dado la vuelta a la fuente de vinagreta.
Esto ha sido la última vez le dijo a Sergio volviendo a casa tarde por la noche. No vuelvo a poner un pie en casa de tu madre. Si quieres, ve tú y ayuda, mata a trabajar, pero solo. Yo ya he tenido suficiente.
Sergio ni discutió. Asintió en silencio.
Pasaron tres meses. Amparo ya no tenía molestias de espalda, pero el recuerdo seguía ahí. Cuando a principios de marzo Sergio volvió a anunciar que su madre quería verles, Amparo apretó la mandíbula.
Ha invitado para el Día de la Mujer. Promete que esta vez sí, sólo los tres. Bueno, igual la tía Rosa entra y sale a felicitar, pero poco más dijo Sergio, y ante la mirada asesina de Amparo, añadió rápido. Pero no tienes que ir si no quieres, sólo informo.
Sergio se preparaba para el griterío, reproches y drama por el día arruinado. Pero Amparo se limitó a mirar por la ventana, y luego…
Está bien. Dile a tu madre que vamos.
Amparito… ¿En serio? Dijiste…
Lo sé. Pero si le digo que no, volverá a llamar cada día, como la otra vez. Quiero que me deje en paz, que no me invite más, ni lloriquear ni culparme. Confía en mí, si no quieres acabar otra vez de esclavo en su cocina.
Sergio se abstuvo de preguntar. Mejor no saber detalles
El Día de la Mujer, contra todo pronóstico, no empezó con alarma y prisas. Amparo y Sergio en la cama, viendo una serie tonta y comiendo helado. Nada de arreglarse ni buscar camisas.
A mediodía la suegra empezó a llamar.
¿Carmen Fernández? No se lo va a creer Justo acabamos de despertarnos contestó Amparo, con tono apenado. Ayer nos quedamos tarde con los amigos, se nos pasó el despertador.
¿Pero cómo puede ser, Amparita? Os estoy esperando reprochó Carmen. Dadle caña, que el pavo se enfría.
Vamos de camino. En una hora, hora y media estamos ahí prometió Amparo, y volvió al sofá.
Sergio la miraba inquieto, pero no decía nada. Mejor estar en la cama que en la cocina de la suegra.
A la una, llamada otra vez. Pausa antes de contestar.
Estamos saliendo ya, Carmen. Voy a pedir taxi. En nada llegamos cantó Amparo desde el sofá.
Otra hora después, cambiaron de historia.
Hubo un accidente, un coche y un autobús se pegaron y cortaron la carretera informó Amparo bajando el volumen de la tele. Un atasco bestial, pero seguro que pronto lo arreglan.
Sobre las cuatro, Carmen perdió la paciencia.
¿Dónde estáis?! gritó ya sin el tonito meloso. ¡Lleváis siglos! ¡Ya iríais antes caminando!
De fondo, se oía charlas y risas. Amparo afiló el oído.
Carmen, ¿no está usted sola? le soltó sin rodeos.
Sola, no sola qué más da respondió la suegra, visiblemente fastidiada. Han venido los parientes a felicitar. No los iba a echar. ¿Vais a venir?! Que ya estoy agotada, no puedo yo sola…
En fin. Carmen esperaba otra vez mano de obra extra, pero se quedó con palmo de narices.
Pues no vamos contestó Amparo, tranquila.
¿Cómo?
Me he puesto mala de repente. Igual del trayecto. Nos damos la vuelta y nos vamos a casa.
Silencio primero, luego la tormenta.
¡Pero cómo te atreves! ¡Desagradecida! Toda la mañana aquí cocinando, ¿para quién he preparado todo esto?! estalló Carmen. ¡Lo haces aposta! ¡Te burlas de mí! ¡Y si ahora me da algo?! ¡Sergio! ¡Pásame a Sergio!
Sergio escuchó pero no dijo ni mú. Amparo pensó un momento, apretó el botón rojo y apagó el móvil.
Como estaba previsto, le dijo a Sergio. Otra vez gentío. Esperaban que currásemos para todos. Que se apañe, que la invitación era para su corte, no para nosotros.
Por la tarde, visitaron a los padres de Amparo.
La diferencia, desde el primer paso por la puerta. Sí había jaleo, pero el ambiente era otro: nadie esperando criada, todo el mundo colaborando. La madre de Amparo intentando encontrar sitio para la gran ensaladera, el padre cortando bocatas.
¡Eh, la juventud ha llegado! celebró él al verles. Sergio, trae unas sillas del dormitorio que aquí os vais a tener que sentar en el suelo.
Sergio obedeció, Amparo se puso a ayudar a su madre con los platos.
Se ayudaban, sí, pero nadie lo vivía como explotación o engaño. Era natural, todos aportaban para disfrutar juntos.
Ya sentados, Amparo miraba a su madre sonriente y a Sergio charlando alegre con el suegro, y notaba cómo el agobio iba desapareciendo. Al final, la justicia ganó. Costara lo que costara, escándalo incluido, Carmen ya no iba a usar el mismo truco con ellos. Los puentes se quemaron, pero mejor eso que ser la sirvienta en la fiesta ajena.






