Personal de servicio para su madre

Sergio, lo entiendo todo, pero yo no me ofrecí para ser la cocinera de tu madre le susurré a él con indignación, dejando una lata de guisantes en el carrito. Me dan ganas de dejarlo todo, subir al coche y volver a casa. Me prometiste una tarde tranquila los tres juntos, y al final estamos tú y yo cocinando para una brigada de familiares mientras tu madre se sienta en el sofá. ¿Te parece normal?
Sergio se encogió de hombros y evitó mi mirada, fingiendo interés por la composición de los palitos de cangrejo. Parecía un perro pillado moviendo el hocico en la escena del crimen.
Clara, baja la voz, la gente nos está mirando murmuró intentando cogerme del brazo, pero aparté la mano de golpe. Mi madre no calculó bien sus fuerzas, no pasa nada. Compramos lo del listado, volvemos y terminamos las ensaladas. Solo aguanta, por mí y por el día.
No calculó. Qué manera tan bonita de decirlo.
Apreté los dientes de rabia. Yo sabía que mi suegra lo había calculado todo muy bien.
Todo empezó hace una semana, cuando Carmen Jiménez, la madre de Sergio, nos llamó para felicitarnos por el Año Nuevo y así, de repente, invitarnos a su casa.
Mis niños canturreó en un tono tan empalagoso que daba ganas de tomarse una pastilla para el azúcar. Venid a casa por Navidad. Os echo muchísimo de menos. Pasamos una tarde tranquila los tres, recordamos viejos tiempos, charlamos. Estoy tan sola entre cuatro paredes
Ya entonces me puse en alerta. Era una trampa evidente. Las reuniones íntimas de familia en casa de Carmen siempre acababan igual: interrogatorio sobre cuándo llegaría el primer nieto.
La primera vez que planteó el tema, ni siquiera estábamos casados aún.
Clara, ¿has pensado en tener hijos? me preguntó de golpe cuando estábamos a solas.
Me quedé sin palabras.
Bueno empecé dudando, buscando cómo salir del paso. Sí quiero tener niños, pero ahora no. Sergio y yo estamos empezando.
Bah, los papeles no importan para tener hijos desestimó Carmen, agitando la mano. Pero el tiempo Los años pasan, el reloj avanza, no rejuveneces. Y yo tampoco Moriré sin ver a mis nietos.
Al principio cambiaba de tema, después empecé a responder con sarcasmo. Finalmente, para cuidar mi salud mental, evité verla.
Así, entre Carmen y yo no quedó trato, ni confianza. Yo hubiese seguido igual si no fuera por Sergio, que nunca sabe negarse a su madre.
Clara, venga, solo una vez me rogó después de una llamada. Está mayor, de verdad está sola. Solo una vez. Por mí, por favor.
Sergio, no te retengo. Ve tú. Ya sabes, yo no celebro la Navidad.
No la veas como Navidad, sino como una cena familiar insistió él. Mamá quiere llevarse bien contigo. Somos familia
Me resistí, pero al final cedí, esperando que bastara una sonrisa y un café con tarta. Qué ingenua fui.
Todo empezó mal desde el día anterior. Carmen exigió que llegáramos a las ocho para aprovechar el tiempo. Me negué: quería dormir el sábado. Logré aplazarlo hasta las diez.
Por fin, somnolientos, cruzamos la puerta y nada. Ni olor a comida, ni el aceite chisporroteando. Carmen nos recibió en bata mugrienta y con rulos en la cabeza.
¡Por fin, hombre! exclamó en vez de saludarnos. ¡Son más de las diez! Los invitados llegan y aquí nadie ha hecho nada. ¡Deberíais haber venido antes! Ahora me ayudáis.
Me quedé parada, sin tiempo siquiera de colgar la chaqueta.
¿Qué invitados? pregunté confusa.
Ay, pues Lola y Guillermo han venido de Valladolid, era pecado no invitarles. La tía Ascensión del tercero vendrá. Mi sobrina también. ¿Cómo les iba a cerrar la puerta? Basta, a la cocina, que tenemos prisa.
Y entonces entendí el drama. Nos habían llamado como mano de obra, no como invitados.
La fiesta se volvió un infierno. Carmen se transformó en general, armada con un trapo y dando órdenes. Ella ni tocó la cocina. Y para colmo, ni siquiera compró todos los ingredientes: faltaba de todo. Nos mandó a Sergio y a mí al supermercado con un listado.
Por mi marido aguanté y no me fui.
De vuelta, cada uno tomó puesto de trabajo: yo, la tabla; Sergio, el barreño de patatas. En lugar del ambiente festivo, nos entregaron una hoja de tareas. Trabajamos cinco horas seguidas, sin descanso.
A las cuatro llegaron los invitados, perfumados y bien vestidos. Nosotros, sudados y manchados. Nos sentamos a la mesa en el último segundo, cara colorada, ropa con manchas, agotados Ni ganas de celebrar teníamos.
Pero Carmen sí tuvo tiempo de ponerse un vestido, pintarse los labios y sentarse en la cabecera, aceptando halagos.
Carmen, como siempre ¡Qué anfitriona! ¡Has preparado de todo! la aduló una desconocida mientras se servía la ensaladilla que hice yo.
Se hace lo que se puede. Todo para vosotros respondió Carmen modestamente, sonriendo.
Además, Carmen volvió a sacar el tema de los niños, brindó con un discursito sobre el reloj biológico. Si no fuera por Sergio, que me apretó la rodilla, habría lanzado la vinagreta al mantel.
Ha sido la última vez le dije seca camino a casa aquella noche. No vuelvo a entrar en casa de tu madre. Si quieres, ve tú, ayuda, haz lo que quieras, pero solo. Yo ya he tenido suficiente.
Sergio ni lo intentó discutir; solo asintió.
Pasaron tres meses. Ya no me dolía la espalda, pero el malestar seguía ahí. Así que cuando Sergio me contó que su madre nos invitaba para el Día de la Mujer, apreté los dientes.
Dice que esta vez seremos solo nosotros tres. Quizás la tía Asunción pase un momento, pero solo a felicitar, nada más aventuró Sergio, y al ver mi cara, añadió rápidamente. No quiero obligarte, Clara. Tú decides.
Sergio esperaba gritos y reproches. Pero yo solo miré por la ventana y luego
Vale. Dile que iremos.
¿En serio, Clara? Pero dijiste
Lo recuerdo. Pero si le niego, volverá a presionarnos, llamando cada día. Yo quiero que deje de invitarme, de lloriquear y de usar la pena. Confía en mí, si quieres evitarte otra sesión de cocina esclavizada.
Sergio guardó silencio y prefirió no preguntar nada.
El Día de la Mujer, para sorpresa de Carmen, no empezó con prisas ni carreras. Sergio y yo nos quedamos en la cama viendo una serie absurda y comiendo helado. Sin preparativos, ni maquillaje, ni búsqueda de camisas.
A mediodía Carmen empezó a llamar.
¡Clara, Sergio! Ni os imagináis Acabamos de despertar le dije con voz fingida. Ayer estuvimos hasta tarde con unos amigos y se nos pasó el despertador.
Pero Clara, ¿cómo es posible? Ya os estoy esperando dijo Carmen, molesta. El pato se enfría.
En seguida salimos. Una hora, hora y media como mucho prometí, volviendo al capítulo.
Sergio me miraba inquieto, pero prefería el colchón a la esclavitud en la cocina materna.
A la una volvió a llamar. Contesté tras una pausa.
Ya casi salimos, Carmen, llamamos un taxi y en un instante estamos ahí canturreé, sin moverme del edredón.
Otra hora más, cambié la excusa.
Un coche se ha estampado contra un autobús, está toda la calle cortada le dije apagando la tele. Hay un atasco tremendo, pero en cuanto se despeje, llegamos.
Casi a las cuatro Carmen perdió la paciencia.
¿Dónde estáis?! gritó, ya sin tono amable. ¡Cuánto tardáis! ¡A pie habría llegado ya!
Y noté en el fondo risas y voces. Entrecerré los ojos.
Carmen, ¿estás con gente? le pregunté.
Que si estoy sola o no, ¡eso qué importa! Familia que vino a felicitar. ¿Voy a echarlos? ¿Venís o no? ¡Ya apenas me tengo de pie, estoy agotada!
Ya. Carmen otra vez esperaba mano de obra gratuita, pero le tocó cocinar sola.
Pues no vamos a ir le dije tranquilamente.
¡¿Qué?!
Me encuentro muy mal de repente. Nos vamos a casa.
Durante unos segundos, silencio. Pero luego Carmen estalló.
¡Pero cómo te atreves! ¡Malagradecida! ¡Toda la mañana en la cocina, para quién cocino?! ¡Para quién?! soltó una catarata de reproches. ¡Lo haces a propósito! ¡Si me pasa algo, la culpa será tuya! ¡Sergio! ¡Pásame a Sergio!
Él lo escuchaba todo, pero no reaccionó. Solo bajó la mirada. Pensé un poco, marqué el botón rojo y apagué el móvil.
Lo que quería demostrar le dije a Sergio. Otra vez había multitud, y querían que nosotros les sirviésemos. Ahora que se apañe sola.
Por la tarde fuimos a casa de mis padres.
La diferencia ya se notaba en la entrada. Había movimiento, pero otro ambiente. Nadie esperaba sirvientes ni ponía malas caras. Mi madre intentaba encajar una enorme fuente de ensalada en la mesa, hasta mi padre cortaba pan.
¡Los jóvenes han llegado! se alegró al vernos. Sergio, trae sillas de la habitación, que no hay sitio.
Sergio fue por las sillas. Yo me puse junto a mamá, ayudando a colocar la vajilla.
Aquí sí ayudábamos, pero nadie nos obligaba. Era algo natural, una colaboración real, cada uno aportando.
En la mesa miré a mi madre sonriente y a Sergio charlando animado con mi padre. Sentí cómo la tensión se iba disipando. Por fin se hizo justicia. Puede que todo acabara de modo brusco, pero Carmen difícilmente volverá a intentar el mismo truco. Ahora los puentes entre mi suegra y yo están quemados, y prefiero eso a ser la criada en la fiesta de otro.

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MagistrUm
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