¡Madre mía, Jorge! ¡Qué hombre más complicado eres! ¡De verdad, cómo cuesta tratar contigo! ¿Por qué no puedes hacer las cosas como te pido, eh?
Mi mujer, mientras me regañaba, era como una aparición. Deslumbrante, sí. Unas piernas eternas, ojos azul oscuro y una silueta tan proporcionada que los hombres por el paseo del Retiro se giraban al pasar junto al hotel donde nos alojábamos.
Yo, en cambio, nunca he destacado por mi físico. Casi una cabeza más bajo que mi mujer, parecía un tonel pequeño, con brazos largos, piernas cortas y ya la coronilla clareando. Lo único bonito que tenía eran los ojos: vivos, inteligentes, como si pudieran desarmar en dos miradas a cualquiera. Era raro vernos juntos: ella, una diosa caprichosa; yo, ese que la entendía hasta cuando no decía nada.
Éramos como Hefesto y Afrodita, salvo que yo, en vez de martillo, solía llevar a la niña cogida en brazos.
La pequeña era indudablemente mi hija, hasta el punto de que nadie dudaba al vernos juntos: sólo conservaba de su madre esos ojos azulísimos y una melena rojiza y abundante como el cobre. Los rizos eran imposibles y su madre ni intentaba luchar con ellos, por eso la niña, con apenas cinco años, correteaba por el hotel como un relámpago pelirrojo, mirando de vez en cuando hacia atrás para ver si yo la seguía.
Cristina, si de verdad te apetece ir a esa excursión, ve. Pero creo que Lucía es aún pequeña para esos trotes. Es mucho viaje, con este calor, y en cuanto se canse, no dejará de llorar y te va a fastidiar el día. Ya me conoces.
¿Y tú para qué estás? ¡He venido con mi marido! ¡Apenas puedo salir sola en el hotel! ¿Te da igual? ¿No te importa en absoluto?
El tono agudo de Cristina hizo que Lucía se aferrara a mi cuello, buscando refugio.
Claro que me importa, cariño, si hasta te tengo celos. Le sonreí de lado, acariciando el pelo de la niña. Venga, ¿y si pensamos en otra cosa? ¿Quieres alquilar un yate o probar a bucear, por variar? Lo que tú quieras.
¡Quiero pirámides! cortó Cristina y se dio la vuelta. Pero si no queréis, vais a vuestro aire. ¡Me voy sola!
El drama estaba servido y yo, como tantas veces, sólo encogí los hombros y la vi caminar decidida hacia la piscina, olvidándose del mundo, de mí, de la niña.
Yo estaba acostumbrado. Nuestra vida era parecida a la de tantos matrimonios de nuestro entorno madrileño: yo, siempre ocupado, solvente; ella, guapa, joven, y disfrutando de ser admirada.
Nunca supe cómo acabé considerado como marido a la moda. A mí, el trato con mujeres siempre se me dio regular, y no por el físico. Verás, era torpe, inseguro. En el mundo laboral nunca tuve problemas; allí con compañeras o socias, mi educación y mi ironía me servían. Pero si me gustaba una mujer, me volvía un inútil: ya no sabía ni qué hacer con las manos ni cómo empezar una conversación. Era tan incómodo que rehuí durante años el romance y me centré en el trabajo, los encuentros con mi madre, que vivía cerca de Aranjuez, y alguna aventura esporádica por salud, como decía mi madre.
La cosa habría seguido igual si doña Inés Solano, mi madre, no hubiera decidido un buen día casar a su hijo de una vez por todas.
¡Jorge! Ya está bien, hijo. Solo no vas a casarte nunca. ¡Nos hace falta una casamentera!
¿Quién? casi me ahogo con el té y me manché medio traje con la mermelada de frambuesa sentados en el porche de su casa de campo en la sierra norte.
Así se pierde una buena prenda sentenció mi madre con sorna, mirándome de arriba abajo. Jorge, eres buen tipo: listo, educado, tienes éxito, pero ¿quién disfruta de eso? Yo y ya. ¡Eso está mal! Has conseguido lo que otros ni se atreven a soñar, pero te veo infeliz. Sé cómo miras a los hijos de Marina, mi sobrina: esa es medio despistada pero se ha revelado como madre. Yo también adoro a esos niños, pero quiero acunar a mis nietos, los tuyos. Sé que el verdadero sentido está ahí. Lo dijo tu padre antes de morir. Todo lo demás, hijo, son cenizas. Las casas se caen; solo lo vivo permanece. Porque ahí está la razón, la emoción y la memoria. ¿Me entiendes?
Te entiendo, mamá. ¿Pero qué tiene que ver con una casamentera?
Que tú solo, ni en broma. Ya me conoces, nunca he edulcorado contigo nada. No te relacionas con mujeres porque no te enseñé, lo admito, fallo mío. Ahora toca arreglarlo Yo no soy experta, así que toca recurrir a profesionales. ¡Venga, papel y boli!
¿Para qué?
¡Describe la mujer que buscas!
Mamá, déjalo
¡Ni hablar! ¡Aquí voy! Color de ojos, por ejemplo…
Aquella tarde, mi madre, insistente como buen sabueso, me sonsacó incluso anhelos y miedos que ni yo sabía que tenía. Todo quedó escrito y, al leer el resultado, me sorprendió: Eso no existe.
Ya veremos replicó ella, llevándose la lista.
Y mira, la encontró. Cristina era exactamente eso, en lo físico. En lo demás Bueno, eso se descubre después.
Pronto comprendí que lo nuestro se parecía más a un contrato que a un flechazo. Y descubrí que no éramos la excepción, sino la norma en muchos círculos. Cristina no estaba hecha para quedarse en casa cocinando cocido. Su mundo era ella misma. En el casoplón de Pozuelo donde nos mudamos, quiso cuarto propio porque con mi ronquido no dormía nadie, según ella. Si roncaba o no, ni lo sé: poco importaba.
Tener hijos tampoco le apetecía, pero como parte del trato, pactó retrasarlo unos años.
Todavía soy joven. Quiero ver mundo, ¿me lo arreglarás, cielo?
Yo acepté. Viajábamos, salíamos, nos adaptábamos uno al otro. La aparición de Lucía nos unió un tiempo. Aquello sí fue una alegría: me iba corriendo a casa cada tarde a ver a mi niña. Cristina, como madre, dejó que desear.
Yo no pienso darle el pecho. ¡Paso de operarme después para arreglar el estropicio! Busca nodriza o leche de fórmula, tú mismo. Montones de críos han crecido con biberón. Hasta tú, según tu madre. Y mira qué bien has salido, ¿no?
Ni su madre ni yo la convencimos. Lucía mamaba del biberón todo feliz, mientras yo buscaba niñera.
Voy a gritar. Pasarme el día entre cuatro paredes con una niña llorona es un suplicio. Tú te escapas al trabajo y yo sola, ¡esto es el horror!
Pero cuando su madre, doña Carmen, se enteró de que andaba buscando niñera, lo frenó en seco.
¿Para qué? Entiendo que tu madre da clases y no puede ayudar, pero yo sí. ¿Para qué meter a una extraña en casa? Mejor que esté yo con mi nieta.
Me pareció perfecto. Ahí fue la primera bronca en serio con Cristina.
¿Para qué quiero yo a mi madre aquí? ¿Para que me dé lecciones? gritaba. ¡Mira qué gracia! Creía que era por ayudarme y resulta que no ¡Jorge, es que eres imposible! ¡No me quieres!
Sí te quiero. Pero a mi hija también la quiero, y tú apenas te acercas a ella. Al menos tendrá a alguien más, además de mí, que la quiera.
No mentía. El interés de Cristina en la niña se limitaba a elegirle la ropa más mona, que su habitación pareciera de revista y exhibirla ante las visitas. La cría siempre dormía conmigo, tenía sus cosas en mi cuarto y ahí estaba su mundo.
¡Yo la quiero a mi manera! lloró Cristina una vez. ¡Como puedo!
Entonces, tu madre se queda. Que al menos Lucía sienta cariño.
Cristina, tras pensarlo, aceptó. Carmen se mudó. Así Lucía tuvo una segunda madre, tras de mí: la abuela. Con Cristina hacía los saludos de rigor cuando tocaba exhibirse ante invitados, pero, en cuanto podía, volvía conmigo o con Carmen, segura de su cariño.
Así crecíamos los tres. Lucía fue al conservatorio, luego a un cole privado; viajaba con nosotros y se acostumbró a los hoteles, a los vuelos sin queja, con uno de los dos siempre cerca.
Este viaje era como tantos hasta que Lucía cayó con fiebre y empezó a quejarse de dolor de cabeza.
¡Ya está, vacaciones a la basura! Cristina recorría la habitación mientras esperábamos al médico que yo había llamado.
¿Pero qué dices, Cristina? ¡Se ha puesto mala la niña!
Un resfriado, Jorge. ¡Y todo porque le diste helado! Siempre cedes a sus caprichos, ¿y ahora qué?
Esperar al médico.
El tono seco hizo que Cristina se parara, dándose cuenta de lo que decía.
El médico vino, la examinó y dictaminó descanso. Nada grave.
Es agotamiento, necesitáis parar.
Asentí, pero en cuanto se fue el médico organicé el regreso a Madrid.
¿Pero por qué ahora? El médico dijo que no era nada.
No, no es normal que le duela la cabeza a una niña de cinco años. Mejor en casa. Haz las maletas.
Las pruebas en la clínica, ya en Madrid, me dieron la razón, y el tiempo pareció detenerse.
Una clínica, otra y otra. Lucía no empeoraba pero tampoco mejoraba, lo cual ya era un consuelo. Dejé la empresa en manos de mis socios y pasé semanas enteras junto a la niña. Cristina también estaba, sí, pero la verdad era que aquella fachada de esposa perfecta se caía. Los médicos, tras un tiempo, sólo acudían a mí para preguntar por la niña.
Lo terrible era que a Cristina, en el fondo, nada la tocaba. Veía a los médicos desvivirse, pero su angustia era otra: echaba de menos su antigua vida, su libertad. Aquellas habitaciones blancas la asfixiaban.
Todo saltó por los aires cuando supo que yo iba a vender la casa.
¿Pero por qué, Jorge? ¿Te falta dinero?
Sí.
La respuesta fue tan simple que la dejó sin palabras.
¿Pero cómo? ¿No tenías de todo?
Tenía. Y tú has vivido muy bien por eso. Pero tratar la enfermedad de Lucía cuesta una fortuna. Necesita una operación; aquí no pueden hacérsela, hay que marchar fuera. Es mucho dinero. Se irá todo: casa, empresa, lo necesario. Por mi hija, lo que sea. ¿Entiendes?
¿Y yo? lloraba Cristina, asumiendo por fin el futuro.
A ti te doy la libertad. Quédate la casa en Madrid, el coche, tendrás lo suficiente. Pero tienes que venir cada semana a ver a tu hija, y si viajamos para la operación, te vienes con nosotros. Le haces falta. Por ella, haz el esfuerzo y muestra algo de empatía. Hazlo, aunque sólo sea por apariencia.
Por primera vez me quedé sin medir las palabras. Me daba miedo, pánico perder lo poco que nos unía, porque mi vida entera estaba tras esa puerta, en una habitación de hospital con una niña aferrada a un osito.
¡Basta! Lávate la cara y no la asustes. Si quieres algo, tendrás que demostrarlo. ¿Vale? Pues actúa, Cristina, y no me hagas repetirlo.
No sé qué cambió en aquel momento, sólo que Cristina por primera vez pareció encogerse ante mí, como si hubiera crecido y devenido roca infranqueable. Y quien estuviera detrás, no tendría nada que temer ya.
Ella se fue por el pasillo. Yo entré. Mi hija se removía en la almohada. La abuela Carmen me hizo señas y salimos fuera.
Jorge, si puedo quedarme
¿Hace falta que te lo diga? Gracias. No sé cómo saldría adelante sin tu ayuda.
Me siento culpable, hijo, por no haberlo hecho mejor. Cristina fue siempre una niña modelo, pero en eso se quedó. ¿Dónde fallé? ¿En qué momento?
Si supieras cuándo caer A veces uno sólo puede preparar el terreno. ¿Y si a mí me pasa igual con Lucía?
Prepararse siempre, Jorge. Esa es la lección. Pero ahora toca animar a la niña, nada de dramas que nos caza al vuelo y luego cuesta calmarla. Ve tú al súper; quería helado. Y por favor, sé indulgente; dale tiempo también a Cristina a ver si se entera de algo. Déjala hacer.
Lucía fue operada meses después. Mi madre Inés dejó la docencia y se vino con nosotras al extranjero para ayudar.
Pasaron casi dos años de recuperación. La esperanza a veces languidecía, a veces prendía con fuerza; me sostuvo el tiempo justo hasta ese día en que el médico, sin bata ya, se quitó las gafas y sonriendo me dijo:
Lo ha conseguido.
La vida, de nuevo, cogió ese desvío inesperado y seguimos adelante.
Cristina regresó sólo una vez, el día que Lucía cumplió quince años. La misma de siempre: guapa, impecable, apenas cambiada, besó a la abuela Carmen en la mejilla, me saludó de lejos y fue hacia el grupo de adolescentes que coreaban a mi hija.
Lucía
Los ojos azul marino de mi hija la escudriñaron.
Mamá
Cristina empezó a justificarse, atropellada, pero Lucía la interrumpió:
No corras. Ahora no es el momento. Luego hablaremos.
Pero yo quería
Lo sé. Puede esperar.
Por favor, Lucía
De acuerdo. Ven conmigo.
Lucía salió del salón llena de invitados, llevó a su madre al despacho y, sentándose en el alféizar, le habló:
Te escucho.
Dios mío, lo mucho que te pareces a tu padre
¿Qué pasa, mamá? ¿También soy un hueso duro de roer?
No era eso
Pues yo creo que sí. Y ¿sabes qué te digo? El hombre complicado al que tú despreciaste nunca, jamás, me habló mal de ti. Nunca. No trajo otra mujer para no hacerme daño, ni siquiera se divorció. Me enseñó que tenía madre, aunque no estuvieras. Y ¿quieres saber otra cosa?
¿Qué?
Me enseñó a perdonar. Me repetía que no merece la pena guardar rencor. No sé si se me da tan bien. Pero soy hija de mi padre, y yo sí llevo las cosas hasta el final. Apenas te recuerdo y no tengo especial interés en tratarte. No me haces falta. Tengo a papá y a mis abuelas, y ellas me han explicado todo lo que debía saber. No te necesito. Pero por él voy a intentarlo, te daré una oportunidad. A ver qué pasa. Puedes intentar ser persona, mamá.
¿Y antes qué era para ti?
No sé: muñeca, envoltorio bonito o… un monstruo. ¿Duro? Pues te toca. Aun pequeña, recuerdo dormir en el hospital agarrada de la mano de papá y bajo la nana de la abuela, no tuya. Recuerdo cuando me raparon el pelo, cómo la abuela Carmen lloraba y la abuela Inés me trajo un sombrero rosa horroroso. Nos lo pusimos y nos reímos tanto que casi no llego al baño. Y tú, nunca. Recuerdo cómo empecé primero de primaria un año tarde y ellas hacían conmigo los deberes mientras papá curraba. Me acuerdo de mi primera falda de ballet, hecha por la abuela, aunque ya supieran que nunca bailaría en un teatro. En casa bailé y me aplaudieron más que en el Teatro Real. O aquella caja de pinturas que trajo la abuela Inés y estuvimos hasta las tantas dibujando. Esa es mi vida. ¿Ves ese cuadro? Lo pinté yo. Ganó un premio en una exposición y papá lo tiene ahí colgado. Y tú no estabas.
Pero ahora sí
¿Y a qué has venido? ¿A estar cerca? ¿Por qué no te creo? dijo mi hija, trazando figuras en el cristal. Yo la miraba desde abajo y ella saludó y volvió la cara a su madre. ¿No sabes? Yo tampoco. Así que no voy a pensarlo más. Haz lo que veas, y si me demuestras que merece la pena tener madre te lo pensaré. De momento bienvenida. El pastel sale en una hora. Ahora me reclaman los amigos. Perdona.
Antes de irse, se paró en la puerta:
¿A que soy dura, mamá?
Cristina la miraba, aferrada a una esperanza que casi no se atrevía ni a nombrar.
Pues eso es lo mejor. Porque así sé que soy como papá. Y eso es el mejor cumplido que podías darme. Igual hasta me animo a perdonarte. ¡Hasta luego!
El destello rojizo de aquellos rizos desapareció tras la puerta, y Cristina, quedándose sola, apoyó la mano en la ventana, justo donde los dedos de Lucía habían dejado marcadas sus huellas.



