Pero si tú nunca me has querido. Te casaste conmigo sin amor. Ahora me vas a dejar, ahora que me he puesto enfermo
¡Qué tontería! respondió Carmen abrazando a Ignacio ¡Eres el mejor hombre! Jamás te dejaría
A Ignacio le costaba creerlo. El ánimo tampoco le acompañaba
Carmen llevaba casada veinticinco años y, durante todo ese tiempo, nunca dejó de llamar la atención de los hombres. Ya en su juventud era la más solicitada del grupo.
Bueno, ¡qué decir de la juventud! Incluso en el colegio, casi todos los chicos iban detrás de Carmen. Y eso que, en realidad, no era una gran belleza.
Nunca se separó de su marido, aunque él era un personaje de lo más peculiar.
No, Carmen permaneció junto a Marcos hasta el final. Criaron a su hija y la vieron casarse. El yerno de Carmen se llevó a Lucía a Italia, y ahora les mandaban fotos preciosas y las invitaban a visitarlas. Al final, ni Carmen ni Marcos fueron. Quizás Carmen visite Italia algún día. Marcos ya no podrá.
Marcos tuvo un accidente de coche. Absurdo Después le dijeron a Carmen que, probablemente, se sintió mal al volante. Le falló el corazón, se asustó y perdió el control.
¿Quizá se desmayó? insinuó ella.
Ya nunca lo sabremos suspiró su amiga, Ana, que era médica La causa: lesiones múltiples incompatibles con la vida.
Carmen se quedó en shock. Su amiga Ana le ayudó a organizarlo todo.
Ana averiguó todos los detalles por sus contactos. Enterraron a Marcos y Carmen se quedó sola en la casa enorme que habían construido a lo largo de los años.
No era casa de más, si venían invitados. Para dos, estaba bien. Pero para una sola persona para una mujer, era una casa grande, incluso una carga.
Una casa necesita manos de hombre
Lucía vino para decir adiós a su padre. Habló con su madre sobre vender la casa y comprarse un piso, o quizás mudarse a Italia con ellos.
¡Ni hablar! exclamó Carmen No he levantado este hogar para venderlo. Y a vuestra Italia, no quiero ir. Ya he visto bastante de esa Italia
¡Mamá!
Lucía, hija, eres un poco ingenua sonrió Carmen entre lágrimas Es broma, mujer.
Bueno, si bromeas, será que no va tan mal la cosa.
Todo era ambiguo, igual que Marcos lo había sido en vida. Por un lado, era atento y cariñoso.
Pero tenía días De vez en cuando, cuando estaba de mal humor, podía destrozarle los nervios a Carmen. Luego se arrepentía y pedía perdón, y ella, siendo de carácter fácil, no le daba mayor importancia. Así vivieron. ¡Veinticinco años juntos! Para volverse loco
Lucía estuvo unos días y se volvió su marido trabajaba mucho y ella quería mantener la chispa del hogar. Carmen se quedó sola.
La verdad es que, conociéndose, sabía que no sería por mucho tiempo.
Y así fue. Lloró medio año, y cuando se secó las lágrimas, se dio cuenta de que ya tenía a su alrededor a un grupo de pretendientes.
Incluso la madre de Carmen se sorprendía, en su tiempo, de que su hija gustase tanto.
¿Pero qué les das tú, hija? ¡Si caen rendidos a tus pies! Si ni guapa eres ¿o yo estoy perdiendo vista?
Eres muy buena, mamá le respondía Carmen mientras se pintaba los labios La belleza no significa nada. Es un sonido hueco. Lo importante es tener encanto, carisma. Una chispa.
Anda, vete a la calle, mujer reía la madre Que el pretendiente se va a cansar de esperar.
Vendrá otro contestaba Carmen encogiéndose de hombros.
Y ahora han pasado casi treinta años desde esa conversación y nada ha cambiado. Las mujeres se quejan de que no hay hombres libres, que después de los cuarenta nadie se quiere casar.
Pero Carmen jamás entendió ese problema. A sus cuarenta y seis, tenía, ni más ni menos, dos pretendientes, y ambos buenos.
Con el corazón, Carmen se inclinaba por Daniel. Le gustaba mucho, físicamente y por su manera de ser. Simpático, culto. Era un placer conversar y salir con él.
Sin embargo, Daniel era sobre todo un conversador. Carmen casi se enamoró de él solo de escucharle, pero el tiempo y la experiencia le enseñaron que no era un hombre de acción. No para su casa grande.
El otro pretendiente, Ignacio, era un hombre sencillo y fuerte. De esos que pueden con media bodega si hace falta, pero todo lo que tocan, lo arreglan. Un hombre de manos de oro, carácter fácil, pero con firmeza interior.
Con su mujer puede ser dócil y cariñoso, pero si hace falta, mueven montañas. A Carmen le gustaba menos Ignacio cosas de la lógica femenina.
No era de decirle palabras bonitas. Sobrio, Ignacio era más bien callado. Eso sí, cuando bebía, podía contar historias divertidas, algún chiste, charlar con todo el mundo.
Para beber, Ignacio tenía fondo, pero al día siguiente ya estaba de pie, como si nada. Se echaba agua fría y volvía a la carga. Pocas palabras, pero mucho trabajo. Acabó eligiendo a Ignacio.
Daniel se enfadó, sus discursos no convencieron, y se alejó.
Carmen se casó con Ignacio, y él era el hombre más feliz del mundo. En la boda bebió demasiado, cantó y bailó hasta caer.
Madre mía sonrió Ana Apenas ha pasado el año desde lo de Marcos, y ya te casas. No cambias. Las mujeres buscando un hombre y tú, con solo salir de casa
Y ahora me dirás: ¿Qué les das tú, hija, si ni guapa eres?
Nada, no lo diré, pero siempre has tenido un aura especial, y eso es verdad.
No sé, Ana, qué ven en mí. Habla con mi madre, a ver si te lo aclara.
Carmen le guiñó un ojo a su amiga y se fue a bailar con su marido, que la invitó. Bailó y en su cabeza iban desvaneciéndose los últimos temores.
¿Y qué si Ignacio es sencillo? Tiene fuerza. Y buenas manos. Además, no está nada mal físicamente. Y si habla poco quizá no sea malo.
¿Y si hubiera elegido a Daniel? Palabras bonitas no te dan de comer.
En pocos meses, Ignacio convirtió el jardín de Carmen en un paraíso. Arrancó árboles de sobra.
Niveló la tierra, hizo parterres de flores. Construyó una pérgola. En casa todo hablaba de firmeza y manos expertas.
No, Carmen acertó de pleno.
Además, Ignacio traía dinero a casa. Siempre buscaba sorprenderla con algún detalle.
Comparando su breve matrimonio con Ignacio con los veinticinco años del anterior, sentía sinceramente que ojalá lo hubiese conocido antes. ¡Un hombre de oro!
En verano, preparaban carne a la brasa en la pérgola, donde Ignacio levantó una buena mesa y bancos de madera.
Carmen, después de comer, cerraba los ojos al sol, satisfecha como un gato. Ignacio la miraba y sonreía.
¿Qué pasa, Ignacio?
Nada. Soy feliz.
Su primera mujer era un muermo. No creía que conocería jamás a una mujer así.
Fueron felices cuatro años, hasta que un día Ignacio empezó a encontrarse raro.
Se cansaba mucho. Perdía peso sin razón. Y si bebía algo porque le gustaba el vino , se encontraba fatal.
Ignacio, ¡tienes que ir al médico! insistía Carmen Está claro que pasa algo.
Qué bobada, Carmen. Ya se me pasará.
¡Estás en la Edad Media o qué! ¿Y si no se pasa? ¿Te asusta el médico como la mayoría de los hombres?
No.
Ignacio no quería contarle a Carmen su miedo verdadero. Temía una cosa: que si estaba grave, ella le dejaría. Que no querría quedarse con un enfermo.
No era tonto. Sabía que Carmen se casó con él más por sentido práctico que por gran amor. Pero él sí la quería, a pesar de todo.
La vio perdida buscando la cartera en el supermercado y se enamoró al instante. Su torpeza le resultaba de lo más enternecedora.
Sintió el impulso de ir y recogerla en brazos, protegerla por siempre. Aunque su madre, al verla, le dijo medio en broma:
Hijo, tú sabrás, pero no entiendo qué le ves. No es guapa. No es joven. ¡Cualquier chica joven se casaría contigo!
Pero Ignacio solo quería a Carmen. Y ahora, si de verdad estaba enfermo, ¿le querría Carmen a él?
Al final, no consiguió convencerle para ir al médico. Era sábado por la tarde. Tenían de visita a Ana y su marido, Javier. Ignacio y Javier bebían cerveza y hacían la barbacoa. En la cocina, Ana comentó a Carmen:
¿Le pasa algo a Ignacio?
¡No lo sé! exclamó Carmen Le ruego que vaya al médico y nada. Tú eres médico. ¿Lo ves enfermo?
Se le ve peor. Más delgado. Y creo que tiene la piel algo amarilla.
¡Dios mío! Ana, hazle entrar en razón, por favor. Quizá te haga caso, ¡eres doctora!
Ana observó atentamente a Carmen.
Carmen ¿Tú le quieres? Lo digo porque recuerdo tus dudas
Carmen mordió el labio y no contestó.
Y Ana no tuvo tiempo de convencer a Ignacio. Él se desmayó en la sobremesa. Llamaron a emergencias. Carmen se fue con él al hospital. Ignacio no recobró la conciencia. Ella le sostuvo la mano y rezó.
Le operaron casi enseguida.
Tumor en el hígado.
¿Cáncer? preguntó asustada Carmen.
Esperamos las pruebas.
El tumor resultó benigno, pero bastante grande ya cuando Ignacio llegó a la mesa de operaciones.
Los médicos le prohibieron casi todo y advirtieron que la recuperación sería lenta, y no aseguraban que fuese completa. Ya tenía edad.
Ignacio se deprimió. Su madre le visitó en el hospital.
Carmen estaba en el trabajo, la madre vino por la mañana. Le trajo cosas de comer, de las permitidas la lista era bien corta.
¡Hijo mío! Te encuentro desconocido dijo Teresa Tienes que animarte. ¡Has vencido! No era cáncer. Toma, come estas albóndigas al vapor.
No tengo hambre.
Tienes que comer. ¿Viene Carmen?
Sí de momento respondió Ignacio.
¿De momento? ¿Temes que te deje? Eso sería una tontería.
Ya no valgo para nada. Ni siquiera puedo trabajar. Nada puedo hacer. Con cincuenta años, casi jubilado. ¿Quién quiere a un inválido?
¿Qué ocurre aquí? interrumpió Carmen entrando. Se os oye en todo el pasillo. Buenas tardes, Teresa.
Me voy ya. Hasta luego, Carmen.
¿Qué pasa?
La madre de Ignacio hizo un gesto y se fue. Carmen se lavó las manos y se acercó a su marido apesadumbrado.
¿Y ese genio, inválido? Si tienes manos y pies, de inválido nada. El resto se cura. ¿Sabes qué he aprendido del hígado?
¿Qué?
El hígado se regenera solo. Si te queda el cincuenta y uno por ciento, ya está. El tuyo tiene sesenta. Dale tiempo. Todo volverá a su sitio.
¿Y tiempo, tengo?
¿Qué? no entendió Carmen.
Tiempo.
Ignacio, ¿hay algo que no me han contado? ¿Has pedido a los médicos que me oculten algo?
No, no no es eso
Le dieron el alta. Y empezó la parte más difícil para Ignacio. Si intentaba hacer cualquier esfuerzo físico, se agotaba en seguida. Y eso le frustraba mucho.
Se acercaba su cumpleaños, y esa idea le deprimía. No podía comer de todo, ni beber. ¡Vaya alegría!
Carmen parecía ignorar que Ignacio se agotaba deprisa, y compartía con entusiasmo su nueva dieta.
Carmen se atrevió al fin ¿qué va a ser de nosotros?
¿Cómo que de nosotros? respondió extrañada.
Que me recupero muy lento. ¿Me vas a dejar? Dímelo ya.
¿Por qué habría de dejarte? Si contigo soy muy feliz.
Eso era cuando podía con todo. ¿Y ahora? Ni yo mismo me soporto.
Tonterías. Tienes que animarte.
Lo intento. Pero esto es frustrante. Un golpe de martillo y quedo agotado.
Carmen se acercó y lo abrazó por detrás, apoyando su mejilla en su nuca.
Te quiero. Y nunca te voy a dejar. No tengas prisa en recuperarte. Que sea lo que tenga que ser.
¿De verdad me quieres?
De verdad, de verdad.
Carmen no deja a Ignacio. Él mejora poco a poco.
Para su cumpleaños, Carmen organizó una pequeña fiesta sin bebidas fuertes, para que no se sintiera mal.
Vinieron algunos amigos, charlaron en la pérgola y jugaron a juegos de mesa.
Menuda suerte tienes con tu mujer, Ignacio dijeron los amigos al irse.
Bueno, seguro que ahora vais a casa a beber a mi salud bromeó Ignacio.
Se rieron y se marcharon. Al anochecer, Carmen e Ignacio se sentaron en el porche, viendo las estrellas. Felices. Aquella noche, por primera vez en meses, Ignacio se sintió mejor.
Sintió que, de verdad, se recuperaba. Que su mujer no iba a dejarle. La abrazó con fuerza.
¿Qué pasa, Ignacio?
¡Todo bien! dijo él.
Ya era hora sonrió Carmen, y le dio un beso en la mejilla.
Eran felicesIgnacio la miró largo rato, y comprendió algo sencillo y repentino: la felicidad nunca había tenido nada que ver con casas grandes ni jardines perfectos, ni siquiera con cuerpos sanos. Era ese instante, la noche templada, la quietud compartida con alguien que se quedaba.
En ese momento, Carmen apoyó la cabeza en su hombro y sin mirar al cielo, le susurró:
¿Te acuerdas de aquel día en que viniste a casa, y lo primero que arreglaste fue la vieja cerradura? Pensé: este hombre no se irá nunca.
Él sonrió, y la apretó aún más.
Nunca, Carmen. Aunque no pueda con el martillo ni con los árboles, ni con el vino.
Ella rio en voz baja:
No hace falta. Me bastas tú, tal cual estás ahora.
El jardín olía a madreselva y la brisa nocturna traía el ruido lejano de un tren. Ignacio pensó que, pase lo que pase, mientras tuviera a Carmen a su lado, ya estaba donde había soñado llegar. Iban a envejecer juntos.
Y esa certeza, más que cualquier jardín en flor, era el milagro al que nunca había puesto palabras. Encendió la luz del porche, y allí, bajo el resplandor cálido, los dos se quedaron sentados en silencio, agarrados de la mano, sabiendo los dos sin decirlo que, a veces, el amor verdadero llega no cuando todo es fácil, sino cuando se sostiene, contra todo, igual que se sostiene una flor frágil en mitad del viento.
Desde la carretera, la casa brillaba como un faro pequeño, firme y secreto. Y dentro, Carmen e Ignacio miraban la noche en paz, convencidos de que, juntos, siempre podrían volver a empezar.







