¡Pero qué harta me tienes!!!… Que si como mal…, que si me visto fatal…, ¡que hago todo al revés! — g…

¡Me tienes hasta el alma, Lucía! Que si como mal, que si me visto peor, que si todo lo hago al revés la voz de David se quebró en un grito ahogado.

¡Es que no sirves para nada! Ni un sueldo en condiciones puedes traer a casa Siempre esperando tu ayuda y nunca llegas lloraba Amparo, con los ojos enrojecidos Y encima ni hijos tenemos añadió en un susurro apenas audible.

Nieve, la gata blanquinaranja de unos diez años, encaramada al armario, observaba en silencio desde las alturas otro acto de aquel drama rutinario. Sentía en lo profundo que su papá y su mamá se querían, de verdad Por eso no alcanzaba a comprender por qué se decían palabras tan crueles, que sólo traían dolor a todos.

Amparo, ahogada en lágrimas, se encerró en el dormitorio, y David encendió un cigarro tras otro, en la penumbra del salón.

Nieve, consciente de que la familia se desmoronaba delante de sus bigotes, se perdió en sus pensamientos: Hace falta encontrar la felicidad en esta casa y la felicidad son los niños Hay que encontrar niños, como sea.

Nieve no podía tener gatitos, hacía ya tiempo que la habían operado, y a su mamá los médicos decían que podía, pero las cosas nunca salían adelante

A la mañana siguiente, cuando sus dueños se marcharon al trabajo, Nieve aprovechó la rendija de la ventana y, por primera vez, saltó al patio interior del edificio para visitar a la vecina, Trufa, en busca de consejo.

¿Pero para qué queréis niños? bufó Trufa. Si los míos me traen loca Me tienen siempre escondida: uno me embadurna de pintalabios y el otro me espachurra hasta ahogarme.

A nosotros sí nos hacen falta niños de verdad suspiró Nieve Si supiera de dónde sacarlos

Pues mira, la callejera, Bolita, ha tenido camada Hay cinco ahí tirados musitó Trufa con aire pensativo Elige el que quieras

Nieve, venciendo el miedo y temblando por la adrenalina, fue saltando de balcón en balcón hasta alcanzar la calle. Se escurría, nerviosa, entre las rejas de una ventana a ras de suelo y maulló con voz queda:

Bolita ¿Puedes salir un minuto, por favor?

Desde lo hondo del sótano llegaba un lastimero coro de maullidos. Nieve, reptando despacio y mirando a todas partes, avanzó hacia los gemidos agudos. Bajo un radiador, sobre piedras frías, cinco gatitos de todos los colores buscaban a su madre, hundiendo el hocico al vacío, chillando con desesperación. Nieve los olió y comprendió: su madre no estaba desde hacía, al menos, tres días y los pequeños morían de hambre.

Al filo del llanto, Nieve los transportó uno a uno, con una delicadeza firme, hasta el portal del edificio.

Acurrucándose a su lado, intentó tranquilizarlos mientras escudriñaba, inquieta, el fondo del patio donde debían aparecer David y Amparo.

David recogió en silencio a Amparo a la salida del trabajo. También en silencio llegaron juntos a casa, pero al doblar la esquina, se quedaron descolocados: en las escaleras, yacía Nieve que jamás había pisado la calle sola, junto a cinco gatitos de colores distintos que la buscaban entre chillidos.

¿Pero esto qué es? musitó David, boquiabierto.

Es un milagro dijo Amparo, embargada por la ternura, y juntos, sin pensarlo, recogieron a Nieve y a los cachorros en brazos y subieron corriendo al piso.

Mientras miraba a la gata ronroneando, rodeada de sus nuevos hijos en la caja de cartón, David preguntó en voz baja:

¿Y qué vamos a hacer con ellos?

Los alimentaré con biberón Cuando crezcan, buscaré familias para ellos llamaré a mis amigas susurró Amparo, convencida.

Tres meses después, Amparo todavía aturdida por la noticia se pasaba las horas acariciando a la pequeña manada felina, repitiendo para sí: Esto no puede ser cierto Esto no puede estar pasando

Y después, con lágrimas de felicidad, se abrazó a David. Él la levantó en brazos, girándola en el aire, y entre risas y sollozos se desbordaron ambos:

¡No he hecho en vano la reforma de la casa!
¡Sí, ahora hasta los niños pueden jugar en la terraza!
¡Y los gatitos corretearán entre las macetas!
¡Aquí cabemos todos!
¡Te quiero!
¡Yo aún más!

La sabia Nieve se limpió una lágrima furtiva con la pata: la vida, después de todo, empieza a ir por buen caminoNieve, observando la escena desde el sofá, flameó la cola con orgullo felino. Por fin las risas llenaban la casa; los gritos, ahora, eran de juegos y no de reproches. De vez en cuando, uno de los gatitos saltaba a una maceta, la derribaba y todos corrían a recoger la tierra entre carcajadas.

Amparo, con una paz desconocida, sintió el calor de una familia naciente, aunque los niños fueran diminutos, peludos y de bigote inquieto. David, acariciando a Nieve, supo que no todo se solucionaba con grandes hazañas ni grandilocuencia: bastaba con un gesto pequeño, una puerta abierta, un corazón dispuesto a lo inesperado.

Esa noche, antes de dormir, David entreabrió la ventana y, mirando la luna, pensó en cómo los milagros a veces llegaban en forma de patitas suaves y enredos en los pies. Nieve, al pie de la cama, ronroneó más alto que nunca, sabiendo que había cumplido su misión: traer a casa no solo niños, sino también esperanza, risa y el dulce desorden del amor.

En adelante, cada mañana iniciaba con maullidos, carreras y abrazos torpes, y aunque a veces la vida se volvía caótica, en aquel pequeño hogar nunca volvió a faltar lo esencial: alegría, consuelo y una segunda oportunidad para empezar de nuevo juntos.

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¡Pero qué harta me tienes!!!… Que si como mal…, que si me visto fatal…, ¡que hago todo al revés! — g…