Perdona, querida…

Ay, te cuento…

Antonio entornó un ojo y al instante lo cerró de golpe. El sol bajo de marzo le entraba por la ventana con un rayo implacable, justo en la cara. Se revolvió en la cama arrugada, intentando esquivar la luz.

—¿Despierto, borracho? —la voz de su mujer retumbó en la habitación—. Ábreme esos ojitos sinvergüenzas, que quiero mirarte bien. Los demás maridos regalan cosas, flores a sus mujeres. Y tú ayer, hasta las trancas. ¿Sabes siquiera qué día es hoy?

Antonio se arrimó a la pared y entreabrió los ojos. Entre esas rendijas, como mirillas de fortaleza, vio a Carmen. Estaba plantada, manos en las caderas, con la mirada que echaba chispas.

—¿Q-qué día? —preguntó él, sinceramente perdido.

—¡El 8 de marzo, por si no te acuerdas! El Día de la Mujer. Yo debería estar celebrando, y tú, empinando el codo. No tengo ojos para verte. ¿Vergüenza? Ninguna, claro. Pensé que tomaríamos algo juntos, que me había traído mi hija un vino bueno, lo guardé para la ocasión… y tú, sinvergüenza, lo encontraste y te lo bebiste tú solito. ¿No tenías bastante con la ginebra?

Antonio no tuvo tiempo de cubrirse cuando una zapatilla, lanzada con puntería letal, le golpeó en la frente.

—Toma… —La segunda zapatilla la esquivó bajo las sábanas. Menos mal que solo tenía dos. Asomó la nariz.

—Carmencita, perdóname. Te juro que lo arreglaré —hipó—. Intentó levantarse, pero se enredó en la funda nórdica.

Carmen hizo un gesto de desprecio y desapareció en la cocina. Los ruidos de platos y ollas empezaron a sonar como un terremoto. Cuando Carmen armaba ese jaleo, significaba que la bronca iba para largo.

Antonio decidió no tentar a la suerte y salir pitando de casa. Se escabulló de lado por el pasillo, esquivando la cocina, y se metió en el baño. Se echó agua fría en la cara, liberó el vaso de los cepillos de dientes, lo llenó y se lo bebió de un trago. Con la mano mojada, alisó su escasa melena. Los ruidos de Carmen seguían.

Volvió de puntillas al dormitorio, se vistió a toda prisa y se plantó en el recibidor. Al calzarse, perdió el equilibrio y casi cae. Al ruido, Carmen asomó la cabeza.

—¿Adónde vas, borrachín?

—Carmencita, ahora vuelvo… En un momentito… —Antonio arrancó su chaqueta del perchero y retrocedió hacia la puerta.

—¡Eh, tú, quieto! —Carmen avanzó con su imponente pecho, pero él ya se había escurrido y cerró la puerta justo delante de sus narices.

—¡Si vuelves, ya verás…! —le llegó la voz desde dentro.

Antonio no esperó a escuchar más y bajó las escaleras a toda prisa.

Fuera, el sol brillaba, el agua goteaba de los aleros y el asfalto, libre ya del hielo, mostraba sus baches. Hombres con ramos de flores pasaban a su lado: margaritas, rosas, claveles…

—Oiga, ¿qué hora es? —le preguntó a uno que llevaba un ramo de margaritas.

—Hora de despejar la resaca —contestó el hombre sin mirarlo.

—Ojalá —masculló Antonio y siguió caminando. En realidad, quería preguntarle dónde había comprado las flores, pero le salió lo de la hora.

—Chaval, ¿dónde has pillado esas flores? —le preguntó a un joven.

—Ahí atrás —señaló con el pulso.

—Vale —dijo Antonio y caminó en esa dirección.

Pronto vio a una mujer junto al semáforo. A sus pies, una caja de la que asomaban ramitos de margaritas, como pollitos amarillos.

Aceleró el paso. Necesitaba comprar flores para calmar a Carmen, y si tenía suerte, hasta conseguir su ansiado chupito festivo. Pero al llegar, solo quedaba un ramito mustio en el fondo de la caja.

—Lléveselo, caballero, se lo dejo barato —dijo la mujer con una mirada cómplice.

—Quería un ramo… para mi mujer. ¿No tiene más?

—No hay más —le imitó con sorna—. Si quiere, espere. Llamo a que traigan otro cargamento.

Antonio pensó que con ese ramo flaco solo conseguiría enfadar más a Carmen. Como seguían pasando hombres con flores, debía haber más sitios. Siguió caminando. Se le ocurrió revisar los bolsillos. Ni recordaba si llevaba dinero, y Carmen bien podía haberle vaciado los bolsillos para evitar tentaciones.

Se paró y, rebuscando, encontró un billete de veinte euros arrugado. Ni idea de cuánto costaban las flores. Más adelante, un coche con el maletero abierto y gente alrededor. Al escuchar el precio de los claveles, se desanimó.

—¿Quieres uno solo? —preguntó un vendedor con acento sureño.

—Tengo esto. —Antonio enseñó el billete.

—Pues con esto solo te doy una flor. ¿La quieres?

Antonio pensó que un clavel solitario, como el ramito de margaritas, no serviría de nada. Se apartó.

Rebuscó en su memoria. «¡Ah! Pepe me debe cincuenta euros. ¡Que me los devuelva!». Se dirigió a casa de Pepe. Habían bebido juntos, pero con su dinero, así que, como fuera, Pepe estaba en deuda.

—¿Quién es? —preguntó Luisa, la mujer de Pepe, desde dentro.

Era una fiera. Tenía a Pepe más controlado que un reloj. Y cuando este se escapaba, se desmadraba sin límite. Pepe la llamaba «la Ulcera» a sus espaldas.

Antonio se identificó, inclinándose hacia la mirilla.

—¿Qué quieres? —preguntó Luisa.

—Que salga Pepe. Me debe cincuenta euros. Los necesito ya.

Antonio pegó la oreja a la puerta, pero Luisa calló. Seguramente procesando la información.

—¡Ahora mismo te doy algo que no podrás llevar! —gritó al fin.

Antonio se apartó. El pestillo sonó y en la rendija apareció una mano con los dedos en forma de peineta.

—¡Toma!

Antonio, rápido, tiró de la puerta hacia sí. Luisa salió despedida hacia él. El gesto ofensivo pasó a un centímetro de su nariz. Detrás de Luisa asomó Pepe, escuálido, con una camiseta de «Campeón mundial de siestas» y unos calzoncillos floreados.

—Pepe, sé buen tipo… —alcanzó a decir Antonio antes de que Luisa cerrara de un portazo.

—Maldita sea… —refunfuñó.

«¿Dónde diablos consigo dinero? Debí haber registrado el abrigo de Carmen. Siempre lleva calderilla…», pensó. «Si fuera verano, arrancaría flores de los jardines, como antes. ¿Quién demonios puso el Día de la Mujer en marzo, con este frío?».

Pero no podía volver con las manos vacías. Caminó cabizbajo, evitando mirar a los felices poseedores de ramos. Tan ensimismado, que resbaló en un resto de hielo y casi cae. Las piernas le temblaron. Para calmar los nervios, se sentó en un banco cercano.

Tenía mucha sed, y el estómago le gruñía de hambre. Desde ayerSin embargo, mientras se levantaba del banco con un suspiro, notó algo bajo su chaqueta — las margaritas que encontró tiradas en la papelera, y con una sonrisa torcida, decidió que a veces, hasta lo más pequeño podía ser suficiente para volver a casa.

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MagistrUm
Perdona, querida…