Tengo dos hijos. Mis hijos son de diferentes matrimonios. Mi primera hija es mi querida Martina, que ya tiene 16 años. El padre de Martina pasa la pensión sin rechistar y siempre está pendiente de ella. Aunque mi primer marido ya rehízo su vida, se casó otra vez y tiene dos churumbeles más, nunca se olvida de nuestra hija.
Mi hijo pequeño, en cambio, no ha tenido tanta suerte. El pobre Lucas, que apenas tiene cinco añitos, perdió a su padre hace dos años. Mi segundo marido enfermó de repente y, a los tres días de estar en el hospital, se fue para siempre. Por mucho tiempo que pase, sigo sin asimilarlo. Muchas mañanas juro que la puerta se va a abrir y lo veré entrar, con esa sonrisa suya y su típico que tengas un buen día. Y entonces, claro, me pongo a llorar como una magdalena.
Si no fuera por la madre de mi marido, Carmen, no sé cómo habría salido adelante. Para ella también fue un golpe terrible al fin y al cabo, su hijo era su ojito derecho, pero no nos soltamos la mano ni un momento. Carmen y yo nos convertimos en uña y carne; nos llamábamos casi a diario y nos visitábamos para sobrellevar juntas la pena. Hablábamos de él en cada conversación, como si así doliese menos.
Hubo una época en la que hasta pensamos irnos a vivir juntas, pero luego Carmen cambió de idea. Durante los siete años que compartimos casa, nunca tuvimos una mala palabra. Hasta podría decir que éramos más amigas que suegra y nuera.
Recuerdo que, cuando me quedé embarazada, Carmen sacó a relucir el dichoso tema de las pruebas de paternidad. Que si había visto un programa en la tele sobre un pobre hombre criando un hijo que no era suyo durante años. Yo le corté en seco:
Mira, Camen, si un hombre duda que el hijo es suyo, divorcio al canto y a verle solo los domingos.
Carmen se rió, me dijo que era una tontería y que, por supuesto, confiaba en que el niño era hijo de su hijo. Yo pensé que, cuando naciera Lucas, su abuela me insistiría con la prueba, pero no volvió a mencionar el asunto. O eso creía yo.
Este verano, Carmen se puso muy malita y su salud empezó a decaer en serio. Decidimos que lo mejor era que se mudara cerca de mi casa. Buscamos una inmobiliaria y todo, pensando en comprarle un piso cerca de los nietos.
Pero no le dio tiempo. La ingresaron de nuevo de urgencia y para el papeleo de la agencia necesitábamos un certificado de defunción de su marido, porque el piso estaba a nombre de él. Así que me fui a su casa a buscarlo entre la montaña de carpetas y papeles.
Y ahí, rebuscando, me encontré otro papel que no me esperaba para nada: una prueba de parentesco. Resulta que, cuando Lucas tenía solo dos meses, Carmen hizo por su cuenta la dichosa prueba… y, evidentemente, salía como la abuela, ¡faltaría más!
Me indigné muchísimo. Después de tantos años, enterarme de esto me sentó como una patada en el estómago. ¡Resulta que nunca me creyó! Por supuesto, se lo solté de inmediato, con todo el dramatismo borbónico que el momento requería. Ahora Carmen no para de disculparse por su “tontuna”, dice que fue una locura, que no sabe en qué estaba pensando. Pero yo sigo con el mosqueo en el cuerpo. No es fácil digerir semejante traición silenciosa.
La verdad, no tengo ya ganas de cuidarla, y mira que sé que no tiene a nadie más. Pero tampoco quiero que Lucas pierda a su abuela por culpa de esta historia absurda, así que seguiré echándole una mano. Eso sí: el calorcito y la confianza de antes, me temo, se han ido para no volver…





