He perdido las ganas de ayudar a mi suegra desde que me enteré de lo que hizo. Pero tampoco puedo dejarla tirada.
Tengo dos hijos. Mis hijos tienen padres diferentes. La mayor es mi hija, Claudia, que ahora tiene 16 años. El padre de Claudia le paga la pensión y mantiene contacto constante con ella. Aunque mi primer marido está casado de nuevo y tiene otros dos hijos con su segunda esposa, nunca se olvida de nuestra hija.
En cambio, mi hijo no ha tenido tanta suerte. Hace dos años, mi segundo marido cayó enfermo y, a los tres días en el hospital, falleció. Ha pasado tiempo y aún no me explico cómo es posible que ya no esté. Muchas mañanas imagino que oigo abrirse la puerta, que él aparece, me sonríe y me desea un buen día. Y entonces paso todo el día llorando.
Durante todo ese tiempo, la madre de mi difunto marido, Carmen, me ha apoyado muchísimo. Para ella fue tan duro como para mí: al fin y al cabo, era su único hijo. Nos mantuvimos a flote juntas, dándonos ánimos y compañía en esa época tan oscura. Hablábamos por teléfono a diario, nos visitábamos a menudo y siempre terminábamos hablando de mi marido.
Hubo un momento incluso en el que nos planteamos vivir juntas, pero al final Carmen lo pensó mejor y no dimos el paso. Así volaron siete años de relación ejemplar. La verdad es que mi suegra y yo éramos casi como amigas.
Recuerdo que cuando me quedé embarazada, Carmen mencionó de pasada lo de las pruebas de paternidad. Había visto un programa en la tele en el que un hombre criaba al hijo de otro sin saberlo y años después descubría la verdad. Le respondí en el acto que eso era una barbaridad.
Si un hombre duda de si el niño es suyo, seguro que acabará siendo el clásico padre de domingo, que solo aparece de vez en cuando le dije.
Carmen me aseguró entonces que confiaba en que el bebé era de su hijo. Yo estaba convencida de que, cuando naciera el niño, insistiría en hacerse una prueba de paternidad. Pero ella no volvió a sacar el tema.
Este verano, Carmen enfermó gravemente y su salud se complicó de la noche a la mañana. Decidimos juntas que lo mejor era que se mudara a vivir cerca de mi casa. Buscamos un agente inmobiliario y comenzamos a mirar pisos para ella.
Y justo cuando íbamos a avanzar con la compra, ingresaron a Carmen en el hospital y tuve que buscar el certificado de defunción de su marido para entregárselo al agente. Como Carmen no podía ir, fui yo a su piso a rebuscar papeleos.
Mientras buscaba el dichoso documento entre mil carpetas, me topé con otro papelín de lo más interesante: una prueba de paternidad. Resulta que, cuando mi hijo tenía apenas dos meses, Carmen le hizo la prueba y así confirmó que su nieto sí era hijo de su hijo.
Me quedé boquiabierta. Es decir, ¡Carmen nunca confió en mí! No me callé. Se lo solté a la cara y, claro, ahora no para de disculparse y decir que ojalá no hubiera hecho semejante tontería. Pero yo sigo bastante desencantada, la verdad. Me siento traicionada, porque mi suegra ha estado callada durante años.
Ahora no me nace ayudarla… aunque, por otro lado, soy consciente de que la pobre no tiene a nadie más. Y no quiero que mi hijo se quede sin su abuela. Así que, la seguiré ayudando, sí. Pero ese calorcito y esa confianza que había entre nosotras… eso sí que no va a volver ni aunque me toque la Lotería de Navidad.







