Pequeñas cosas de la vida

Cosas cotidianas

Sin atender los consejos de sus padres, Alejandra se casó con su querido Mateo, un chico serio y de pocas palabras. Lo crió su abuela Eulalia, más conocida como la abuela Lala. Sus padres fallecieron cuando él tenía apenas dos años, así que no los recordaba en absoluto.

Cuando Alejandra presentó a Mateo a sus padres, la señora Consuelo se puso en plan, como era habitual después de que el chico se marchara.

Alejandra, hija, no para él te hemos educado. Estudias en la universidad, vas por tercero, ¿qué marido ni qué boda? Y a Mateo ni de yerno lo quiero yo. ¿Qué futuro tiene? ¿Trabaja en un taller? Un currante Que lo sepas, si te decides a dar ese paso, no cuentes conmigo.

Mamá, me da igual, me voy a casar con él, tú lo sabes su padre, como siempre, callaba, intentando mantenerse neutral entre mujer e hija. Además, estoy esperando un bebé…

La boda fue sencilla, aunque sus padres tenían recursos, Consuelo no quiso celebrarla a todo trapo. Si la hija se hubiera casado con el hijo de su amiga de toda la vida… pero Alejandra era demasiado cabezota.

Ya volverá a casa, cuando vea lo que es vivir con su mecánico, ahora está cegada por el amor y la fantasía le decía Consuelo a su marido. Para colmo se ha ido a vivir con la abuela de él, porque no quiere que yo humille al yerno, así lo ha soltado Alejandra. Me fastidia, y de que está embarazada, ni hablar.

Los padres de Alejandra vivían en Madrid en un gran piso, la hija estaba acostumbrada a las comodidades, al dinero, era la única niña en casa. Pero se fue con Mateo a casa de la abuela Lala, que vivía en un pueblo a siete kilómetros de la ciudad.

Pasó el tiempo y Alejandra dio a luz a una hija. La abuela Lala ayudaba, enseñó todo a la joven madre, y de noche era ella la que se levantaba a cuidar a la pequeña Lucía. Alejandra volvió a la uni, intentando hacer malabares para ser buena estudiante, esposa y madre. No siempre lo lograba: terminaba agotada. Cada mañana se levantaba temprano, corría hacia el bus al pueblo, luego otro hasta la universidad.

Llegaba a casa rendida, pero la abuela y Lucía la esperaban en la puerta, y la niña añoraba a su mamá. Más tarde, llegaba Mateo, que trabajaba hasta tarde. Cogía a la niña en brazos y la hacía girar. Adoraba a sus mujeres. Alejandra quería dedicarle más tiempo a su marido, pero él siempre llegaba tarde, en el último autobús, cansado y hambriento.

Y Alejandra tenía la defensa del TFG a la vuelta de la esquina. Empezaba a desear volver al piso familiar, ahorrarse los viajes y vivir cómoda. Pero Consuelo seguía dolida, no llamaba ni preguntaba por la nieta.

Mateo tenía un hermano mayor, Álvaro, casado desde hacía tiempo, vivía con su mujer y su hijo en un piso de la ciudad que se había comprado, tras muchos viajes de trabajo. Pero la vida matrimonial no era fácil: su esposa, Marisa, siempre le exigía más y más.

Ha llamado Álvaro comunicó Mateo a la abuela Lala y a Alejandra, que se ha separado de Marisa, muchas broncas, ahora alquila un piso.

¡Ay, hijo! se alarmó la abuela, vaya faena, te ha costado mucho ese piso y ahora te marchas de él.

Álvaro ha hecho lo que tenía que hacer; se lo deja todo a Marisa y al niño defendió Mateo a su hermano.

Un día, Alejandra le confesó a su marido que ese ritmo de vida la estaba matando: dos autobuses hasta la uni, nunca a tiempo. No le dijo directamente que quería mudarse al piso de sus padres, pues ella misma había elegido vivir con Mateo aparte.

Estoy agotada lo decía Alejandra, harta del bus, del trayecto interminable con mil paradas. Apenas llego…

Mateo la escuchó en silencio, le dio un besito en la mejilla.

Tengo una idea, luego te cuento dijo misterioso. Va a ser una sorpresa.

Pasaron unos días y, una tarde, se detuvo un coche frente a la casa.

¿Serán mis padres? pensó Alejandra, pero el coche era desconocido, más viejo que el hambre. “Vamos, que ni de lejos es el coche de mis padres”.

Salió rápido y vio a Mateo bajando del coche, con cara de orgullo. Alejandra se quedó de piedra.

¿Qué te parece nuestra nueva joya?

¿Eso es un coche? ¿De dónde lo has sacado?

Lo compré respondió Mateo, con el dinero que ahorrábamos para la hipoteca

Alejandra miraba el bólido, le dolían esos euros. Habían estado ahorrando el primer pago para un piso y él, va y se los gasta en ese trasto. Así que seguirían atascados en el pueblo.

Mateo alababa el coche.

Lo restauré yo mismo, está listo para rodar, siéntate, te llevo a dar una vuelta la tomó de la mano y la sentó a su lado. Solo falta pintarlo, pero ya no tendrás que depender del bus. Está genial, y mucho más barato que cualquier otro.

La verdad, el coche iba bien, aunque Alejandra temía que se desmoronase en cualquier momento. Pero al llegar vio a la abuela Lala y a Lucía en la puerta. Mateo cogió a la niña y la giró sobre su cabeza, mientras Alejandra se apresuraba a entrar en casa. Apenas cruzó el umbral, empezó a llorar como una fuente. Tenía mucho, demasiado acumulado.

Ay, Ali, ¿qué te pasa, niña? la voz de Lala sonó preocupada.

Ha gastado todo el dinero de la hipoteca en ese coche Soñábamos con nuestro piso y él y él

Tranquila, cariño la abrazó la abuela. Eres la mejor y la más lista del mundo, solo estás cansada y por eso lloras. Todo esto es cosa de la vida, lo importante es que todos estemos bien, la salud y el cariño son lo que cuenta, el dinero va y viene.

Alejandra tomó al pie de la letra las sabias palabras de la abuela Lala y se calmó. Luego incluso le dio un poco de vergüenza su reacción. Se levantó y salió al porche, donde esperaba su marido. Cerca estaba su perro, peludo y despistado, y Lucía lo perseguía, agarrando el rabo. Alejandra se sentó callada junto a Mateo.

¿Por qué no lo consultaste conmigo, Mateo? susurró ella.

Quería darte una sorpresa… y bueno, te la di.

Ella le miró a los ojos y vio allí un dolor callado, lo entendió todo de golpe. Él la quería, y compró el coche para que ella tuviera más fácil el camino a la uni, lo hizo por ella. Intentó resolver el problema de la manera que pudo. Cierto, ella esperaba otra solución, pero él no lo había pillado.

Bueno, Matito, coche, pues coche cedió ella, conciliadora, pero prométeme que la próxima vez consultarás conmigo.

De acuerdo contestó feliz él. Sabes que siempre he sido de tomar decisiones solo, pero te pido perdón, de ahora en adelante lo hablaremos juntos.

Eso está bien. Son cosas cotidianas, lo importante es que estamos juntos y tenemos una hija maravillosa.

Lala los miraba desde la ventana, sonreía mientras pensaba:

Primer conflicto de pareja. Y claro, ¡cómo iba a faltar! Vendrán muchos más. Lo esencial es que se entienden y se quieren, de eso no tengo duda ¡Mira cómo se han reconciliado, como dos tortolitos! los bendijo y se alegró.

Mateo pintó el coche, Lala hizo fundas nuevas. No era para tirar cohetes, el coche tenía historias que contar. Pero pronto Alejandra iba sentada en el asiento de copiloto rumbo a la ciudad.

No quería pedir ayuda a sus padres.

Pasó el tiempo. Lucía crecía, ya tocaba guardería, la abuela estaba mayor, necesitaba tranquilidad. Alejandra terminó la uni y encontró trabajo en Madrid. Mateo seguía en el taller, trabajando hasta tarde. Volvieron las dudas sobre el piso, pero seguían sin lograr el pago inicial. Alejandra no quería pedir ayuda a sus padres; la mamá no hablaba con ella ni con la nieta.

De repente, la ayuda vino de donde menos esperaban. Un sábado el perro empezó a ladrar con fuerza en el patio. Alejandra pensó que era la vecina, la que traía leche fresca para Lucía.

¡Álvaro! gritó Mateo contento, al ver a su hermano mayor por la ventana, saliendo corriendo a recibirlo. ¡Qué alegría, hermano, de dónde sales!

¡Hola, Mateo! ¡Hola!

Los hermanos se fundieron en un abrazo, se notaba que echaban de menos verse. Lucía, curiosa, asomó la puerta para mirar.

Pero qué guapa eres, sobrina, ven aquí, te traigo un regalo.

Sacó de una bolsa grande un conejo con orejas largas y lazo en el cuello. Lucía lo tomó encantada, examinó el lazo colorido y corrió a presumir ante la abuela.

Lala y Alejandra recibieron a Álvaro con cariño.

Cuánto tiempo sin verte, Álvaro. ¿Cómo te va? Mateo nos contó que andabas alquilando piso preguntó preocupada la abuela Lala, sirviendo té.

Todo bien, la verdad respondía él contento. Marisa y yo nos divorciamos, ella conoció a otro y se fue con él rumbo a Bilbao. Pago la manutención cada mes. Y esto, hermano sacó un sobre gordo de la riñonera, es para ti y Alejandra, mi regalo de boda, que no pude estar en vuestra boda, estaba de viaje de trabajo.

¿Qué es? se tensó Mateo.

Dinero…

¿Qué dinero?

Para el pago inicial del piso explicó Álvaro, poniendo el sobre en manos de Mateo. Marisa se fue, dejó la vivienda, ahora vivo en mi piso. Lo iba a ahorrar para otra compra, pero no podía dejar sin casa a mi ex y al niño. Así que, consideradlo mi regalo de boda.

Silencio en la mesa. Y luego, todos estallaron en risas.

Gracias, hermano, gracias, Álvaro. Qué oportuno…

Alejandra casi lloró de emoción, Lala abrazaba al nieto mayor. Los hermanos se fundieron en un abrazo, no hacían falta palabras.

En otoño, Mateo, Alejandra y Lucía se mudaron a un piso nuevo de dos habitaciones en Madrid. Lucía empezó la guardería junto a casa. El cole también quedaba cerca, escogieron el piso pensando en el futuro, la niña pronto tendría que ir al cole.

Mateo sigue trabajando en el taller. La vida puso a prueba a la joven pareja, pero como bien decía la abuela Lala: todo son cosas cotidianas, lo importante es el amor, la felicidad y la salud.

Gracias por leer, por los comentarios y vuestro apoyo. ¡Que tengáis mucha suerte y alegría!

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