Pensé que mi marido me engañaba. Resultó ser algo mucho peor.

Creía que mi marido me estaba engañando. Resultó ser algo muchísimo peor.

El móvil estaba en silencio, pero lo escuché de todas formas. La vibración en la encimera de la cocina sonó como un disparo. Miré la pantalla: número desconocido. Pedro acababa de volver de un viaje de trabajo, todavía bajo la ducha.

No sé qué me dio, pero contesté. En la línea hubo un momento de silencio y, de pronto, una voz femenina:
Díganle que Tomás estuvo hoy muy valiente en el dentista. Y que lo esperamos el domingo.
Me quedé petrificada.
Perdón, ¿quién habla? pregunté.
¿Eh no es su número? vaciló. Lo siento error.
Colgó. Yo, como una estatua, en la cocina. Tomás. Valiente en el dentista. Lo esperamos el domingo. Yo ni siquiera sabía quién era Tomás. Pero una cosa era segura: no era un accidente.

Cuando Pedro salió de la ducha, lo miré como a un extraterrestre. Sonrió y preguntó si había algo de comer. Abrí la nevera y pensé: «Esto es el principio del desmadre».

Al día siguiente no pude levantarme de la cama. Sentía que alguien había cambiado mi mundo por una versión donde nada encajaba. Pedro la misma voz, el mismo perfume, los mismos gestos matutinos con el café pero todo dentro de mí gritaba: «Ya no es él. O no es el que pensé que era».

Intenté racionalizar. ¿Y si de verdad era un error? ¿Quizá una colega del trabajo marcó por accidente? Pero aquel tono, esa seguridad en la voz de la mujer, el hablar de «esperar», como si no fuera la primera vez, no me dejaban en paz.

Empecé a observar a Pedro. Todo parecía normal, pero no del todo. Deja el coche un poco más lejos de lo habitual. Sus viajes de trabajo se hacen cada vez más frecuentes. Y los mensajes por WhatsApp: siempre laborales, siempre breves, pero con un estilo distinto. Como si los redactara otra persona, o como si escribiera para alguien que no lo conoce tan bien como yo.

Al fin decidí que tenía que saber la verdad. No me gustaba jugar a espía, pero menos aún ser la ingenua.

Empecé por el coche. Tras una de esas «misiones», revisé el guantera. Sólo había un recibo: hotel en León. No era la ciudad a la que había dicho que iría. Verifiqué la fecha. Ese mismo día había dicho que volvería tarde por el tráfico.

El corazón me latía a mil por hora, pero no me rendí. La siguiente vez que se preparó para salir, anoté la matrícula del hotel del recibo y su nombre. Dos días después estaba allí.

No sabía qué esperar. ¿Solo confirmar que no estaba? ¿Que todo era una paranoia? Pero cuando aparqué frente al edificio y vi a Pedro salir, cogiendo del brazo a un niño pequeño me quedé helada. El chico debía tener unos cuatro años, llevaba una gorra ladeada, reía como campanilla y sus rasgos eran los de Pedro. Su miniversión.

Después apareció una mujer, más joven que yo, quizás de treinta años. Se acercó, ajustó la chaqueta del niño y Pedro la besó en la frente, como si fuera su vida cotidiana. Su familia.

Retrocedí al coche, con las piernas que apenas sentía. Mis manos temblaban. Sonó el móvil probablemente mi hija, esperando que volviera de la «compra». No contesté. Solo miraba aquel cuadro como a través del cristal, un mundo ajeno. Y comprendí: no era un romance. No era una infidelidad. Era algo mucho peor. Tenía otra familia. Otra vida. Yo no era la protagonista, sino un extra, un fondo.

No sé cuánto tiempo estuve allí, pero finalmente arranqué el coche y me fui. No a casa, sino a buscar aire, a despejarme de mis propias ilusiones.

Regresé al apartamento al atardecer. En el interior reinaba el silencio; los niños dormían. Pedro estaba en el salón, frente al televisor, como si nada hubiera pasado. Me miró, arqueó una ceja.
Vaya, te ha llevado mucho con esas compras. ¿Todo bien? preguntó, con ese tono calmado que antes despertaba la envidia de mis amigas.
No respondí. Lo observé, pensando en cómo había pasado tanto tiempo sin percatarme de su doble vida, en cuántos esfuerzos había necesitado para vivir en dos frentes, y si alguna vez sentía culpa al volver de la otra casa.

Me senté frente a él y dije tranquilamente:
Hoy estuve en León.
Se quedó inmóvil. La sonrisa se borró.
¿Para qué? preguntó, pero su voz ya no era segura.
Te vi a ti, a ella y al niño.
Silencio. Durante un largo rato sólo quedó el sonido del televisor. Finalmente, suspiró.
No quería hacerte daño. Simplemente pasó.
¿El niño pasó? interrumpí. ¿La familia pasó?
Apretó los puños. No intentó justificarse. Tal vez entendió que no había nada que decir, o quizá ya estaba cansado de mentir.
No quería dejar a nadie atrás dijo al fin. Ni a ustedes, ni a ellos. Pensé que podría con ello
«Con ello». ¿Así se llama llevar dos vidas a la vez? ¿Armar castillos de bloques en dos hogares diferentes? ¿Mentir a ambos por comodidad?

Me levanté.
No sé qué hará ahora, pero una cosa la tengo clara: ya no seguiré actuando en este circo.
No grité. No lloré. Me sentí vacía, pero durante los días siguientes funcionaba como una máquina: preparaba desayunos, llevaba a los niños al colegio, iba al trabajo. Sin embargo, dentro estaba despertando algo nuevo, algo que ya no tenía nada que ver con la tristeza o la desesperación. Era fuerza. Enojo, sí, pero sobre todo la certeza de que estaba lista para cambiar.

Dos semanas después le dije que se fuera de casa.
No lloró. No protestó. Sólo hizo sus maletas en silencio y se marchó.

Y entonces, por fin, respiré de verdad. Sin sus mentiras, sin la tensión constante. Estaba sola. Pero libre.

Y una sola cosa no me deja en paz: ¿cómo fue posible? ¿Cómo pude enredarme en algo así? ¿Cómo no vi que vivía en el escenario de otro y no en mi propio hogar? Hasta hoy no entiendo cómo terminé en esa situación.

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MagistrUm
Pensé que mi marido me engañaba. Resultó ser algo mucho peor.