Pensaba que mi hija tenía un matrimonio feliz… hasta que fui a visitarla.
Cuando nuestra Lucía nos dijo que iba a casarse con un hombre ocho años mayor, mi marido y yo no pusimos pegas. Nos cayó bien desde el primer momento: culto, educado, atento. Jorge sabía cómo ganarse a la gente. La colmaba de detalles: flores, viajes, regalos. Y cuando anunció que asumiría todos los gastos de la boda—el banquete, el vestido, los camarógrafos, la decoración—casi se me saltan las lágrimas. Estábamos seguros: nuestra niña estaba en buenas manos.
—Tiene su propia empresa, mamá, no te preocupes— me decía Lucía.— Está bien situado, lo tiene todo controlado.
Seis meses después de la boda, Jorge vino a visitarnos con Lucía. Recorrió nuestro piso sin decir nada. Al día siguiente llegaron los instaladores. A la semana, los albañiles. Y así, en nuestro humilde piso de Zaragoza, aparecieron ventanas de cinco cámaras con insonorización, luego un balcón renovado, aire acondicionado, hasta cambiaron los azulejos del suelo.
Mi marido y yo le dábamos las gracias incómodos, pero él solo movía la mano:—Poca cosa. Para los suegros, lo mejor. Nos agradó, claro. ¿Y cómo no alegrarse viendo a nuestra hija bien cuidada, con un marido atento y sin preocupaciones?
Después nació su primer hijo. Todo parecía sacado de una película: el alta del hospital con globos, un bonito conjunto de bebé, mantitas de encaje, fotógrafo profesional… Todo perfecto. Mi marido y yo nos conmovíamos:—Qué familia más feliz.
Dos años más tarde llegó el segundo niño. De nuevo celebración, regalos, invitados. Pero Lucía se apagó. Sus ojos estaban cansados, su sonrisa, forzada. Al principio pensé que era el agotamiento posparto. Con dos criaturas, no es fácil. Pero en cada llamada, notaba que ocultaba algo.
Decidí ir a verlos. Avisé antes. Llegué al atardecer. Jorge no estaba. Lucía me recibió sin entusiasmo. Los niños jugaban en su cuarto; fui a saludarlos, les acaricié el pelo, los abracé. Mi corazón se llenaba de alegría al ver a mis nietos. Pero cuando se pusieron a ver sus dibujos, me acerqué a mi hija y le pregunté en voz baja:—Lucía, cariño, ¿qué pasa?
Ella se sobresaltó, miró hacia otro lado, y luego sonrió con esfuerzo:—No es nada, mamá. Solo estoy cansada.
—No es solo cansancio. Pareces apagada. No ríes, tienes la mirada triste. Te conozco, Lucía. Dime, ¿qué ocurre?
Vaciló. Y en ese instante, se ofertora la puerta. Era Jorge. Al verme, hizo un gesto fugaz de desagrado. Sonrió, me saludó, pero sus ojos eran fríos, como si le estorbara. Y entonces lo percibí: un perfume demasiado dulce, nada masculino. Un aroma francés, de mujer.
Al quitarse la chaqueta, vi en el cuello de su camisa una mancha de carmín. Rosa. No pude contenerme y dije con calma:—Jorge, ¿seguro que estabas trabajando?
Se quedó quieto un instante. Luego se enderezó, me miró con una serenidad helada y contestó:—Isabel, con todo el respeto, no se meta en nuestra familia. Sí, tengo una amante. Pero no significa nada. Para hombres de mi posición… es permisible. Lucía lo sabe. No afecta al matrimonio. No nos divorciaremos. Los niños, mi mujer… todo está controlado. Yo proveo, estoy presente. Así que no le dé importancia a bobadas como un poco de pintalabios.
Apreté los dientes. Lucía se levantó y se fue sin mirarme, hacia el cuarto de los niños. Él se metió en la ducha como si nada. Y a mí me dolía el corazón de impotencia. Me acerqué a mi hija, la abracé y le susurré:—Lucía, dime que no crees que esto está bien. ¿Que él esté con otra y tú lo toleres? ¿Es esto un matrimonio?
Solo encogió los hombros y lloró. Sin aspavientos, en silencio, como si las lágrimas cayeran por su propia voluntad. La acaricié sin hablar. Tenía mucho que decir, pero no servía de nada. La decisión era suya. Seguir con un hombre que creía que el dinero justificaba la infidelidad, o elegirse a sí misma.
Vivía en una jaula dorada donde, en apariencia, no le faltaba nada. Nada… excepto respeto. Y amor verdadero, ese que no engaña, no humila, no mira con desprecio.
Me fui esa misma noche. En casa, no pude dormir. El corazón me pesaba. Quería llevármela con los niños. Pero sabía que, mientras ella no decidiera, nada cambiaría. Lo único que podía hacer era estar ahí. Esperar. Y confiar en que, algún día, Lucía eligiera su propia felicidad.





