Pensamos que la vida es complicada, pero nosotros aún la complicamos más

Yo recuerdo que, ya en el instituto, Almudena se daba cuenta de que a Julián le gustaba, era tan patente que él no lo ocultaba. Cada tarde, al salir de clase en el décimo curso, él la esperó y la acompañó, como un caballero devoto. Le contaba cosas y ella reía a carcajadas, aunque siempre lo trataba sólo como a un amigo.

Al principio los compañeros se burlaban de los dos y, cuando Julián no estaba cerca, le preguntaban a Almudena:

¿Y tú, por qué vas sola? ¿Dónde está tu guardaespaldas?

No lo sé se encogía de hombros, riendo.

Almudena comprendía que Julián estaba enamorado y lo dejaba hacer lo que quisiera; se sentaban juntos en clase, él le echaba una mano con los exámenes y sacaba buenas notas, mientras ella se arrastraba entre sobresalientes y suspensos.

Con su amiga Rita, Almudena confesaba que Julián era un chico honesto y que podría ser un buen marido. Pero ella también decía:

Me molesta que Julián sea tan tímido y viva con su madre. No sé qué puedo esperar de él; será un esposo corriente, y yo anhelo pasión y fuego.

¿Crees que Antonio será un buen marido? le preguntaba Rita. No puedes mostrar tan abiertamente a un chico que te gusta. En clase ya saben, incluso Julián, que tú suspiras por él.

¿Y tú cómo sabes eso? Tú ni has salido con nadie replicó Almudena. Además, mi madre siempre me dice: Mejor que el chico corra tras ti que tú tras él.

Almudena y Rita se conocían desde la infancia, sin secretos entre ellas; Almudena era vivaz, Rita más reservada.

**Amor de instituto**

En el baile de fin de curso, Antonio apareció con Almudena, que lucía un vestido elegante, ligera como una brisa. La tomó de la mano y la llevó al centro del salón. Bailaron una pareja perfecta, y muchos los admiraban. Julián, por su parte, se quedó a un lado, triste, mientras Rita le lanzaba miradas comprensivas.

Después, Antonio le propuso a Almudena:

¿Qué tal si empezamos a salir? Hoy te veo con otros ojos. Eres muy bonita y tienes una sonrisa radiante.

Vale contestó ella al instante, intentando ocultar la alegría que la hacía sentir en la luna.

Antonio sabía desde hacía tiempo que a Almudena le gustaba, pero había tantas chicas que le costaba decidir, y su corazón era amplio y generoso. Aquella noche, toda la clase festejó hasta el amanecer, y luego él la acompañó a casa. No pensó en Julián; él se fue temprano porque su madre estaba enferma, y no había otro motivo. No tenía razones para recordar a Julián cuando Antonio estaba a su lado, como dicen: «A quien no ves, no lo recuerdas».

Desde ese día, Almudena empezó a planear su vida con Antonio, aunque aún tenía que seguir estudiando. ¿Cómo podía pensar en los estudios cuando el amor la consumía? Le contaba a Antonio cómo sería su futuro y él asentía.

Almudena, yo pienso entrar en el instituto de Formación Profesional de Sanidad, ¿y tú? preguntó él.

Yo ni siquiera tengo el expediente listo rió Antonio. Los maestros empezaron a cruzarse cuando salí del colegio. Voy a formarme como conductor en el cuartel y después haré el servicio militar.

Entonces tendrás que servir, pero te esperaré, no lo dudes le aseguró Almudena, acurrucándose en sus brazos.

Yo no dudo. Cumpliré con el ejército, volveré y nos casaremos prometió, abrazándola fuertemente, insinuando su deseo de cercanía.

No, Antonio, mejor espera. Cuando regreses, presentaremos los papeles y seré tu esposa, como me enseñó mi madre.

Antonio aceptó sin insistir, pero Almudena no sabía que él pronto se marcharía con una chica más desenfadada, Anabel, y volvería al amanecer.

Almudena lo acompañó al cuartel y esperó con paciencia. Julián se acercaba de vez en cuando:

Almudena, Antonio no es el hombre que necesitas para toda la vida, créeme le decía. Ella reía y lo tomaba como simple amigo.

Julián era hijo único de una madre enferma que yacía en cama. Él la cuidaba, a veces llamaba a la vecina Virginia para que la lavara.

Cuando mi madre vuelva a estar en pie, tendré más tiempo comentaba a sus compañeros, estudiando en el colegio local, sin tener que trasladarse a otra ciudad.

**Esperanza y desilusión**

Pasaron los meses y Antonio regresó del ejército. Almudena, tras la clase, corrió a su casa sin pensarlo. Al entrar, la encontró abrazado a otra chica, riendo a carcajadas. El golpe emocional la dejó paralizada; salió corriendo, sin importarle el camino.

Su madre la consolaba:

Hija, siempre te dije que Antonio no merecía tu amor y Julián te lo recordaba. Pero eres terca, te aferras a la idea de que nadie más te servirá.

Tiempo después, Almudena supo que Anabel estaba esperando un hijo y que pronto se casarían. Decidió ir a Julián y le propuso casarse, como una afrenta a Antonio. Quizá Julián ya sospechaba de todo ello.

Dos años después vivían juntos sin mayores sobresaltos. La madre de Julián falleció y siguieron en su casa. Él la amaba con todo el corazón y esperaba algo más que simple respeto, pero ella no podía superar sus propios límites y se encerró en su caparazón.

Un día, mientras volvía de la tienda, se cruzó de nuevo con Antonio. Le dio una ligera inclinación de cabeza y él, sin más, tomó su mano.

Hola, Almudena. Perdóname por lo que te hice.

Ya lo perdoné hace tiempo replicó ella. Nuestras vidas siguen por caminos distintos. Adiós, tengo que irme.

Antonio intentó detenerla:

Escúchame. Solo te amo a ti. Sé que esperabas mi regreso del ejército y que no volviste con nadie. Anabel y yo nos separamos; el niño no era mío. Me engañó exclamó, sincero, y ella le creyó.

¿De verdad? dudó Almudena, sin poder creer lo que oía.

Te lo juro, no tengo nada que ocultar.

**El caos que ella misma creó**

La vida de Almudena dio un vuelco. No podía pensar en nada más que en Antonio. Le confesó a Julián:

He visto a Antonio, está divorciado. Quiero divorciarme y volver a él.

Almudena, ¿qué haces? le protestó su madre. Lo lamentarás mil veces. Julián te ama de verdad, y Antonio no vale la pena.

Julián repetía lo mismo:

Piensa bien, él ya te ha traicionado una vez; ¿para qué volver a sufrir?

Ustedes no entienden nada. Lo amo respondió, y se marchó con Antonio.

Pasaron los meses y Almudena se sentía la mujer más feliz del universo. Antonio llegaba a casa un poco pasado, y ella cerraba los ojos, como si siguiera usando gafas de color rosa. Pero una mañana, la ropa de Antonio tenía huellas de otro labial.

Antonio, explícale le espetó Almudena, mostrando la mancha. ¿Qué ha pasado?

No sé de dónde viene fingió él. Tal vez alguien lo hizo para pelearnos.

Antonio siguió llegando ebrios y con rastros de besos ajenos; esa felicidad se volvió insoportable. Aunque no llegaron a casarse oficialmente, ya habían presentado la solicitud de divorcio. Tras otra de sus escapadas, Almudena tomó los papeles y se marchó. Él no la buscó ni la llamó. Se quedó con su madre.

Mi madre y Julián me lo habían advertido. No escuché, el amor me cegó pensaba en las noches. Ahora me pregunto por qué herí a Julián. ¿Qué destino tengo?

No había nada que culpar al destino; ella misma había cerrado la puerta a su relación. El resentimiento la consumía.

Comenzó a pensar más en Julián, a considerar volver, aunque el orgullo la retenía. Un día, al volver a casa, vio a Julián en la puerta.

Sabes, Almudena, tal vez todo esto sea una bendición. Finalmente ves quién te ama de verdad le dijo sin mirarla a los ojos.

Almudena corrió hacia él:

Gracias, hermano. Lo entiendo todo, gracias por volver.

Se volvieron a casar. Almudena cambió, agradecida al marido. Tuvieron un hijo, Gutiérrez, al que llamaron Guti. Ambos lo adoraban y el marido la cuidaba con devoción.

**El golpe inesperado**

Cuando Guti tenía cinco años, regresaban del colegio cuando una vecina las detuvo:

Almudena, ¿no te has fijado que Julián te está engañando?

¿Cómo? Nunca lo he visto. No sería capaz

Los hombres nunca son capaces Pero he visto a tu Julián con la hija de mi amiga Verónica, la niña salió a pasear con él. Lo vi salir de su casa. Vigila a tu marido dijo la vecina y se fue.

Almudena quedó paralizada, mientras Guti tiraba de su mano.

No puede ser No, no puede ser Voy a vigilarlo.

Lo siguió y lo encontró con una niña pequeña. Sin decir nada, tomó a su hijo y se marchó a casa de su amiga Rita, en otro municipio, y presentó el divorcio. No podía comprender cómo Julián había podido hacerlo.

**El tercer matrimonio, definitivo**

Pasaron los años. Julián buscó a su hijo y a Almudena sin éxito. Incluso su madre no sabía dónde estaba. Un día la encontró, delgada y sombría, frente a la vivienda donde vivía temporalmente.

Almudena, hablemos.

No quiero oír nada

Te he equivocado todo. Yo también tengo culpa, pero temía que no me creyeras. La mujer con la que estuve era la esposa de mi amigo Ignacio, fallecido en un accidente. Ella tenía cáncer y me pidió que cuidara de su hija, Alina, cuando no pudiera. Cuando tú te fuiste con Guti, decidí quedarme con Alina. Ahora quiero contarte todo, aunque sea tarde

Almudena, atónita, lo abrazó y regresaron juntos. Volvieron al hogar, y esa fue la última vez que se casaron, para siempre.

Alina fue adoptada y crecieron como hermanos. Los hijos se hicieron mayores, formaron sus propias familias y ahora Almudena y Julián disfrutan de sus nietos, rodeados de risas. Almudena agradece al destino que, a su modo, le dio amor, felicidad y un marido que, tras tres bodas, resultó ser el mismo.

Así es la vida, a veces da vueltas inesperadas, pero al final el corazón encuentra su camino.

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