Recordaba, con la nitidez de un cuadro de Velázquez, que mi vida conyugal parecía irse por buen camino, hasta que aquella tarde, mientras tomábamos un café con leche en una terraza de la Plaza Mayor, mi amiga Lucía, con la mirada curiosa, me lanzó la pregunta que, sin saberlo, abriría una grieta en mi felicidad.
Me casé muy joven, impulsada por un amor que sentía tan grande como el río Tajo. Durante cuatro años nos fuimos conociendo, compartiendo confidencias y sueños, antes de unir nuestras vidas en santo matrimonio. Atravesamos juntos mil y una pruebas, y ya habían pasado más de seis años desde que empezamos a vivir bajo el mismo techo en un pequeño apartamento de la calle Gran Vía.
Tenía una confianza absoluta en mi esposo, Antonio, y también en mí misma. Él era dulce como la miel, atento y siempre dispuesto a ayudarme con los quehaceres del hogar. No era el más valiente ni el de mayor vigor, y su aspecto no despertaba suspiros de admiración, pero poseía un alma tan cálida que iluminaba los rincones más oscuros de nuestras jornadas. Su corazón rebosaba positivismo y fe en la bondad, cual faro que nos guiaba en los momentos más duros.
Sin embargo, Antonio era indeciso y reacio a salir de su zona de comodidad; jamás se atrevía a dar un paso adelante. La timidez le acompañaba como una sombra, y en todo ese tiempo, seis años de convivencia, no había mostrado señal de cambio. No se cuidaba, ni se interesaba por su salud; cualquier novedad le causaba un temblor.
Yo tenía casi diez años menos que él; a los veintiséis me sentía plena, con un trabajo estable en una empresa de diseño, un coche propio que había comprado con mis ahorros y una hipoteca en euros que íbamos pagando poco a poco. Entonces, Lucía, con la franqueza que la caracteriza, me preguntó: ¿Para qué necesitas a Antonio?
Aquella frase fue como el eco de una campana que anunció el fin de mi alegría personal. Ahora, sentado bajo la sombra de un olmo, recuerdo aquel momento y me pregunto, como se hace en los cuentos que se cuentan al calor de la leña: ¿para qué lo quiero realmente?






