«¡Para ti el gato es más importante que tu sobrino!» — gritaba mi madre.
Desde pequeña, soñaba con tener un gato. Por fin, a los veinte años, lo conseguí. Lo compré a un criador de confianza en un pueblo cerca de Sevilla. Lo llamé Peluso y se convirtió en mi mejor amigo. Le dedicaba todo mi tiempo libre: lo cuidaba, jugaba con él, lo mimaba. No era solo una mascota, sino parte de mi alma, mi consuelo en los días difíciles. Mis padres no se opusieron, pero nunca entendieron por qué era tan importante para mí. «Más te valdría tener un hijo en vez de perder el tiempo con un gato», soltaba mi madre, Carmen Martínez, con desdén. Sus palabras me dolían, pero callaba para evitar problemas.
Mi hermana mayor, Lucía, tuvo un hijo, Javier, y desde entonces me encargaban de cuidarlo. La verdad es que no sentía apego por mi sobrino. Ayudaba a mi hermana: cocinaba, limpiaba, lavaba la ropa… pero cuidar al niño me parecía una obligación agotadora. No me alegraba, solo me quitaba energía. Cuando Lucía estaba cansada, mi madre se hacía cargo de Javier. Yo, en cambio, al llegar a casa, corría a abrazar a Peluso. Su ronroneo y su cariño me llenaban de paz. Un día, mi madre estalló: «¿De verdad prefieres a ese animal antes que al hijo de tu hermana?».
Le respondí con sinceridad: «Sí». Era la verdad. Peluso era mi luz, mientras que Javier, aunque mi sobrino, me resultaba ajeno. Mi madre se enfureció y me llenó de reproches: «¿Cómo puedes decir eso? ¡Es sangre de tu sangre!». Lucía se rio, llamándome excéntrica. Pero me mantuve firme. ¿Por qué debía fingir cariño que no sentía? Su reacción solo avivó mi rebeldía. No iba a mentir por agradarles.
Parece que mi madre quiso vengarse. Una noche me quedé en casa de una amiga y no volví hasta la mañana. Al entrar, Peluso no estaba. «Se asustó y salió por la puerta del portal, que estaba abierta», dijo mi madre sin pestañear. El corazón se me partió. Lloré, pregunté a los vecinos, puse carteles… pero Peluso desapareció. Fue una tragedia. Era mi amigo, mi refugio en la soledad. Poco después, me mudé con mi novio, Alejandro, a Málaga. Adoptamos otro gato, pero el dolor por perder a Peluso nunca se fue.
Meses después, visité a mis padres. Mi hermano pequeño, Pablo, no pudo callarse más y me contó la verdad. Resulta que, en mi ausencia, mi madre y Lucía decidieron «darme una lección». Echaron a Peluso porque yo me atreví a decir que significaba más para mí que Javier. Pablo al principio estuvo de acuerdo, pero luego se arrepintió. Al saberlo, sentí helárseme la sangre. Mi propia madre y hermana me traicionaron, arrebatándome lo que más quería solo por orgullo. Para ellas, Peluso era solo un animal; para mí, parte de mi vida.
¿Cómo no lo entendían? Él estuvo en mis peores momentos, su calor me daba fuerzas para seguir. Javier, con todo el respeto, era un niño ajeno. Ayudaba a Lucía por obligación, porque era mi hermana. Pero ella no me valoró, pues permitió esa crueldad. Querían «corregirme», obligarme a querer a mi sobrino como quería a Peluso. Y como no cedí, me castigaron. Fue más que una traición: destruyeron un pedazo de mí.
No sé qué fue de Peluso. Ojalá lo recogiera alguien bondadoso. Pero el dolor de perderlo siempre estará conmigo. Mi madre y Lucía rompieron mi confianza. Su acto demostró que no respetan mis sentimientos. Ya no quiero ser parte de su mundo, donde el cariño se mide por obligación, no por el corazón. Peluso era mi elección, mi felicidad, y nadie tenía derecho a arrebatármelo. Ahora construyo mi vida con Alejandro y nuestro nuevo gato, y juro que nunca más me harán sentir culpable por amar.
**Lección aprendida:** El amor no se impone, ni se mide por lazos de sangre. Lo que el corazón elige, nadie debe juzgar.







