Podéis quedaros a vivir aquí, ¿para qué necesitáis esa hipoteca? ¡Si os vamos a dar nuestra casa! dijo mi suegra, mientras un reloj derretido se deslizaba por la mesa del salón como si fuera mantequilla al sol madrileño.
Mi suegra lleva semanas intentando disuadirnos, casi como si repitiera un conjuro de la Mancha, para que no pidamos una hipoteca. Insiste en que nos mudemos con ellos, que así el chalet de San Sebastián de los Reyes será de mi marido, porque ningún otro hijo quedará que lo herede. Pero su madre solo tiene cuarenta y cinco años, y su padre cuarenta y siete; ambos aún bailan chotis con energía en fiestas familiares.
Mi marido y yo tenemos veinticinco años, como dos naranjas gemelas de Valencia en la misma cesta. Ambos trabajamos en oficinas de cristal por Chamartín, y entre los dos ganamos lo suficiente para pagar un alquiler en euros por un piso pequeño pero propio. No quiero que los lazos con los familiares de mi esposo se tejan con hilos tensos, rozados por el roce cotidiano.
Los padres de mi marido perseveran en la idea del hogar compartido, como si fuera la receta de la tortilla de patatas perfecta. Mis padres nos ofrecen su piso de tres habitaciones en Chamberí, y aunque sé que la casa es amplia como una promesa, no deseo invadir terrenos ajenos y sentirme extraña, espectadora invisible en una comedia de domingo. Tampoco me seduce la idea de habitar el reino de mi suegra y mi suegro, donde las persianas bailan al ritmo del viento castellano.
Al comenzar la cuarentena, la propietaria de nuestro piso en Lavapiés nos avisó, entre sueños y mensajes difusos, que necesitaba el apartamento para alojar a su sobrina y familia. El tiempo se estiró como chicle, y no hallábamos otro sitio apropiado; así terminamos bajo el techo de sus padres. Allí, la hospitalidad flotó en el aire como perfume de azahar, y aunque mi suegra nunca me tiranizaba, solía susurrarme con voz de eco que todo lo hacía al revés. Sin embargo, era amable, diferente.
Habíamos contemplado la hipoteca mucho antes, como quien mira el horizonte de Toledo al atardecer, pero entonces comprendimos que tal vez era el momento. Decidimos que, ya que la oportunidad se abría como una puerta antigua, deberíamos ahorrar lo máximo que pudiéramos. Claro que anhelé salir pitando de la casa de mis suegros, pero alquilando, los euros se escurrirían mes tras mes como agua entre los dedos, y nuestro sueño propio quedaría lejos.
Aunque mis suegros no se entrometían mucho, sus costumbres convivían con las nuestras formando una extraña coreografía, a veces surrealista, como si cenáramos en un cuadro de Miró. Mi marido y yo intentábamos adaptarnos, con la sensación persistente de caminar por terreno ajeno. Al principio no era para tanto, pero mi incomodidad se colaba en las esquinas.
Desde el primer día hubo líneas dibujadas por mi suegra, quien me desterró dulcemente de la cocina con una sonrisa torcida, explicándome que aquel lugar era su feudo, y nadie más podía usurparlo. El problema era que su amor por las especias y la cebolla hacía que los platos parecieran una fiesta permanente de sabores imposibles. Sé que a muchos les parecerá una nimiedad, pero para mí fue un obstáculo serio: cuando intenté cocinar para mí, ella se sintió herida, como si la tildara de mala anfitriona ante los espíritus de sus propios antepasados.
Cada viernes llegaba un ritual: la limpieza general, como si pasara la escoba de la siesta por cada rincón. Mi marido y yo volvíamos de trabajar tumbados de cansancio; soñábamos con la cama, pero ella se molestaba porque lo hacía todo sola. Le pregunté por qué no limpiábamos el sábado o el domingo, y me respondió, con tono casi profético, que el fin de semana era para descansar y que el polvo nunca espera.
Estas pequeñas cosas flotaban, irreales, en la atmósfera doméstica. Pero lo que me consolaba era saber que la actitud de mi suegra nunca era cruel, solo muy suya, como si estuviera en su propio universo temporal y aquello fuera solo una estación pasajera en mi vida.
Acordamos mi marido y yo que nunca mencionaríamos a nuestros padres el plan de ahorrar para comprar nuestro piso. Pagábamos la mitad de los gastos de electricidad e internet, entregábamos euros para la compra semanal, y guardábamos el resto como tesoro en una caja de zapatos vieja. Un día, hablando de coches, mi marido comentó que lo más importante no era un Seat Ibiza nuevo, sino nuestro futuro hogar.
¿Cuántos años tendréis que ahorrar? preguntó mi suegro, las gafas torcidas por el peso de la curiosidad. Mi marido le explicó que no era para comprar de golpe, sino para el pago inicial de la hipoteca.
¡Pero, si podéis quedaros aquí, ¿para qué hipotecaros? ¡La casa será vuestra! repitió la suegra, como si fuera una canción pegadiza.
Tratamos de razonar, de explicar que deseábamos independencia, un sitio donde los cuadros de Goya fueran escogidos por nosotros. Ellos lo vieron como un sinsentido, como si tirar euros al banco fuera pecado entre los molletes de desayuno. Cuando la suegra vio que sus argumentos no nos ablandaban, cambió de táctica y empezó a hablar de hijos, de familia, de la urgencia de pensar en un futuro lleno de nietos y meriendas de pan con aceite.
Día tras día repitió su discurso hasta que caló en mi marido, que empezó a susurrar en sueños que quizá su madre tenía razón. Me lo dijo con la voz envuelta en vapor de café:
¿Para qué hipotecarnos, Lucía? Mi madre lo ve bien; aquí estaremos tranquilos, sin agobios, y al final esta casa será nuestra.
Dentro de cincuenta años será nuestra contesté con algo parecido a la rabia de un toro antes de la corrida.
Mi marido comenzó a decir que sus padres ya eran mayores, aunque yo los veía saltar por el Retiro, y que podrían necesitar cuidados. Que la hipoteca sería una cadena pesada robando nuestro tiempo en el limbo de pagos mensuales, y que todo se complicaría si yo me tomaba la baja maternal.
Pero yo sigo soñando con mi hogar ya, con ser la dueña de mi propio refugio, y no esperar a que mi suegra parta flotando en un globo rojo sobre la Gran Vía antes de que el título de la casa caiga en nuestras manos…





