**Diario de un hombre**
Aquel primer día de clase en la universidad comenzó con una conferencia. Lucía se perdió entre los pasillos antes de encontrar el aula. Apenas se sentó en el primer banco cuando entró el profesor. Se presentó y explicó el plan del curso: los exámenes incluirían temas de las clases, no del libro. “Mejor asistir ahora que buscar respuestas a última hora”, advirtió.
De pronto, la puerta se abrió y entró una chica radiante. El aula estalló en risitas. El profesor se giró, severo.
—¿Vienes a clase? ¿Cómo te llamas?
—Carmen María Fernández —respondió ella sin inmutarse.
—Bueno, por esta vez paso, Carmen. Pero no vuelvas a llegar tarde. No tolero impuntuales —miró al resto—. Y eso va para todos. Lucía, la reprimenda silenciosa, hizo sitio en su banco.
—¿Qué ha dicho? ¿Nos ha asustado? —susurró Carmen, como un pájaro de colores.
—Calla, o nos echará —repuso Lucía.
En el descanso, se hicieron amigas. Carmen venía de Guadalajara, en tren cada día. Aquella mañana no calculó bien el tiempo. Lucía, de León, vivía en la residencia.
Carmen era alegre, vivaz, sin preocuparse por las notas.
—¿Qué más da un diploma con honores? Lo importante es casarse bien —decía.
—A mi madre le prometí estudiar. Ella también entró en la universidad, se enamoró, quedó embarazada… y mi padre la abandonó. Tuvo que dejarlo todo por criarme. No quiero que sufra por mí —respondió Lucía.
—Pues vivirás agobiada entre libros —replicó Carmen, riendo.
A pesar de sus diferencias, se hicieron inseparables. Lucía asistía a todas las clases y compartía apuntes. Carmen, en cambio, bailaba, salía con chicos y, cuando faltaba, Lucía la cubría. Muchos le advirtieron: “Te usa”.
—¿Y qué? La amistad rara vez es desinteresada —respondió Lucía.
En cuarto año, Carmen se enamoró y abandonó los estudios. Sin Lucía, la habrían expulsado. Poco después, Carmen quedó embarazada.
—Quería abortar, pero Sergio se enfureció. Me caso. Serás mi testigo —anunció.
Tras una boda bulliciosa, nació un niño. Carmen llegaba a los exámenes agotada; los profesores, compasivos, le aprobaban. Lucía, con matrícula, planeaba volver a León.
—¡Con ese expediente! El padre de Sergio tiene empresa. Te contratará. Tu madre entenderá —insistió Carmen.
Lucía se quedó en Madrid. Sergio habló con su padre y la contrataron. Destacó en el trabajo, pero su vida personal seguía vacía.
Las amigas hablaban por teléfono, pero se veían poco. Carmen estaba ocupada con el niño; Lucía, con el trabajo. Un día, Carmen llamó, angustiada.
—Estoy embarazada —confesó, desolada.
Lucía la consoló:
—¿Por qué no os protegisteis?
—Empecé con pastillas, pero Sergio las encontró. Es hijo único; quiere una familia grande. Ni siquiera me preguntó —se quejó Carmen—. Si los hombres parieran una vez, veríamos…
Nació otro niño. Carmen lloró.
—Ahora quiere una niña. ¿Y si es otro niño? ¿Pariré cada año? —gritó, cuando Lucía fue a visitarla.
Con dos hijos, Carmen se ahogaba. Lucía, ya casada con un amigo de Sergio, anhelaba ser madre. Pero los médicos le dieron la peor noticia: nunca tendría hijos.
Su matrimonio se rompió. Él no quiso adoptar y acabó engañándola. Lucía lo dejó ir. No había ardido de pasión por él, solo quería formar una familia.
Mientras, Carmen y Sergio se mudaron a una casa en La Moraleja. Al invitar a Lucía, Carmen mostró orgullosa su jardín. Lucía intentó no envidiar la habitación infantil, las fotos de los niños.
—Eres afortunada —murmuró, con lágrimas.
—¿Afortunada? Sergio solo me quiere para parir. Viaja constantemente. Estoy sola —Carmen suspiró—. Estoy embarazada otra vez.
Lucía se ilusionó:
—¡Es maravilloso!
—No. Abortaré cuando él viaje a Suecia.
Lucía, temblorosa, hizo una petición desesperada:
—Tenlo por mí. Yo no puedo… Llévate a León. Nadie sabrá. Yo lo criaré.
Carmen se negó, furiosa. Pero cuando Sergio apoyó el viaje (“Descansarás”), todo fue fácil.
En León, Carmen dio a luz prematuramente a una niña débil.
—¿Para qué la quieres? Puede estar enferma —dijo, indiferente.
La pequeña sobrevivió. Lucía la adoraba: su luz, su razón de vivir. Carmen regresó a Madrid, sin llamar.
**Quince años después**
Bajo una parra en León, Lucía servía té. Su marido charlaba; su hija, aburrida, jugueteaba.
Desde la valla, Carmen observaba. Finalmente, entró. Lucía, nerviosa, la presentó:
—Mi amiga de la universidad…
La chica, incómoda, se fue. Carmen no apartaba los ojos de ella.
—¿Por qué viniste? —exigió Lucía.
—Por mi hija.
—Es mía. Tú la rechazaste. Vete.
Carmen se derrumbó:
—Mi hijo mayor vive en Suecia; el menor murió en un accidente. Sergio me dejó. No tengo nada. Déjame estar cerca de ella. No le diré la verdad.
Lucía recordó sus súplicas años atrás. Lloraron juntas.
Carmen colmó a la chica —Sofía— de regalos, hablándole de Madrid.
—No quiero ir —dijo Sofía a Lucía esa noche.
Pero al final cedió. Sin embargo, el día de la partida, Sofía desapareció. La encontraron escondida en el sótano.
Carmen se marchó sola. Lucía confesó todo a su marido:
—Las dos somos su madre. Una la trajo al mundo; la otra la crió.
Carmen regresó tiempo después. Sofía terminó estudiando en Madrid, se casó y tuvo una hija, a la que Carmen adoraba. Lucía visitaba seguido.
La pequeña creció con tres abuelas. Nadie le explicó por qué. Pero los secretos, tarde o temprano, se descubren…
**Reflexión final:** La vida nos da y quita. A veces, el dolor de uno es la salvación de otro. No juzguemos. Solo el tiempo equilibra las cuentas.







