¡Menudo figurín estás hecho, Antoñito! ¡Habría que darte una buena tunda como a un chiquillo travieso, pero ya no hay quien lo haga ni edad para ello! ¡Años tienes, y cabeza ninguna!
La abuela Simona escupió junto a los pies de su vecino antes de marcharse, arrastrando la pierna mala, a su casa. Ya había dicho lo que tenía que decir; ahora, que sea la conciencia de él quien le enseñe a vivir. Si los hombres no consiguen ponerle sentido, tal vez el destino intervenga.
¿Has visto lo que pretende? ¡Dejar a su madre en una residencia! ¿Dónde se vio semejante cosa? Claudina ya está postrada, sí, pero ¿es su hijo, o un desconocido? ¡Me falta el aliento de sólo pensarlo! Si yo pudiera, ni un instante dudaría en llevarme a mi amiga conmigo. Pero así…
Me da pena Inés. Buena muchacha, generosa, pero tampoco puede con todo. Ya se quedó en el pueblo, no quiso ir a estudiar cuando enfermó su madre. Bueno, fue primero, pero regresó en cuanto se agravó la cosa. No pudo dejarlas a su madre y a la abuela. Ayudaba en lo que podía, sabiendo que ni yo, Simona, podía ya hacerme cargo de mi hija. Bastante tengo con apañarme sola. Desde que me rompí la pierna hace dos años, apenas puedo valerme. Si ya iba lenta antes, ahora peor.
Mi hija pequeña me quiso llevar con ella a la ciudad, pero tuve que negarme. ¡Imposible! El piso es diminuto, apenas caben todos. El yerno, hombre bonachón, pero sin carácter ni suerte alguna. Trabaja y trabaja, y a fin de mes, nada que hacer; y con dos niños, pues todo cuesta el doble. Y yo, Simona, de ayuda ya poca. Antes cuidaba la casa y apoyaba a mi familia; ahora, no soy más que una sombra. Inés se enfada si me oye hablar así, pero, ¿para qué negarlo? La verdad duele, la salud escasea y las fuerzas se esfumaron. Levantarme cada mañana cuesta un mundo. Abro los ojos, pienso, respiro hondo y voy reuniendo el coraje, cual brasas barridas en el recogedor. ¡Vienes, Simona, venga, arriba, levanta!
Menos mal que Inés, mi nieta, siempre ha sido ágil como una gamuza. Mientras yo consigo arrancar, ella ya lo ha hecho todo en casa, cuida de su madre y se va corriendo al trabajo. ¡Vivaz y eficaz! Siempre fue así, desde chiquitita.
A mi hija mayor, madre de Inés, la tuve tarde. Ni pensaba ya en la maternidad. Aquel primer marido nunca me perdonó no darle hijos. Se fue. Lloré, pero no mucho. Nunca me quiso, la verdad. Yo ardía de amor, él, ni un rescoldo.
De joven era yo muy guapa. Como una aurora temprana, decían. No había moza más preciosa en toda la comarca. Los chavales me rondaban desde el instituto, pero yo siempre fui recatada. Esperaba el amor verdadero, creí que llegaría el elegido. Pero el elegido no llegaba y el tiempo pasaba. Bajé la cabeza ante los reproches de mi madre:
No seas tiquismiquis, hija, que te quedarás soltera.
Pero cuando el corazón no responde…
Entonces volvió del servicio militar un muchacho del pueblo de al lado, Alejandro, que yo apenas conocía. Vivía con sus abuelos aquí, nadie supo bien por qué. Yo lo vi y me prendé perdidamente.
Lo nuestro fue rápido. En cuanto me miró, envió a sus padres a pedir mi mano. Mi madre, contenta. ¡Ya era hora!
Celebramos la boda por todo lo alto. Yo no cabía en mí de felicidad y no noté, al principio, los susurros en las mesas. Sólo entendí algo raro cuando la suegra se me acercó y me llevó de la mano hasta una señora con luto y un carrito de bebé. Sentí el corazón encogerse. Sin palabras, se entendía todo.
Alejandro luego me confesó que la exnovia le dijo que aquel hijo no era suyo, que las fechas no cuadraban, y nadie en la familia le creyó. Al final, la madre fue a casa de la ex tras mucho insistir; y sí, allí estaba el pequeño, dormido: igualito a su padre. Pero ya era tarde. Se comprometió con otra.
La muchacha se negó siempre a vivir con Alejandro. No le perdonó. Ni supo que la madre había llevado el niño a la boda del ex. A ella le dijo que iba a ver a su hermana, a enseñar al nieto.
¿Para qué? le pregunté yo, temblando junto al carrito.
Para que sepas con quién te casas, mujer respondió la otra, con la boca apretada por el dolor.
Nunca entendí qué ganaba yo sabiendo todo eso. Yo le quería a mi marido. Y lo que ocurrió antes de mí… ¿Quién es santo en esta tierra? Sí, él falló, pero, ¿no es humano? ¿No tenemos todos derecho a equivocarnos?
Nunca le prohibí ver a su hijo. Él tampoco lo buscaba. Pronto comprendí que Alejandro sólo sabía quererse a sí mismo. Lo demás era sólo el marco de su cuadro, necesario porque sí.
Nada podías reprocharle: excelente trabajador, buen proveedor, la casa rebosante… pero la felicidad, esa no apareció nunca.
Viví con él más de quince años y, sin embargo, nunca sentí su calor. Era como si no estuviera. Vacío y eco en casa.
Cuando tuve esperanza de tener hijos, confiaba en que todo cambiaría. Pero cuando me soltó, como quien no quiere la cosa, que yo no era mujer porque no podía darle un hijo, entendí que mi vida era un caminar en vano. Andar el sendero o quedarse quieta daba igual; nada iba a cambiar.
Nos separamos sin apenas que se enteraran en el pueblo. Sólo quedé yo, Simona.
Alejandro se marchó pronto, dejó la casa para mí tras pedirme perdón.
No me guardes rencor. Los dos somos responsables, pero la carga debía llevarla yo.
No le perdoné del todo, pero al menos sentí alivio. ¿Qué se le va a hacer? Belleza repartió el cielo, felicidad… parece que me faltó.
Viví dos años sola. Trabajaba, paseaba por el pueblo con la cabeza alta, ni caso a las habladurías. Ya no era como antes. ¿Que te dejó el marido? ¡Tú a saber quién deja a quién!
Pero el corazón seguía encogido. Uno quiere, al volver a casa, oír una voz, no sólo el silencio.
Con Nicolás no fue rápido. Me costó confiar. Ya no éramos jóvenes, además, era forastero. ¿Quién sabe de dónde viene cada cual? Vivía solo, poco amigo de visitas, pero siempre dispuesto a ayudar. Arregló la casa vieja que heredó y se apañó bien en el corral. No rechazaba ayudar, pero rara vez pedía ayuda.
Cumplía. Galante. No traía nada especial, pero nunca venía a casa con las manos vacías. Y siempre alguna chapucita, alguna ayuda. Decidí entonces que peor que antes no estaría. Que digan lo que quieran; una ya no está para morirse de soledad. Así, al menos, el invierno de la vida no se pasa sola.
No esperaba nada de aquel matrimonio. Sin embargo, el destino se puso lustroso, bailó un fandango y me regaló más de lo que habría soñado.
Con la primera hija, no supe ni que estaba encinta hasta casi los cinco meses. Total, yo siempre andaba irregular, y me encontraba bien. Ni vómitos ni achaques ni nada.
Fue Claudina quien lo notó.
¡Pero Simona, estás de más! exclamó al verme taparme los ojos acuñada por el sol.
¡Tú sí que dices cosas! Si yo soy estéril…
Mi abuela decía que no siempre la culpa era de la mujer. Y los médicos también opinan así, a veces es cosa de ambos. O de que el marido no era para ti. ¿Quién sabe? Deberías ir al médico a la ciudad.
Y fui. Volví distinta. Caminando por la calle, todos se volvían: iluminada como un sol, la sonrisa de quien sabe que lo bueno apenas empieza.
Una hija, luego otra. Se me fue la postura encorvada y ya nunca más bajé la cabeza. Ya era madre, ¿a qué temer?
Amé a mis hijas con locura. Siempre limpias, peinadas y con lazos, aunque como todos los niños, trepaban, chapoteaban, se bañaban en el río. Nunca un grito ni un cachete. Agua en el barreño, jabón y a lavar los calcetines. Si se rompía algo, les daba una aguja: Coser es bueno; si no sabéis, ya os enseño.
Nicolás murió cuando la menor se casó. Se fue a visitarla, y en el regreso, un accidente se lo llevó.
Me hundí entonces. Si no fuera por las hijas, me habría quitado de en medio. Pero resistí. Y poco después, la mayor me regaló a Inés, mi nieta, y la vida volvió a florecer en la casa.
Mis nietas, del pueblo y la ciudad. Las de la pequeña sólo en vacaciones; Inés, siempre cerca. Creció prácticamente como yo: guapa, fuerte, pero aún más tenaz. Si decide algo, no hay quien la detenga.
Mientras los libros eran su destino, yo me alegraba. Cuando, creciendo, se enamoró sin remedio, sufrí. Porque fue de Antonio, el vecino. Él ya mayorcito, cinco años más, con dieciséis recién cumplidos Inés. Ni suponía lo que era amar. Pero se emperró en que sí. Y Antonio, nada: la ignoraba. ¿Quién era esa? La vecina. Una cría. Él ya tenía novia, Lucía.
Lucía, hija única, vestía mejor que ninguna y se sabía grande. El padre, su debilidad; era su adoración, ¿cómo no darle todo?
Eso la hizo soberbia. Miraba a todos por encima del hombro. A Antonio, al principio ni caso, después ocurrió algo extraño.
Lucía tenía un pretendiente del pueblo vecino, otro hijo de papá. Salían de vez en cuando. Un día fueron en moto a otro pueblo, y desaparecieron por horas. Nadie supo qué pasó, pero Lucía volvió al alba, molida y con el vestido desgarrado.
Sólo Simona lo supo, pues aquella noche no dormía y regaba el huerto al amanecer. Vio a Lucía colarse al pueblo por el margen de la huerta, la mirada perdida.
No saludó, ni reparó en Simona. Siguió por los surcos, como si no hubiera nadie.
A la semana, corrió el rumor: boda urgente de Lucía. Antonio feliz, pero Claudina no.
Simona, esto no promete. ¿Cómo le digo yo nada al hijo? No escuchará razones. Yo qué sé… Si Lucía va deprisa es por algo, y lo de Antonio Ay, qué pena me da. No duerme de la pena.
Simona escuchaba en silencio, sin confesar que lo había visto todo. Bastante drama tenía en casa. Inés estaba rota. Lloraba a solas, pegada a la ventana que daba al patio de los vecinos, ya en preparativos de boda. Otras veces, callada contra la pared, como si se le hubiera muerto un ser querido.
Nada conseguía animarla, ni su abuela ni su madre. El padre ya hacía años les faltaba. ¿Qué esperaba Inés? Nadie lo sabía.
Aguantó hasta el mismo día de la boda, donde asombró a todos sin lágrimas. Se fue sin apenas saludar. La madre lo advirtió rápido y corrió tras ella, temerosa de cualquier locura.
Pero Inés le sorprendió aún más; recogió la maleta, abrazó a madre y abuela, y partió para la ciudad. Ellas lloraron, rezaron y esperaron.
El tiempo todo lo cura… quizá. A Inés no le dio oportunidad. Apenas asentada en la ciudad, su madre cayó enferma y quedó hospitalizada sin poder volver a casa. Nueva mudanza: otra vez la maleta a cuestas, regreso al pueblo. Simona, sola y débil, no podía cuidar de la enferma postrada.
Lo único que temía Inés era cruzarse a diario con Antonio y su mujer. Pero la suerte le sonrió: ellos se marcharon del pueblo tras la boda.
Inés deshizo su maleta, puso la casa en orden, cuidó de la madre y buscó trabajo en la cooperativa. Sin estudios, en el campo o la vaquería era lo único que había.
Eso sí, Inés nunca fue señoritinga ni le asustó el trabajo. Siempre amó a los animales y, sabiéndose el sueldo escaso, montó un pequeño corral propio. ¿Qué remedio?
Así vivieron, echando una mano a Claudina, que enloqueció tras la muerte de su marido. El hijo lejos, apenas enviaba cartas o algo de dinero, nunca detalles. Claudina padecía no saber de los suyos. Sabía que Lucía había dado dos hijos, un niño y una niña. Ni los conocía. Lucía nunca volvió y Antonio, de camionero por Europa, apenas paraba en casa. Claudina leía en las entrelíneas que el hijo sufría, aunque nunca lo decía de worda directa. Madre sabe sin palabras cuándo un hijo está mal.
La pena o lo que fuera, pero un día Claudina cayó enferma. Inés la llevó al hospital, la visitaba diariamente, luego lloraba en el regreso, porque el pronóstico era malo.
Simona escribió a Antonio enseguida, pero él no apareció; ni carta, ni llamada. Escribió otra más y le dijo a Inés:
Reniega ya de la madre, ese hijo. Mira que llamarle figurín de crío… Y yo que le tenía por hombre de bien.
Abuela, espera. No juzgues sin saber seguro. Y ni aun así; cada alma lleva su propio juicio. No amargues la tuya.
No sé, hija. Me cuesta pensar que Antonio actúe así. Era cariñoso con Claudiña, la adoraba ¿Dónde fue a parar eso?
¿Por qué le dices figurín?
¡Ah, es de cuando era chaval! Todos coleccionaban envoltorios de caramelos entonces, y era casi oro puro. ¡Qué tiempos! En casa sólo había caramelos baratos para las fiestas, y los buenos, nunca. Así que los envoltorios se valoraban como tesoros.
En aquellos días, Claudina tenía dos gallinas preciosas, blancas como la nieve, con plumaje lucido y una cresta de reina. Su marido las había conseguido por un favor, y ella las adoraba. Pero al mejor amigo de Antonio se le ocurrió traer su perro, un diablillo cazador comprado expresamente en la ciudad. Por poco no se les armó la de San Quintín: el perro mató las gallinas. Claudina se encerró a llorar días, sin voz.
¿Y sabes lo que hizo Antonio?
¿Qué?
Entregó todos sus envoltorios a su otro amigo, el que tenía un padre que iba a Madrid a menudo. Le pidió que lo llevara con ellos un día, rompió su hucha para comprar una pollita igual y se la trajo a su madre.
¡Bravo por él!
¿Verdad? Claudina no era feliz por la gallina, sino porque el hijo mostró ser un hombre de provecho. ¿Y ahora dónde ha ido todo eso en las personas, Inés?
Simona se desesperaba, pero el asombro se la llevó cuando, una semana después del regreso de Claudina del hospital, apareció Antonio.
Inés ya se las apañaba, cuidando de ambas postradas. Primero su madre y luego Claudina. Simona renegaba de verla cansada, pero ¿cómo iba a dejar a nadie tirado, y menos a la madre de Antonio?
Un día, fregando el suelo en la casa de Claudina, se abrió la puerta y un niño pequeño cruzó dejando huellas de barro, miró a Inés y preguntó:
¿Tú eres mi madre?
La simpleza y verdad de la pregunta la desarmó. Antonio, entrando con una niña de la mano, se excusó:
Perdona que haya tardado, Inés. Mi hijo estuvo ingresado, no podía dejarle solo, y con Milagros tampoco tenía dónde dejarla.
¿Y Lucía? se le escapó a Inés la pregunta, y al momento se avergonzó.
Lucía ya no está. Nos dejó, se marchó con otro. Ahora estoy solo.
¿Solo? ¿Y los niños? Inés, de pronto, no sintió vergüenza delante de aquel hombre fornido que sujetaba a una niña igualita a él.
Tienes razón, no estoy solo. A veces me pierdo, Inés. ¿Claudina duerme? preguntó, quitando los botines a la niña.
Duerme, está agotada. Los médicos dicen que mejor esté descansando. Siempre fue activa tu madre, no podía estar quieta.
¡Ya tengo las costillas marcadas! interrumpió Claudina; Inés, dándose prisa, terminó de limpiar, puso una cazuela de sopa y leche fresca, y salió corriendo, olvidando despedirse de Antonio. Ya no podía más.
Creía Inés que el dolor se había curado con el tiempo, pero no El miedo la invadió. Ni él era ya ese joven de antes, ni ella la muchachita que se ponía colorada. Los dos habían cambiado, ¿más sabios? Al menos, otros.
Al día siguiente, Claudina pidió a Simona que la llevaran a una residencia, alegando que no quería ser carga para su hijo. Simona se enfadó tanto que salió hasta la puerta, llamó a Antonio, le escupió a los pies y se fue. Ni hablar con él quería.
Más tarde, Inés salió corriendo, en bata y zapatillas, al patio vecino:
¡Antonio! ¿Dónde estás? Entró de golpe, despeinada y hermosa como la primavera. ¿Qué inventas? ¡No dejaré que lleves a tía Claudiña! Nosotros apañamos, por una más, qué importa. ¡Só ni se te ocurra! y se paró al ver a Claudina reír sonriente y a Antonio mirarla como si la viera por primera vez.
No la iba a dejar, Inés. Era ella la que lo proponía. Pero yo de aquí no me muevo explicó Antonio.
¿Entonces por qué tienes la maleta hecha?
Tengo que ir a la ciudad, resolver el trabajo, recoger mis cosas. Tardaré un poco, pero los niños quedan aquí. Ya hablé con el médico para que vigile a mamá.
Inés se plantó frente a Antonio, lo miró y sentenció:
¡Nada de mover a los niños! Se quedan aquí, yo los cuidaré. Y te espero a tu regreso, ¿has entendido?
Entendido Antonio la miró con asombro renovado. ¿Cómo no te vi antes, Inés?
Mejor ponte gafas en Madrid. ¡No sea que no veas lo importante! Inés tomó la niña en brazos. Vamos donde la abuela Simona, ¡que está haciendo rosquillas! ¿Os gustan? ¡Perfecto!
Pasaron los años, y allá veías a Antonio llevando en volandas a Claudina y a Simona al porche, colocándolas en modernos butacones traídos de la capital.
A ver, madres, despacito. Mirad qué sillones os he traído: podéis descansar aquí al sol todo el día.
Antonio acomodaba a Claudina, oído atento:
¡Ya se han despertado los pequeños, y aún no llega Inés! Voy a ver qué quieren.
¿Viene hoy Inés?
Hoy termina su último examen; dice que va entre las cinco primeras, así que no tardará.
El coche frena en la puerta, los chiquillos saltan del cerezo gritándole a la abuela que están llenando cubos de guindas para la mermelada.
¡Mamá, mamá ha vuelto!
Inés, ya otra mujer, abre los brazos y recoge a su ruidosa prole, y guiña compinche a su marido:
¡Cinco!
¡No esperaba menos! Antonio asiente, entrando en casa.
Los mellizos son buenos, responsables, de madre salen, pero impacientes, como el padre.
¡Ay! Estos figurines modernosPero es Simona quien sonríe con más orgullo, hundida en su butacón, el sol dorándole la frente y la brisa del pueblo llevándole el murmullo de voces queridas. Un relámpago fugitivo de su juventud parpadea en sus ojos; respira hondo, siente el aroma de la tierra, de las mermeladas y del porvenir bien plantado en la mesa de la vida.
Cuando cae la tarde y todos se reúnen en el porche las abuelas, Inés, Antonio y la tropa de niños, ella levanta la voz cascada para que la escuchen bien:
Mirad bien a vuestro alrededor, hijos y nietos, porque esta casa, este patio y esta unión nadie os la quitará. Que nunca olvidéis que un corazón solo envejece de pena, pero, rodeado de brazos, nunca es tarde para florecer.
Las risas saltan, y las palabras caen como lluvia fresca sobre las cicatrices y las penas antiguas. Antonio le pasa la guitarra a Inés, que entona una copla de las de antes; los niños la secundan, desentonando felices, Simona palmea con las manos temblorosas pero firmes, y Claudina marca el compás sobre el bastón.
Mientras el crepúsculo pinta de oro viejo los tejados, todos saben hasta los pequeños, aunque no puedan decirlo que hay instantes que forjan familias más fuertes que la sangre: instantes en que el calor no lo trae el verano, sino la certeza de haber resistido juntos.
Y así, entre anécdotas y canciones, mermelada recién hecha y abrazos apretados, el pueblo duerme tranquilo, con el rumor dulce de una familia que ha aprendido, a golpe de pérdida y ternura, que el destino sólo se vence cuando el amor se queda.






