Papá Siempre Será el Mejor — Max, tenemos que hablar. Olga arreglaba nerviosamente el mantel sobre la mesa, alisando pliegues invisibles. Sus dedos la traicionaban, revelando la inquietud que intentaba ocultar tras un tono calmado. Maximiliano estaba sentado frente a ella, absorto en su móvil, sus pulgares danzando por la pantalla con una exagerada concentración. La indiferencia fingida: su arma favorita. — Hijo… Quiero explicarte algo importante. Nada. Sólo los clics del teléfono. Olga inhaló hondo, reuniendo el valor para decir las palabras que llevaba una semana aplazando. — Cuando tu padre y yo nos divorciamos… Pasó medio año antes de presentarte a Sergio. No tuve prisa, ¿entiendes? Quería estar segura de que era algo serio. Los dedos de Max se detuvieron sobre la pantalla. El adolescente alzó la cabeza lentamente y en sus ojos centelleó una indignación que hizo a Olga retroceder sin querer. — ¿En serio? —masculló con rabia—. ¿De verdad crees que con ese tío, un completo extraño, tienes algo serio? ¡No le llega ni a la suela de los zapatos a papá! ¡Papá es mejor que nadie! La memoria de aquel primer encuentro volvió a Max con dolorosa nitidez. El desconocido alto en el umbral de la casa, la sonrisa nerviosa de su madre, el olor a colonia de otro hombre en el recibidor. Un invasor ocupando el sagrado lugar de su padre. — No es un extraño —respondió Olga suavemente—. Es mi marido. — ¡Tu marido! —arrojó el móvil contra la mesa—. A mí no me es nada. Mi padre es papá. Y ese… No terminó, pero el desprecio en su voz lo decía todo. Sergio de verdad lo intentaba. Dios, cuánto lo intentaba. Por las tardes desaparecía en el trastero, agachado sobre la bici torcida de Max. Manos manchadas de grasa, frente sudada y una sonrisa obstinada en los labios, decidido a ganarse su confianza cueste lo que cueste. — Mira, he arreglado el cuadro —decía mientras limpiaba las manos—. Mañana puedes dar una vuelta. Silencio por respuesta. Un silencio helado, cortante. Por las noches se sentaba con él a la mesa del escritorio, explicando ecuaciones con palabras simples. — Mira, si pasas la equis aquí… — Ya he entendido —interrumpía Max, aunque era obvio que no entendía. Lo importante era quitárselo de encima. Cada mañana la cocina se llenaba del olor a crepes con miel: el manjar preferido del adolescente. Sergio los apilaba con cuidado en un plato y los dejaba frente a Max. — Papá los hacía más finos —replicaba el niño, tocando la comida distraídamente—. Y la miel era distinta. La auténtica. Esta no sabe igual. Cada gesto de cariño chocaba contra el muro del desprecio. Max parecía coleccionar motivos para burlas, comparando cada detalle. — Papá nunca me gritaba. — Papá siempre sabía lo que quería. — Papá lo hacía todo bien. La boda de Olga y Sergio dinamitó la frágil tregua. Max vivió el registro en el libro de familia como una traición definitiva. La casa se volvió un campo de minas. Cada mañana empezaba con silencio tenso; cada noche, con portazos. Sin querer, Max se convirtió en un agente secreto. Apuntaba cada fallo del padrastro como un detective minucioso. Una bronca en la mesa —anotada. Un suspiro de frustración con los deberes —memorizada. El “no ahora” cansado después del trabajo —sumado a la lista de agravios. — Papá, volvió a gritarme —susurraba Max por teléfono, encerrado en su cuarto. — De verdad? —Andrés, al otro lado, chasqueaba la lengua fingiendo compasión—. Pobrecito mi niño. ¿Recuerdas cuando íbamos al Retiro? Todos los sábados, ¿eh? — Claro… — Eso sí era familia. No como ahora. Andrés aderezaba las historias del hijo, transformando los roces de la vida cotidiana en grandes dramas. Pintaba el pasado como un paraíso donde el sol brillaba más, la hierba era más verde y papá nunca se equivocaba. Sergio se sentía un invitado indeseado en su propio hogar. Cada mirada de Max gritaba: sobras aquí. Ocupas un sitio ajeno. Nunca serás de la familia. El cansancio se acumulaba, capa tras capa, apesadumbrado. Todo estalló una noche cualquiera, durante la cena. — ¡No tienes derecho a educarme! —estalló Max cuando Sergio le pidió apartar el móvil de la mesa—. ¡Tú no me eres nada! ¿Lo entiendes? ¡Nadie! Olga se quedó petrificada con el tenedor en la mano. Algo dentro de ella se rompió, se quebró. Su hijo miraba a su marido con tal odio que el aire se volvió espeso. — Mi papá es mejor que tú en todo. Y tú… tú simplemente… Papá dice que todo lo arruinas. ¡Con él estaría mejor! — Basta —dijo Olga con calma—. Suficiente. A la mañana siguiente marcó el número de su ex. Los dedos le temblaban, pero la decisión era firme. — Andrés —comenzó con voz serena—, si de verdad crees que eres mejor padre, llévate a Max. Para siempre. No me opongo, incluso estoy dispuesta a pasar la pensión. El silencio fue eterno. — Bueno… verás… ahora… —balbuceó Andrés—. El trabajo, los viajes… Yo quisiera, claro, pero… Andrés se trababa al otro lado. Susurraba papeles, tosía. — Bueno, ya sabes, Olguita… Ahora la cosa está difícil. El piso es pequeño, estoy reformando. Y el trabajo —ya sabes, horarios raros. Olga guardó silencio, dejándolo enredarse en sus excusas. — Además, Natasha… mi novia… No está preparada para tener un niño en casa. Acabamos de mudarnos juntos, estamos acostumbrándonos… Lamentables excusas del hombre que ponía al niño en contra de su nueva familia. Que llamaba en las noches con palabras venenosas, atizaba el fuego de la discordia. Ahora: piso pequeño, reformas, Natasha no quiere niños. — Vale, Andrés —respondió Olga serena—. Gracias por tu sinceridad. Colgó sin esperar respuesta. Aquella noche llamó a Max al salón. El adolescente se sentó en el sillón con el habitual gesto desafiante, pero algo en la mirada de su madre lo desarmó. — Hoy he hablado con tu padre. Max se tensó, se inclinó hacia delante. — ¿Y qué ha dicho? Olga se sentó frente a él. — No está dispuesto a llevarte. Ni ahora, ni después. Tiene una vida nueva, una mujer nueva y tú no tienes sitio allí. — ¡Mentira! ¡Todo mentira! —saltó Max—. ¡Mi padre me quiere! ¡Él mismo me lo ha dicho…! — Decir es fácil. —Olga hablaba tranquila, severa—. Pero cuando le propuse que te llevara, fue cuando recordó la reforma y el piso. Max abrió la boca, pero no supo qué responder. — Ahora escucha bien. —Olga se inclinó hacia él—. Se acabaron las comparaciones. Ni más informes para papá, ni insolencias con Sergio. O somos familia. Los tres. O te vas con un padre que no te quiere. Ya me las arreglaré, pero haré que te lleve. Y verás por ti mismo cómo es de verdad tu padre. Max se quedó inmóvil; sólo sus pupilas dilatadas demostraban que había escuchado cada palabra. — Mamá… — No es broma. —Olga le miraba seria, sin sonrisa—. Te quiero más que a mi vida. Pero no voy a dejar que destruyas mi matrimonio. Te has portado fatal. Aguanté demasiado, pero esto se acabó. Tienes que elegir. Max se quedó paralizado. El mundo, que parecía tan sencillo —papá bueno frente al padrastro malvado—, se resquebrajó en pedazos. El padre no quería llevárselo. Eligió a Natasha y a su reforma. El padre simplemente… lo usó para fastidiar a su madre. La dolorosa realidad fue calando poco a poco. Esas llamadas nocturnas, ese fingido cariño, los “¿y qué más hizo?” —no eran amor. Eran armas. Andrés acumulaba munición para su pequeña venganza, y Max era quien la suministraba sumisamente. El chico tragó saliva. ¿Y Sergio? Ese Sergio al que había despreciado durante meses. Que arreglaba la bici mientras Max pasaba mostrando su indiferencia. Que madrugaba cada día para preparar los crepes. Que no se rendía, nunca se alejó, nunca dejó de intentarlo. …Los cambios costaron. Las primeras semanas Max se encerró en su cuarto, evitando cruzarse con Sergio. Le avergonzaba reconocer cuánto se había comportado como un crío. Cada vez que veía a su padrastro recordaba “tú no eres nada para mí” y deseaba desaparecer. Todos andaban de puntillas. Hablaban con cuidado, con circunloquios. La casa parecía una planta de cuidados intensivos, con la familia entre la vida y la muerte. El primer paso fue un problema de física. Max estuvo dos horas delante, masticando el lápiz y al fin se rindió. — Sergio… —el nombre le costó, se atascó en la lengua—. ¿Me ayudas? Los vectores me salen fatal. El padrastro levantó la cabeza del portátil. Sin sorpresa, sin orgullo; solo calma y aceptación. — Vamos a verlo. Un mes después salieron juntos a pescar. Sentados en la orilla, mirando los corchos en silencio, Max empezó a contarle: del colegio, de los amigos, de esa chica de la clase de al lado que le gustaba. Sin reproches. Sin comparaciones. Una charla de verdad. Sergio escuchaba, asentía, a veces aportaba algo. Y Max comprendió: ahí estaba la auténtica familia. No en grandes discursos, ni recuerdos idealizados. En los desayunos madrugadores. En la paciencia. En la voluntad de estar cerca, incluso contra todo. El niño tomó su decisión. La correcta…

Marcos, tenemos que hablar.

Isabel alisaba nerviosa el mantel sobre la mesa, como si intentara borrar unas arrugas que solo ella veía. Las manos le temblaban, traicionando el nerviosismo que su tono calmado no conseguía ocultar. Yo, sentado enfrente, veía a mi hijo Marcos absorto en su móvil, los pulgares danzando sobre la pantalla con un dramatismo exagerado. La indiferencia fingida, su defensa favorita.

Hijo… Quiero explicarte algo importante.

Ni caso. Solo los clics secos del aparato.

Isabel inspiró hondo, buscando el valor para decir lo que llevaba semanas postergando.

Cuando tu padre y yo nos separamos… esperé medio año antes de presentarte a Javier. No quise precipitarme, ¿lo entiendes? Quería asegurarme de que era algo serio.

Los dedos de Marcos se quedaron rígidos. Levantó la mirada despacio, y vi en sus ojos un fuego de indignación tal que su madre se retiró instintivamente.

¿Serio? masculló. ¿De verdad crees que con ese tío te va bien? ¡Él no le llega ni a los talones a papá! ¡Papá es mucho mejor que todos!

A Marcos le volvieron los recuerdos de aquel primer encuentro, dolorosamente claros: un extraño alto en el umbral de casa, la sonrisa forzada de mamá, el olor a colonia ajena en el recibidor. Un invasor ocupando el lugar sagrado del padre.

No es un extraño replicó Isabel, suave. Es mi marido.
¡El tuyo! Marcos arrojó el móvil sobre la mesa. Para mí no es nadie. Mi padre es papá. Ese tipo…

No acabó la frase, pero su desprecio habló por sí mismo.

Javier lo intentó, vaya si lo intentó. Pasaba horas en el trastero arreglando la bicicleta vieja de Marcos, con las manos manchadas de grasa y la frente sudada, pero siempre esa sonrisa obstinada de quien no se rinde nunca.

Mira, he enderezado el cuadro me decía, limpiándose las manos con un trapo. Mañana puedes salir a rodar.

Marcos respondía con un silencio glacial, y cada tarde Javier se sentaba a su lado a explicarle ecuaciones, tratando de hacerlo sencillo.

Si mueves la x hacia aquí…
Ya lo pillo interrumpía Marcos, aunque estaba claro que no entendía nada. Quería quitárselo de encima.

En casa, cada mañana olía a tortitas recién hechas con miel, el postre favorito de Marcos. Javier las apilaba con mimo en un plato y las dejaba delante de su hijastro.

Papá las hacía más finas soltaba Marcos tras probar apenas un bocado. Y usaba otra miel. Miel de verdad. Esta no sabe bien.

Toda muestra de cariño se estrellaba contra ese muro de indiferencia helada. Parecía que el chico recolectaba motivos para la pulla, buscando siempre la comparación.

Papá nunca levantaba la voz.
Papá siempre sabía lo que me gustaba.
Papá lo hacía todo bien.

La boda de Isabel y Javier dinamitó la frágil tregua. Para Marcos, el matrimonio fue la traición definitiva. La casa se llenó de minas. Las mañanas eran tensas; las noches, un cerrar de puertas furioso.

Sin darse cuenta, Marcos se hizo agente secreto. Apuntaba cada error de Javier con meticulosidad policial. Un reproche en la cenaapuntado. Un suspiro de hastío por los deberesmemorizado. Un no ahora después del trabajoañadido al arsenal de agravios.

Papá, él me ha gritado otra vez susurraba Marcos al móvil, encerrado en su cuarto.
¿En serio? Rubén (su padre) al otro lado, chasqueaba la lengua con fingida compasión. Pobre hijo mío. ¿Te acuerdas cuando íbamos juntos al Retiro? Casi todos los domingos, ¿eh?
Sí, me acuerdo…
Eso sí que era una familia. No como ahora.

Rubén pintaba el pasado perfecto: el sol más brillante, la hierba más verde, y él, el papá infalible. Convertía cualquier conflicto en dramas épicos para hacerle sombra a Javier.

Javier empezó a sentirse como un extraño en su propia casa. Cada mirada de Marcos parecía gritarle: no eres de aquí, nunca serás parte de los nuestros.

El cansancio se acumulaba y el ambiente se volvía irrespirable.

Todo explotó una noche, durante la cena.

¡No tienes derecho a educarme! saltó Marcos cuando Javier le pidió que dejara el móvil. ¡No eres nadie para mí! ¿Entiendes? ¡Nadie!

Isabel se quedó con el tenedor en el aire. Algo se rompió en ella. El chico miraba a Javier con tal odio que el aire se volvió denso.

Mi padre es mejor que tú en todo. Y tú… simplemente… Papá dice que lo estropeas todo. ¡Con él estaría mejor!
Basta dijo Isabel, y su voz fue un susurro definitivo. Demasiado.

Al día siguiente, Isabel llamó a Rubén. Temblaba, pero la determinación la sostenía.

Rubén empezó ella, firme, si crees que eres mejor padre, llévate a Marcos contigo. Para siempre. No tengo problema ninguno. Incluso te pagaré la pensión.

Silencio largo al otro lado.

Bueno… verás… ahora no es buen momento balbuceó Rubén. El trabajo, los viajes… Me gustaría, pero…

Se escucharon papeles, una tos.

Mira, Isa… Es que ahora tengo una situación complicada. El piso es muy pequeño, estoy haciendo reformas. Ya sabes que mi horario es imposible.

Isabel guardó silencio, dejándolo ahogarse en sus excusas.

Además, Lucía bueno, mi novia todavía no está preparada para tener críos en casa. Acabamos de mudarnos juntos, estamos aún adaptándonos

Pobre hombre, ese que atizaba a su propio hijo contra la nueva familia de Isabel. El que llamaba por las noches, susurraba veneno, avivaba cada chispa de descontento. Y ahora… el piso de un dormitorio. La reforma. Lucía no lo acepta.

Lo entiendo, Rubén contestó Isabel, fría. Gracias por tu sinceridad.

Colgó sin esperar respuesta.

Aquella noche, Isabel llamó a Marcos al salón. El chico entró con su aire desafiante, pero algo en la mirada de su madre le quitó las ganas de pelear.

Hoy he hablado con tu padre.

Marcos se tensó, se inclinó hacia adelante.

¿Y qué ha dicho?

Isabel se sentó frente a él.

No está dispuesto a que vivas con él. Ni ahora ni nunca. Tiene otra vida y otra mujer, y no hay sitio para ti ahí.
¡Mentira! ¡Mientes! saltó Marcos. Papá sí me quiere. Me lo ha dicho él…
Decirlo es fácil Isabel habló baja y firme. Cuando le propuse que te llevara, recordó la reforma y el piso pequeño.

Marcos abrió la boca, pero no pudo responder.

Ahora me vas a escuchar. Isabel se inclinó hacia él. Se acabaron las comparaciones. Se acabó reportar a tu padre y ser grosero con Javier. O somos familia, los tres, o te vas con tu padre quien, por mucho que no quiera, haré que te lleve. Así verás quién es en realidad tu padre.

Marcos permaneció sentado, inmóvil, con los ojos muy abiertos. Por primera vez escuchó sin interrumpir.

Mamá…
No bromeo Isabel sostuvo la mirada. Te quiero más que a nada. Pero no voy a dejar que destruyas mi matrimonio. Tu comportamiento ha sido terrible, y ya he aguantado demasiado. Ahora decides tú.

Marcos se quedó quieto. El mundo que tanto creía entenderpapá bueno, padrastro malode repente se desmoronaba. El padre había elegido a Lucía y las obras. El padre solo le usaba para herir a su madre.

El doloroso descubrimiento fue lento. Esas llamadas, ese fingido interés en sus problemas No era preocupación. Era munición. Rubén almacenaba rencores, y Marcos, sin saberlo, le ayudaba.

El chico tragó saliva.

¿Y Javier? El Javier al que había martirizado durante meses. Él que arreglaba la bici cuando Marcos ni se asomaba al trastero, que madrugaba para hacerle tortitas, que nunca se rendía ni se iba, ni se daba por vencido.

Las cosas cambiaron despacio. Las primeras semanas Marcos apenas salía de su cuarto, evitaba mirar a Javier. Demasiada vergüenza para admitir que se había comportado como un crío. Cada vez que veía al padrastro, le pesaban las palabras no eres nada para mí y querría desaparecer.

Todos en casa andaban con cuidado, hablando sólo lo imprescindible. El ambiente era el de una UCI, entre la vida y la muerte.

El primer paso llegó con un ejercicio de física. Marcos se atascó con los vectores y, tras mucho dudar, lo pidió.

Javier cuesta pronunciarlo. ¿Me ayudas? Esto de los vectores no lo pillo nada.

El padrastro levantó la mirada del portátil. No hubo sorpresa ni reproche, solo asentimiento.

Vamos a verlo juntos.

Un mes después, fueron juntos a pescar en un pantano cerca de Segovia. Sentados en la orilla, miraban los flotadores, y entonces Marcos empezó a hablar del cole, de los amigos, de Laura, esa chica de 3ºC que le gustaba. Habló sin reproches, sin comparar. Solo hablar.

Javier escuchaba, asentía, y a veces añadía algo. Marcos entendió por fin: eso era familia de verdad. No los discursos rimbombantes, ni los recuerdos edulcorados de papá. Sino desayunos tranquilos. La paciencia. El estar ahí cuando nadie más lo hace.

El chico tomó su decisión. La correcta.

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MagistrUm
Papá Siempre Será el Mejor — Max, tenemos que hablar. Olga arreglaba nerviosamente el mantel sobre la mesa, alisando pliegues invisibles. Sus dedos la traicionaban, revelando la inquietud que intentaba ocultar tras un tono calmado. Maximiliano estaba sentado frente a ella, absorto en su móvil, sus pulgares danzando por la pantalla con una exagerada concentración. La indiferencia fingida: su arma favorita. — Hijo… Quiero explicarte algo importante. Nada. Sólo los clics del teléfono. Olga inhaló hondo, reuniendo el valor para decir las palabras que llevaba una semana aplazando. — Cuando tu padre y yo nos divorciamos… Pasó medio año antes de presentarte a Sergio. No tuve prisa, ¿entiendes? Quería estar segura de que era algo serio. Los dedos de Max se detuvieron sobre la pantalla. El adolescente alzó la cabeza lentamente y en sus ojos centelleó una indignación que hizo a Olga retroceder sin querer. — ¿En serio? —masculló con rabia—. ¿De verdad crees que con ese tío, un completo extraño, tienes algo serio? ¡No le llega ni a la suela de los zapatos a papá! ¡Papá es mejor que nadie! La memoria de aquel primer encuentro volvió a Max con dolorosa nitidez. El desconocido alto en el umbral de la casa, la sonrisa nerviosa de su madre, el olor a colonia de otro hombre en el recibidor. Un invasor ocupando el sagrado lugar de su padre. — No es un extraño —respondió Olga suavemente—. Es mi marido. — ¡Tu marido! —arrojó el móvil contra la mesa—. A mí no me es nada. Mi padre es papá. Y ese… No terminó, pero el desprecio en su voz lo decía todo. Sergio de verdad lo intentaba. Dios, cuánto lo intentaba. Por las tardes desaparecía en el trastero, agachado sobre la bici torcida de Max. Manos manchadas de grasa, frente sudada y una sonrisa obstinada en los labios, decidido a ganarse su confianza cueste lo que cueste. — Mira, he arreglado el cuadro —decía mientras limpiaba las manos—. Mañana puedes dar una vuelta. Silencio por respuesta. Un silencio helado, cortante. Por las noches se sentaba con él a la mesa del escritorio, explicando ecuaciones con palabras simples. — Mira, si pasas la equis aquí… — Ya he entendido —interrumpía Max, aunque era obvio que no entendía. Lo importante era quitárselo de encima. Cada mañana la cocina se llenaba del olor a crepes con miel: el manjar preferido del adolescente. Sergio los apilaba con cuidado en un plato y los dejaba frente a Max. — Papá los hacía más finos —replicaba el niño, tocando la comida distraídamente—. Y la miel era distinta. La auténtica. Esta no sabe igual. Cada gesto de cariño chocaba contra el muro del desprecio. Max parecía coleccionar motivos para burlas, comparando cada detalle. — Papá nunca me gritaba. — Papá siempre sabía lo que quería. — Papá lo hacía todo bien. La boda de Olga y Sergio dinamitó la frágil tregua. Max vivió el registro en el libro de familia como una traición definitiva. La casa se volvió un campo de minas. Cada mañana empezaba con silencio tenso; cada noche, con portazos. Sin querer, Max se convirtió en un agente secreto. Apuntaba cada fallo del padrastro como un detective minucioso. Una bronca en la mesa —anotada. Un suspiro de frustración con los deberes —memorizada. El “no ahora” cansado después del trabajo —sumado a la lista de agravios. — Papá, volvió a gritarme —susurraba Max por teléfono, encerrado en su cuarto. — De verdad? —Andrés, al otro lado, chasqueaba la lengua fingiendo compasión—. Pobrecito mi niño. ¿Recuerdas cuando íbamos al Retiro? Todos los sábados, ¿eh? — Claro… — Eso sí era familia. No como ahora. Andrés aderezaba las historias del hijo, transformando los roces de la vida cotidiana en grandes dramas. Pintaba el pasado como un paraíso donde el sol brillaba más, la hierba era más verde y papá nunca se equivocaba. Sergio se sentía un invitado indeseado en su propio hogar. Cada mirada de Max gritaba: sobras aquí. Ocupas un sitio ajeno. Nunca serás de la familia. El cansancio se acumulaba, capa tras capa, apesadumbrado. Todo estalló una noche cualquiera, durante la cena. — ¡No tienes derecho a educarme! —estalló Max cuando Sergio le pidió apartar el móvil de la mesa—. ¡Tú no me eres nada! ¿Lo entiendes? ¡Nadie! Olga se quedó petrificada con el tenedor en la mano. Algo dentro de ella se rompió, se quebró. Su hijo miraba a su marido con tal odio que el aire se volvió espeso. — Mi papá es mejor que tú en todo. Y tú… tú simplemente… Papá dice que todo lo arruinas. ¡Con él estaría mejor! — Basta —dijo Olga con calma—. Suficiente. A la mañana siguiente marcó el número de su ex. Los dedos le temblaban, pero la decisión era firme. — Andrés —comenzó con voz serena—, si de verdad crees que eres mejor padre, llévate a Max. Para siempre. No me opongo, incluso estoy dispuesta a pasar la pensión. El silencio fue eterno. — Bueno… verás… ahora… —balbuceó Andrés—. El trabajo, los viajes… Yo quisiera, claro, pero… Andrés se trababa al otro lado. Susurraba papeles, tosía. — Bueno, ya sabes, Olguita… Ahora la cosa está difícil. El piso es pequeño, estoy reformando. Y el trabajo —ya sabes, horarios raros. Olga guardó silencio, dejándolo enredarse en sus excusas. — Además, Natasha… mi novia… No está preparada para tener un niño en casa. Acabamos de mudarnos juntos, estamos acostumbrándonos… Lamentables excusas del hombre que ponía al niño en contra de su nueva familia. Que llamaba en las noches con palabras venenosas, atizaba el fuego de la discordia. Ahora: piso pequeño, reformas, Natasha no quiere niños. — Vale, Andrés —respondió Olga serena—. Gracias por tu sinceridad. Colgó sin esperar respuesta. Aquella noche llamó a Max al salón. El adolescente se sentó en el sillón con el habitual gesto desafiante, pero algo en la mirada de su madre lo desarmó. — Hoy he hablado con tu padre. Max se tensó, se inclinó hacia delante. — ¿Y qué ha dicho? Olga se sentó frente a él. — No está dispuesto a llevarte. Ni ahora, ni después. Tiene una vida nueva, una mujer nueva y tú no tienes sitio allí. — ¡Mentira! ¡Todo mentira! —saltó Max—. ¡Mi padre me quiere! ¡Él mismo me lo ha dicho…! — Decir es fácil. —Olga hablaba tranquila, severa—. Pero cuando le propuse que te llevara, fue cuando recordó la reforma y el piso. Max abrió la boca, pero no supo qué responder. — Ahora escucha bien. —Olga se inclinó hacia él—. Se acabaron las comparaciones. Ni más informes para papá, ni insolencias con Sergio. O somos familia. Los tres. O te vas con un padre que no te quiere. Ya me las arreglaré, pero haré que te lleve. Y verás por ti mismo cómo es de verdad tu padre. Max se quedó inmóvil; sólo sus pupilas dilatadas demostraban que había escuchado cada palabra. — Mamá… — No es broma. —Olga le miraba seria, sin sonrisa—. Te quiero más que a mi vida. Pero no voy a dejar que destruyas mi matrimonio. Te has portado fatal. Aguanté demasiado, pero esto se acabó. Tienes que elegir. Max se quedó paralizado. El mundo, que parecía tan sencillo —papá bueno frente al padrastro malvado—, se resquebrajó en pedazos. El padre no quería llevárselo. Eligió a Natasha y a su reforma. El padre simplemente… lo usó para fastidiar a su madre. La dolorosa realidad fue calando poco a poco. Esas llamadas nocturnas, ese fingido cariño, los “¿y qué más hizo?” —no eran amor. Eran armas. Andrés acumulaba munición para su pequeña venganza, y Max era quien la suministraba sumisamente. El chico tragó saliva. ¿Y Sergio? Ese Sergio al que había despreciado durante meses. Que arreglaba la bici mientras Max pasaba mostrando su indiferencia. Que madrugaba cada día para preparar los crepes. Que no se rendía, nunca se alejó, nunca dejó de intentarlo. …Los cambios costaron. Las primeras semanas Max se encerró en su cuarto, evitando cruzarse con Sergio. Le avergonzaba reconocer cuánto se había comportado como un crío. Cada vez que veía a su padrastro recordaba “tú no eres nada para mí” y deseaba desaparecer. Todos andaban de puntillas. Hablaban con cuidado, con circunloquios. La casa parecía una planta de cuidados intensivos, con la familia entre la vida y la muerte. El primer paso fue un problema de física. Max estuvo dos horas delante, masticando el lápiz y al fin se rindió. — Sergio… —el nombre le costó, se atascó en la lengua—. ¿Me ayudas? Los vectores me salen fatal. El padrastro levantó la cabeza del portátil. Sin sorpresa, sin orgullo; solo calma y aceptación. — Vamos a verlo. Un mes después salieron juntos a pescar. Sentados en la orilla, mirando los corchos en silencio, Max empezó a contarle: del colegio, de los amigos, de esa chica de la clase de al lado que le gustaba. Sin reproches. Sin comparaciones. Una charla de verdad. Sergio escuchaba, asentía, a veces aportaba algo. Y Max comprendió: ahí estaba la auténtica familia. No en grandes discursos, ni recuerdos idealizados. En los desayunos madrugadores. En la paciencia. En la voluntad de estar cerca, incluso contra todo. El niño tomó su decisión. La correcta…