Iker, tenemos que hablar.
Elena alisaba la mantelería con movimientos nerviosos, estirando pliegues inexistentes, como si se empeñara en domesticar el ayer. Sus dedos bailaban inseguros, delatando la inquietud que intentaba esconder tras el tono dócil. Sentado enfrente, Iker sobrevivía pegado a su móvil, los pulgares danzando sobre la pantalla con una entrega fingida. Ignorar abiertamente era su mejor defensa, el escudo más pulido.
Hijo… Quiero explicarte algo importante.
Nada. Solo ecos de toques sobre el cristal.
Elena respiró hondo, agazapada tras la valentía de palabras que llevaba días enjuagando.
Cuando tu padre y yo nos separamos… pasaron seis meses antes de presentarte a Jorge. No me apresuré, ¿comprendes? Quería estar segura de que era algo serio.
Los dedos de Iker se detuvieron, como si la gravedad se hubiera suspendido. Levantó la vista con una mirada que relampagueaba resentimiento. Elena se apartó, sorprendida por la virulencia en esos ojos verdes.
¿De verdad? masculló. ¿De verdad crees que con ese tío, con ese extraño, tienes algo serio? No le llega ni a la suela del zapato a papá. Papá es el mejor, siempre.
El recuerdo de aquel primer encuentro se coló en la cabeza de Iker, nítido como el brillo de un charco tras la lluvia. Aquel hombre alto en el quicio de la puerta, el rictus nervioso de su madre, el olor ajeno del perfume en el recibidor. El intruso ocupando el espacio sagrado de su padre.
No es un extraño replicó Elena con dulzura. Es mi marido.
¡Túyo! Iker arrojó el móvil sobre el tapete. Para mí no es nada. Mi padre es papá. Y ese
No hizo falta acabar la frase; el desprecio colmaba el aire como ceniza.
Jorge lo intentó. Santa paciencia. Se pasaba las noches manchado de grasa en el trastero, reparando la bici doblada de Iker. El pelo pegado por el sudor, los nudillos ennegrecidos, la sonrisa tozuda de quien se aferra a la esperanza.
Mira, he enderezado el cuadro decía, frotando las manos con un trapo. Mañana lo pruebas, ¿vale?
Silencio por respuesta. Silencio afilado.
Por las tardes, Jorge se sentaba junto a él en la mesa, explicando ecuaciones con palabras sencillas.
Mira, si este x lo pasamos aquí
Ya lo tengo, interrumpía Iker, aunque no tenía ni idea.
Solo quería que desapareciera.
Las mañanas olían a tortitas con miel, el desayuno favorito de Iker. Jorge las apilaba en una torre perfecta y se las ofrecía. Iker apenas tocaba el plato.
Papá las hacía más finas. Y la miel era de verdad, no como esta. Esta ni sabe a miel.
Cada gesto de cariño chocaba contra el muro helado de Iker, que coleccionaba agravios como estampas, convirtiendo cada detalle en campo de batalla.
Papá nunca gritaba.
Papá siempre sabía lo que me gustaba.
Papá lo hacía todo bien.
La boda de Elena y Jorge detonó la tregua precaria. Iker vivió el registro civil como una traición absoluta. La casa se transformó en una mina, cada día empezaba con silencios tensos y terminaba con portazos secos.
Sin darse cuenta, Iker se volvió espía secreto, anotando cada error del nuevo padrastro como si fueran pruebas en juicio. Un resoplido durante la cena, registrado. Una frase cortante con los deberes, memorizada. Un no ahora apagado después del trabajo, guardado para futuras venganzas.
Papá, él me vuelve a gritar susurraba Iker por el móvil, encerrado en su cuarto.
¿En serio? Asier, al otro lado, chasqueaba la lengua con lástima fingida. Mi pobre campeón. ¿Te acuerdas cuando íbamos a El Retiro todos los domingos?
Claro…
Eso sí que era familia. No como ahora.
Asier se esmeraba en pintar leyendas del pasado: la hierba más verde, los gatos que corrían sobre tejados de oro, un papá sin defectos. Cada conflicto doméstico era para él un drama shakespeariano de padre perfecto, y Jorge, un villano de opereta.
Jorge se sentía un invitado molesto en su propia casa. Cada mirada de Iker gritaba: sobras, ocupas algo que no es tuyo, nunca serás de los nuestros.
El cansancio era una losa que le torcía los hombros.
La explosión llegó una noche de cena.
¡No tienes derecho a educarme! estalló Iker, cuando Jorge le pidió apartar el móvil de la mesa ¡No eres nadie para mí! ¿Me oyes? ¡Nadie!
Elena se quedó petrificada, el tenedor suspendido sobre el plato. Algo se quebró en su interior, delicado y profundo. El aire en el salón se volvió denso.
Mi papá es mejor que tú en todo. Y tú… papá dice que lo estropeas todo. ¡Con él estaría mucho mejor!
Basta susurró Elena, sin levantar la voz. Es suficiente.
A la mañana siguiente, marcó el número de Asier. Los dedos le temblaban, pero la decisión era llana como el sol castellano.
Asier dijo con sobriedad, si de verdad crees que eres mejor padre, llévate a Iker. Para siempre. No me importa, incluso estoy dispuesta a pasar la pensión.
El silencio del teléfono se extendió, viscoso, interminable.
Bueno… mira, ahora no es el momento tartamudeó Asier. Con el trabajo y los viajes Yo querría, pero
Tropezó con palabras. Se escuchaban papeles moviéndose, una tos falsa.
Además, ya sabes Mi piso es pequeño, estoy reformando el baño Y el horario, bueno, ya sabes, turnos de noche.
Elena no respondió, le dejó revolverse en sus excusas.
Y luego está Mar Mi chica. No ve claro lo de tener niños por ahora. Acabamos de mudarnos juntos, aún estamos en fase de adaptación.
Parloteos patéticos. El hombre que ponía a su hijo en contra de su nueva familia, el que soplaba insidias vespertinas y abonaba el rencor. Ahora, de pronto: un piso de cuarenta metros, una obra, Mar no lista.
Está bien, Asier sentenció Elena. Gracias por tu sinceridad.
Colgó antes de que él dijera una palabra más.
Esa noche, Elena llamó a Iker al salón. Se dejó caer en el sillón, desafiante, pero algo en los ojos de su madre le detuvo.
He hablado con tu padre hoy.
Iker se tensó, moviéndose hacia delante.
¿Y?
Elena tomó asiento enfrente.
No está dispuesto a quedarse contigo. Ni ahora, ni nunca. Tiene nueva vida, nueva pareja, y tú tú no tienes hueco ahí.
¡Mentira! ¡Me quieres engañar! saltó Iker ¡Papá me quiere! Él mismo lo dijo…
Decir es fácil. Su voz parecía una corriente subterránea. Cuando le propuse llevarte, empezó a hablar del baño y de su piso diminuto.
Iker entreabrió la boca, pero no encontró palabras.
Escucha bien. Elena se inclinó hacia él. No más comparaciones. No más informes secretos a tu papá, ni desprecios a Jorge. O somos familia, los tres, o te vas con tu padre, que no te quiere. Haré lo necesario, obligaré a Asier a recogerte. Podrás ver por ti mismo quién es realmente tu padre.
Iker permaneció quieto; tan solo sus pupilas dilatadas eran testigos de cada palabra.
Mamá…
No bromeo. El rostro de Elena era una roca. Te quiero más que nada, pero no vas a destrozar mi matrimonio. Tu actitud es insostenible. He aguantado bastante. Se acabó. Elige tú.
De pronto el mundo monocolor, donde el papá bueno luchaba contra el padrastro malo, se fragmentó y cayó como ladrillos húmedos. El padre no quería llevárselo. El padre eligió un baño sin terminar y a Mar. El padre solo lo había usado para envenenar a su madre.
La verdad solo llegaba en oleadas dolorosas. Todas esas llamadas por la noche, esa falsa compasión, preguntas cargadas: “¿y qué te ha hecho ahora?” eso no era cariño, era munición. Asier acumulaba reproches para su venganza, e Iker se los servía sin saberlo.
Tragó saliva, dolorido.
¿Y Jorge? Jorge, el hombre al que había humillado sin descanso, que reparaba su bicicleta mientras él ignoraba el trastero, que cocinaba cada amanecer unas tortitas imperfectas, que nunca abandonaba ni bajaba los brazos. Que aguantó, aguantó y nunca dejó de intentarlo.
Cambiar era difícil. Las primeras semanas Iker se escondía en su cuarto, incapaz de cruzar la mirada con Jorge, avergonzado por lo que le había dicho: “no eres nadie para mí”. Quería desaparecer.
Todos andaban con pies de lana. Las conversaciones fluían cautelosas, como agua en un vaso agrietado. La casa era sala de urgencias, tibia y expectante.
El primer paso fue una tarea de física. Iker peleó durante horas, mordisqueó el lápiz, y finalmente tragó el orgullo.
Jorge… el nombre era áspero, una piedra. ¿Me ayudas con los vectores? Esto no me sale.
El padrastro levantó la vista, sereno, sin atisbo de triunfo o sorpresa.
Vamos a verlo.
Un mes después, se fueron juntos de pesca. Sentados junto al río Jarama, mirando los flotadores, Iker empezó a hablar: de clase, de sus amigos, de una chica de 2ºC que le gustaba. Sin reproches. Sin recuerdos amargos. Solo hablando, como nunca antes.
Jorge escuchaba, asentía a veces, añadía alguna frase. Iker descubrió que familia no es una palabra colosal, ni los recuerdos pintados de oro. Es un desayuno callado, una paciencia infinita, una voluntad de quedarse cuando todo empuja a irse.
Al fin, Iker eligió. Eligió la familia verdadera.
y no el espejismo del padre perfecto en la memoria Una tarde de domingo, mientras Jorge arreglaba la caña y Elena preparaba chocolate caliente, Iker miró la escena y una paz desconocida lo invadió. Por primera vez, no sintió la punzada del pasado ni el impulso de levantar muros. Se acercó a Jorge, se sentó a su lado y, sin palabras, apoyó la cabeza en su hombro con torpeza tímida.
Jorge contuvo la respiración, después pasó un brazo sobre el chico, apretando apenas, como quien ofrece refugio sin reclamar victoria. Elena lo vio desde la cocina y sus ojos brillaron con lágrimas suaves, el corazón abriendo al futuro.
Iker pensó en todo lo que había perdido y, sobre todo, en lo que aún podía ganar. No era culpa del tiempo, ni de los adultos. Era suya, la decisión de crecer, de soltar aquello que dolía y tomar lo bueno que quedaba. Ya no buscó defectos, ni espió errores. Respiró hondo, como quien por fin baja las defensas y abre la puerta a la vida.
Mientras el sol bajaba y la casa olía a chocolate, Iker sonrió, sin que nadie lo viera, y supo que no tenía que elegir entre uno y otro mundo. En ese pequeño instante, entre la risa discreta de Jorge y el cariño silencioso de Elena, encontró por fin su propio hogar.







