Papá siempre fue el mejor: Cuando el amor de madre y los recuerdos chocan en la nueva familia

Pablo, tenemos que hablar.

María ajustaba nerviosa el mantel de la mesa, alisando unas arrugas que, a decir verdad, sólo existían en su imaginación. Sus dedos bailaban torpes el nerviosismo que había estado camuflando tras una voz serena. Pablo, enfrente, no tenía intención de facilitarle las cosas: navegaba por el móvil con la intensidad de quien está hackeando la NASA. Ignorar teatralmente a su madre era su especialidad.

Hijo… quiero explicarte algo importante.

Silencio. Sólo el golpeteo obsesivo de los pulgares contra la pantalla.

María cogió aire, como si fuera a lanzarse en paracaídas, y por fin se atrevió a decir lo que llevaba una semana rumia que rumia.

Cuando tu padre y yo nos divorciamos… pasó medio año antes de que te presentara a Javier. No tenía prisa, ¿entiendes? Quería estar segura de que esto iba en serio.

Pablo detuvo los pulgares en el aire. Adolescente de manual, levantó la cabeza con tal indignación que María se habría encogido de haber tenido menos dignidad.

¿En serio? masculló, entre dientes apretados . ¿Vas tú y te crees que con “ese tío” todo es tan serio? ¡No le llega ni a la suela del zapato de papá! ¡Mi padre es el mejor, y punto!

Las imágenes de aquella primera noche volvían a Pablo como un chasco cada vez. Un hombre alto en la puerta de su piso, la sonrisa tensa de su madre, el aroma ajeno de una colonia que invadía el recibidor. Un invasor ocupando el territorio sagrado de papá.

No es un extraño intentó María, con el tono de quien explica algo obvio . Es mi esposo.
¡Tuyo! soltó Pablo, dejando caer el móvil sobre la mesa . Pero para mí no es nadie. Mi padre es mi padre. Este… este…

El asco no necesitaba terminar la frase: lo decía todo.

Javier se esforzaba. ¡Vaya si se esforzaba! Por las tardes desaparecía entre herramientas y grasa en el trastero, manoseando la bici trompeada de Pablo, sudando bajo la lámpara, con esa sonrisa tozuda de quien cree que la insistencia vence.

Mira, he dejado la bici como nueva decía, limpiándose las manos con un trapo . ¿Te apetece dar una vuelta mañana?

No respondía nadie. Silencio glacial, pero con eco. Por las noches Javier se sentaba junto a Pablo en su escritorio, explicándole ecuaciones con la paciencia de un monje.

Mira, si llevamos la equis para allá…

Ya lo pillé interrumpía Pablo, aunque su cara de póker lo delataba.

En el desayuno, la cocina olía a tortitas con mielel dulce preferido de Pablo desde que tiene dientes, y Javier las ponía con primor en una torre ante el hijo.

Papá las hacía más finas refunfuñaba Pablo, sin mirar siquiera el plato. Y la miel era de verdad, de la de pueblo, no este mejunje.

Cada muestra de cariño, cada detalle, acababa estampado contra el muro del sarcasmo. Pablo parecía coleccionar pretextos para la pulla fácil:

Papá nunca me gritaba.
Papá siempre sabía lo que me gustaba.
Papá lo hacía todo bien.

La boda de María y Javier fue una bomba en pleno territorio neutral. Pablo convirtió el registro civil en traición nacional. La casa pasó a ser un campo de minas: cada desayuno era una tregua incómoda, cada noche acababa en portazo.

Sin darse cuenta, Pablo se volvió inspector secreto. Apuntaba cada fallo del padrastro con la dedicación de un detective: una palabra dura en la cenaapuntado; resoplar ante los deberesanotado; el clásico “ahora no, que acabo de llegar”directo al archivo de agravios.

Papá, el tío Javier me ha gritado otra vez susurraba por el móvil, atrincherado en su cuarto.

¿De veras? Andrés, al otro lado de la línea, ponía acento de drama y compasión. Mi pobre chico… ¿Te acuerdas de cuando íbamos al Retiro todos los fines de semana?

Me acuerdo…

¡Eso es familia! No como ahora…

Andrés, dicho sea de paso, manejaba el conflicto como quien añade salsa picante al cocido. Cada anécdota de Pablo pasaba por la batidora sentimental y salía convertida en tragedia griega de verdugos y mártires: el sol brillaba más antes, el césped era como del Bernabéu, y papá no fallaba ni el café.

Javier se sentía huésped de paso en su propio piso. Con cada mirada, Pablo le gritaba silenciosamente: “Estás de sobrón. Ocupas lo de otro. Nunca serás familia”.

El cansancio se acumulaba. Rodeaba a Javier como una mochila de piedras.

Todo explotó en una cena anodina, como suelen hacerlo las cosas importantes.

¡No eres nadie para educarme! saltó Pablo, cuando Javier le pidió dejar el móvil mientras comían. ¡No eres nadie para mí! ¿Vale? ¡Nadie!

María se quedó con el tenedor en el aire. Algo en ella se rompió, esa grieta que separa paciencia de dignidad. En los ojos de su hijo no había solo enfado: había ese odio viscoso que hace el aire irrespirable.

Mi papá es mejor que tú en todo. Él dice que tú lo estropeas todo. ¡Y tiene razón! ¡Con él estaría mucho mejor!

Basta murmuró María, roto el tono y la paciencia. Hasta aquí.

A la mañana siguiente marcó el número de Andrés. Los dedos le temblaban, pero la decisión era más fuerte.

Andrés, comenzó, con una calma de iceberg si tan bueno te crees como padre, llévate a Pablo. Para siempre. Yo no tengo problema. Y te paso una transferencia cada mes la pensión, se entiende.

El silencio del teléfono se estiró como el chicle en la suela de un zapato.

Bueno… a ver… ahora mismo no es buen momento balbuceó Andrés. El trabajo, los viajes… me encantaría pero…

Papeles que suenan, tos fingida, excusas de serie B.

Mira, María, la cosa está regular. El piso es mini, tengo obras y la faena… ya sabes, horarios locos.

María dejó que pataleara en el barro de sus propias excusas.

Y la cosa con Claudia… tú sabes, mi chica… no está preparada para un niño en casa. Acabamos de mudarnos… estamos aclimatándonos…

Patético el hombre, que había alimentado el resentimiento y los dramas por teléfono, y ahora sacaba como defensa la monísima “Claudia” y la reforma del baño.

Lo pillo, Andrés sentenció María. Gracias por la sinceridad.

Colgó. No esperaba respuesta.

Por la tarde, llamó a Pablo al salón. Él se dejó caer en el sofá con cara de partido de liga, aunque en el fondo la mirada de su madre le erizó el alma.

Hoy he hablado con tu padre.

Pablo se tensó como cuerda de guitarra.

¿Y qué ha dicho?

María se sentó frente a él.

No quiere que vivas con él. Ni ahora ni luego. Tiene otra vida, otra mujer. Y tú no cabes en esa ecuación.

¡Mentira! ¡Eso es mentira! saltó Pablo, con el drama bien aprendido. Él me quiere, me lo dice siempre…

Decir es fácil María bajó la voz, firme . Cuando le propuse que te llevara, se acordó del baño y del sofá-cama.

Pablo intentó argumentar… pero se le atascó la voz.

Ahora escucha bien se inclinó María . Se acabaron las comparaciones. Nada de espionaje, nada de chivatazos a papá, nada de borderías con Javier. Aquí somos familia. Los tres. O te vas con tu padre, y yo haré lo imposible para que te lleve. Entonces verás por ti mismo quién es.

Pablo se quedó estático, y sólo sus ojos desorbitados indicaban que había encajado el golpe.

Mamá…

No bromeo. María le miraba sin una pizca de sonrisa . Te quiero más que a mi vida. Pero no voy a permitir que destroces mi matrimonio. Tu actitud es horrible y he aguantado suficiente. Ahora decides.

Y el mundo, que parecía tan sencillopapá bueno y padrastro malose desmoronó. El padre no quería llevárselo. El padre prefería a Claudia y su piso reformado. El padre… ¿usó a su hijo como peón para fastidiar a la ex?

El dolor de la verdad llegó despacito. Todas esas llamadas dramáticas, los “ay hijo mío”, los “¿qué ha hecho ahora?”no eran cariño. Eran munición. Andrés recogía insultitos para su revancha mínima y Pablo, obediente, le rellenaba la despensa.

Tragó saliva con piedras.

¿Y Javier? ¿El Javier paciente, apaleado durante meses? El que martilleaba la bici mientras Pablo le despreciaba caliente. El que madrugaba para hacer tortitas. El que no se iba, no tiraba la toalla, no dejaba de intentarlo.

Adaptarse fue arduo. Las primeras semanas Pablo se atrincheró en su dormitorio, intentando esquivar la mirada del padrastro. Cada vez que lo veía, le ardían en los oídos el tú no eres nadie y deseaba disolverse.

Toda la familia andaba de puntillas, como si la casa fuera la UCI y Pablo el paciente en cuidados intensivos.

El primer paso lo dio la física. Dos horas peleando con los vectores, el lápiz mordido hasta parecer chicle, y al final admitió la derrota.

Javier… el nombre se le encalló en los labios . ¿Me echas una mano con esto de los vectores?

Javier levantó la vista del portátil. Ni sorpresa ni ganitas de victoria: solo una calma que parecía de verdad.

Vamos a ello.

Al mes, se fueron juntos de pesca. Sentados en la orilla, con las cañas cruzadas, Pablo empezó a sincerarse: sobre el cole, los colegas, la chica guapa de 2ºB que le gustaba. Sin reproches. Sin test de comparaciones. Simple charla.

Javier escuchaba, asentía, alguna que otra broma. Y Pablo comprendió: eso sí es familia. No el gran discurso sobre el amor eterno, ni la nostalgia idealizada. Familia es el desayuno compartido, la paciencia, querer quedarse incluso cuando parece que todo está en contra.

Y Pablo, por fin, eligió bien.

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Papá siempre fue el mejor: Cuando el amor de madre y los recuerdos chocan en la nueva familia