¡Papá, no te la lleves! sollozó la pequeña hija menor, Marisol, de siete años, con la nariz sonrosada por las lágrimas. ¡No puedes dar a Canela, es nuestra!
Tu Canela dijo el padre, don Ramón Gutiérrez, girando el volante con brusquedad, lo ensucia todo. ¡Todo! ¡El recibidor, el rincón del brasero, y ayer justo en mis zapatos dejó un regalito! Y a la arena, no quiere ir ni a rastras. ¿Qué hago yo con ella?
Pero, papá
¡Ni una palabra más! gritó él.
El viejo Seat 124, blanco, curtido de óxido en los guardabarros, arrancó con un bufido, tropezando por los baches de la carretera. Marisol se quedó clavada junto a la verja, apretando los barrotes con las manos, mientras sus ojos seguían, mudos y rojos, el coche desvencijado que se alejaba y se deshacía tras la esquina.
Otoño húmedo y gris. El cielo bajo, pesado, cubría el pueblo manchego como una manta mojada. El viento revolvía los trenzas de la niña, tiraba del borde de su vestido de algodón estampado.
¡Marisol, adentro! ¡Vas a pillar un resfriado! llamó desde la ventana la madre, doña Carmen Valenzuela. ¿A qué esperas ahí, chiquilla, como si hubieras echado raíces?
Marisol no se movió. Las lágrimas caían, saladas y ardientes, por sus mejillas.
Canela Su Canela Naranja y blanca, lápida, bola calentita de pelusa. Por las noches ronroneaba en las piernas de Marisol, hecha ovillo junto al brasero. Y ahora
En la casa olía a col con chorizo y a masa de pan fermentado. La madre moldeaba masa para empanadillas. Los hermanos mayores Diego, de trece años; Lucía, de once; y Jaime, de nueve aparentaban hacer los deberes.
O intentaban. Diego garabateaba la libreta sin mirar, frunciendo el ceño. Lucía se escudaba tras un libro, pero los ojos rojos la delataban. Jaime, normalmente un grillo de palabras, mordisqueaba el lápiz, en silencio.
Siempre igual soltó Diego de repente, dejando caer el bolígrafo. Si papá lo decide, todos a callar. Ni una consulta.
Menos ruido le cortó Carmen, amasando la masa con brío. Sabrá tu padre lo que hace. Gatos tenemos ya tres. Zafira y Blas usan la caja como toca. Pero esa vuestra Canela
¡Solo necesita acostumbrarse! sollozó Lucía. ¡Podíamos haberla enseñado!
¿Enseñado? sonrió la madre. ¿Y quién se encargaría? ¿Yo? ¡No tengo tiempo ni para respirar! Las vacas, los cerdos, la huerta y vosotros Y encima, una gata dando órdenes como una marquesa.
¡Lo habríamos hecho nosotras! protestó Lucía. ¡La habríamos enseñado!
Ahora ya es tarde sentenció doña Carmen.
Marisol entró en silencio, se sentó junto a la ventana. Miraba la cortina fina de lluvia. El pueblo parecía una mancha: casas grises, huertos desolados.
Mamá ¿crees que volverá a casa? susurró la niña.
Carmen suspiró, pesada.
No lo sé, hija. No lo sé
Media hora después, Ramón volvió. Se quitó la cazadora mojada, la colgó del clavo y cruzó la cocina sin mirar a los niños.
¿Qué tal? preguntó la esposa.
La dejé en el pueblo de al lado. Con los Ortega. Han prometido cuidarla.
¿Está lejos? preguntó Jaime.
Cinco kilómetros, quizá más gruñó el padre.
No volverá murmuró Lucía.
Y mejor así replicó Ramón, seco. Basta de charla. Sírve el té, que vengo helado.
Doña Carmen puso el vaso de té y un plato de macarrones con tomate. Ramón cenó en silencio, sorbiendo los macarrones con un hartazgo enfadado. Los niños ante sus platos callaban, observándolos como si fueran piedras inalmasticables.
Esa noche, cuando la casa se apagó y todos se acostaron, Marisol no podía dormir. Se removía, compartiendo la cama ancha con Lucía, escuchando el silbido de la lluvia, los crujidos de las vigas, el lejano ladrido de un perro rural.
Lucía, ¿estás despierta? susurró.
Sí murmuró la hermana.
Canela volverá, estoy segura. Sabe el camino.
No digas bobadas. ¿Cómo va a volver? Papá la ha llevado lejos. ¡Cinco kilómetros! Para una gata tan chica, es como otro país.
¡Ella nos encontrará! Lo sé
Lucía no contestó, se giró hacia la pared. Marisol permaneció despierta, musitando entre labios, como le había enseñado la abuela: Dios, cuida de Canela, que encuentre el camino de vuelta. Por favor
Mientras tanto, Canela se acurrucaba bajo la estufa de los Ortega, en el pueblo vecino. Los ancianos eran amables: leche fresca, trocitos de tortilla, alguna caricia. Pero Canela ni ronroneaba, ni se restregaba. Ajena, replegada en una bola de nostalgia.
¿Dónde estaba su hogar? ¿Dónde las risas de Marisol, Lucía, Jaime, Diego? ¿Dónde Carmen, aquella que a veces a escondidas le daba jamón de la merienda? ¿Qué fue de los aromas del patio: brasero, heno, leche tibia?
Allí todo olía distinto. Las voces eran desconocidas. Y en la casa habitaba un enorme gato gris, que sibilaba con odio si Canela se acercaba al bol de comida.
Esperó. Hasta el alba. Cuando la señora Ortega abrió la puerta para ir al gallinero, Canela salió disparada, una sombra naranja.
¡Pero criatura, ¿dónde vas?! gritó la señora.
Pero la gata corría, cruzó la huerta, saltó la tapia, llegó al camino. No paró hasta verse lejos del pueblo, perdida en el campo mojado de otoño.
La lluvia no cesaba. Caía desde antes del alba, fría, implacable. El pelo naranja pegado al cuerpo, las patas resbalando, uñas arañando el barro.
No sabía el rumbo, pero dentro ardía una llama terca, una memoria antigua: sigue, más allá, no te rindas.
Pasó el día. Se escondió bajo una parva vencida de heno, temblando de frío, el vientre encogido de hambre. Intentó cazar un ratón, que escapó bajo tierra. Bebió agua de un charco amarga, con sabor a tierra y sombra.
El segundo día llegó a una carretera. Asfalto agrietado, charcos, coches veloces salpicando lodo. Canela cojeaba por la cuneta, caía y se levantaba.
De noche halló un almacén abandonado. Dentro, tablas podridas, olor a ratón. Cazó uno. Lo devoró sin masticar. Se alivió, un poco.
Al tercer día cayó la nieve, húmeda y pegajosa. Canela dejaba huellas oscuras sobre el blanco. Las almohadillas, doloridas, despellejadas, pero no se rindió.
Al fondo, en algún punto, estaba la casa. Allí estaban los niños. El rincón caliente. Y la madre, que podía reñir, pero también acariciar a escondidas.
Al cuarto día, apareció el bosque de álamos familiar. El corazón de Canela golpeteó rápido. Avanzó, casi corrió. ¡Sí! Era aquel, donde recogían setas en verano y Marisol hacía coronas de margaritas.
El quinto día llegó al arroyo. Estrecho, pero helado. Lo cruzó temblando, sacudió el agua de su pelaje.
Sexto día, tos persistente. Nariz goteando, respiración entrecortada. Pero una voluntad férrea.
Séptimo amanecer. Canela, embarrada y nevada, apareció ante la verja de hierro. Se sentó, maulló: ronco, débil. Nadie la escuchó. Maulló de nuevo, más alto.
La puerta se abrió. Marisol salió corriendo, descalza, en camisón.
¡Caneeeela! gritó, abrió la verja de par en par, recogió a la gata. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Todos! ¡Ha vuelto! ¡Canela ha vuelto!
Uno por uno salieron los niños: Lucía, Jaime, Diego. Carmen, secándose en el delantal, se acercó para mirar.
Madre mía está hecha polvo. Y con el hociquito chorreando Está enferma susurró.
Mamá, ¡hay que curarla! rogó Lucía.
¿Curarla? repitió Carmen y negó con la cabeza. ¿Y quién ha llamado nunca al veterinario por los gatos? El veterinario es para las vacas y los cerdos; los gatos siempre han aguantado por su cuenta
¡Pero mamá!
Bueno, no os pongáis pesadas cedió. Calentadle leche. Y traed una toalla para secarla bien. A ver cómo evoluciona
En el umbral apareció Ramón. Miró a la gata naranja, hecha un guiñapo en brazos de la pequeña.
Así que has encontrado el camino murmuró.
Papá, ¡ha recorrido cinco o seis kilómetros por lo menos! ¿Te das cuenta? exclamó Diego.
El padre no respondió, solo cruzó el umbral y volvió al interior.
…
A Canela la acomodaron junto al brasero. Marisol le puso un cuenco de leche recién calentada. Bebía con ansias, la leche chorreando bigote abajo. Lucía la secaba con una toalla vieja, con mucho cuidado.
Las patas están en carne viva lloró Lucía. Mamá, mírala
Carmen se sentó, examinó a la gata.
Ay, pobrecita suspiró. Jaime, corre a por la mercromina. Lucía, coge una venda. A curarla.
¿Y los mocos? preguntó Marisol.
Para eso la madre meditó. Habrá que hacer una infusión de manzanilla. A la señora Paca, la vecina, le preguntaré; eso lo sabe arreglar. Lo importante ahora es mantenerla caliente y alimentada. Lo demás ya se verá.
Desde ese instante, los niños cuidaron de Canela como de una criatura. Marisol no se apartaba, la acariciaba y susurraba palabras tranquilizadoras. Lucía preparó un caldo de gallina especial. Jaime puso un viejo mantel junto al brasero. Diego, serio, trasteaba con madera y clavos.
¿Qué haces? preguntó la hermana.
Un arenero gruñó Diego. Para que aprenda como es debido. Lo lograremos.
¿Tú crees?
Tenemos que.
Canela estuvo enferma una semana. Estornudaba, moqueaba, los ojos llorosos. Pero los niños insistieron: infusión de manzanilla, leche caliente, envuelta en pañuelos.
Poco a poco, revivió. El moqueo se fue, los ojos brillaron y el pelo volvió a lucir naranja y esponjoso.
Entonces comenzó el adiestramiento del arenero. Diego lo fabricó con una caja, llena de tierra. Cada vez que Canela buscaba un rincón, la llevaban allí.
Aquí, Canela, aquí insistía Marisol.
Canela refunfuñaba, intentaba escapar. Pero los niños, tenaces. Hasta que llegó el milagro: sola, la gata fue al arenero, escarbó y acertó.
¡Lo ha hecho! gritó Marisol. ¡Mamá, papá, lo ha hecho sola!
Doña Carmen sonrió por primera vez en días.
¿Ves? Se podía. Quién lo diría.
Ramón, sentado con el periódico, alzó la vista para mirar la gata, ahora relamiéndose junto al arenero.
Terca eres, pero que mucho dijo. ¿Cuánto habrás andado, bicho?
Papá, ¿ya no la llevarás más lejos? preguntó Marisol, temerosa.
Él meditó un instante, y luego contestó:
No. Si ha vuelto sola es porque aquí está su sitio. Con nosotros.
Marisol corrió y lo abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera que el acuerdo pudiera desvanecerse.
¡Gracias, papá! ¡Gracias!
Anda, anda refunfuñó él, pero los ojos decían otra cosa.
…
Canela vivió largos años en casa. Nunca más ensució, siempre usó su cajita de arena. Por las noches ronroneaba al abrigo del brasero. Cazaba ratones con la misma destreza que Zafira y Blas, y los niños la presumían por ello.
A veces Ramón la miraba, movía la cabeza.
Tiene espíritu, esta gata decía. De verdad. Sabe cuál es su hogar. Y ningún kilómetro va a alejarla de aquí.
Siempre asentían los niños. Porque era cierto: Canela conocía su lugar. Regresó entre lluvia, frío, hambre y dolor. Porque allí, en casa, la esperaban.
Y donde te esperan se vive. Así la vida sigue.




