— ¡Papá, no te la lleves! — sollozó la pequeña Catalina, de siete años, con la nariz colorada de tan…

¡Papá, no la lleves! sollozó la hija menor, Catalina, de siete años, con la nariz enrojecida por las lágrimas. ¡No puedes dar a Dulcinea! ¡Es nuestra!

Tu Dulcinea gruñó el padre, don Miguel Esteban, dando un brusco volantazo se lo ensucia todo. ¡Todo! ¡En el recibidor, junto a la estufa, y ayer mismo dejó una montañita en mis zapatos! Y no quiere ir donde debe. ¿Qué hago yo con ella?

Pero papá

¡Calla! estalló él.

Tal fue como sucedió. Don Miguel Esteban arrancó el motor del viejo SEAT 600, blanco y descascarillado, con manchas anaranjadas de óxido sobre los guardabarros. En el asiento trasero, en una caja de cartón apretujada, maullaba lastimosamente Dulcinea.

¡Papá, no te la lleves! repitió Catalina, apretando con fuerza los barrotes de la verja, mientras el coche maltrecho desaparecía, botando entre los baches del camino.

Era un otoño húmedo y triste. Los cielos, bajos y pesados, colgaban sobre el pueblo. El viento tironeaba de las trenzas de Catalina, le agitaba el bajo del vestido de percal.

¡Catalina, a casa! ¡Que te vas a resfriar! gritó desde la ventana la madre, doña Ana Juana. ¿Por qué te quedas ahí parada como una estatua?

La niña no se movió. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, calientes y saladas.

Dulcinea su Dulcinea Naranja, con medias blancas y el pecho suave como algodón. Por las noches se acurrucaba sobre las rodillas de Catalina, o se hacía un ovillo junto a la estufa. Ahora

En la cocina olía a col estofada y a masa levada la madre modelaba empanadillas. Los hermanos mayores Pedro (trece años), Lucía (once) e Ignacio (nueve) fingían hacer los deberes en la mesa.

Más bien simulaban. Pedro garabateaba cabizbajo, sin mirar el cuaderno. Lucía se escondía tras el libro, pero los ojos hinchados la delataban. Ignacio, normalmente travieso, mordisqueaba en silencio su lápiz.

Siempre lo mismo murmuró de pronto Pedro, dejando caer el bolígrafo. Papá lo decide y ya está ¡A nadie pregunta!

¡Baja la voz! le cortó doña Ana Juana, apretando con fuerza la masa. Tu padre sabe lo que hace. Ya tenemos tres gatos. Mancha y Vasco usan el arenero como Dios manda. Esta vuestra Dulcinea

¡Es que solo le faltaba aprender! bramó Lucía, ahogando un sollozo. ¡Nosotras la hubiéramos enseñado!

¿Enseñar? sonrió la madre, ya cansada. ¿Y quién iba a hacerlo? ¿Yo quizás? Tengo bastante con las vacas, el corral, la huerta, y vosotros… Y encima una gata con aires de reina.

¡Nosotras podríamos! insistió Lucía. ¡La habríamos enseñado!

Es tarde ya, sentenció la madre.

Catalina entró despacio, se sentó junto a la ventana. Miraba la cortina de lluvia fina. El pueblo parecía más apagado que nunca, con sus casas grises y los huertos marchitos.

Mamá ¿y volverá ella a casa? susurró la niña.

Ana Juana suspiró, pesarosa:

No lo sé, hija. No lo sé

Media hora después, don Miguel Esteban regresó. Se quitó la chaqueta mojada, la colgó en el clavo, pasó en silencio a la cocina, sin mirar a los niños.

¿Y bien? preguntó la esposa.

La dejé en el pueblo de al lado, con los Sampedro. Dicen que la cuidarán.

¿Está lejos? preguntó Ignacio.

Cinco kilómetros, quizá algo más masculló el padre.

No volverá susurró Lucía.

Y mejor así cortó Miguel Esteban, seco . Se acabaron las discusiones. Sirve el té, que vengo helado.

Ana Juana le puso delante un vaso de té humeante y un plato de macarrones con salsa. Don Miguel Esteban comía sin decir palabra, sorbiendo con cansancio y un punto de furia. Ningún niño probó bocado: todos miraban sus platos, como si algo inevitable y pesado reposase allí.

Ya de noche, cuando la casa quedó en silencio, Catalina no lograba conciliar el sueño. Compartía la ancha cama con Lucía, escuchando la lluvia batir los cristales, el crujir de las vigas y a lo lejos el ladrido lastimero de un perro.

¿Lucía, duermes? susurró flojito.

No susurró su hermana.

Dulcinea volverá Lo sé. Encontrará el camino.

Di que sí, pero ¿cómo va a saberlo? Papá la llevó muy lejos, ¡cinco kilómetros! Para una gatita eso es medio mundo.

Pero es lista nos hallará.

Lucía no contestó. Se dio la vuelta hacia la pared. Catalina, con los ojos abiertos y la voz queda, musitaba como le había enseñado la abuela: Señor, cuida de Dulcinea Ayúdale a volver a casa, por favor

Mientras tanto, en casa de los Sampedro, del pueblo vecino, Dulcinea se acurrucaba bajo la estufa. Los ancianos eran buenos: le dieron leche y un trocito de jamón, hasta la acariciaron. Pero Dulcinea no ronroneaba ni se acercaba; era una extranjera entre extraños, encogida de nostalgia.

¿Dónde estaba su casa? ¿Dónde los niños Catalina, Lucía, Ignacio, Pedro? ¿Dónde Ana Juana, que a veces le daba sigilosamente una sobra de chorizo? ¿Dónde los olores del hogar la estufa, la paja, la leche tibia?

Allí todo olía distinto. Las voces eran ajenas. Había en la casa un enorme gato gris, que bufó furioso cuando Dulcinea se acercó a su cuenco.

Esperó. Hasta el alba. Cuando la señora abrió la puerta para salir a por gallinas, Dulcinea voló como un rayo.

¡Ay, hija! ¿Pero a dónde vas? exclamó la mujer.

Pero la gata ya corría. Cruzó el huerto, saltó la valla y llegó a la carretera. No paró hasta dejar atrás el pueblo, desgarrando el campo con sus pequeñas zarpas.

No dejaba de llover. El agua caía fría e implacable. El pelaje, pegajoso, las patas resbalando, las uñas arañando el barrizal.

No sabía el rumbo. Pero algo, una brasa terca en el alma, la empujaba adelante. Algún antiguo instinto le susurraba: Por ahí más allá sigue

Pasó un día entero. Se guareció bajo un viejo pajar, temblando de frío. El vientre rugía de hambre. Logró atrapar un ratón, pero se escapó. Bebió agua de un charco, con sabor terroso y de humedad.

Al segundo día llegó a la carretera. El asfalto roto, con baches y charcos. Algún coche solitario que la salpicaba de barro. Dulcinea trotaba por la cuneta, se caía, se levantaba, volvía a caminar.

Aquella noche encontró un cobertizo abandonado. Olor a madera, a ratones. Cazó uno con torpeza y lo devoró enseguida, sin apenas masticar. Así aguantó algo más.

El tercer día nevó. Era la primera nevada del año: húmeda, que se pegaba al lomo. La gata naranja dejaba huellas oscuras en la nieve reciente. Las almohadillas de las patas le sangraban ya. Pero no paraba.

Porque allí, en algún lugar, estaba la casa. Allí estaban los niños. El fuego. Y doña Ana Juana, que podía reñir, pero acariciaba a escondidas.

El cuarto día divisó el conocido bosquete de álamos. El corazón de Dulcinea latió con fuerza. Apresuró el paso, y luego corrió. ¡Sí, era ése! El bosque donde en verano los niños recogían setas; donde Catalina trenzaba coronas de margaritas.

Al quinto día llegó al río, apenas un arroyo helado. Lo cruzó temblando, el agua mordiendo el pelaje.

El sexto día empezó a toser. Moqueaba, respiraba a bocanadas. Pero no dejaba de avanzar.

Hasta que llegó el séptimo día. Madrugada. Dulcinea, empapada de barro y nieve, se sentó ante la verja familiar. Maulló débilmente. Nadie la oyó. Maulló de nuevo, más fuerte.

Se abrieron las puertas. Catalina apareció, descalza, en camisón.

¡Duuulcinea! chilló la niña, corriendo hacia la verja, la abrió de par en par y levantó a la gata en brazos. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Venid! ¡Ha vuelto! ¡Ha regresado!

Tras ella salieron los hermanos Lucía, Ignacio, Pedro. Ana Juana se acercó, limpiándose las manos en el delantal.

Por Dios Si parece que le han dado una paliza Está empapada y moquea. Se habrá resfriado murmuró.

¡Mamá, hay que cuidarla! suplicó Lucía.

¿Cuidarla? Ana Juana negó con la cabeza. Vosotros habéis visto a alguien llamar al veterinario para un gato El veterinario es para las vacas y los cerdos. Los gatos, que se apañen

¡Pero mamá!

Está bien, no lloréis. Calentadle leche. Buscad un trapo, hay que secarla. Luego veremos

A la entrada apareció don Miguel Esteban. Miró largo a la gata color de miel, en brazos de la pequeña.

Así que has encontrado el camino murmuró.

¡Papá, sola ha recorrido cinco o seis kilómetros! ¿Lo imaginas? exclamó Pedro.

El padre no dijo nada. Solo volvió al interior de la casa.

Llevaron a Dulcinea al calor, junto a la estufa. Catalina le sirvió un cuenco de leche reciente, humeante. Dulcinea bebía con tal ansia que el blanco le chorreaba el bigote. Lucía la secaba con una toalla vieja, con extrema delicadeza.

Las patas las tiene en carne viva balbuceó Lucía. Mamá, mírale

Doña Ana Juana se sentó junto a ella, la examinó atenta.

Has pasado lo tuyo, pobrecita. A ver Ignacio, ve por el mercromina. Lucía, trae la venda. Hay que curarle.

¿Y el catarro? preguntó Catalina.

Veremos. Usaremos manzanilla. Lo consultaré con la tía Eulalia, que sabe de remedios. Y abrigarla bien, y que coma. Lo demás, ya Dios dirá.

Desde ese día los niños cuidaron de Dulcinea como si fuera una criatura. Catalina no se separaba, la mimaba y le susurraba palabras dulces. Lucía preparaba caldo de gallina solo para ella. Ignacio encontró una vieja manta y la extendió cerca de la estufa. Pedro, muy serio, estaba clavando maderas en el cobertizo.

¿Qué haces? le preguntó su hermana.

Un arenero, gruñó Pedro. Para que aprenda, de una vez. La enseñaremos.

¿Crees que podremos?

Hay que poder.

Dulcinea estuvo enferma casi una semana. Estornudaba, moqueaba, los ojos le lloraban. Pero no dejaron de atenderla: infusión de manzanilla, leche tibia, la abrigaban con un pañuelo.

Y poco a poco comenzó a mejorar. El resfriado pasó, brillaron de nuevo sus ojos, el pelaje volvió a erizarse naranja y esponjoso.

Entonces empezó el aprendizaje del arenero. Pedro lo había hecho con una caja y arena. Cada vez que Dulcinea buscaba un sitio, la llevaban allí.

Aquí, Dulcinea, aquí se hace repetía paciente Catalina.

Dulcinea protestaba, trataba de escabullirse. Pero los niños eran tercos. Y un día, milagro: la gata entró sola, cavó en la arena y usó el arenero.

¡Lo consiguió! gritó Catalina. ¡Mamá, papá! ¡Ha ido sola!

Por primera vez en muchos días, Ana Juana sonrió.

Ya ves Se podía. Quién lo diría.

Don Miguel Esteban leía el periódico junto a la mesa. Alzó la vista, miró a la gata, ahora acicalándose orgullosa junto al arenero.

Tienes genio, sí le dijo. Vaya si tienes genio Y te has hecho todo ese camino

Papá, ¿ya no la llevarás nunca más? se atrevió Catalina.

Él dudó, sopesando sus palabras, y al fin respondió:

No. Si ha sido capaz de volver es que este es su sitio. Con nosotros.

Catalina le abrazó, fuerte, como si temiera que revocara lo dicho.

¡Gracias, papá, gracias!

Anda, anda gruñó él, pero ya no tenía gesto de enfado.

Dulcinea vivió largos años en aquella casa. Nunca más volvió a ensuciar fuera, y siempre usó su caja de arena. Por las noches ronroneaba al calor de la estufa. Cazaba ratones como Mancha y Vasco, y de eso presumían los niños.

A veces don Miguel Esteban la contemplaba y negaba con la cabeza.

Tiene alma decía. De verdad. Sabe cuál es su hogar. Y ningún kilómetro la detiene.

Los niños siempre asentían, porque así era: Dulcinea sabía dónde debía regresar. Y volvió. Cruzando lluvia, frío, hambre y dolor, porque sabía que en su casa la esperaban.

Y donde a uno le esperan, allí es donde se vive. Así, la vida sigue su cursoLos inviernos pasaron, la vida siguió su curso. Hubo primaveras con flores y juegos en el huerto, veranos de ropa tendida y siestas bajo la sombra, otoños de ciruelas frescas y risas en la cocina. Los niños crecieron, algunos se fueron a estudiar lejos, alguno encontró trabajo en la ciudad y volvía solo los domingos, pero siempre que entraban por la puerta, Dulcinea estaba allí, esperándolos a todos con su andar altivo y un maullido grave, como si preguntara: ¿A qué hora vais a volverme a acariciar?

Con los años, Dulcinea se volvió más tranquila, más sabia. Dejó de asustarse con las tormentas. Cuando la abuela les contaba historias al calor del hogar, ella dormitaba sobre una manta, ronroneando al compás de las voces queridas. Don Miguel, ya con las sienes encanecidas, la llamaba la guardiana de la casa, y a veces, sin que nadie mirara, le dejaba un pedacito de chorizo bajo la mesa.

Un día, muchos inviernos después, Lucía, ya mujer adulta, volvió a casa con una niña pequeña en brazos.

Mira le susurró a su hija , ¿ves a la gata naranja? Ella es Dulcinea, nuestra valiente.

La niña tendió una mano tímida. Dulcinea la olió con suavidad y frotó su frente contra los deditos. Lucía sonrió, los ojos brillando con un recuerdo feliz.

Y mientras la nieve caía mansamente sobre el tejado, la casa entera los viejos, los jóvenes, los niños y hasta los gatos parecía abrazarse en un solo latido bajo aquellas paredes de adobe, envueltos en el calor compartido de la supervivencia, la terquedad y el amor.

Fue así como todos aprendieron, para siempre, que el verdadero hogar nunca se olvida. Dulcinea lo había enseñado mejor que nadie: en la memoria de los que esperan y de los que regresan, siempre late un lugar al que volver.

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— ¡Papá, no te la lleves! — sollozó la pequeña Catalina, de siete años, con la nariz colorada de tan…