Tú, papá, ya no vengas más a casa. Cada vez que te vas, mamá se pone a llorar. Y llora, y llora hasta que sale el sol.
Me quedo dormida, me despierto, vuelvo a dormir, otra vez me despierto y ella sigue llorando sin parar. Le pregunto: «Mamá, ¿por qué lloras? ¿Es por papá?».
Ella dice que no llora, que sólo se le tapa la nariz por el resfriado. Pero yo, que ya soy mayor, sé que ningún resfriado hace hablar con lágrimas en la voz.
El papá de Lucía estaba sentado junto a su hija en una cafetería de la Gran Vía de Madrid, removiendo con una cucharilla el café en una minúscula taza blanca, que ya estaba frío.
La niña ni siquiera había probado su helado, a pesar de que, frente a ella, en un cuenco, lucía como una obra de arte: bolitas de colores, coronadas por una hoja de menta y una cereza, y todo ello bañado en chocolate.
Cualquier niña de seis años habría cedido ante aquel espectáculo menos Lucía, que llevaba tiempo, tal vez desde el viernes pasado, pensando en tener una conversación seria con su padre.
El padre guardó silencio largo rato, hasta que le dijo:
¿Y qué hacemos entonces, hija? ¿No vernos más? ¿Y cómo voy a vivir yo así?
Lucía frunció la naricita, tan bonita y redonda como la de su madre, pensó el padre, y contestó:
No, papá. Yo tampoco podría, sin ti. Hagamos esto: llama a mamá y dile que cada viernes me recoges del colegio.
Entonces pasearemos juntos; si quieres tomar un café o helado, vamos a la cafetería. Yo te cuento cómo vivimos mamá y yo, cómo es todo.
Lucía volvió a pensar y, al cabo de un minuto, añadió:
Y si quieres ver a mamá, yo la grabo con el móvil cada semana, y te enseño las fotos. ¿Te parece?
El padre, ante la sabiduría de Lucía, esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza:
Vale, hija vamos a vivir así.
Lucía suspiró con alivio y atacó finalmente su helado. Sin embargo, la conversación no terminó ahí. Aún debía decir lo más importante, y entonces, con bigotes de chocolate, se los limpió con la lengua y se puso seria, casi adulta.
Casi mujer. De esas que cuidan de quienes quieren. Aunque su hombre ya fuera mayor: la semana pasada fue el cumpleaños de papá. Lucía le dibujó una tarjeta en el colegio, pintando con cuidado un gran «28».
La cara de Lucía se hizo solemne, juntó las cejas y comentó:
Creo que lo que necesitas es casarte
Y, con generosidad, mintió un poco:
No eres tan mayor todavía
El padre admiró el “gesto de buena voluntad” de su hija y sonrió:
¿Cómo que tan mayor?
Lucía insistió, poniendo entusiasmo:
¡No eres! Mira, el tío Ramón, que ya ha venido dos veces a ver a mamá, está calvo, un poco, aquí
Y se señaló la coronilla, alisando sus suaves rizos con la palma. Luego, al ver la expresión tensa y la mirada fulminante de su padre, comprendió que había revelado uno de los secretos de mamá.
Así que juntó sus manos sobre la boca y abrió los ojos, fingiendo susto y desconcierto.
¿El tío Ramón? ¿Quién es ese tío Ramón que viene tanto por casa? ¿Es el jefe de mamá? preguntó el padre, casi en voz alta, en medio de la cafetería.
Yo no sé, papá Lucía se puso nerviosa ante la reacción de su padre . Tal vez sí. Él viene y me trae caramelos. Y pasteles para todos.
Y, además Lucía calculó si debía compartir aquel secreto con papá, aunque fuera un poco exagerado le lleva flores a mamá.
El padre miró largo rato sus manos entrelazadas sobre la mesa. Lucía supo entonces que él tomaba una decisión importante en ese momento.
Así que esperó, sin apurarle. Ella intuía que los hombres piensan despacio y, para acertar, necesitan que alguien les empuje un poco.
¿Y quién mejor que una mujer? Mucho más si es una hija.
El padre permaneció callado, hasta que por fin suspiró fuerte, alzó la cabeza y dijo Si Lucía hubiera sido algo mayor, habría comprendido aquel tono dramático de Otelo preguntando a Desdémona.
Pero ella aún no conocía ni a Otelo ni a Desdémona, ni las historias de grandes enamorados. Lucía sólo crecía, aprendiendo de quienes la rodeaban, viendo cómo se alegraban y sufrían, muchas veces por cosas pequeñas.
Entonces papá dijo:
Vamos, hija. Ya es tarde, te llevo a casa y hablo con mamá.
Lucía no preguntó sobre qué iba a hablar papá con mamá, pero entendió que era importante, y devoró rápidamente el helado.
Pronto comprendió que lo que papá se disponía a hacer era mucho más importante que cualquier dulce, y casi tiró la cucharilla sobre la mesa, bajó de la silla, se limpió los labios con el dorso de la mano, aspiró por la nariz y, mirando fijamente a su padre, declaró:
Estoy lista. Vamos
No caminaron: casi corrían. Mejor dicho, corría el padre, que la llevaba de la mano y Lucía, por momentos, parecía flotar como una bandera al viento.
Al llegar al portal, justo cuando el ascensor se cerraba y subía con algún vecino, el padre miró a Lucía, desconcertado. Ella, desde abajo, le dijo:
¿Y qué hacemos aquí parados? ¿A quién esperamos? Sólo son siete pisos
El padre la tomó en brazos y subió corriendo por las escaleras.
Al fin, tras los nerviosos timbrazos del padre, la madre abrió la puerta. Y papá, sin soltar a Lucía, con voz firme, empezó por lo esencial:
¡No puedes hacerme esto! ¿Quién es ese Ramón? ¡Yo te amo! Y tenemos a Lucía
Luego, con Lucía aún en brazos, abrazó también a la madre. Y Lucía les rodeó el cuello a ambos y cerró los ojos. Los adultos se besaban
Así, a veces en la vida, dos adultos torpes logran entenderse gracias a una niña pequeña, que los quiere a ambos, mientras ellos se quieren mutuamente pero se pierden entre orgullos y heridas
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