*16 de octubre, 2023*
Aún recuerdo el día en que mi vida se partió en dos. Hace apenas seis meses perdí a mi Carmen, mi mujer, mi refugio. Con ella se fue todo lo que me sostenía. Seguí yendo al trabajo, no por necesidad, sino para huir del silencio que ahora reinaba en casa. Aquella rutina era mi tabla de salvación, lo único que me daba un atisbo de propósito. Cada tarde, daba largos paseos por las calles de Madrid, retrasando el regreso a ese piso vacío, frío, donde el eco de mis pasos resonaba más fuerte que cualquier ruido.
Mis hijos, Lucía y Alejandro, apenas me visitaban. Con la muerte de su madre, aquel hilo que nos unía se rompió. Temía la soledad, pero más aún saberme un estorbo para ellos.
A veces, en mitad de la Plaza Mayor, buscaba entre la gente algún rostro amigo, alguien que me reconociera, que me abrazara. Pero todos pasaban de largo. Y el corazón, que no me dolía por la edad, empezó a dolerme por dentro.
Hasta que llegó Lucía. No con cariño, sino con cálculo. Sus visitas eran breves, secas, siempre con el mismo tema: el piso. Esta vez ni siquiera disimuló.
—Papá, no puedes seguir viviendo solo en un piso de cuatro habitaciones. Es un despropósito. Véndelo, cómprate algo más pequeño y dame el dinero. Tenemos una hipoteca, los niños necesitan espacio…
Callé. Las manos me temblaban. Las palabras se atascaban en mi garganta.
—Lucía, este fue nuestro hogar. El de tu madre y el mío. No puedo…
Ella se levantó de un salto.
—Ya has vivido lo tuyo, papá. Piensa en nosotros por una vez —su voz temblaba, pero no de pena, sino de impaciencia.
—¿Y tú cuándo vendrás? —pregunté en un susurro.
Ya estaba en la puerta. Se giró y soltó:
—Cuando ya no estés.
El golpe de la puerta resonó en todo el piso como un disparo. Me quedé inmóvil, aplastado por el vacío. Reuní fuerzas y llamé a Alejandro.
—Hijo, necesito hablar contigo. Tu hermana vino otra vez por lo del piso… No quiero venderlo…
Al otro lado, un suspiro.
—Papá, en serio, ¿qué pretendes? Estás solo, el piso es enorme. La verdad, a mí tampoco me vendría mal algo. El coche se está quedando viejo… Véndelo, no seas egoísta.
—¿Y cuándo vendrás? —insistí, aún esperanzado.
—Si vendes el piso, iré.
Colgué sin responder. Me puse el abrigo y salí a la calle. El peso en el pecho era insostenible. Caminé sin rumbo hasta llegar a un banco junto al parque del Retiro. Me senté. Respiré hondo. El corazón, antes agitado, empezó a latir más lento… hasta que dejó de hacerlo.
Murió solo. Bajo un cielo gris, con el móvil en el bolsillo. Nadie lo buscó. Nadie lo echó de menos. No lo querían como padre, ni como hombre. Solo como dueño de un piso en el centro.
Al día siguiente, la puerta volvió a abrirse. Lucía entró con las llaves en la mano y los ojos secos, llenos de cifras. Alejandro llegó después, estrenando coche. En el piso olía a polvo y abandono. Sobre la mesa, una foto vieja: todos juntos, con Carmen, sonriendo. Cuando aún éramos una familia.
Pero la felicidad, como el amor, se esfuma cuando se mide en metros cuadrados y euros.
*La lección es clara: los hijos olvidan, pero el dinero siempre vuelve.*







