Palabra Clave Svetlana sostenía una bolsa con yogur y pan mientras esperaba en la caja del supermercado, cuando el datáfono emitió un pitido y en la pantalla apareció: «Operación denegada». Instintivamente pasó la tarjeta otra vez, como si pudiera convencer a la máquina, pero la cajera ya la miraba con una mezcla de cansancio y recelo. — ¿Quiere probar con otra tarjeta? —preguntó, sin entusiasmo. Svetlana negó con la cabeza, sacó el móvil y vio un mensaje del banco: «Operaciones bloqueadas. Por favor, contacte con atención al cliente». Después llegó otro, esta vez de un número desconocido: «Préstamo aprobado. Contrato nº…». Sintió cómo el calor subía por sus mejillas, mientras alguien en la cola detrás de ella resoplaba impaciente. Pagó en efectivo, con el billete que reservaba «por si acaso», y salió a la calle. La bolsa le cortaba los dedos y no podía dejar de pensar: esto tiene que ser un error. Un malentendido, seguro. De camino a casa llamó al banco. Primero el contestador, luego música, y por fin un operador. — Su cuenta ha sido bloqueada por sospecha de operaciones fraudulentas —informó el operador con voz monótona—. En su historial crediticio aparecen nuevas obligaciones a su nombre. Debe acudir a la sucursal con su DNI. — ¿Qué obligaciones? —intentó mantener la calma—. Yo no he solicitado nada. — En el sistema figuran dos microcréditos y una solicitud de emisión de una nueva SIM a su nombre —el operador lo dijo como quien repasa la factura de la luz—. No podemos desbloquear la cuenta hasta que todo se revise presencialmente. Svetlana colgó y se quedó unos segundos mirando la pantalla del móvil en la parada de autobús. No había un solo SMS, sino tres, y en uno hablaban de «periodo de carencia», en otro avisaban sobre «intereses». Trató de entrar en la banca online: «Acceso restringido». La ansiedad fue helándole el pecho, como una espera angustiosa en la consulta del médico. En casa dejó la bolsa sobre la mesa sin quitarse el abrigo. Su marido, Sergio, estaba con el portátil. — ¿Ha pasado algo? —alzó la mirada. — La tarjeta está bloqueada. El banco… —le mostró el móvil—. Parece que tengo préstamos a mi nombre. Sergio frunció el ceño. — ¿Estás segura de que no has dado ningún consentimiento? Quizá marcaste algo sin darte cuenta. — ¿Yo? —Svetlana sintió un relámpago de indignación—. No he entrado jamás en una financiera. Él suspiró como quien considera que es una molestia doméstica, pero solucionable. — Ya se aclarará. Mañana te pasas por el banco. Sonó casi como si hablara de ir a pagar el recibo de la luz. Svetlana fue a la cocina, puso agua para el té y notó que le temblaban las manos. Guardó el móvil en el bolsillo, pero enseguida lo sacó: una llamada perdida de «Servicios de Cobro». No devolvió la llamada. Pasó la noche en vela, con «sospecha de fraude», «obligaciones», «SIM duplicada» flotando en la cabeza. Imaginaba la visita al banco y la lucha por demostrar que no era culpable de nada. Por la mañana pidió el día libre en el trabajo alegando un problema bancario. Nadie hizo preguntas, y ese silencio le pesó más que la compasión. La cola en la sucursal era interminable: gente agarrando papeles y documentos de identidad, conversaciones sobre transferencias y préstamos. Cuando llegó su turno, la empleada le pidió el DNI y tecleó unos minutos. — Hay dos contratos de micropréstamos —le informó sin levantar la vista—. Uno por veinte mil, y otro por quince mil euros. También hay una solicitud para una SIM de móvil y un intento de transferencia a un tercero. — Yo no he hecho nada de eso —repitió Svetlana. Sus propias palabras le sonaban vacías, como un cliché. — Debe presentar una declaración de desacuerdo con las operaciones y una denuncia de fraude —la empleada le pasó impresos—. Podemos darle el extracto y un certificado de la incidencia. Le recomiendo también pedir un informe completo a la Central de Riesgos. Svetlana firmó, procurando no saltarse ninguna casilla, y preguntó: — Pero… ¿cómo puede pasar esto si tengo confirmaciones por SMS? — Quizá han duplicado la SIM —respondió la empleada—. Entonces los códigos llegan al número nuevo. Consúltelo con su operador. Salió del banco con una carpeta que pesaba como pruebas de una vida ajena. En la tienda de telefonía, el ambiente era sofocante; el chico de la tienda sonreía con falsa simpatía. — Efectivamente, a su nombre se tramitaron una tarjeta SIM hace dos días. En otro local —dijo tras comprobar el DNI. — No la pedí. ¿Cómo pueden entregarla sin mí? Se encogió de hombros. — Con un DNI, o quizá una copia. O una autorización, en cuyo caso queda reflejado. ¿Desea reclamar la emisión? Podemos bloquear el número. — Bloquéenlo —pidió Svetlana—. Y anótenme la dirección del local donde lo hicieron. Le imprimieron el papel: dirección, hora, número de expediente y su antiguo número, junto a la nota: «reemplazo de SIM». Alguien lo había duplicado. Llamó a la Central de Riesgos desde la calle, siguiendo las instrucciones automatizadas: identificaciones, confirmaciones, códigos, y cada verificación le parecía una burla. Al mediodía la llamaron otra vez. — ¿Svetlana Nikolaevna? —voz seca, masculina—. Tiene un impago en contrato de microfinanciación. ¿Cuándo abona la cuota? — No he solicitado ningún préstamo. Es un fraude. — Todos dicen lo mismo —contestó la voz—. Los datos y el contrato son perfectamente válidos. Si no paga, procederemos al cobro por vía judicial. Colgó. El corazón le latía a mil por hora. La vergüenza ardía bajo el miedo: como si la hubieran pillado haciendo algo sucio, aunque estaba limpia. Por la tarde fue a la comisaría. En el aire olía a papel y linóleo desgastado. El agente, un hombre de unos cincuenta, escuchó en silencio y tomó notas. — Microcréditos, duplicado de SIM, intento de transferencia —repitió—. ¿Ha extraviado el DNI? — No, pero he entregado copias para trámites en el trabajo. Y… —vaciló—. En la comunidad también me pidieron para el censo. — Las copias circulan, —el agente suspiró—, pero lo importante aquí es la SIM. Eso es grave. Haga la denuncia y anexe toda la documentación y la dirección del local. Nosotros lo gestionamos. Le pasó hojas y bolígrafo. Svetlana rellenó el parte conteniendo las lágrimas. “Personas desconocidas” le sonaba absurdo: no eran «desconocidos». Era alguien cercano. En casa, Sergio la esperaba en la puerta. — ¿Qué te han dicho? — He puesto la denuncia, y bloqueado la SIM. Mañana al Ayuntamiento por certificados y a la Central de Riesgos. Sergio torció el gesto. — ¿No será mejor pagar y olvidar? Los nervios valen más. Svetlana lo miró, desconcertada. — ¿Pagar lo que no es mío? ¿Y si vuelven? — No digo eso… —él evitó su mirada—. Pero ya sabes cómo es la policía… Ella entendió otra cosa: que él sentía miedo y solo quería que todo desapareciera. Pero eso solo desaparecería junto a su derecho a sí misma. Al día siguiente fue al Ayuntamiento. Allí, colas, turnos automáticos, gente sujetando carpetas, quejas sobre los terminales. Svetlana tomó un número y se sentó abrazando los papeles. Sentía las miradas de los demás y pensaba que llevaba «deudas» escrito en la frente. La funcionaria le explicó qué certificados podía obtener y cómo bloquear la posibilidad de nuevos préstamos futuros. Svetlana apuntó todo en una libreta, incapaz de retenerlo de memoria. Por la noche recibió el informe de la Central de Riesgos. Aparecían dos financieras, más una solicitud rechazada. En cada línea figuraban sus datos: DNI, dirección, empresa. En una casilla: “palabra clave”. Allí estaba el código que solo conocían los suyos. Lo leyó varias veces. Ese código lo eligió ella muchos años antes cuando el banco ofreció «protección extra». Se lo había dicho a Sergio y a su hijo cuando crearon una tarjeta familiar. Y recordó una tarde en que ayudó a Dima, el sobrino de Sergio, a solicitar un trabajo online; lo pronunció en voz alta para comprobar cómo quedaba. Cerró el portátil. El código nunca había salido de casa. No figuraba en las copias. Lo habían escuchado cerca de ella. Buscó la carpeta de documentos; allí estaban copias antiguas del DNI, certificados, contratos. Encontró una copia que hizo para Dima cuando éste se lo pidió «para la nómina». Él le había dicho que tenía problemas para registrarse en la app y necesitaba una copia «solo para enseñar en la oficina». Ella la dio, por ser de la familia, porque Sergio insistió: «Ayúdale, está pasando una mala racha». La copia estaba firmada para evitar «mal uso». Igual no bastó. En la cocina volvió a repasar cada detalle. Dima había pedido dinero hacía un mes. Sergio, entonces, restó importancia. Dima bromeaba, desviaba preguntas. Sergio entró. — ¿Por qué esa cara? Svetlana dejó el informe y la copia sobre la mesa. — Aquí figura la palabra clave, y la SIM la sacaron con mis datos, que solo tenía Dima. Sergio leyó, frunció el ceño. — No querrás decir… —no terminó la frase. — Quiero saber quién conocía ese detalle —habló Svetlana despacio—. Y quién tenía la copia. Sergio se revolvió. — No puede ser, solo está pasando por una mala época. — ¿Una mala época? —la rabia le vino fría—. A mí me llaman y me extorsionan. Me bloquean las cuentas. ¿Qué tengo que pagar, para no «asustarme»? Sergio callaba. No defendía a Dima: defendía una forma de entender el mundo, donde «los tuyos» no hacen eso. Al día siguiente Svetlana fue al local donde duplicaron la SIM. Era un quiosco en un centro comercial. Enseñó el DNI y pidió hablar con el encargado. — No podemos revelar datos personales de terceros —le dijeron—. Si considera que hubo una entrega fraudulenta, proceda por vía policial. — Ya he denunciado —dijo Svetlana—. Solo quiero saber qué documento se usó. La dependienta la miró y bajó la voz. — En el sistema figura: se presentó DNI original, la foto coincidía, la firma estaba. Svetlana sintió un hormigueo en los dedos. No era solo un escaneo. Alguien fue en persona con un documento, verdadero o falso, o con sus datos y una cara parecida. Imaginó a Dima, su mirada esquiva… Salió y llamó a su amiga Natalia, abogada. — Necesito ayuda. Y quizás tenga que decir un nombre. Natalia no preguntó nada. — Ven esta tarde, tráete todos los papeles. Y ni se te ocurra pagar. En el despacho de Natalia olía a café y papelería. Svetlana extendió extractos, denuncias, informes. — Bien que tengas todo documentado —dijo Natalia—. Lo más importante: ya has denunciado. Reclama a las financieras, pide copia de los contratos y datos de la tramitación. Activa el veto a nuevos créditos. Si es alguien de la familia, aún con más motivo: si lo encubres, lo repetirá. Esto va de límites. Svetlana asintió. La palabra «límites» sonaba ajena a la familia, donde a los propios se les daba todo. El sábado, Dima apareció solo. Sergio lo había llamado. Svetlana salió al pasillo, la carpeta en la mano. Allí estaba Dima: flaco, inquieto. — Vaya lío, Svet —rió forzado—. Últimamente pasa mucho. — Sí, pero yo te di una copia de mi DNI. Sergio tensó el ambiente: — No la presiones. — No le presiono —contestó Svetlana—. Sólo pregunto. Dima evitó mirarla y murmuró: — Me hacía falta. Pensé que no te darías cuenta. Iba a devolverlo, lo juro. Los intereses… No podía más. — Lo hiciste a mi nombre —Svetlana oyó su voz lejana—. ¿Sabías que me llamarían, que me bloquearían las cuentas? — Pensé que me daría tiempo… No quería hacerte daño. Solo necesitaba ayuda. Tú siempre ayudas. Eso dolió más que el fraude. Sergio reaccionó, sombrío: — ¿Sabes que esto es delito? — Encontraré el dinero. Solo… no lo denunciéis, por favor. Svetlana sacó la denuncia. — Ya está denunciado. No la retiraré. Dima empalideció: — Somos familia. — La familia no hace esto —respondió Svetlana, temblando pero decidida. Por fin se defendía. Sergio sintió, amargamente, que proteger a Dima significaba sacrificarla a ella. — Vete, Dima. Ahora. Dima se fue, dejando la casa en un silencio de ruptura. Sergio se sentó en el recibidor, derrotado. — No imaginé esto… — Yo tampoco —Svetlana apoyó la espalda contra la pared—. Pero no quiero seguir viviendo como si la confianza fuera una defensa. — ¿Y ahora? — Ahora lo llevo hasta el final. En esta casa también: copias solo para mí, palabras clave nunca más en voz alta, el móvil no sale de mis manos. Sergio asintió, resignado ante la evidencia. Las semanas siguientes fueron una procesión de gestiones: cartas certificadas a financieras, anexos de la denuncia policial, solicitud de copia de contratos; en el banco abrió una nueva cuenta; puso veto en la Central de Riesgos; cambió de número de móvil y protegió los datos con contraseña. Todo era papel: recibos, escaneos, listas de contraseñas en sobre cerrado. Cansancio, sí, pero también la experiencia de recuperar el control. Las llamadas acosadoras seguían, pero Svetlana era otra: — Todo por escrito. Denuncia presentada, referencia tal. Grabo la conversación. Algunos colgaban, otros insistían, pero ella ya no se justificaba. Una tarde recibió la primera respuesta positiva: «Contrato en disputa, proceso de recálculo abierto.» No era el final, pero suponía un primer reconocimiento. Sergio estaba cambiado: no protestó cuando ella puso candado al cajón de los documentos, ni preguntó por las nuevas contraseñas. Una vez intentó hablar de Dima, pero Svetlana se lo cortó: — No lo discuto. Mientras dure la causa. No sentía victoria, sino prevención, como tras un incendio. A fin de mes fue al banco a pedir un certificado de cancelación. La empleada le entregó el documento y le aconsejó: — Cambie el DNI si puede y vigile siempre su historial. Svetlana salió a la calle y respiró hondo. En un quiosco compró libreta y bolígrafo, se sentó y escribió en la primera página: «Reglas». Sin lemas ni promesas, solo un listado: «No ceder copias de documentos. No decir códigos en voz alta. Móvil solo mío. Dinero prestado, sólo por escrito y solo si acepto decir NO». Guardó la libreta en el bolso, cerró la cremallera. Seguía inquieta, pero ahora la inquietud era útil, movilizadora. Sabía que la confianza no desaparece: solo deja de ser incondicional. En casa, preparó té, escondió los nuevos códigos en un sobre dentro de una funda ignífuga. Sergio entró y puso dos tazas sobre la mesa. — Lo entiendo —dijo por fin—. Quería que todo siguiera igual. Svetlana le sostuvo la mirada. — Igual que antes no será. Pero podemos hacer que sea distinto, si nos cuidamos con hechos y no solo con palabras. Sergio asintió. Oyó el clic del candado del escritorio. Ese sonido pequeño era justo lo que necesitaba: la certeza de que ahora, por fin, tenía las riendas de su vida.

Palabra clave

Beatriz sostiene la bolsa con yogur y pan mientras espera en la caja del supermercado del barrio Salamanca, en Madrid. El datáfono pita y en la pantalla aparece: Operación rechazada. Instintivamente, pasa la tarjeta otra vez, como si pudiera convencer a la máquina, pero la cajera ya le lanza una mirada cansada y suspicaz.

¿Tiene otra tarjeta? pregunta la cajera con tono neutro.

Beatriz niega con la cabeza, saca el móvil y ve un SMS del banco: Operaciones suspendidas. Contacte con soporte. Casi al momento, aparece otro mensaje, esta vez de un número desconocido: Préstamo aprobado. Contrato nº. El calor empieza a subirle por el cuello. Mientras, la persona detrás suspira, impaciente.

Paga en efectivo, el billete de veinte euros que siempre lleva por si acaso, y sale a la calle, con la bolsa cortándole los dedos. El único pensamiento que le da vueltas es: esto tiene que ser un error. Un maldito error.

De camino a casa, llama a su banco. La locución automática le pide que pulse números, música de espera y, finalmente, una voz humana.

Su cuenta aparece bloqueada por sospecha de operaciones fraudulentas le explica el operador con voz monótona . Hay nuevas obligaciones reflejadas en su historial crediticio. Debe acudir a la sucursal con su DNI.

¿Qué obligaciones? intenta mantener la calma Beatriz. Yo no he firmado nada.

En el sistema figuran dos micropréstamos y una solicitud de duplicado de tarjeta SIM a su nombre enumera como si recitara una lista de la compra. No podemos quitar el bloqueo sin realizar comprobaciones.

Cuelga y unos segundos se queda parada, observando la pantalla. No es un solo SMS de préstamo. Hay tres. Uno menciona periodo de carencia, otro avisa de aplicación de intereses. Intenta entrar en su banca online, pero no la deja: Acceso restringido. Una inquietud fría y pragmática, parecida a la que se siente sentada en la sala de espera del médico, sube por dentro.

Llega a casa, deja la bolsa sobre la mesa sin quitarse el abrigo. Su marido, Javier, está en el salón, frente al portátil.

¿Te ha pasado algo? pregunta levantando la vista.

No me ha funcionado la tarjeta. El banco la ha bloqueado. Y le muestra el móvil , han contratado unos préstamos a mi nombre.

Javier frunce el ceño.

¿Seguro que no tocaste nada raro en alguna web? Igual firmaste algo sin darte cuenta.

¿Yo? salta Beatriz, sintiendo una punzada de enfado . ¡Si ni me acerco a esas financieras!

Él suspira, como si fuera una avería menor de la lavadora.

Bueno, se aclarará. Mañana te pasas por la sucursal.

Ese te pasas suena a encargar la luz. Beatriz va a la cocina, pone agua a hervir y se da cuenta de que le tiemblan levemente las manos. Guarda el móvil en el bolsillo, lo vuelve a sacar. Otro aviso de llamada perdida: Gestión de recobros. No devuelve la llamada.

Por la noche casi no duerme. No deja de darle vueltas a palabras ajenas: sospecha de fraude, obligaciones, SIM. Se imagina acudiendo al banco al día siguiente y que allí le dicen: Es usted. Y cómo tendría que jurar que no, justificándose por cosas que nunca hizo.

Por la mañana, sale antes de lo habitual. Pide el día en el trabajo: Un tema con el banco, explica a la coordinadora. Ella la mira un segundo de más, sin hacer preguntas. Ese silencio le resulta peor que cualquier compasión.

La cola en la sucursal del banco se arrastra frente a los puestos de atención. Todos con el DNI y papeles en la mano, hablando de transferencias, hipotecas, sólo quiero preguntar. Cuando le toca, la empleada le pide el DNI y teclea en el ordenador.

Tiene dos micropréstamos contratados anuncia sin alzar la vista . Uno de dos mil euros, otro de mil quinientos. Además, solicitud de duplicado de SIM y un intento de transferencia a una tarjeta de un tercero.

Yo no he hecho nada de eso repite Beatriz. Las palabras suenan huecas, como de trámite.

Entonces debe poner una reclamación de operaciones no reconocidas y denuncia de fraude le dice la empleada, tendiéndole impresos. Aquí puede recoger el extracto y el certificado de bloqueo. Le recomiendo también solicitar su informe de crédito en la CIRBE.

Ella recoge los papeles. En la letra pequeña pone que el banco no garantiza una resolución favorable. Firma, procurando no equivocarse en las casillas, y pregunta:

Pero, ¿cómo ha podido pasar? Si tengo SMS de confirmación.

Han podido solicitar un duplicado de SIM responde la empleada . Entonces los códigos llegan al número nuevo. Debería consultarlo con el operador.

Sale del banco con una carpeta de extractos y papeles que pesan como pruebas de una vida ajena.

En la tienda del operador de telefonía, el aire está denso y el dependiente sonríe como si vendiera fundas para móviles.

Efectivamente, hay una SIM dada de alta a su nombre informa tras revisar el DNI . Se emitió hace dos días. En otra tienda.

Yo no la he recogido Beatriz traga saliva. ¿Cómo pudieron hacerlo sin mí?

Él se encoge de hombros.

Hace falta DNI. A veces con una copia. O con autorización, pero entonces queda constancia. Si quiere, puede presentar reclamación. Procedemos a bloquear el número.

Bloquéelo dice Beatriz . Y quiero la dirección de la tienda donde la emitieron.

Le imprime un papel: dirección, hora, número de expediente. En la casilla de número de contacto figura su antiguo móvil, que se sabe de memoria. El suyo de siempre. Pero al lado aparece la nota: cambio de SIM. Alguien pidió un duplicado.

En la acera, llama a la oficina de la CIRBE. Más indicaciones: hay que registrarse en la web, identificarse, esperar el informe. Espera recostada en la pared, pulsando botones, metiendo códigos que ya no le parecen escudos, sino una broma pesada.

A mediodía vuelve a sonar el móvil.

¿Beatriz Fernández García? voz seca de hombre . Tiene vencido su microcrédito. ¿Cuándo va a pagar?

Yo no he pedido nada. Ha sido un fraude.

Eso lo dicen todos responde el hombre. Tenemos un contrato y sus datos. Si no paga, recurriremos a otras vías.

Cuelga. Siente el corazón golpearle como si acabara de correr. La vergüenza le quema junto al miedo, como si la hubieran pillado haciendo algo sucio, aunque no tenga culpa de nada.

Por la tarde, se presenta en la comisaría. Huele a papel y linóleo antiguo. El agente, unos cincuenta años, escucha sin interrumpir, tomando notas.

Así que micropréstamos, SIM duplicada, intento de transferencia resume. ¿Ha perdido o le han robado el DNI?

No, nunca responde Beatriz. Pero sí hice alguna copia, para el seguro del trabajo hace tiempo Y también, para la administración de la finca, por el tema del IBI.

Las copias acaban rodando por ahí suspira él. Pero lo relevante aquí es la SIM duplicada. Eso ya es otra cosa. Escriba la denuncia y adjunte extractos, dirección de la tienda, todo. Iniciaremos las diligencias.

Le pasa un formulario y ella tiembla al escribir, aguantando las ganas de echarse a llorar. Desconocidos suena ridículo. Siente que no son desconocidos sin más, sino alguien que conoce dónde vive y cómo es su vida.

Al volver a casa, Javier la espera en la puerta.

¿Qué te han dicho?

Ya he presentado denuncia. La SIM está bloqueada. Mañana iré al registro de la propiedad y a la CIRBE a por más documentos responde deprisa, como si la rapidez pudiera contenerlo todo.

Javier pone cara de pocos amigos.

Igual lo mejor sería pagar y olvidarnos. Los nervios cuestan más.

Beatriz lo mira, sorprendida.

¿Pagar por lo que ha hecho otro? ¿Y la próxima vez?

No quería decir eso… baja la mirada . Es que la policía

Entiende que él simplemente siente miedo y quiere que todo desaparezca. Pero solo desaparecería también su derecho a sí misma.

Al día siguiente va al registro de la propiedad. Sala con pantalla de turnos, gente con carpetas, quejas contra la máquina. Beatriz saca un número y espera con los papeles abrazados. Siente que todos la miran y piensa que lleva escrito deudas en la frente. Irracional, pero real.

La funcionaria le detalla qué trámites puede hacer, cómo presentar declaraciones a través de la web oficial, cómo vetar futuras financiaciones en su informe crediticio. Ella lo apunta todo en una libreta; su cabeza no retiene más.

Esa noche recibe el informe de la CIRBE. Beatriz abre el archivo en su portátil. Aparecen dos financieras y otra solicitud rechazada. Todas tienen sus datos: DNI, dirección, lugar de trabajo. Y en el apartado de palabra clave, la contraseña que solo conocen los más cercanos.

Lee varias veces. Esa palabra la eligió años atrás, como medida de protección extra al abrir la cuenta bancaria. Eligió una fácil para no olvidarla. Se la llegó a decir a Javier y a su hijo cuando pidieron una tarjeta conjunta familiar. Y recuerda el invierno pasado, ayudó a su sobrino político, Nico, a buscar trabajo. Se sentó con él en la cocina, rellenando juntos una solicitud online. Él bromeaba: Estos códigos nadie los recuerda. Ella, sin pensar, dijo la palabra clave en voz alta para escuchar cómo sonaba.

Cierra el portátil. Siente el frío vacío del golpe. La palabra clave no pudo salir de Internet abstracto. No está en la copia del DNI. Solo la escuchó gente muy cercana.

Saca del armario la carpeta de documentos. Entre las viejas fotocopias, encuentra la del DNI que hizo para Nico cuando le pidió ayuda para sacar una tarjeta de nómina. Comentó que tenía problemas con la app y le pidió una simple copia para enseñar en la oficina. Se la dio; era de los suyos, le daban pena, Javier insistió: Ayúdale, que le cuesta.

Allí está la copia, firmada en el margen; solo para uso bancario. Igual, al final, no sirvió de nada.

Beatriz se queda sentada, mirando el folio. Recuerda cuando Nico vino un mes atrás, pidiendo dinero hasta que cobre, cómo Javier restó importancia: No empieces, mujer, por fin está saliendo adelante. Cómo Nico siempre evitaba preguntas, cómo era rápido esquivando diálogos.

Javier entra en la cocina.

¿Qué te pasa?

Beatriz le muestra el informe y la copia del DNI.

Mira: la palabra clave y la SIM sacada con mis datos. La copia estaba con Nico.

Javier repasa los papeles, serio.

¿No estarás pensando? no termina la frase.

Solo quiero entender quién pudo saberlo dice Beatriz despacio, para contenerse . Y quién tenía mi copia.

Él aparta la silla bruscamente.

¿De verdad lo crees? Es familia, está en un mal momento.

¿Un mal momento? le arde la rabia dentro, fría. Yo también estoy en un mal momento. Me amenazan, me bloquean la cuenta, me ofrecen pagar para no tener problemas.

Javier calla. Más que aceptación, es resistencia. Quiere proteger el orden donde los tuyos no te hacen esto.

Al día siguiente, Beatriz va hasta la dirección del local donde sacaron la SIM. Un pequeño local en un centro comercial. Enseña el DNI y pide hablar con la responsable.

No podemos decir datos de terceros responde la empleada, bajando la voz . Si considera que fue irregular, gestione la reclamación a través de la policía.

Ya he puesto denuncia replica Beatriz . Solo quiero saber qué documento presentaron.

La chica le sostiene la mirada.

En el sistema consta: presentado DNI original. Las fotos coinciden. Firmó.

Beatriz nota cómo se le entumecen los dedos. No fue solo un escaneo. Fue alguien que se presentó, que iba más o menos parecido a ella, o con un DNI manipulado. Imagina a Nico: delgado, evitando miradas, justificando la pérdida del móvil. El empleado, cansado, sin ganas de líos.

Sale del centro comercial y llama a su amiga Carmen, abogada en un despacho pequeño.

Necesito consejo le dice . Y creo que tendré que dar un nombre.

Carmen no pregunta más.

Vente esta tarde, tráelo todo. Y no se te ocurra pagar a usureros.

La oficina de Carmen huele a café y papeles. Beatriz extiende los extractos, las denuncias, el informe de la CIRBE, el papel de la tienda.

Bien hecho guardarlo todo dice Carmen . Ahora toca: la denuncia ya está en marcha. Escribe a cada financiera, comunícales que tú no has firmado nada, pide copias de los contratos. Y pon el veto de créditos en la web oficial. No arregla todo, pero limita el riesgo.

¿Y si es un familiar? pregunta Beatriz con esfuerzo.

Carmen la mira fija.

Más motivo aún. Si lo tapas, entenderá que puede volver a hacerlo. No es dinero, son límites.

Beatriz asiente. Límites suena extraño en su familia, donde los tuyos siempre podían pedir.

El sábado, Nico acude sin avisar. Javier le ha llamado a charlar. Ella oye el saludo alegre, un chascarrillo. Sale al pasillo, carpeta en mano.

¿Qué tal, Beatriz? dice él . Javier me ha contado que tienes un lío.

No le invita a pasar a la cocina. Se queda de pie, con la carpeta.

El lío es mío responde ella . Alguien ha pedido préstamos y una SIM a mi nombre. Hasta la palabra clave se usó.

Nico parpadea, la sonrisa se le seca.

Qué fuerte, macho pasa mucho eso.

Ya Y la copia de mi DNI la tenías tú.

Javier está junto a ella, tenso.

No le acuses así murmura él.

No acuso. Pregunto.

Nico baja la mirada, luego la sube.

Lo necesitaba suelta en voz baja . Creía que no te darías cuenta tan rápido. Era para tapar otra deuda. Luego te lo devolvería. Los intereses me ahogan

Has usado mi nombre el tono de Beatriz es plano, casi ajeno. ¿Sabes que me han llamado, me han bloqueado el dinero?

Creía que me daría tiempo No quería hacerte daño. Nadie me apoya, y tú siempre ayudas

Eso duele más que la confesión. Tú siempre ayudas como una exigencia.

Javier se adelanta.

Nico, sabes que esto es delito le dice grave. Ya no puedes echarte atrás.

Lo arreglaré, te lo juro, encontraré un trabajo… No digas

Beatriz muestra la copia de la denuncia policial.

Ya está hecho dice . No pienso retirarla.

Nico palidece.

¡Pero si somos familia!

La familia no hace esto contesta. Teme temblar, pero la invade una firmeza nueva.

Javier la mira y nota el dolor. Quería proteger a Nico, pero hoy ve que, al hacerlo, el precio era su mujer y su nombre.

Vete le dice a Nico. Ahora mismo.

Nico vacila un segundo, como esperando que el milagro suceda. Luego se va. Cierra la puerta. En casa, el silencio suena a grieta más que a alivio.

Javier se sienta y se pasa las manos por la cara.

Nunca pensé que llegaría a esto susurra.

Yo tampoco responde Beatriz . Pero no pienso vivir creyendo que confiar te protege de todo.

Él la mira.

¿Y ahora?

Ahora iré hasta el final afirma . Y en casa también. Ni una copia de documentos. Contraseñas, solo las mías. Si alguien quiere el móvil un segundo, no se le da.

Javier asiente, reconociendo una derrota, pero sin discutir.

Las semanas siguientes son como una carrera de fondo. Beatriz envía burofaxes a las microfinancieras, adjunta la denuncia, exige copias, pide videos de la emisión de la SIM. En el banco abre una nueva cuenta y solicita el traspaso de la nómina. Bloquea créditos en la web oficial, activa alertas de movimiento. Cambia a nuevo número, pide que solo pueda duplicarse presencialmente y con verificación doble.

Cada paso deja rastros: copias registradas, mails guardados, contraseñas apuntadas y selladas en un sobre aparte. Está cansada, pero siente que recupera el control.

Los cobradores seguirán llamando, pero ya contesta distinto.

Todo, por escrito repite. Denuncia presentada, número de registro tal. La llamada se graba.

Algunos cuelgan, otros insisten, pero ella ya no se justifica. Archiva cada llamada y las reenvía a Carmen.

Una tarde, una financiera responde: Contrato declarado en disputa. Suspensión de pagos hasta resolver. No es una victoria, pero por primera vez reconocen que no debe probar lo obvio eternamente.

Javier se vuelve más silencioso. No se queja cuando Beatriz pone candado a la carpeta de los papeles. Ni pregunta el nuevo PIN de su móvil. Él menciona a Nico alguna vez, pero ella lo frena.

No hablo de él concluye . Hasta que acabe esto.

No hay orgullo. Solo una vigilancia serena, como tras un incendio cuando la casa aguanta, pero aún huele a humo.

A final de mes, Beatriz va al banco a por el certificado de cierre de operaciones. La empleada se lo entrega y aconseja:

Han levantado el bloqueo, pero trámitese un nuevo DNI si puede y revise su informe de crédito cada poco.

Sale a la calle y por primera vez deja que el aire le alivie. Compra una libreta y un bolígrafo en un puesto cercano, se sienta en un banco bajo los árboles. Escribe en la primera página en grande: Normas. Sin frases de autoayuda, ni intenciones grandilocuentes, solo una lista.

No entregar copias de documentos. No decir palabras clave en voz alta. Solo yo tengo el móvil. Solo presto dinero si sé decir no.

Cierra la libreta y la mete en el bolso. Sigue siendo vulnerable, pero ahora ese miedo es útil: ya no la paraliza. Confía, pero no a ciegas.

En casa, al poner el té, mete los nuevos códigos en un sobre ignífugo. Javier entra en silencio y pone dos tazas en la mesa.

Lo he entendido admite. Tenías razón. Solo quería que todo volviera a ser como antes.

Ella lo mira.

Como antes no, Javier. Pero sí podemos cuidarnos con hechos, no promesas.

Asiente. Oye el clic del candado en el cajón. Ese pequeño chasquido, sutil, es justo lo que necesita ahora: recuperar el control, paso a paso, con pequeñas acciones.

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MagistrUm
Palabra Clave Svetlana sostenía una bolsa con yogur y pan mientras esperaba en la caja del supermercado, cuando el datáfono emitió un pitido y en la pantalla apareció: «Operación denegada». Instintivamente pasó la tarjeta otra vez, como si pudiera convencer a la máquina, pero la cajera ya la miraba con una mezcla de cansancio y recelo. — ¿Quiere probar con otra tarjeta? —preguntó, sin entusiasmo. Svetlana negó con la cabeza, sacó el móvil y vio un mensaje del banco: «Operaciones bloqueadas. Por favor, contacte con atención al cliente». Después llegó otro, esta vez de un número desconocido: «Préstamo aprobado. Contrato nº…». Sintió cómo el calor subía por sus mejillas, mientras alguien en la cola detrás de ella resoplaba impaciente. Pagó en efectivo, con el billete que reservaba «por si acaso», y salió a la calle. La bolsa le cortaba los dedos y no podía dejar de pensar: esto tiene que ser un error. Un malentendido, seguro. De camino a casa llamó al banco. Primero el contestador, luego música, y por fin un operador. — Su cuenta ha sido bloqueada por sospecha de operaciones fraudulentas —informó el operador con voz monótona—. En su historial crediticio aparecen nuevas obligaciones a su nombre. Debe acudir a la sucursal con su DNI. — ¿Qué obligaciones? —intentó mantener la calma—. Yo no he solicitado nada. — En el sistema figuran dos microcréditos y una solicitud de emisión de una nueva SIM a su nombre —el operador lo dijo como quien repasa la factura de la luz—. No podemos desbloquear la cuenta hasta que todo se revise presencialmente. Svetlana colgó y se quedó unos segundos mirando la pantalla del móvil en la parada de autobús. No había un solo SMS, sino tres, y en uno hablaban de «periodo de carencia», en otro avisaban sobre «intereses». Trató de entrar en la banca online: «Acceso restringido». La ansiedad fue helándole el pecho, como una espera angustiosa en la consulta del médico. En casa dejó la bolsa sobre la mesa sin quitarse el abrigo. Su marido, Sergio, estaba con el portátil. — ¿Ha pasado algo? —alzó la mirada. — La tarjeta está bloqueada. El banco… —le mostró el móvil—. Parece que tengo préstamos a mi nombre. Sergio frunció el ceño. — ¿Estás segura de que no has dado ningún consentimiento? Quizá marcaste algo sin darte cuenta. — ¿Yo? —Svetlana sintió un relámpago de indignación—. No he entrado jamás en una financiera. Él suspiró como quien considera que es una molestia doméstica, pero solucionable. — Ya se aclarará. Mañana te pasas por el banco. Sonó casi como si hablara de ir a pagar el recibo de la luz. Svetlana fue a la cocina, puso agua para el té y notó que le temblaban las manos. Guardó el móvil en el bolsillo, pero enseguida lo sacó: una llamada perdida de «Servicios de Cobro». No devolvió la llamada. Pasó la noche en vela, con «sospecha de fraude», «obligaciones», «SIM duplicada» flotando en la cabeza. Imaginaba la visita al banco y la lucha por demostrar que no era culpable de nada. Por la mañana pidió el día libre en el trabajo alegando un problema bancario. Nadie hizo preguntas, y ese silencio le pesó más que la compasión. La cola en la sucursal era interminable: gente agarrando papeles y documentos de identidad, conversaciones sobre transferencias y préstamos. Cuando llegó su turno, la empleada le pidió el DNI y tecleó unos minutos. — Hay dos contratos de micropréstamos —le informó sin levantar la vista—. Uno por veinte mil, y otro por quince mil euros. También hay una solicitud para una SIM de móvil y un intento de transferencia a un tercero. — Yo no he hecho nada de eso —repitió Svetlana. Sus propias palabras le sonaban vacías, como un cliché. — Debe presentar una declaración de desacuerdo con las operaciones y una denuncia de fraude —la empleada le pasó impresos—. Podemos darle el extracto y un certificado de la incidencia. Le recomiendo también pedir un informe completo a la Central de Riesgos. Svetlana firmó, procurando no saltarse ninguna casilla, y preguntó: — Pero… ¿cómo puede pasar esto si tengo confirmaciones por SMS? — Quizá han duplicado la SIM —respondió la empleada—. Entonces los códigos llegan al número nuevo. Consúltelo con su operador. Salió del banco con una carpeta que pesaba como pruebas de una vida ajena. En la tienda de telefonía, el ambiente era sofocante; el chico de la tienda sonreía con falsa simpatía. — Efectivamente, a su nombre se tramitaron una tarjeta SIM hace dos días. En otro local —dijo tras comprobar el DNI. — No la pedí. ¿Cómo pueden entregarla sin mí? Se encogió de hombros. — Con un DNI, o quizá una copia. O una autorización, en cuyo caso queda reflejado. ¿Desea reclamar la emisión? Podemos bloquear el número. — Bloquéenlo —pidió Svetlana—. Y anótenme la dirección del local donde lo hicieron. Le imprimieron el papel: dirección, hora, número de expediente y su antiguo número, junto a la nota: «reemplazo de SIM». Alguien lo había duplicado. Llamó a la Central de Riesgos desde la calle, siguiendo las instrucciones automatizadas: identificaciones, confirmaciones, códigos, y cada verificación le parecía una burla. Al mediodía la llamaron otra vez. — ¿Svetlana Nikolaevna? —voz seca, masculina—. Tiene un impago en contrato de microfinanciación. ¿Cuándo abona la cuota? — No he solicitado ningún préstamo. Es un fraude. — Todos dicen lo mismo —contestó la voz—. Los datos y el contrato son perfectamente válidos. Si no paga, procederemos al cobro por vía judicial. Colgó. El corazón le latía a mil por hora. La vergüenza ardía bajo el miedo: como si la hubieran pillado haciendo algo sucio, aunque estaba limpia. Por la tarde fue a la comisaría. En el aire olía a papel y linóleo desgastado. El agente, un hombre de unos cincuenta, escuchó en silencio y tomó notas. — Microcréditos, duplicado de SIM, intento de transferencia —repitió—. ¿Ha extraviado el DNI? — No, pero he entregado copias para trámites en el trabajo. Y… —vaciló—. En la comunidad también me pidieron para el censo. — Las copias circulan, —el agente suspiró—, pero lo importante aquí es la SIM. Eso es grave. Haga la denuncia y anexe toda la documentación y la dirección del local. Nosotros lo gestionamos. Le pasó hojas y bolígrafo. Svetlana rellenó el parte conteniendo las lágrimas. “Personas desconocidas” le sonaba absurdo: no eran «desconocidos». Era alguien cercano. En casa, Sergio la esperaba en la puerta. — ¿Qué te han dicho? — He puesto la denuncia, y bloqueado la SIM. Mañana al Ayuntamiento por certificados y a la Central de Riesgos. Sergio torció el gesto. — ¿No será mejor pagar y olvidar? Los nervios valen más. Svetlana lo miró, desconcertada. — ¿Pagar lo que no es mío? ¿Y si vuelven? — No digo eso… —él evitó su mirada—. Pero ya sabes cómo es la policía… Ella entendió otra cosa: que él sentía miedo y solo quería que todo desapareciera. Pero eso solo desaparecería junto a su derecho a sí misma. Al día siguiente fue al Ayuntamiento. Allí, colas, turnos automáticos, gente sujetando carpetas, quejas sobre los terminales. Svetlana tomó un número y se sentó abrazando los papeles. Sentía las miradas de los demás y pensaba que llevaba «deudas» escrito en la frente. La funcionaria le explicó qué certificados podía obtener y cómo bloquear la posibilidad de nuevos préstamos futuros. Svetlana apuntó todo en una libreta, incapaz de retenerlo de memoria. Por la noche recibió el informe de la Central de Riesgos. Aparecían dos financieras, más una solicitud rechazada. En cada línea figuraban sus datos: DNI, dirección, empresa. En una casilla: “palabra clave”. Allí estaba el código que solo conocían los suyos. Lo leyó varias veces. Ese código lo eligió ella muchos años antes cuando el banco ofreció «protección extra». Se lo había dicho a Sergio y a su hijo cuando crearon una tarjeta familiar. Y recordó una tarde en que ayudó a Dima, el sobrino de Sergio, a solicitar un trabajo online; lo pronunció en voz alta para comprobar cómo quedaba. Cerró el portátil. El código nunca había salido de casa. No figuraba en las copias. Lo habían escuchado cerca de ella. Buscó la carpeta de documentos; allí estaban copias antiguas del DNI, certificados, contratos. Encontró una copia que hizo para Dima cuando éste se lo pidió «para la nómina». Él le había dicho que tenía problemas para registrarse en la app y necesitaba una copia «solo para enseñar en la oficina». Ella la dio, por ser de la familia, porque Sergio insistió: «Ayúdale, está pasando una mala racha». La copia estaba firmada para evitar «mal uso». Igual no bastó. En la cocina volvió a repasar cada detalle. Dima había pedido dinero hacía un mes. Sergio, entonces, restó importancia. Dima bromeaba, desviaba preguntas. Sergio entró. — ¿Por qué esa cara? Svetlana dejó el informe y la copia sobre la mesa. — Aquí figura la palabra clave, y la SIM la sacaron con mis datos, que solo tenía Dima. Sergio leyó, frunció el ceño. — No querrás decir… —no terminó la frase. — Quiero saber quién conocía ese detalle —habló Svetlana despacio—. Y quién tenía la copia. Sergio se revolvió. — No puede ser, solo está pasando por una mala época. — ¿Una mala época? —la rabia le vino fría—. A mí me llaman y me extorsionan. Me bloquean las cuentas. ¿Qué tengo que pagar, para no «asustarme»? Sergio callaba. No defendía a Dima: defendía una forma de entender el mundo, donde «los tuyos» no hacen eso. Al día siguiente Svetlana fue al local donde duplicaron la SIM. Era un quiosco en un centro comercial. Enseñó el DNI y pidió hablar con el encargado. — No podemos revelar datos personales de terceros —le dijeron—. Si considera que hubo una entrega fraudulenta, proceda por vía policial. — Ya he denunciado —dijo Svetlana—. Solo quiero saber qué documento se usó. La dependienta la miró y bajó la voz. — En el sistema figura: se presentó DNI original, la foto coincidía, la firma estaba. Svetlana sintió un hormigueo en los dedos. No era solo un escaneo. Alguien fue en persona con un documento, verdadero o falso, o con sus datos y una cara parecida. Imaginó a Dima, su mirada esquiva… Salió y llamó a su amiga Natalia, abogada. — Necesito ayuda. Y quizás tenga que decir un nombre. Natalia no preguntó nada. — Ven esta tarde, tráete todos los papeles. Y ni se te ocurra pagar. En el despacho de Natalia olía a café y papelería. Svetlana extendió extractos, denuncias, informes. — Bien que tengas todo documentado —dijo Natalia—. Lo más importante: ya has denunciado. Reclama a las financieras, pide copia de los contratos y datos de la tramitación. Activa el veto a nuevos créditos. Si es alguien de la familia, aún con más motivo: si lo encubres, lo repetirá. Esto va de límites. Svetlana asintió. La palabra «límites» sonaba ajena a la familia, donde a los propios se les daba todo. El sábado, Dima apareció solo. Sergio lo había llamado. Svetlana salió al pasillo, la carpeta en la mano. Allí estaba Dima: flaco, inquieto. — Vaya lío, Svet —rió forzado—. Últimamente pasa mucho. — Sí, pero yo te di una copia de mi DNI. Sergio tensó el ambiente: — No la presiones. — No le presiono —contestó Svetlana—. Sólo pregunto. Dima evitó mirarla y murmuró: — Me hacía falta. Pensé que no te darías cuenta. Iba a devolverlo, lo juro. Los intereses… No podía más. — Lo hiciste a mi nombre —Svetlana oyó su voz lejana—. ¿Sabías que me llamarían, que me bloquearían las cuentas? — Pensé que me daría tiempo… No quería hacerte daño. Solo necesitaba ayuda. Tú siempre ayudas. Eso dolió más que el fraude. Sergio reaccionó, sombrío: — ¿Sabes que esto es delito? — Encontraré el dinero. Solo… no lo denunciéis, por favor. Svetlana sacó la denuncia. — Ya está denunciado. No la retiraré. Dima empalideció: — Somos familia. — La familia no hace esto —respondió Svetlana, temblando pero decidida. Por fin se defendía. Sergio sintió, amargamente, que proteger a Dima significaba sacrificarla a ella. — Vete, Dima. Ahora. Dima se fue, dejando la casa en un silencio de ruptura. Sergio se sentó en el recibidor, derrotado. — No imaginé esto… — Yo tampoco —Svetlana apoyó la espalda contra la pared—. Pero no quiero seguir viviendo como si la confianza fuera una defensa. — ¿Y ahora? — Ahora lo llevo hasta el final. En esta casa también: copias solo para mí, palabras clave nunca más en voz alta, el móvil no sale de mis manos. Sergio asintió, resignado ante la evidencia. Las semanas siguientes fueron una procesión de gestiones: cartas certificadas a financieras, anexos de la denuncia policial, solicitud de copia de contratos; en el banco abrió una nueva cuenta; puso veto en la Central de Riesgos; cambió de número de móvil y protegió los datos con contraseña. Todo era papel: recibos, escaneos, listas de contraseñas en sobre cerrado. Cansancio, sí, pero también la experiencia de recuperar el control. Las llamadas acosadoras seguían, pero Svetlana era otra: — Todo por escrito. Denuncia presentada, referencia tal. Grabo la conversación. Algunos colgaban, otros insistían, pero ella ya no se justificaba. Una tarde recibió la primera respuesta positiva: «Contrato en disputa, proceso de recálculo abierto.» No era el final, pero suponía un primer reconocimiento. Sergio estaba cambiado: no protestó cuando ella puso candado al cajón de los documentos, ni preguntó por las nuevas contraseñas. Una vez intentó hablar de Dima, pero Svetlana se lo cortó: — No lo discuto. Mientras dure la causa. No sentía victoria, sino prevención, como tras un incendio. A fin de mes fue al banco a pedir un certificado de cancelación. La empleada le entregó el documento y le aconsejó: — Cambie el DNI si puede y vigile siempre su historial. Svetlana salió a la calle y respiró hondo. En un quiosco compró libreta y bolígrafo, se sentó y escribió en la primera página: «Reglas». Sin lemas ni promesas, solo un listado: «No ceder copias de documentos. No decir códigos en voz alta. Móvil solo mío. Dinero prestado, sólo por escrito y solo si acepto decir NO». Guardó la libreta en el bolso, cerró la cremallera. Seguía inquieta, pero ahora la inquietud era útil, movilizadora. Sabía que la confianza no desaparece: solo deja de ser incondicional. En casa, preparó té, escondió los nuevos códigos en un sobre dentro de una funda ignífuga. Sergio entró y puso dos tazas sobre la mesa. — Lo entiendo —dijo por fin—. Quería que todo siguiera igual. Svetlana le sostuvo la mirada. — Igual que antes no será. Pero podemos hacer que sea distinto, si nos cuidamos con hechos y no solo con palabras. Sergio asintió. Oyó el clic del candado del escritorio. Ese sonido pequeño era justo lo que necesitaba: la certeza de que ahora, por fin, tenía las riendas de su vida.