Diario, 12 de marzo
Hoy no he dejado de pensar en aquella fiesta de quince años que organicé para Alba, mi hijastra. Ahora que todo ha pasado, siento la necesidad de escribir para intentar entender cómo me siento y cómo se precipitaron los acontecimientos.
Han sido diez años criando a Alba como si fuera mi propia hija. Diez años cambiando pañales, llevándola cada semana a clases de piano, ayudándole con los deberes, enseñándole a cuidarse, consolándola cuando vivió sus primeras decepciones. Diez años en los que me llamó mamá. No la mujer de papá, ni la madrastra. Sencillamente, mamá.
Empecé a prepararle su fiesta de quince en cuanto faltaron unos meses; quería que fuera especial. Alquilé un local bonito en el centro de Madrid, encargué un vestido precioso, contraté música, preparé comida típica y dulces para todos los invitados. Invertí todos mis ahorros creyendo que nada podía hacerme más ilusión. Yo sentía que Alba era mi hija.
O al menos eso pensaba.
A unas tres semanas de la fiesta apareció la madre biológica, Leticia. Había estado desaparecida años, sin llamadas ni carta, ni ayuda. De repente estaba allí, en mi casa, con lágrimas en los ojos y diciendo que quería volver a empezar.
Quizá debía haber sospechado algo. Pero decidí confiar.
El día de la fiesta llegué pronto al salón de celebraciones en la calle Princesa, para supervisar los últimos detalles. Todo estaba impecablelas mesas bien dispuestas, la decoración preparada, el pastel de nata y fresas listo. Mientras repasaba que nada faltase, sentí una mano sobre el hombro.
Me dijeron que mejor me marchara. Que era un momento de familia. Que mi sitio no era allí.
Intenté explicarme, recordando que yo había criado a Alba, que todo aquello lo había pagado yo con mi dinero, con cada euro que había ahorrado. Pero nadie quiso escucharme.
El hombre con el que había compartido mi vida durante tantos años solo repitió que era lo mejor para la niña.
No lloré. No grité. Salí tranquilamente.
Aquella misma noche, mientras guardaba mis cosas en cajas, sonó el timbre. Era muy tarde ya.
Abrí la puerta y allí estaba Alba, con su vestido de fiesta, los ojos hinchados de tanto llorar, agotada.
Me he ido me dijo, temblando. No podía quedarme allí sin ti.
Le susurré que tenía que estar con sus padres, pero ella me abrazó fuerte y me murmuró:
Tú eres mi madre. Eres la que me conoce de verdad. Siempre has estado conmigo.
La abracé como si el tiempo se detuviera.
Me contó que, al dar las gracias durante la fiesta, preguntó por mí. Le dijeron que había decidido no venir. Entonces, delante de todos, contó la verdad. Y se fue.
Desde esa noche se quedó conmigo. Vimos películas hasta tarde, cenamos pizza y hablamos de todo y de nada. Al fin, después de días, sentí calma.
Al día siguiente recibí muchas llamadas. No respondí a ninguna.
Pasaron los meses y al final todo se resolvió, también legalmente. Comencé una nueva vida, distinta. Alba se volcó en sus estudios, y eligió quedarse a mi lado.
Aún guarda aquel vestido en el armario.
Para recordar el día en que elegí a mi familia de verdad me dice.
Y a veces, en silencio, me pregunto:
¿Quién abandonó realmente a quién aquel día?







