Pagué el precio por la felicidad de mi hijo: la historia de cómo elegí a mi nuera perfecta y el secreto que unió a mi familia

Pagué por la felicidad de mi hijo

Estuve mucho tiempo dándole vueltas y finalmente decidí que yo misma eligiría nuera para casa, y, de paso, esposa para mi hijo. Ya que una madre nunca descansa, pensé que era mejor para todos elegir a la chica más adecuada y juntarlos como corresponde. Mi hijo es el sol de mi vida, el niño más deseado de este mundo (y no es amor de madre, que conste). Estoy locamente enamorada de mi hijo ni la Duquesa de Alba sentía una pasión igual por sus tierras y siempre fue solo mío: lo crié como a un conquistador desde que usaba pañales, me pasé noches en vela por su tos y le curé magulladuras suficientes como para escribir una enciclopedia médica. ¿Y ahora tengo que entregarlo a otra mujer así como así? ¡Ja!

Siempre supe que llegaría el día en que mi hijo encontraría pareja, pero qué dura es la vida cuando una tiene que resignarse a compartirlo, y encima con una desconocida. Así que tracé un plan tan astuto como si lo hubiera ideado un hidalgo de la Mancha.

Acepté con cierta elegancia que mi hijo empezara a fijarse en chicas, pero ni de lejos podía tragar a su novia actual, una muchacha más consentida que una princesa en palacio. Se lo dije clarito: esa chica no es para ti, hijo mío. Aquí en esta casa necesitamos a una chica decente, limpia y modesta, que no venga a darnos sustos.

Por supuesto, ni una sola palabra le confesé acerca de mi plan secreto. Me lancé a la búsqueda de nuera con el temple de alguien que rellena la Declaración de la Renta. Quería a una chica con la que pudiera tomar un café sin sacar el abanico.

La lista era corta: la hija de la vecina, la sobrina de un amigo y unas cuantas compañeras de clase de mi hijo. Hablé primero con la vecina y su hija, pero al verlas llegar entendí de inmediato que no era mi opción. La hija era más bien grandota nada que objetar, pero yo pensaba en la felicidad de mi hijo; quería alguien con más porte.

Luego planteé el asunto a la sobrina de mi amigo, pero resulta que ya tenía novio, así que taché ese nombre del cuaderno. Las compañeras de su clase, mejor ni comentarlo: aquello era como Las Meninas, pero en versión siglo XXI.

Lo reconozco: me quedé en blanco. Así que me tocó espiar un poco a mi hijo para ver qué tipo de chicas le gustaban.

Tuve que tirar de picaresca y decirle que quería ver cómo trabajaba. Al hombrecillo no le hacía mucha gracia, pero aceptó, resignado, como buen español. Pasé el día entero observando sus interacciones laborales, cotilleando un poco con las compañeras y recabando información insólita.

Al final de la jornada, ya tenía claro que en el trabajo no hallaba yo nuera para la familia. De camino a casa, él sugirió ir a una cafetería y, aunque primero me negué, terminé pensando que igual allí saltaba la chispa que yo buscaba. Así fue: al poco de llegar, vi a mi hijo charlando muy animadamente con una camarera guapa como un cartel de feria. En ese preciso momento, sentí el clic.

La chica, Carmen, era un encanto: dulce y sencilla. Hablé aparte con ella y le puse las cartas sobre la mesa.

¿Está usted loca? me respondió. ¡Esto no es serio, señora!
Bueno, mujer, tendrás un futuro mejor, y mi hijo es el adecuado para regalarte una vida de novela.

Decidí entonces ofrecerle una buena suma de euros, suficiente para costear los estudios de su hermano pequeño. El cariño fraternal pudo más que sus escrúpulos y aceptó ayudarme, prometiendo que haría por enamorarse.

A partir de ahí mantuvimos comunicación constante. Yo misma le iba soplando todo lo que podía resultarle útil para ganar el corazón de mi chico.

No tardaron en llegar los frutos: mi hijo perdió la cabeza por Carmen, y no paraba de hablarme de lo guapa que era, lo bien que cocinaba, qué música le gustaba, qué series veía… ¡Un auténtico festival! Llegó el día en que le pedí que me la presentara oficialmente y, acto seguido, me la trajo a casa.

En esa charla tranquila, Carmen me confesó haberse enamorado realmente de mi hijo y, para rematar, me propuso devolver el dinero, pero yo no había hecho todo esto para andar pidiendo cambios como en unos grandes almacenes.

Si surgió el amor entre los dos, ¿por qué iba yo a quitarle unos euros a la muchacha? Le dije que se los quedara y que fuera preparando el vestido de novia con calma.

Hoy mis hijos viven felices, yo tengo una nuera modelo, y, quién lo diría, mi mejor amiga en casa. Nuestro pequeño secreto seguirá siendo eso: secreto. Y yo, pues tan contenta de haber ayudado, a mi manera tan castiza, a la felicidad de mi hijo.

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Pagué el precio por la felicidad de mi hijo: la historia de cómo elegí a mi nuera perfecta y el secreto que unió a mi familia